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Ivo Andric: <i>Un puente sobre el Drina</i> (RBA Libros, 2010)

Ivo Andric: Un puente sobre el Drina (RBA Libros, 2010)

    TÍTULO
Un puente sobre el Drina

    AUTOR
Ivo Andric

    EDITORIAL
RBALibros

    TRADUCCCION DEL SERBOCROATA
Luisa Garrido Ramos y Tihomir Pištalek

    OTROS DATOS
Barcelona, 2010. 448 páginas. 27 €



Ivo Andric, 1892-1975  (fuente:de la foto: wikipedia)

Ivo Andric, 1892-1975 (fuente:de la foto: wikipedia)


Reseñas de libros/Ficción
Ivo Andric: Un puente sobre el Drina (RBA Libros, 2010)
Por Alejandro Lillo, martes, 5 de octubre de 2010

      Puente: (1) Construcción de cualquier clase hecha sobre un río o un corte del terreno para pasar de una orilla o de un lado a otro (…) (9) Lo que sirve para acercar a personas o cosas; particularmente a personas, si existe entre ellas tirantez o enemistad”.

María Moliner: diccionario de uso del español.


Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, es una obra ambiciosa que recorre cuatro centurias en la historia de una región situada en el corazón de los Balcanes. Con una prosa elegante y pausada, el narrador de la novela realiza una emotiva crónica de las vicisitudes a las que la pequeña localidad de Višegrad y su puente tienen que hacer frente. Por los capítulos de Un puente sobre el Drina, que casi pueden leerse de manera independiente, las generaciones de lugareños se suceden unas a otras, los acontecimientos se producen y pasan. Tan sólo el puente permanece en su lugar, testigo mudo de la tragedia de un territorio marcado por los conflictos y las rivalidades religiosas
Višegrad es un municipio de provincias enclavado en una zona abrupta y montañosa por la que discurre un impetuoso río: el Drina. Esta ciudad tranquila, en la que conviven cristianos, musulmanes y judíos, va a experimentar a mediados del siglo XVI una decisiva transformación. Un visir del Imperio otomano, cuyos dominios se extienden por toda la península balcánica, ordena levantar sobre el Drina un imponente puente de piedra. El objetivo del visir es el de enlazar Bosnia con Serbia y, a través de ésta, conectar los Balcanes con el resto de las provincias del imperio turco hasta Estambul. El puente, una vez edificado, se convertirá en un espacio capital en la vida cotidiana de la ciudad. No sólo por su monumentalidad, con sus “once arcos de amplia abertura” y “sus doscientos cincuenta pasos de largo”, sino porque:

“… a su alrededor o relacionado con él, fluye y se desarrolla (…) la vida del hombre de la kasaba [ciudad] (…) En el puente sobre el Drina se dan los primeros paseos de los niños y los primeros juegos de los muchachos. Los niños cristianos nacidos en la orilla izquierda del Drina cruzan el puente los primeros días de su vida, porque ya la primera semana los llevan a bautizar a la iglesia. Pero también los demás críos, tanto los que han nacido en la orilla derecha como los musulmanes, a los que no se bautiza, han pasado la mayor parte de su infancia en los aledaños del puente, igual que sus padres y abuelos. Han pescado peces en los alrededores o cazado palomas bajo los arcos. Desde su más tierna infancia sus ojos se han acostumbrado a las líneas armoniosas de esta gran construcción de piedra clara, porosa, cortada con regularidad y precisión”.

Como se aprecia en este fragmento, el simbolismo del puente sobre el Drina es claro. Todos conocemos y entendemos sus múltiples sentidos metafóricos. No es, por tanto, un tema que se vaya a tratar aquí, como tampoco se aborda de forma explícita en la novela de Ivo Andric, aunque ese rico simbolismo esté siempre presente. De lo que sí se ocupa el escritor bosnio, galardonado con el Premio Nobel de Literatura, es de reflexionar y mostrar, a través de la vida diaria de los lugareños y las relaciones que establecen con su puente, las múltiples razones de su edificación, los variados usos que, a lo largo de los siglos y en función de circunstancias cambiantes, se le puede dar a esa estructura que sirve para pasar de una orilla a otra.

Todo logro humano, por perfecto y grandioso que parezca, siempre tiene un precio y en ocasiones el coste a pagar es muy alto. Junto al esfuerzo, al dolor y al sacrificio, a veces voluntario, otras no, que la obra conlleva, se añade la propina del olvido

Porque un puente no siempre se realiza sólo para unir dos orillas que antes estaban distantes. Los puentes son lugares importantes ya que también se edifican para dominar un espacio, para dominar determinados contornos. Un puente es un límite, una pequeña frontera que en ocasiones es necesario controlar. Es la forma que tienen el caudillo, el soberano o el gobierno de hacerse presente a sus siervos, a sus súbditos o a los ciudadanos, de mostrarse ante ellos. Es una presencia que puede resultar amenazante o protectora, tranquilizadora o alarmante. Con la construcción o el mantenimiento del puente, la autoridad que lo lleva a cabo o que gestiona su paso demuestra su poder sobre la naturaleza, pero también su ascendencia, su supremacía. Representa un poder que, aunque muchas veces parezca intangible, está ahí y en cualquier momento puede hacerse visible.

El puente sobre el Drina también es un lugar de reunión, literalmente un espacio de encuentro. En su mitad, el puente “se ensancha en dos terrazas idénticas, cada una a un lado de la calzada, doblando así su extensión. Ésa es la parte del puente que se llama kapija (…) La terraza de la derecha, yendo desde la ciudad, se llama sofá. Se eleva sobre dos escalones flanqueados por asientos a los que el pretil sirve de respaldo (…) La terraza izquierda, enfrente del sofá, es igual pero está vacía, sin asientos (…) En esa terraza se ha instalado un vendedor de café (…) Un muchacho lleva el café al otro lado, a los comensales del sofá. Ésa es la kapija”. Allí se han sentado, a lo largo de los siglos, un sinnúmero de personas para relacionarse e intercambiar pareceres: los dirigentes de la ciudad se han reunido en la kapija para decidir qué hacer en momentos de crisis; jóvenes revolucionarios e impetuosos han protagonizado acaloradas discusiones nocturnas sobre política; los ancianos, asombrados por los avances que traen los tiempos, se han detenido en la kapija para recordar épocas pasadas, tranquilizados en su zozobra por el inmutable estado del puente; grupos de borrachos han elegido este espacio para representar sus disparates y los enamorados han satisfecho sus ardientes deseos allí.

El puente sobre el Drina como espacio de pasión y reflexión, sí, pero también como un lugar de muerte y tragedia: “No existen construcciones casuales al margen de la sociedad humana en la que brotaron ni al margen de sus necesidades, deseos y percepciones (…) Pero la existencia y la vida de cualquier construcción grande, bella y útil, así como su relación con la población en la que se alza, a menudo encierra dramas e historias complicadas y misteriosas”.

Los siglos pasan, el puente permanece. El Imperio otomano se desmorona y el Imperio austrohúngaro se va ensanchando, aumentando sus fronteras y, en su seno, también van naciendo movimientos nacionalistas

Así es, en efecto. Y el primer drama de toda gran obra, de toda imponente construcción, muchas veces se pasa por alto. A menudo las generaciones futuras o los descendientes de quienes emprendieron dicha tarea lo olvidan fácilmente, le restan importancia o, directamente, no lo tienen en consideración. Cuando hablo de obras importantes no me refiero sólo a edificaciones materiales, sino a cualquier tipo de logro o fabricación llevada a cabo por el hombre con su esfuerzo y determinación, sea tangible o no. Ese primer drama que toda gran obra lleva implícita, y que Andric nos relata con una maestría y una fuerza realmente admirables en las primeras páginas de la novela, es el de su propia construcción. Todo logro humano, por perfecto y grandioso que parezca, siempre tiene un precio y en ocasiones el coste a pagar es muy alto. Junto al esfuerzo, al dolor y al sacrificio, a veces voluntario, otras no, que la obra conlleva, se añade la propina del olvido: la indiferencia ante lo que realmente ha costado llevar a término el proyecto, quedando en las generaciones siguientes como algo ya dado, sin mayor importancia ni respeto.

Muchas son las historias que ha escuchado el puente, muchos los secretos que guardan sus macizas piedras blancas. Por el puente sobre el Drina no sólo cruzan comerciantes y bandidos, enamorados y forasteros, religiosos y traidores; cruzan carros con viandas y ejércitos en retirada; cruza el mismísimo diablo disfrazado de tahúr; por el puente sobre el Drina pasan los años y las décadas sin apenas tocarlo, como levitando por su superficie porosa y fresca, imperecedera. Se suceden las guerras y las inundaciones, las catástrofes y las reconstrucciones, peleas, encuentros, epidemias y alegrías; las generaciones se suceden y el mundo gira y gira pero el puente permanece ahí, inmutable y recio, como recordándoles a los habitantes de la pequeña Višegrad, “que la vida es un prodigio incomprensible porque se gasta y derrocha sin cesar y, sin embargo, dura y perdura firmemente”.

Los siglos pasan, el puente permanece. El Imperio otomano se desmorona y el Imperio austrohúngaro se va ensanchando, aumentando sus fronteras y, en su seno, también van naciendo movimientos nacionalistas que combatirán por la independencia de lo que para los austrohúngaros sólo son provincias. Las tornas han cambiado y ahora son los musulmanes los que se sienten amenazados, los que viven temerosos. Las relaciones se complican y la tensión va en aumento. Pero el puente permanece.

Sobre el curso del río Drina, en una zona escarpada y montañosa, hubo un tiempo en que se construyó un puente por deseo y voluntad de un visir que quería unir dos mundos. Un puente sobre el Drina cuenta la historia de esa edificación y los sucesos de los que fue testigo durante cuatro largos siglos, desde la fecha de su finalización, en 1571, hasta 1914. No se pregunten por qué la novela de Andric termina ahí. No me pidan que les hable del destino de aquella magnífica construcción. La historia de lo que sucedió aquel año y de lo que acontecerá a lo largo del siglo XX la conocemos todos. Sólo tengan presente dos cosas: que los puentes, a pesar de todo, nacen para ser cruzados. Y que el puente sobre el Drina permanece.
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