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Miguel Ángel Cáliz: <i>Rupturas y ambiciones</i> (E. D. A. Libros, 2011)

Miguel Ángel Cáliz: Rupturas y ambiciones (E. D. A. Libros, 2011)

    TÍTULO
Rupturas y ambiciones

    AUTOR
Miguel Ángel Cáliz

    EDITORIAL
E. D. A. Libros

    OTROS DATOS
Málaga, 2011. 103 páginas. 11,00 €



Miguel Ángel Cáliz (foto procedente de http:// meincitoelespejo.blogspot.com)

Miguel Ángel Cáliz (foto procedente de http:// meincitoelespejo.blogspot.com)


Reseñas de libros/Ficción
Miguel Ángel Cáliz: Rupturas y ambiciones (E. D. A. Libros, 2011)
Por José Cruz Cabrerizo, miércoles, 01 de junio de 2011
En Rupturas y ambiciones, la última obra de Miguel Ángel Cáliz tras la monumental novela Horas para Wallada (Paréntesis, 2009) hay poco de ruptura y mucho de ambiciones. Ya sé que eso suena a “pretende mucho y consigue poco”, pero yo no he dicho eso.
Primero de todo aclarar que el volumen se compone de una primera parte conteniendo ocho relatos breves agrupados bajo el epígrafe de “Manual de rupturas”. No son relatos rompedores, tampoco rupturistas. Ni pretenden serlo. El propio autor aclaraba en el acto de presentación del libro, que se había propuesto conseguir narraciones sencillas, depuradas en el lenguaje hasta el extremo de que quien lo lea no se vea obligado a buscar palabras en el diccionario. ¿Vagancia escritoria? Yo diría que no. Más bien hablaremos de “capilaridad”: si en un fluido (que no tiene por qué ser una bebida) sumergimos a modo de pajita el extremo de un tubo lo suficientemente fino, conseguiremos que el fluido ascienda por el tubito/pajita sin ejercer ninguna fuerza de succión o vacío, desafiando así a la puñetera gravedad. Pues estos relatos son así.

Por su aspecto descuidado usted diría que tienen alguna deficiencia, pero no imagina que es solo un truco, ni tampoco que por el tubo va a ascender el fluido. Pero desengáñese, porque sirviéndose de su envoltura confirman la ley de las apariencias (“Nada es lo que parece”), y producen un efecto en el lector: traspasarle la sensación de derrota llevadera, de inercia leve, de queja de barra de bar repetida, de sentimiento molesto, pero que el protagonista sigue rumiando para realimentarlo y seguir odiándolo (los ingleses lo llaman “pet hate”). Así en “En pantalla”, el camarero arrastra una conversación perfectamente deslabazada en tiras de lenguaje natural, que se trufan de interrupciones propias de tal establecimiento (dar alguna orden, contestar a preguntas, perder el hilo…) Y uno ya sabe que ese camarero es un cormorán con las alas alquitranadas por el vertido de algún petrolero.

El peligro de ocho relatos breves, y que los cuatro primeros sufran un machadiano “torpe aliño indumentario”, es el de que un lector que no conozca la producción anterior de Cáliz, empiece a desanimarse, a pensar equivocadamente que el libro no merece la pena. Por eso le digo que debe esperar a “El placer de viajar”, o “Ceremonias” para ver cómo despliega sus dotes “normales” de narrador de oficio. Estos dos citados son ejemplos del preciosismo sereno que impregna mucha de su narrativa breve, sus letras dichas sin megafonías.

Si el título Rupturas y ambiciones le recuerda a uno de esos libros elaborados con arreglo a cánones tallerísticos de decir mucho y contar poco, no se deje llevar por la primera impresión

Decía que hay poco de ruptura, y es que pese a lo que ellos digan, a los protagonistas de estas historias (salvo quizá “Ceremonias”) los conjugamos en un futuro perfecto simple de permanencia en la misma casilla. Así Richard, el Richard de “Richard: Road Manager”, va a seguir toda su vida “like a rolling stone”, en lo que suponemos una España de ferias de pueblo, con su lenguaje pretendidamente bukowskiano (repite bastantes veces “jodido”, ese término que a mí me parece tan de TV movie, aunque el libro huye del cómodo canon del realismo sucio norteamericano). Pero él parece sentirse cómodo en ese espejismo que parece provocar: un manager no puede ser otra cosa que alguien importante y con mucho dinero. Lo mismo que las palabras “actor/actriz”, lo primero que nos provocan es una inmediata salivación glamourosa que nos cierra el paladar a las hieles de ese oficio en el que a famosos-famosos solo llegan unos pocos.

Y es que hay también en Rupturas y ambiciones algo del viejo “No es oro todo lo que reluce”. El mundo de las televisiones no escapa al fin empresarial, en el corral del cine hay que tragar mucho, la vida puede a veces proporcionar episodios tan raros que ni un escritor llegará a captarlos (me refiero a “Bestiario”)…

Manual de ambiciones”, es la segunda parte del libro. Una novela corta y negra que mantiene el interés y la tensión en todo momento, y que cuenta una historia sustanciosa estructurada en cuatro “ambiciones” relacionadas unas con otras del mismo modo que el relato “Bestiario” concatena a sus protagonistas.

A lo mejor a usted también se le ocurre buscar un hilo entre el periodista de la cuarta y última parte de la novela (“La ambición de Elena”) y Joaquín, que aparece citado en el relato “En pantalla”. Yo la sospecho pero no puedo probarla, y en ese juego tendrá que ser ya el lector quien decida.

Lo mismo que tendrá que decidir qué pasó con Fabio (el de “La ambición de Fabio” tercera parte-capítulo de la novela) a partir de los datos obtenidos en el último y cuarto capítulo.

Si el título Rupturas y ambiciones le recuerda a uno de esos libros elaborados con arreglo a cánones tallerísticos de decir mucho y contar poco, de darle a uno poliestireno por pan (queda más aparentón que lo de “gato por liebre”), no se deje llevar por la primera impresión. ¡Cuate, aquí hay tomate! Narraciones que cuentan y pueden ser contadas.
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