Tribuna libre
Domingo, mañana del 12 de junio. Cementerio de Gerenville, aldea situada a 80 kilómetros de París. Personalidades francesas y españolas (Ángeles González-Sinde, Ministra de Cultura, Felipe González, Carlos Solchaga, Claudio Aranzadi, Javier Pradera, etc.). Al lado del monumento “aux enfants morts pour La France”, un recuerdo más de la batalla de Verdún, silencio y respeto. Un ataúd, envuelto con la bandera republicana española, en el que reposa el cuerpo de Jorge Semprún. Ceremonia laica. Palabras de recuerdo. Lectura de textos de Jorge. Silencio entre las paredes de piedra del pequeño cementerio de la aldea. Un cementerio perdido entre trigos y cebadas. Amarillean. La cosecha está pronta. Silencio interrumpido por un bebé, cuyas gracias ríen otros niños próximos y disimulados entre la gravedad impuesta por los adultos. Silencio. Cesan las risas de los niños. Prosiguen los discursos y las lecturas. Palabras que resuenan rigurosas y tranquilas. Continúa la ceremonia acompañada por el trinar de un ruiseñor y de un petirrojo. Trinos surgidos de dos árboles próximos. Se contestan y alternan. El sol acompaña con serenidad y tibieza. Collette, esposa de Jorge, le espera, bajo el mármol para el eterno reposo. Recuerdo las palabras machadianas que solicitó Maria Zambrano como jaculatoria para la gran despedida: devuelvo a la divina naturaleza todo lo que de divino haya en mí.