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René Philoctète: <i>Río masacre</i> (Barataria, 2012)

René Philoctète: Río masacre (Barataria, 2012)

    TÍTULO
Río masacre

    AUTOR
René Philoctète

    EDITORIAL
Barataria

    TRADUCCCION
Mireia Porta

    OTROS DATOS
ISBN: 9788492979202. Barcelona, 2012. 211 páginas. 17,00 €



René Philoctète, Jérémie (Haití), 1932

René Philoctète, Jérémie (Haití), 1932


Reseñas de libros/Ficción
René Philoctète: Río masacre (Barataria, 2012)
Por José Cruz Cabrerizo, jueves, 04 de octubre de 2012
“…porque me gustaba que leyese escenas de la obra que escribía, y a él le gustaba leérmelas, y me avisaba de que, cuando en la representación se llegase a tal frase, que yo podía silbar o aplaudir, y así pasaba por entendido en los puntos críticos de los asuntos dramáticos”.
(“Un hombre que se parecía a Orestes”. Álvaro Cunqueiro)

A pesar de los pesares, tiene sus ventajas ser un ignorante lector. Porque el ignorante lector, que de otras cosas no sabe, sí que es consciente de su complejo. ¿Complejo de qué? Complejo de algo, qué sé yo. Y si no llega a una tan severa categoría de padecimiento sicológico, podría ser más o menos como que al ignorante lector le escuece la envidiosa quemazón de una limitación: la de no haber oteado siquiera la primera balda de las lecturas imprescindibles. Por eso, por llenar los estantes de su enciclopedia personal (entiéndame, la mental, no la física), se afana en recorrer la hoja de ruta que se ha marcado. Pero no transita los caminos del “mainstream” intelectual, ni de los clásicos recientes, tiene que ser diferente y encontrar al autor que nadie conoce, lo que le va a permitir hablar con cierto aire de entendimiento. El ignorante se investirá entonces de una autoridad que va a venir certificada por las cejas arqueadas de quien recibe una explicación. Ni más ni menos que agua oxigenada para el ignorante, H202, con que curar las heridas de su autoestima.

“¡No me irá usted a decir que conoce a René Philoctète, de tan lejos como era el hombre!” le escribiré yo con mi teclado, ignorante lector (el ignorante lector soy yo, no usted, que la frase lleva a confusión).

 

¡Se me olvidaba! He saltado de párrafo sin decirle porqué tiene sus ventajas ser un ignorante: uno, en esa incansable búsqueda de lo desconocido para dárselas de pionero, encuentra obras que exceden en algún sentido las transitadas fronteras de la literatura (lo que no es mucho decir porque la sopa de letras del ignorante cabe en un plato). Dos, el ignorante puede hablar sin empacho de lo que no sabe.

 

En Río masacre se conjugan esos dos factores que van a permitir al ignorante lector (que soy yo, por si todavía lo ignora), desplegar las mejores prendas de su desconocimiento.

 

A Haití, terremotos aparte, se le mira como un pedazo de sangría africana que se ejecuta con la cadencia de un ritmo caribeño. Y además la estampa se deforma con los lentes del recelo, remachado por la desconfianza vecinal que lo sorprende a uno cuando nada más tomar tierra (y sin entender todavía una palabra gracias a los cambios de presión en el avión y al acento dominicano de Puerto Plata) el taxista ya lo está previniendo contra los haitianos, su negrura (mayor que la del dominicano, que es de un negro antillano a decir de ellos mismos), sus manejos, sus brujerías, sus (ponga en boca del conductor una expresión local que usted no entienda pero que signifique algo malo).

 

En esas, el mismo taxista que echa pestes de los vecinos primero, y de los gringos norteamericanos después por la querencia que tuvieron hacia el dictador Trujillo, desde luego no le va a referir  el episodio de “blanqueamiento” o matanza orquestada (Operación Cabezas Haitianas) que el tal oligarca de nombre Leónidas retratado por Vargas Llosa en La fiesta del chivo ejecutó sobre los haitianos de la frontera dominico-haitiana.  Acordaos de que la isla se despierta al Este y que el país de nuestros vecinos es la guarida de las tinieblas”. Amnesia histórica, o vergüenza de estar “a dios rogando y con el mazo dando”, (maldecir el infausto recuerdo del dictador mientras a la vez estoy envenenando la figura de una parte de sus víctimas), táchese lo que no proceda.

 

Pero no pasa nada. Un puñado de años después con el moreno borrado y las fotos tirando a sepia, uno ya tiene Internet, y por casualidad, entre el ruido documental que produce cualquier búsqueda, descubre  referida esa mínima limpieza étnica y encaja las piezas de aquellas conversaciones con M., el taxista-guía del pueblo de Las Terrenas a quienes los machos alfa mirábamos con desconfianza, no fuera a poner en su punto de mira a alguna de las blanquitas que tomáramos por esposas. Para no apartarme del tema, del quid de la cuestión: las toxinas del veneno que Trujillo había destilado y dado a beber a sus gentes para que entre el 2 y el 4 de octubre de 1937 descabezaran entre 6.000 y 10.000 negros haitianos (aunque el punto de consigna estaba en 50.000 “personas de todas las edades, de toda clase, de toca condición…”) cuya vida solo valía la palabra “perejil”, seguía pegado a la hemoglobina de otra generación de dominicanos todavía joven en el junio de 1993. No tuve más que recordar las opiniones de nuestro hombre-volante.

 

Por muy sangrantemente cómico que resulte, una palabra es el árbitro entre la vida y la muerte. “El gran designio del gobierno de una nación es hacer muertos mediante el poder de una palabra”, página  142. Una palabra señala la frontera entre un negro que la pronuncia correctamente y por eso es menos negro y según el criterio del genocida dominicano merece vivir, y otro negro, el haitiano, a quien se le enreda la lengua y cuyo cadalso es la tierra que está pisando en ese mismo momento, el machete a la garganta.

 

“Una palabra que ha flameado en ojos, hervido en entrañas, galopado en llanuras, atravesado ríos, pero no que alcanzan a pronunciar bien los labios haitianos.

            Una palabra que conlleva la muerte: «¡perejil!». Un condimento plebeyo de huerta.”, página 129.

 

Y por más sangrantemente rocambolesco que resulte, los propios gobernantes haitianos miraron para otro lado.

 

…”Puerto-Príncipe no se ha apurado, ni por las formas, ni por el decoro, ni por el protocolo. Ni siquiera un farol, de cara a la galería para guardar la cara. Puerto-Príncipe no da muestras de hipocresía, no chulea, no tiembla, no blasfema, no venera, no se enfada, no se regocija, ahí me las den todas”.

 

El ignorante lector, el que quería encontrar al autor genial y desconocido ya tiene la horma de su zapato: tratar de desentrañar las severas complejidades de esta novela, testimonio histórico (que no ajuste de cuentas), que utiliza el pespunte del acontecer amoroso (trufado mayormente de pulsión sexual, de erotismo sabiamente dibujado pero desbordado), entre Pedro Álvarez Brito y Molina, cortador de caña dominicano, sindicalista y por tanto carne de tortura y candidato al paredón, y Adèle Benjamín, haitiana, como uno de los hilos conductores. No, no es la misma de siempre, tan solo una mínima excusa para una novela animista en la que una guagua conversa con el conductor, y en la modorra del humo repasa sus veintitantos años de caminos; un texto donde los instrumentos del agrimensor también platican entre sí y tienen voluntad propia (página 58), como la férrea determinación de los machetes: “«Soy  dueño de mí mismo, como de la muerte», el machete opta por la razón de Estado, la pureza de la nación dominicana, su autenticidad, su especificad, su originalidad. Recuerda que es caballero de los blancos de la tierra, se persuade de que es preciso que el ocre ahogue al negro, lo disuelva…”, página 78. Testimonio de locura asesina, pero también de resistencia de una parte de un pueblo dominicano que a su tenacidad para sobrevivir al día a día del dictador, debe añadir las fuerzas para sacar fuerzas de donde no las hay para, inútilmente, contener el terror dentro de sus fronteras.

 

Pero no se agota ahí Río masacre.  Junto a la tradicional linealidad del acontecimiento literario, al lado del carácter documental a base de crónicas radiofónicas (en Ruanda la radio encendió la chispa) que se cierran con comerciales, a unos pasos se tropieza con su alter ego más experimental, el Philoctète que abre la represa de un torrente de palabras a medio camino entre la oscura experiencia onírica, el surrealismo, el flash sicodélico… Porque René Philoctète es uno de los tres escritores haitianos constructores del “espiralismo”. Y ya para situar el marco teórico, tengo que echar mano de las palabras de Glodel Mezilas que lo definen: “El espiralismo utiliza el género global donde están interrelacionados armoniosamente la descripción novelística, el aliento poético, el efecto teatral, los relatos, los cuentos, los bosquejos autobiográficos y la ficción”.

 

Pero si eso no corrobora mis afirmaciones anteriores déjeme decirle que ese movimiento literario también se define como “estética del caos”. Una estética del caos que al principio, como un francotirador no reconocemos, del que tampoco sabemos desde donde dispara, pero que a medida que la novela avanza barrerá con sus ráfagas todo el campo visible de las páginas heridas de palabras disparadas, tomará el control discursivo de la no-narración, y en la cúspide de la locura fragmentaria de elementos inconexos, pondrá al lector contra las cuerdas de su propia capacidad para seguir manteniendo la novela en las manos, (y perdón por esos palabros y barbaridades inconsistentes con que pueda propasarme).

 

De las ventajas que tiene el ignorante lector, decía que la segunda es la de que puede hablar sin empacho y sin ruborizarse, de aquello que no sabe. Como corolario, esta afirmación con la que ahora me propongo cortocircuitar las dendritas de sus neuronas: René Philoctète es un escritor outsider.

 

Roger Cardinal, el fabricante del término “artista outsider” se esfuerza en que la interpretación de su ensayo sobre la esencia del artista outsider se expanda más allá de la mera vertiente anticomercial. Si no me equivoco al traducir sus palabras, “El término outsider no se refiere al garabato de un amateur que busca a tientas. Se refiere al trabajo producido por creadores autodidactas de talento, cuyas expresiones transmiten un fuerte sentido de individualidad” / “Creadores fuera de toda norma académica, sin ambiciones de ningún tipo salvo, quizás encontrar su propio voz más allá del lenguaje convencional”.

En la contraportada se dice que René Philoctète, novelista, dramaturgo, poeta, solo sale de la isla dos veces en su vida: 1965, se tiene que exiliar en Canadá. 1992, para recibir el premio del Parlamento argentino. Eso podría confirmar mi idea de su vocación outsider. Pero a la vez, desde el compromiso militante y la  antiintrospección (el mayor engendro léxico, literaturoso y patógeno de los hasta ahora he vertido en esta reseña) denuncia siempre desde el mismo periódico, alto y claro, al régimen de los Duvallier. No podía ocultarlo, aunque eso debilite mi tesis, qué quiere que le diga, borre usted lo de outsider, si no le cuadra. Pero no borre este libro de su lista de lecturas imprescindibles. La oportunidad de conocer lo extraño necesario raramente se nos ofrece dos veces.

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