PRÓLOGO
Cuando Andreas Vesalius, el célebre anatomista flamenco, autor del libro Sobre la estructura del cuerpo humano que revolucionó el conocimiento de la anatomía humana basándose —al contrario de la costumbre medieval que privilegiaba los libros de texto y los escritos de Galeno— en la observación directa que le proporcionaban las disecciones de cadáveres de condenados a muerte, ignoraba que casi medio milenio después, un poeta argentino habitando un país que en aquel tiempo aún no existía, escribiría: Corta materia inmóvil/inútil eco de antiguo, ardoroso amor/entre raíces. Corta/como quien siente piedad/por un animal enfermo,/por una hoja que cae/como caen un astro, la inocencia. Así son los intríngulis de los laberintos epistemológicos que recorren los lugares y las edades. En poesía —si hay un campo del saber alejado de las autopsias para fines educativos que realizaba Vesalius, éste es y ningún otro— no sólo hay imaginación, no sólo creación, sino también la invocación de un vasto acervo de conocimientos, tanto objetivos como fantasiosos, que atraviesan el tiempo y ligan a todos los seres pensantes en una vasta comunidad intangible. Sin embargo, al contrario de numerosas manifestaciones del saber, la poesía se permite e incluso alienta, más que cualquier otro campo, la duda: un poema es una mancha de ácido sobre la pantalla perfecta de la retórica y este poemario, Un fuego bajo un cielo que huye, es una más que honrosa contribución a esa virtud de la poesía que consiste en cultivar la duda. Todos sus versos lo confiesan abiertamente mediante una lograda estructura oximorónica: Ya no sé si traigo vértigo o estrella fija. [...], efímero rastro de lo incierto en la brutal certidumbre del tiempo [...], sí, solo y desconocido el cielo, pero más sola y desconocida la tierra. [...] Quién irá [...] a la casa donde llueve aunque tenga techo, bajo la mirada de un dios siempre singular, tan virgen como hambriento. Al preguntarse si una piedra puede florecer o en qué nos transfigurará el tiempo, el autor no nos da el bálsamo de la certeza sino que nos envuelve en telarañas léxicas que nos pierden tan delicadamente en senderos líricos.