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Frank Darabont: <i>The Walking Dead</i> (2010-¿?)

Frank Darabont: The Walking Dead (2010-¿?)
















Tribuna/Tribuna libre
The Walking Dead. Amanecer de los vivos
Por Justo Serna, jueves, 1 de diciembre de 2011
Uno. El ayudante del Sheriff, Rick Grimes, llega a un templo abandonado. Le acompañan unos pocos. Buscan a una niña desaparecida. En su actitud y en sus miradas distinguimos una desesperación creciente. Aunque todavía hay luz, está anocheciendo. Se encuentran en una zona rural, de vegetación densa, feraz, de mucha maraña. Es un bello paraje de la América profunda, un lugar en el que es fácil perderse o emboscarse. Estamos en el primer capítulo de la segunda temporada de The Walking Dead (2011).
En la Iglesia no hay fieles, sólo unos pocos zombis instintiva e inevitablemente agresivos: concretamente, tres muertos vivientes. Por supuesto son de movimientos lentos, desarbolados, y de mirada fría, sin alma. Parecen despistados, como si hubieran perdido al grupo de congéneres del que formaban parte. Eso es lo raro: siempre caminan juntos, formando manadas, aunque su andar desarticulado y torpe no les dé uniformidad humana. Ahora, esos tres muertos vivientes se han extraviado. O eso es lo que pensamos. ¿Qué hacen en un recinto sagrado? ¿Es una profanación?

Rick Grimes y los suyos no se interrogan: los eliminan expeditivamente, sin contemplaciones. Antes de que sus acompañantes y él se dispongan a marchar, pide quedarse solo unos instantes. Rick desea estar ante la efigie del Cristo crucificado. No sabíamos que tuviera creencias religiosas. En cualquier caso, los espectadores suponemos que el policía quiere orar o hacer alguna súplica, tal es la extrema situación en la que están. Y, cuando pensamos eso, acertamos. La conjetura se cumple: con unción, con respeto, Grimes pide a Jesús una señal, algo que le infunda esperanza, que le dé ánimos para seguir. Exactamente no reclama una ayuda, sino eso: una señal, una simple pista. Algo así como “Dios está conmigo, con nosotros”. Un nuevo amanecer.

Rick reconoce no ser un buen creyente: no cumple puntualmente con los ritos piadosos; tampoco con los compromisos que tienen marcados los fieles. Lo admite: él sólo cree en la familia, en su propia familia, y por ello –tal vez por ello— ha descuidado las obligaciones que tiene contraídas con Dios Padre. Aun así, espera de Jesús una señal. El grupo ha perdido a una niña, una muchacha que puede estar ya muerta, y eso el Crucificado no puede consentirlo. La jovencita estaba bajo la responsabilidad de Grimes, pero la dejó guarecida y escondida en el recodo de un río, en un pequeño refugio natural, para así poder eliminar al par de zombis que les amenazaban. Pero, bien mirado, un muerto viviente no amenaza: no da pistas e indicios del mal o daño que quiere infligir; simplemente avanza para devorar.

Rick matará a los dos zombis, en efecto. Los eliminará con saña y sin reparo alguno, precisamente para que no quede de ellos la menor esperanza de vida. Grimes puede continuar, pues. Pero cuando regrese para recoger a la muchacha, ella ya no estará. A partir de ese momento comienza una angustiosa búsqueda. Él, primero, y luego buena parte de los supervivientes, de sus compañeros, hacen batidas por todo el bosque, buscando restos. ¿Restos, de qué? ¿De carne humana, de cabellera, de ropas? Está anocheciendo y los caminantes pueden sorprender a la niña en cualquier momento; pueden comérsela con esa voracidad insaciable que Grimes y los suyos ya han visto y tan bien conocen. Los humanos no quieren pensar lo peor: que ya esté difunta. Pero no se dan por vencidos. Sobre las espaldas de Rick pesa la responsabilidad de dicha pérdida y, por eso, porfía. Es justamente entonces cuando Grimes y los suyos llegan a la Iglesia, esa con la que empezaban estas líneas.


Dos. Cristo aún está en la cruz. Malherido, totalmente magullado, con incisiones y úlceras que sangran. La efigie --tópica, previsible y mil veces repetida en la imaginería religiosa-- es de gran realismo. Vemos a Jesús antes del desprendimiento, con la corona de espinas y la sangre roja, bien roja, que cae por su rostro dolorido, casi exánime. Ese color tan vivo le da mucho verismo a la figura. No sabemos si Cristo ha muerto o aún está moribundo. Pero sabemos que es justo el momento en que el Hijo del Padre pronuncia o ha pronunciado aquellas palabras de soledad o reproche: “¿por qué me has abandonado?”.

Eso que dice Jesús puede ser una simple constatación: es cierto que lo que Cristo padece es la soledad que precede a la muerte humana; pero es cierto también que, por su naturaleza divina, el Hijo podría haber sido salvado por el Padre. Pero no. Ahí lo vemos, en los instantes inmediatamente anteriores al desprendimiento: clavado, sin que su cuerpo inerte haya recibido la sepultura y el descanso eternos. ¿Descanso eterno? Sabemos que Jesucristo resucitará; sabemos que regresará a la luz, a la vida, antes de marchar al Reino de los Cielos para permanecer a la vera de Dios Padre.

La imagen nos resulta familiar. La hemos leído o nos la han leído en los Evangelios e incluso la hemos visto muchas veces reflejada o repetida en el cine. Es, con toda seguridad, uno de los momentos de mayor intensidad dramática, emocional. Incluso quienes no profesamos la confesión cristiana hemos de admitir que la agonía de Jesús conmueve. Alguien, al que sabemos hijo de Dios, se deja prender, se deja crucificar. No opone resistencia y así, con dolor propiamente humano, agoniza y muere en medio de grandes tormentos. Se entrega por nuestros pecados. Se entrega en soledad y por todo el género humano.

Es a esa efigie a la que Rick Grimes se dirige. Es una figura tallada, la representación de Cristo. ¿Pero a quién se dirige realmente? En un cierto sentido, Cristo es –o, mejor dicho, será-- un muerto viviente, alguien que habiendo fallecido regresa a la vida. Su rito sacrificial se repite en los oficios religiosos desde hace miles de años: la sangre y el cuerpo de Cristo lo toman los creyentes, la comunidad que espera salvarse con el alimento sagrado. Esperan un nuevo amanecer. Los fieles comulgan, irrigan su espíritu con la materialidad del vino y de las hostias consagradas.


Tres. Lo que digo puede tomarse como una irreverencia, casi como un sacrilegio, como una profanación de la imagen y de la divinidad de Jesús en la que millones de personas creen. Pero si la expreso, si la verbalizo, es porque me induce a ello lo que veo en la pantalla, en ese capítulo de The Walking Dead. ¿Eran conscientes los guionistas del sentido conjetural que podía darse a lo visto? ¿Sabían de antemano que podía interpretarse quizá de manera impía? De la efigie inerte, de esa figura reproducida con tanto verismo, Grimes y nosotros esperamos una respuesta, esa señal. Esperamos, en fin, que reviva: no es posible que la Providencia tolere tanto mal; no es posible que permanezca en silencio. Del mundo prácticamente ya no quedan humanos, un cataclismo y para mayor inri una niña ha podido ser devorada por uno o varios zombis. ¿Qué hace el Padre para evitarlo?

En los siglos XVII y XVIII al Ser Supremo se le tenía por un Dios oculto. Se le concebía como a ese Sumo Hacedor que deja a los hombres actuar, equivocarse o acertar, obrar piadosamente o incurrir en el pecado. Así, la libertad (trágica) no es incompatible con la distante vigilancia de un Dios que ya no sería tan colérico como el bíblico. En fin, esa visión de la Providencia fue un avance. Según esto, los hombres vivirían bajo el principio de la libertad y Dios no sería ese Ser entrometido, indignado e irascible de otros tiempos. Resulta, como digo, un avance que los individuos pudieran hacer así las cosas, sin verse gobernados constantemente por el Todopoderoso.

Sin embargo, ya para entonces, en el Setecientos, lo que no resultaba fácilmente explicable era el silencio de Dios ante la violencia y los desastres que infligen daño gratuito a los seres humanos: a uno, a docenas o a miles. Ya sé que éste es un viejo argumento de los ateos. Ya lo sé: un argumento que se remonta al terremoto de Lisboa en 1755 y a la pregunta clásica que formulara Voltaire: ¿merecían los lisboetas mayor castigo por sus vicios que los parisinos o los londinenses? ¿Qué Dios es ese que permite dicho horror?

Pero, bien mirado, ese interrogante es similar a la demanda que Jesús formula al Padre cuando agoniza en la Cruz, cuando no se explica su silencio o aparente apatía: ¿por qué me has abandonado? Para los teólogos, el abandono, el presunto abandono, probaría la grandeza del Padre, que quiere compartir con los hombres su dolor por el sufrimiento y la pérdida del Hijo. Y ese silencio probaría también la libertad que Dios deja a los individuos para obrar el bien o el mal. La cuestión que formula el Crucificado permanece y expresa, sin embargo, el horror de la humanidad doliente ante el Todopoderoso, cuyos designios serían en efecto inescrutables. Luego, Jesús resucita, sí. ¿Pero y los seres humanos? ¿Resucitarán? ¿Habrá eternidad, un nuevo amanecer, tras la hecatombe final?

No sabemos. Como no sabemos –no queremos saber— qué vendrá tras el primer capítulo de la segunda temporada de The Walking Dead. El balance de esa entrega inicial es emocionalmente insoportable: una niña desaparecida, probablemente muerta, y luego, para cerrar el capítulo, un niño, el hijo de Rick Grimes abatido por una bala. ¿Muerto? Ignoramos quién es el autor. Lo veremos en las siguientes entregas y veremos cuál es el desenlace de este disparo. Estos niños, los Hijos a quienes tanto idolatramos, aparecen en este capítulo como víctimas de la situación, tan excepcional. Son los Padres quienes deben proteger a la progenie y quienes han de asegurar la preservación de la especie. Tras una devastación cuyo origen ignoramos, tras el derrumbe de la civilización, los supervivientes ya no pueden garantizar la vida humana.

Este dramatismo, con muerte o violencia infantiles --posibles, sólo posibles--, nos remite al principio de la serie: en el primer capítulo de la temporada inicial, Rick Grimes dispara a una muchacha que lleva un peluche. El ayudante del Sheriff ve a una jovencita que camina sucia y con torpeza. La ve de espaldas, andando entre desechos, entre despojos, entre coches abandonados. Cuando se dé la vuelta y veamos su rostro, cuando Rick distinga su cara destrozada por una espantosa úlcera, ya sabemos qué va a pasar: estamos ante un zombi y la única solución es destrozarle la cabeza.

Retengamos lo fundamental. Un zombi es un muerto que amanece distinto, que cobra vida; un ser que de algún modo resucita y que ataca inevitable, vorazmente, a los vivos. Es rudimentario, primitivo, animal. Si nos muerde, entonces cualquiera de nosotros se convierte en zombi. Los muertos vivientes no pueden calmar o saciar su voracidad con otros alimentos. Son carnívoros y precisan fundamentalmente de carne humana. Un zombi generalmente camina mal, como desarbolado y a trompicones. Es probable que la parte más delicada de su cuerpo, las articulaciones, hayan sufrido o estén sufriendo un deterioro. Los huesos también se pudren. Caminan, sí, pero sin norte ni dirección, sin plan premeditado ni objetivos racionalmente concretos: van juntos y suelen ser numerosos, aunque no tienen esa uniformidad de la que serían capaces un ejército o una banda de atacantes.

Parecen guiados por el puro instinto del hambre, sin inteligencia. ¿Qué ocasiona este trastorno de la naturaleza? ¿Cuál es la causa de estos zombis que proliferan? Hay distintas hipótesis, diferentes conjeturas, pero en lo básico y en lo esencial no hay seguridad. Algo ha debido de hacer mal la humanidad, algún pecado propiamente, para que esta plaga se extienda. Los zombis, por su número y por el contagio, son en efecto como una peste bíblica ante la que no hay esperanza. Sólo la pura supervivencia y la defensa propia. O, como mucho, el auxilio de Dios.


Cuatro. The Walking Dead es una serie de producción elaborada y generosa de la cadena AMC. El encargo lo recibió inicialmente Frank Darabont y las audiencias han sido millonarias. No parece que hayan reparado en gastos para empezar o tras la expectativa inicial. Aunque se basa en un cómic homónimo, de Robert Kirkman, el éxito no se debe a la historieta en sí, a la fidelidad literal, sino al medio televisivo. De hecho, está dirigida a un espectador que algo sabe de zombis, pero que no tiene necesariamente erudiciones de las que alardear. La serie está destinada al gran público y a éste se le pide que se deje llevar por una historia de terror, de acoso, de suspense, de persecución, de huida, de ciencia-ficción. Los zombis son como tú, como nosotros, sólo que algo más deteriorados. En ellos se distingue nuestro futuro corporal: esa podredumbre, esa descomposición que a todos alcanzará. Pero en esta serie los zombis pertenecen también a un mundo terminal. Todo tiene que dar la impresión de final de época: estamos asistiendo al cese de la civilización.

Sólo vemos a unos pocos supervivientes humanos, con Rick Grimes entre ellos como cabeza o jefe de grupo. No sabemos si hay muchos más, y en todo caso sus miedos y sus avatares son los nuestros. Toda la puesta en escena, recreada mayoritariamente en exteriores, reúne objetos reales e imágenes digitales que aumentan la impresión de irrealidad, de final, de abandono. Las cosas ya no funcionan o están descolocadas: o bien porque los cachivaches y los vehículos se han estropeado, o bien porque no hay humanos que puedan activarlos.


Cinco. Hay un fotograma que identifica la serie y que es, sin duda, una de sus representaciones más potentes. Pertenece a la primera temporada, al principio mismo de la historia. Es un plano general. Al fondo, sobre un cielo sombrío, crepuscular e incluso tóxico, divisamos unos rascacielos. Parecen deshabitados y ya inútiles. La imagen, en picado, nos muestra la autovía de salida y entrada de la ciudad. En la parte izquierda de la instantánea vemos hileras de coches abandonados, automóviles de gentes que probablemente trataron de huir, personas que seguramente perecieron cuando intentaban escapar. ¿De qué? Lo que queda está muerto, completamente inerte. La autovía es auténticamente un cementerio de coches, pero no como los depósitos habituales, sino a la manera de un túnel: como una vía cegada en la que murieron todos.

En dirección contraria, en la parte de acceso, no hay un solo vehículo. Es la entrada a la ciudad. Todos querían salir. Sólo vemos a un tipo que marcha hacia urbe a lomos de un caballo y con rifles colgados en la espalda: únicamente distinguimos a él y a su sombra proyectada sobre el asfalto de cinco carriles vacíos. Va vestido con uniforme y no sabemos muy bien si es un vaquero o un sheriff. Contrasta con la modernidad urbana de la gran ciudad, con sus autopistas y sus coches ahora inservibles. En la imagen, hay, en efecto, algo de primitivo, un regreso a lo primario. Parece haberse producido el Apocalipsis y alguien, ese vaquero o sheriff, desafía el miedo y la amenaza, la soledad. Sabemos quién es.

Es Rick Grimes, ayudante del Sheriff. Se encamina hacia Atlanta. No hay reto que le detenga. Cada vez que va a emprender una misión viste su uniforme, su camisa limpia y recién planchada; se toca con su sombrero; y pertrechado con sus armas reglamentarias u otras auxiliares afronta lo que venga. O enfrenta a los zombis, que –ahora sí— los sabemos supervivientes de un apocalipsis y de una metamorfosis. Grimes y los suyos son como pioneros de un mundo que hay que refundar. Forman una pequeña comunidad errante que se encamina hacia un punto incierto en el que otros humanos quizá estén. Es una historia de zombis, en efecto. Pero esta serie es también una road movie. Y es una historia de indios y vaqueros. Allá donde acampen siempre estarán la sombra o la presencia amenazantes de los enemigos. Es como en los viejos films de caravanas. Las carretas avanzan. ¿Hacia dónde? Se adentran en un territorio hostil. Los anteriores dominadores son oponentes fieros y repugnantes. Se parecen a Grimes y los suyos, pero ya no son propiamente humanos. Y frente a su asechanza sólo cabe destruirlos, exterminarlos.


Seis. FranK Darabont, primer productor y responsable de la serie, reforzó este sentido de acoso, de acecho. Vemos siempre a un grupo pequeño atacado por la horda primitiva, por un enemigo impreciso, mayor y mortífero, por auténticos monstruos: lo monstruoso es algo informe o gigantesco por cuerpo o por número; pero es también un organismo con algunas de sus partes anormalmente alteradas o deterioradas. Este exceso, aquello que no es corriente, es lo que nos trastorna y lo que nos inquieta, lo desmedido: si además esas figuras nos vigilan y amenazan en un medio cotidiano (o precisamente por ello), entonces el horror se despierta. Allí, en las calles y en las casas, en las autopistas o en el bosque, está el mal. Es algo inconcreto y de causas desconocidas, sin alma, sin reparos morales.

La tierra poblada por los zombis es ya una alegoría de la sociedad humana, tan frágil, tan expuesta a la acometida bestial de los seres monstruosos; pero es también el microcosmos en el que toda relación se agrava y se atora, en donde todo crimen tiene su asiento. Ahora bien, Grimes y quienes le acompañan no se resignan al temor cerval: se proponen hacer frente al hostigamiento, a la amenaza del destino. El coraje, la supervivencia de la humanidad, el valor de lo humano: todo ello está en juego para una sociedad que vive un pánico justificado e infantil. Como en las viejas películas de indios y vaqueros, cuando los colonizadores marchaban hacia el Oeste. Por terribles que fueran los enemigos, siempre en un escalón más bajo de humanidad, los elegidos avanzaban asentándose, arraigando.

¿Avanzará The Walking Dead?

Ah, continuará…

(Debate en torno a la serie en el Blog de Justo Serna)




Tráiler de la segunda temporada de The Walking Dead (vídeo colgado en YouTube por supermegaman14)
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