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Paul Krugman: Después de Bush. El fin de los neocons y la hora de los demócratas (Crítica, 2008)

Paul Krugman: Después de Bush. El fin de los neocons y la hora de los demócratas (Crítica, 2008)

    TÍTULO
Después de Bush. El fin de los neocons y la hora de los demócratas

    AUTOR
Paul Krugman

    EDITORIAL
Crítica

    TRADUCCCION
Francesc Fernández

    OTROS DATOS
Barcelona, 2008, 400 páginas. 29 €



Cubierta de la versión del libro en inglés

Cubierta de la versión del libro en inglés


Reseñas de libros/No ficción
Paul Krugman: Después de Bush. El fin de los neocons y la hora de los demócratas (Crítica, 2008)
Por Francisco Fuster, martes, 4 de noviembre de 2008
Es condición intrínseca de cualquier premio o reconocimiento concedido por un jurado, el hecho de generar división de opiniones, de provocar por igual, afinidades y discrepancias con la decisión. Quizá una de las pocas excepciones a esta regla, la pudimos ver el pasado 13 de octubre cuando el economista estadounidense Paul Krugman fue galardonado con el Premio Nobel de Economía, en un fallo unánimemente reconocido por el gremio como justo y merecido. Otra cosa distinta son las razones por la que este premio llega en este preciso momento, en plenas elecciones presidenciales en los Estados Unidos y con Barack Obama y John McCain en la recta final hacia la Casa Blanca. Oficialmente, Krugman es premiado “por su análisis de los patrones de comercio y la localización de la actividad económica”. Extraoficialmente, a su impecable currículum académico y a su revolucionaria contribución a la teoría económica internacional, factores que nadie pone en duda, Krugman añade el hecho de ser uno de los mayores y más radicales críticos con la Administración Bush, gracias a sus célebres columnas publicadas en The New York Times que le han convertido en los últimos años, en un auténtico azote para el Partido Republicano encarnado en George W.Bush y le han elevado a una categoría mediática desconocida hasta el momento para cualquier economista, habiéndose convertido a juicio del Washington Monthly en “el columnista político más importante en los Estados Unidos”.
Para aquellos que todavía no le conozcan, basta echar una rápida ojeada a la trayectoria personal y profesional de Paul Robin Krugman (Long Island, Nueva York, 1953), para advertir que se trata de una auténtica autoridad mundial en materia económica. Profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, Krugman es un economista formado en el neokeynesianismo y especialista en comercio internacional, campo en el que ha publicado manuales y artículos de referencia. Entre otros reconocimientos cuenta con una medalla John Bates Clark (1991), y un Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (2004), además del ya citado Nobel de Economía.

No obstante esta impecable hoja de servicios, y fuera de las paredes de Princeton, Krugman es internacionalmente conocido y respetado por su labor como analista político y como autor de libros de divulgación en los que ha hecho gala de una extraordinaria capacidad para explicar los datos y conceptos de la economía a la gente de la calle, con un lenguaje conciso y directo que ha llevado a algunos a hablar incluso de un Krugman-style, una forma de comunicar mundialmente imitada. Pero aún por encima de esta labor como divulgador, el economista ha pasado a ser un autor casi de culto seguido por multitud de incondicionales desde que en el año 2000 entrara a formar parte de la plantilla de The New York Times como columnista en la Op-Ed Page (la página opuesta a la del editorial, firmada por colaboradores ilustres que no comparten normalmente la línea editorial del periódico). Desde esta privilegiada tribuna y dos veces por semana en los últimos ocho años, ha ejercido el análisis económico y político de la realidad americana, desplegando una profunda y sistemática crítica contra el gobierno ultraconservador de su reconocido enemigo, George W. Bush. Tal es así que el nombre de Krugman va inevitablemente ligado al del presidente Bush, como el del columnista conservador William Safire va ligado al de Bill Clinton. Krugman se ha convertido en Estados Unidos –quizá junto con otro Nobel crítico con Bush como Joseph Stiglitz– en una especie de cronista de la decadencia del imperio Bush, una decadencia seguida día a día a través de sus columnas y de su famoso blog The Conscience of a Liberal, también albergado en The New York Times y diariamente actualizado. Toda esta crítica a Bush y todas sus ideas para cambiar a los Estados Unidos y mejorar su sistema político y económico las ha resumido en su último libro, editado originalmente con el título The Conscience of a Liberal (W. W. Norton, 2007) y publicado este mismo año por la Editorial Crítica como Después de Bush. El fin de los neocons y la hora de los demócratas, título que, si bien es más descriptivo, le quita al volumen toda la carga de sentido otorgada por el título original.

Ya desde la introducción, el autor toma partido y deja clara su postura. Para él, la única posibilidad de salvación para el modelo democrático americano, basado en la igualdad de oportunidades y la fortaleza de sus clases medias, pasa por una restauración de las políticas sociales del New Deal. Considera que durante la segunda mitad del siglo XX y especialmente en los periodos de gobierno del Partido Republicano, se ha producido un auténtico desmantelamiento de ese Estado del Bienestar a la americana que fue el New Deal

The Conscience of a Liberal es una clara declaración de intenciones, una carta de presentación para una persona que se considera, por encima de cualquier tendencia, un auténtico liberal, hablando siempre en el sentido americano del término. Y es que según el profesor de Princeton, el movimiento conservador americano ha conseguido desacreditar la palabra liberal, vaciándola de contenido y provocando un desplazamiento de posturas en el espectro político americano y una aparente paradoja concretada según el autor, en “el hecho de que aquellos que nos denominamos liberales somos, en considerable medida, conservadores, mientras quienes se califican a sí mismos de tales, resultan ser, mayoritariamente, profundamente extremistas. Así, los liberales queremos reinstaurar la sociedad de las clases medias en la que crecí; quienes se llaman a sí mismos conservadores pretenden retrotraernos a la Edad Dorada, haciendo caso omiso de un siglo de historia” (p. 295). Krugman no se considera progresista ni partidario del Partido Demócrata, sino simplemente un liberal que cree en las “instituciones que limitan la desigualdad y la injusticia”. En este sentido, el título original del libro es también un guiño a otro título celebérrimo en la teoría política americana: The Conscience of a Conservative (1960), un libro publicado por el ultraconservador Barry Goldwater, candidato a la presidencia por el Partido Republicano en 1964. La obra de Goldwater (escrita en realidad por el periodista L. Brent Bozell Jr.), criticada como radical y ultraderechista en su día, ha pasado a ser considerada con el tiempo como la verdadera fundadora e inspiradora del moderno movimiento conservador americano, estando en la base, para algunos, de la Revolución Neoconservadora iniciada por Ronald Reagan en la década de los ochenta.

Como contrapunto al libro de Goldwater, Krugman también ha querido dejar su sello y su contribución al liberalismo norteamericano. Lo ha hecho durante estos últimos años desde su columna en The New Tork Times y lo ha hecho con este excelente ensayo-resumen que es Después de Bush, un libro que sintetiza a la perfección su visión de la evolución política de los Estados Unidos durante el siglo XX. Y es que, además de las páginas dedicadas al gobierno de Bush, en el libro se da un repaso a la historia más reciente del país, en una revisión que arranca con el periodo que la historiografía llama la Edad Dorada y que dedica una especial atención al que es para el autor el mejor periodo en la historia de los Estados Unidos: la etapa del New Deal y de Franklin D.Roosevelt. En este recorrido por la historia política americana, Krugman nos ofrece una de las mejores explicaciones del triunfo de George W.Bush en 2000 y de su reelección en 2004 que se han ofrecido últimamente. Para ello, toma como referencia la evolución del Partido Republicano en los últimos cincuenta años, realizando una exhaustiva radiografía al movimiento conservador americano, uno de los indiscutibles protagonistas del libro.

Afirma, además, que a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y el inicio de la Guerra de Irak, el movimiento conservador ha conseguido identificarse como el líder en la defensa de la seguridad nacional, apropiándose del sentimiento patriótico americano y presentando al Partido Republicano como el auténtico protector de los valores tradicionales americanos

Ya desde la introducción, el autor toma partido y deja clara su postura. Para él, la única posibilidad de salvación para el modelo democrático americano, basado en la igualdad de oportunidades y la fortaleza de sus clases medias, pasa por una restauración de las políticas sociales del New Deal. Considera que durante la segunda mitad del siglo XX y especialmente en los periodos de gobierno del Partido Republicano, se ha producido un auténtico desmantelamiento de ese Estado del Bienestar a la americana que fue el New Deal y de las políticas reformistas de Roosevelt. La progresiva supresión de impuestos y la creciente privatización del sistema sanitario han llevado al país a una situación de polarización social y económica insostenible, materializada en una evidente pauperización de las clases medias, en favor de una elites económicas beneficiadas por la política conservadora del capitalismo sin barreras y la desregulación del mercado, impulsada por un gobierno federal reducido a la mínima expresión. Frente a esto, Krugman defiende una solución neokeynesiana de mayor intervención estatal y de control de la economía, centrada sobre todo, en una mayor inversión pública en política social de cara a la consolidación de una sólida clase media americana.

Pero para lograr esto, Krugman piensa imprescindible un cambio de rumbo en el timón del país, una entrada de los demócratas en el gobierno, que aleje del poder a un movimiento conservador poderosísimo, una maquinaria de think tanks y grupos de presión de toda índole, que han conseguido perpetuarse gracias a sus comunes intereses económicos: “el dinero representa el elemento que aglutina el movimiento conservador, financiado por un puñado de individuos enormemente ricos y un cierto número de grandes corporaciones, todos los cuales no pueden sino ganar como resultado de una mayor desigualdad económica, del cese de la fiscalidad progresiva y del desmantelamiento del Estado del Bienestar, en una palabra, de una revocación del New Deal” (p. 17). Esta “vasta conspiración derechista” tiene como finalidad conseguir el control del Partido Republicano. Afirma, además, que a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y el inicio de la Guerra de Irak, el movimiento conservador ha conseguido identificarse como el líder en la defensa de la seguridad nacional, apropiándose del sentimiento patriótico americano y presentando al Partido Republicano como el auténtico protector de los valores tradicionales americanos.

Con la guerra como telón de fondo y elemento de distracción de la atención (Krugman habla de “armas de distracción masiva”), la Administración Bush se habría dedicado a desplegar todo un programa político y legislativo destinado a eliminar las barreras fiscales y a reducir el alcance de unas ya de por sí débiles políticas sociales

Este y otros factores explican, según el autor, los altos índices de popularidad alcanzados por George W. Bush tras los atentados de las Torres Gemelas, atentados que, por su magnitud y posteriores consecuencias, han marcado indeleblemente el tono de cruzada contra el enemigo nacional que ha caracterizado a la Administración Bush. Habla Krugman, en alusión a esos momentos posteriores a los atentados, de un “ambiente de exaltación patriótica generalizada, en virtud del cual todo gobierno, al embarcarse en una contienda, cuenta, inicialmente, con la explosiva adhesión de la opinión pública, sin perjuicio de lo corrupto o incompetente que sea ese gobierno o de lo insensata que resulte esa contienda” (p. 227). La reputación de ser más firmes que los demócratas en materia de seguridad nacional que se reconoce a los presidentes republicanos desde la época de Reagan o Bush (padre) y los éxitos iniciales en Afganistán, disiparon en pocos meses las sospechas cernidas sobre un presidente con poca experiencia política y llegado al poder tras un eterno y polémico recuento electoral en el que Bush se impuso por pocos votos al demócrata Al Gore, quien se había impuesto en el voto popular.

A partir de este momento, y con el pretexto de una lucha providencial contra el terrorismo islámico de Al Qaeda y contra el régimen dictatorial de Saddam Hussein, Bush y su gobierno se embarcaron en sendas guerras en Irak y Afganistán, con unas desastrosas consecuencias ya por todos conocidas. Con la guerra como telón de fondo y elemento de distracción de la atención (Krugman habla de “armas de distracción masiva”), la Administración Bush se habría dedicado a desplegar todo un programa político y legislativo destinado a eliminar las barreras fiscales y a reducir el alcance de unas ya de por sí débiles políticas sociales. Consecuencia de todo ello habría sido la consolidación de un modelo económico que conjuga la autorregulación del mercado a través de esa mano invisible descrita por Adam Smith, con un capitalismo de supervivencia del más fuerte, versión actualizada y adaptada de la teoría de la destrucción creadora hecha célebre por Joseph Schumpeter. A nivel político, el de Princeton coincide con la mayoría de analistas americanos de tendencia izquierdista –tanto progresista como liberal–, en señalar estos ocho años de gobierno de Bush como una etapa de profunda involución y retroceso en lo que a libertades individuales se refiere. En este sentido, el conservadurismo compasivo de Bush habría rodeado a su gobierno con ese halo de cruzada religiosa y moral en aras de la conservación de los valores más tradicionales, lo que en la práctica ha significado la constante injerencia en la política de las iglesias protestantes del sur, ajenas por completo a esa teórica separación vigente en los Estados Unidos entre Iglesia y Estado.

Sin llegar a hablar directamente de crisis económica (el libro fue publicado en 2007, mucho antes de que nadie pudiera imaginar la magnitud de la actual crisis financiera), en Después de Bush sí que se dan una serie de claves que hablan de una gestión económica desastrosa. Se pone el acento varias veces en el enriquecimiento de las elites y el empobrecimiento de las clases medias americanas, habla y mucho, de las hipotecas basura y de los créditos concedidos por los bancos americanos sin ningún tipo de garantías

En su análisis del éxito alcanzado por Bush en las dos elecciones en las que se ha impuesto, el libro también presta especial atención a un fenómeno sorprendente que ha generado multitud de debates y bibliografía: el cambio de orientación electoral de los votantes blancos sureños, provocado según Krugman, por un movimiento conservador que ha sabido monopolizar el Partido Republicano, escorándolo a la derecha y explotando la cuestión racial hasta el punto de identificarse en el sur del país, como el partido defensor de la población blanca frente a la negra. En este sentido, el autor alude varias veces a lo largo de su libro a un conocido ensayo de Thomas Frank titulado What’s the Matter with Kansas? How Conservatives Won the Heart of America (2004), un estudio de caso en el que el autor analiza, tomando al Estado de Kansas como ejemplo, cómo este Estado ha pasado de ser un feudo demócrata, a finales del siglo XIX, a verse caracterizado en las últimas décadas por un creciente conservadurismo republicano derechizante. La conclusión es muy similar a la del propio Krugman: es el movimiento conservador en toda su complejidad de intereses múltiples y no el Partido Republicano, quien ha ejercido de facto el gobierno de los Estados Unidos de América durante los últimos ocho años.

Teniendo en cuenta todos estos datos, el balance que hace Paul Krugman no es difícil de adivinar: Estados Unidos necesita alarmantemente un cambio de gobierno que evite un empeoramiento irremediable y que haga imposible esa vuelta al New Deal por él preconizada. Sin llegar a hablar directamente de crisis económica (el libro fue publicado en 2007, mucho antes de que nadie pudiera imaginar la magnitud de la actual crisis financiera), en Después de Bush sí que se dan una serie de claves que hablan de una gestión económica desastrosa. Se pone el acento varias veces en el enriquecimiento de las elites y el empobrecimiento de las clases medias americanas, habla y mucho, de las hipotecas basura y de los créditos concedidos por los bancos americanos sin ningún tipo de garantías. Habla del poder omnímodo de Wall Street y de los millones de americanos que viven en una total indigencia sanitaria, sin ninguna cobertura médica y sin poder cobrar prestaciones por desempleo, debido a la precariedad de unos trabajos que les condenan a la pura supervivencia diaria.

A lo largo de esta apasionante campaña electoral, Krugman adoptó una primera postura de imparcialidad y distancia, ligeramente inclinado a favor de la hoy olvidada Hillary Clinton, con cuyo programa económico simpatizaba más. Hoy la cosa es diferente y, pese a que mantiene una actitud muy crítica con toda la clase política americana, sí es cierto y evidente que apoya la elección del demócrata Barack Obama, hasta el punto de que incluso algunos tímidos rumores han apuntado al nombre del Nobel de Economía como un candidato al puesto de Secretario del Tesoro si se impone finalmente el senador afroamericano. En lo que sí insiste el capítulo final de su libro es en que, si ganan los demócratas –y esto va sobre todo por Obama, a quien Krugman criticó por su postura ambigua durante las primarias demócratas y por su excesivamente moderado programa económico–, estos deben abandonar su idealista postura de diálogo y consenso con los republicanos, para adoptar lo que el autor llama una actitud partidista, la única actitud posible si lo que se quiere es implantar un programa progresista que restablezca una democracia viva y competitiva, esto es, lo único que de verdad importa a un liberal con conciencia de serlo.
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