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Emilio Vivar: <i>Los anónimos de la Guerra de Cuba</i> (Ediciones Carena, 2009)

Emilio Vivar: Los anónimos de la Guerra de Cuba (Ediciones Carena, 2009)

    AUTOR
Emilio Vivar

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Cózar (Ciudad Real, España), 1943

    BREVE CURRICULUM
Estudió bachillerato por libre en Valdepeñas y, después, magisterio en Ciudad Real. Más tarde se trasladó a Blanes (Girona), donde ha ejercido su profesión docente durante 39 años. Desde pequeño inventó historias. Veía cada hecho a través de la fabulación, que le servía de refugio




Creación/Creación
Emilio Vivar: Los anónimos de la Guerra de Cuba (Ediciones Carena, 2009)
Por Emilio Vivar, lunes, 1 de marzo de 2010
Esta historia, escrita por Emilio Vivar, Los anónimos de la Guerra de Cuba (Ediciones Carena, 2009), está contada en tres planos: el de la actualidad, el de la década de los cincuenta del siglo pasado y el de la Guerra de Cuba. La correspondencia entre una historiadora y un biólogo pertenece al plano de la actualidad. Estos dos personajes ya habían tenido una cierta relación de adolescentes, y hablan de esa época, en pleno franquismo, que pretendía adoctrinar a los educandos, llenándoles la cabeza con mitos heroicos que nada tenían que ver con la realidad en que vivían
—Niño, pocas noticias tenía de la familia, nadie de los míos sabía escribir y tenían que pedir favores si alguna vez querían mandarme una carta. Tampoco me enviaban paquetes, pues yo se los había prohibido: los alimentos, al llegar a la isla, ya estaban más que podridos. Mi preocupación era por la familia que había dejado y las noticias que me llegaban, que no eran muy halagüeñas. Más que nada, era por egoísmo, no te lo voy a negar. A la familia la quería, pero ¿si al volver a casa me encontraba con que estaban en la ruina?, ¿salir de una pesadilla para caer en otra? Lo que me contaba el amigo González me bajaba el ánimo. Todavía me acuerdo del sucedido de unos vecinos de su familia, los Gurripanchos. Adversidades de la vida, decía González. Se ve que esos vecinos sólo tenían un hijo al que querían librar de la guerra, así que se pusieron en manos de un prestamista. A ver qué necesidad tenían de eso, que hubieran vendido un trozo de tierra y santaspascuas. Pero ellos se dejaron liar por uno de esos tíos, por sus palabras bonitas y cuentos de la lechera. Luego no pudieron responder a los intereses tan altos en el momento oportuno y se vieron con la soga al cuello. Las cosechas, el hielo o las nubes se pusieron de parte del usurero. Dio la mala pata de que la escasez reinaba por todas partes y no se podía esperar nada bueno si uno se entrampaba. Cuando los Gurripanchos dejaron de pagar las letras que había firmado, se vieron sin un mal celemín de tierra y en la propia calle, porque hasta la casa les embargaron. Y como ellos mucha gente, que hubiera debido estar tan tranquila en sus casas, quedó arruinada.

No sé qué pasó que, de repente, los elementos se torcieron. Los que no tenían nada, se morían de hambre porque no había forma de comprar las pitanzas más necesarias con el jornal que ganaban y, a los que teníamos cuatro picos de tierra, tampoco nos alcanzaba casi ni para cubrir los gastos. En tiempos de paz, en nuestra familia, mal que bien, íbamos sacando el pellejo: las viñas daban cuatro uvas, los cereales y las olivas también dejaban una perrilla. Lo mismo pasaba con el ganado que, además de dar una peseta, iba creciendo en número de cabezas. Con la guerra lo pasaron mal muchas personas, incluso las que no participaron en ella. Y al terminar la guerra, continuamos pagando las consecuencias aún durante mucho tiempo. Como te decía, a mí me entró el canguelo de que, al volver a mi casa, no pudieran atenderme por haber caído en desgracia.

—Pero usted tenía una familia grande. Si no eran sus padres, porque ya serían viejos, algún hermano lo podría atender.

—¡Quita de ahí, niño! Antes al contrario, he sido yo el que, durante toda la vida de adultos, ha tenido que echar una mano a mis hermanos. A la hermana que aún me queda, no. Esa hizo una buena boda y, gracias a Dios, nunca le ha faltado para comer. Tampoco le fue mal al pequeño desde que se colocó de portero en una finca de Madrid, pero nada de tirar cohetes. En cambio, no les fue muy bien a mis dos hermanos mayores, que en paz descansen. Muchas veces me has oído contar cómo don Remigio se portó mal con ellos ¡Encima que engañó a mi padre en lo que se refiere a mí! Con mis hermanos hizo lo que quiso, ajustándoles cada vez más los contratos de arrendamiento. Entre eso y que se casaron y se llenaron de churumbeles, han andado toda la vida escasos de medios.

—Abuelo, ¿y por qué sus hermanos no dejaron de servir a ese señor si era malo?

—Cosas de la vida. Y que los tenía bien amarrados; sabía llevarlos por donde a él le interesaba, con el temor a las guerras y con el lío de deudas que siempre tenían con él.

—¿Qué guerras?, ¿no acabaron con la de Cuba?

—¡Qué va! Continuaron las de África. Y mis hermanos, aunque ya no estaban en edad de servicio, permanecían en la reserva, que entonces duraba doce años. De eso se valía don Remigio para meterles el miedo en el cuerpo.

A lo que iba, que la familia le parece a uno muy importante cuando estás tan lejos de tu tierra y sin saber si vas a salir con vida o no ¿Recuerdas lo disgustado que estaba con mi padre? Pues allí casi se me pasó el tormento. En una situación tan extraña como la guerra, mi cabeza era como una pizarra de la que se podían borrar con un trapo todas las ofensas escritas en ella. En las oscuras noches de la manigua, después de un día de hostigamientos del enemigo, cuando se nos podían echar encima los diablos cabalgando con sus machetes, si conseguía conciliar el sueño era para tener pesadillas. Soñaba que volvía a mi casa, el único refugio que me quedaba en la vida, lisiado. Sí, sueño que mi madre me recibe con abrazos y lágrimas. Me consuela, me trata como si fuera un niño de teta. También mi padre me abraza, pero creo que no le agrada mucho la desgracia que ha entrado en su casa, que soy yo. Arruga el entrecejo para dar a entender que está preocupado. No sé si le agobia mi adversidad por sí misma o por lo que ella arrastra: tener que alimentarme gratis por toda la vida. Tendrá que hacerlo, además de porque es su deber de padre, por el qué dirán. Ante esta situación, a mí no me queda más que agachar la cabeza y hacerme el tonto. Que hagan conmigo lo que quieran. Ahora soy como una piedra. Si me quieren dar de comer, que me den. Si me quieren dejar morir de hambre, que me dejen. Pasan los días y los meses. Mi madre sigue tratándome con el mismo cariño de siempre, pero a mi padre la situación se le va haciendo pesada, noto su rechazo. Adivino que tiene preparado un plan para que yo me vaya lejos de la casa, a donde nadie me conozca, y me dedique a pedir limosna. Ya me veo pidiendo por compasión en una ciudad desconocida: “Caridad para un pobre tullido de guerra que no se puede ganar el pan”.

—Venga, abuelo, no se haga mala sangre pensando en si su padre lo quería o no. Cuénteme lo de la desgracia de su amigo.

—¿De qué amigo hablas? Perdí muchos en esa guerra. Y, fíjate lo que son las cosas, de todos los conocidos que tuve, casi ninguno murió de las batallas, sino del hospital.

—No lo entiendo, abuelo.

—Que, de mis amigos íntimos, sólo el Rubio murió luchando. Fue durante una emboscada que nos tendieron los mambises. Murió desangrado en medio de las cañas de azúcar. Un negrazo de esos le había herido el cuello con su machete. Salió de detrás de una loma como una exhalación, montado en su caballo y, antes de que nos diera tiempo a echarnos el máuser al hombro, ya había dañado al Rubio y desaparecido. Así era esa gente. Pero no abundaban los casos de esos. Los muertos eran más bien de hospital, ya te digo. Si no hubiera sido por eso, González y otros muchos hubieran vuelto a sus casas. Había tantas enfermedades que nos tenían más acobardados que el enemigo; unos decían que era cosa del clima, de los mosquitos y de los bichos raros que había por allí; otros decían que los negros eran brujos y sabían echarnos su mal de ojo u otras brujerías que se les daban muy bien; los terceros decían que se debían a las muchas porquerías que nos tocaba meternos en el cuerpo, por las narices, la boca o el pellejo.

Yo creo que más bien fue por la boca por donde le entró el mal a González, porque fue en lo único en lo que se diferenció de mí. Mira que le dije que no bebiera de esa agua. Pero él, ciego de sed como estaba, no pudo atender a razones. Yo tuve que beber mis propios meados, y menos mal, porque me libré de beber de esa cosa asquerosa que se llevó a González a la tumba. Cuando ya ha pasado todo, cuando estás en tu casa con tu jarro de agua limpia y fresca, te preguntas, ¿cómo fui capaz de tragar aquellas inmundicias? No te acuerdas de que eres esclavo de tu cuerpo y que si él te manda que bebas un agua que huele mal, llena de animales muertos, tú obedeces y bebes, porque la sed te desespera. Lo mismo que cuando estás en tu mesa, con tu pan tierno, tus buenos chorizos y jamones, te dices ¿cómo es posible que comiera ratas y algún cacho de caballo muerto? Pues a González le dio el telele cuando íbamos de marcha entre una ciudad que le decían Manzanillos y Puerto Príncipe. Algunas cosas las tengo presentes porque ya había aprendido a escribir y las iba apuntando en cualquier papelazo que encontraba, para después relatarlas por carta. Íbamos agotados por tanto andar, a causa del peso en las mochilas, el calor que te aplanaba, las botas que te rozaban los pies y te hacían sangrar. Esa sangre que, mezclada con el sudor y el polvo, formaba un pegamento que te impedía quitártelas, al menos yo no me pude quitar las botas hasta que ellas solas se cayeron a pedazos.

Pues ese día tan penoso fue cuando empezó a atacar el telele a González. Le agarraron los temblores y no había quien le hiciera dar ni un paso más, ni siquiera el sargento que lo amenazaba con el cinturón. Pero él no reaccionaba. El sargento nos ordenó al bizco y a mí que nos pusiéramos al lado de González y lo arrastráramos. El muchacho estaba tan mal que ni siquiera se podía sujetar a nuestros hombros, fue un rato angustioso porque, si no podíamos tirar de nuestro cuerpo, ¿cómo podríamos tirar de nuestro compañero? Se puso a llover a cántaros y, con el barro, los pies pesaban un quintal. Total que, como lo que no se puede, no se puede, tuvimos que rendirnos y cargar a González en el carro de los enfermos. Y como la esperanza es lo último que se pierde, yo creía que mi amigo no tenía ningún mal importante, que su cansancio era superior al de los demás y que, una vez descansado, volvería a ser el hombre brioso de siempre. Pero los temblores aumentaron, lo mismo que el pajizo de la cara y, a ratos, perdía el conocimiento. El teniente no tuvo más remedio que enviarlo a eso que llamaban hospital. Yo me arriesgué a más palos y supliqué al oficial que lo dejaran un poco más de tiempo entre nosotros, que meterlo en la enfermería era como darle la llave para que entrara en el otro mundo, pero no me hicieron caso. El único consuelo que tuve fue poder acompañarlo en sus últimos momentos en este valle de lágrimas. A causa de la lluvia, los jefes acordaron acampar en un batey y esperar a que escampara. En medio de aquel pueblecito de chozas había una construcción de adobes donde depositaron a los moribundos. Desde luego, aquel pequeño edificio no podía dar posada a tanto enfermo, y eso que no había camas, los aquejados se hallaban tumbados en el suelo, tocándose los unos a los otros; el que tenía más suerte yacía sobre una manta. Al no haber pasillos entre un enfermo y otro, habías de ir saltando por encima de los cuerpos y, a veces, los pisabas. No veas las asuras que pasé yo en los últimos días de vida de González, le sostuve la mano y él no me soltó en ningún momento. Fíjate si yo, en la vida civil, estaba acostumbrado a dormir con los animales y eso, pero el trato que recibían en aquel sanatorio las personas, a mí me parecía peor que el que recibían las bestias.

***


“Soldados: las cruzadas y tradiciones, puestas en peligro por los rebeldes, enemigos de nuestra desgraciada España, os piden el glorioso deber de dejar, siquiera sea por poco tiempo, las ricas tierras en que nacisteis, surcar los profundos mares y sentar las plantas ante las enemigas tierras cubanas. Viva España será siempre vuestro lema guerrero. Por España debéis luchar hasta morir. Que, muriendo en defensa de la Patria, vuestro nombre será imperecedero y las generaciones del porvenir rendirán verdadero culto a vuestra valentía. Sobre todo, tened en cuenta que tenéis la honrosa gloria de participar en una Guerra Santa. Sabed que, cada enemigo que muera es un enemigo de Dios, que irá a ocupar el sitio privilegiado, al lado de su padre que es Satanás. Porque el Diablo reina en Cuba a sus anchas. Los insurrectos han quemado dieciocho iglesias y se ha desatado un verdadero infierno contra la religión. Que Dios os acompañe, como os acompaña nuestro cariño y que pronto tornéis victoriosos a vuestro hogar querido, en donde dejáis las más hermosas afecciones. Sabed que, así como Moisés levantó las manos al cielo para bendecir a su pueblo, el Sumo Pontífice León XIII, desde el Vaticano. Os envía también su apostólica bendición.”

(Resumen del discurso del Nuncio Apostólico, en la despedida de las tropas en Valencia).



Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Carena en la persona de su director, José Membrive, la gentileza por permitir la publicación de este fragmento del libro de Emilio Vivar, Los anónimos de la Guerra de Cuba (Ediciones Carena, 2009).
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