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Alfonso Montoro: <i>Igual el amor que la locura</i> (Ediciones Carena, 2010)

Alfonso Montoro: Igual el amor que la locura (Ediciones Carena, 2010)

    TÍTULO
Igual el amor que la locura

    AUTOR
Alfonso Montoro

    EDITORIAL
Ediciones Carena

    OTROS DATOS
Barcelona, 2010. 181 páginas. 12 €




Reseñas de libros/No ficción
Alfonso Montoro: Igual el amor que la locura (Ediciones Carena, 2010)
Por José Cruz Cabrerizo, miércoles, 1 de diciembre de 2010
En El caos del conocimiento: del árbol de las ciencias a la maraña del saber, Juan Arana se pregunta: “¿Cuál es el grado de sinceridad de las sonrisas que dedicamos a nuestros colegas y de las alabanzas que prodigamos a sus investigaciones? No hay que ser muy malicioso para decir que tanto menor cuanto más próximos están los temas que trabajan ellos y los que trabajamos nosotros”. Es mejor que Alfonso Montoro, el autor de Igual el amor que la locura, no se fíe de las sonrisas que le dirijan a su libro, ni de esos mariachis que lo peor que pueden hacerle a uno es dirigirle sus alabanzas. Aunque su poética, su lenguaje, su tratamiento de la materia narrativa esté a años luz de lo nuevo novísimo o de lo conocido conocidísimo.
En Montoro usted va a encontrar un autor alejado de los cánones temáticos, de la preocupación instintiva por la factura material, de las tramas acunadas de fanfarrias, y del telón de fondo y de la ambientación asfáltica. Nada tiene que temer este autor por tanto, pues su producción no está próxima a la de nadie. ¿Pretensiones por convertirse en autor “de culto minoritario”? No parece que esas fueran las intenciones; en ninguno de los relatos hay un retorcimiento que busque estar por encima de Vicente y la gente, el lector no tiene la sensación de que escribe un perdonavidas. Porque si de algo se nutren estos relatos es de gente corriente.

Reconocemos eso sí alguna reflexión sobre el tiempo (qué autor no le concede sus fuerzas a tema tan universal). Ese es el caso de “Al acecho”, que apunta a los fantasmas del reloj de una forma tan tangencial que no se nota. La excusa narrativa de este relato me parece de lo más original: las cuadrillas de ancianos que vigilan las obras. Y es que con algunas de estas narraciones uno se da un cachete en la frente al tiempo que se dice el “¡Cómo no se me ocurrió a mí!”, la sencillez de lo cotidiano.

El tiempo es un denominador común, o más certeramente un segmento de tiempo: el tiempo del cambio a la pubertad, del despertar del deseo, y esa zona común de un tiempo donde gentes que rezan rosarios y oyen misa se entremezclan con hijos o sobrinos que habitan un mundo distante años luz

Aunque la verdad es que entre estos veintisiete relatos que ocuparían muchos compartimentos diferentes por su disparidad unos de otros, el tiempo es un denominador común, o más certeramente un segmento de tiempo: el tiempo del cambio a la pubertad, del despertar del deseo, y esa zona común de un tiempo donde gentes que rezan rosarios y oyen misa se entremezclan con hijos o sobrinos que habitan un mundo distante años luz. Ese cruce es cierto en relatos de ambientación rural como en “Cuando llega el otoño” (un nieto vivaquea con el cadáver de su abuelo en medio del campo antes del entierro), en el relato urbano de soledad terrible y segmentación personal de otro abuelo y otro nieto en “Maldito”, y en “Nos hace el apaño”, donde abuelo y nieto comparten los favores carnales de una empleada de hogar complaciente.

En este volumen hay de todo: desde “El conejo sabelotodo” con un punto de vista que emana de una niña pequeña, hasta lo darviniano o ibérico con su carga de testosterona mortal (“Marchito” por ejemplo es uno de los relatos destacables de este libro). Un ejemplo también del doble sentido (chispeante “La redentora”), otros de una gracia, inventiva y ocurrencia pasmosas (“Guiños de niños” me hizo reír con su final). “Uno rubio y otro moreno” es de una frescura y de un nivel de detalle, de una minuciosidad sorprendente, página 127 “Y ella volvía a abrir el monedero y sacaba cuarenta duros más para cada uno. Y yo le ayudaba a cerrarlo y de paso hacía el intento por robar unas monedas. Ella sonreía, quita, so sinverguenza”. Un relato no exento de un cierto misterio y de una pregunta que queda flotando en el aire: ¿quién engaña a quién? Y “Pantys de seda” no es menos destacable en cuanto al modo de proceder del dentista, que viene a cerrar una galería de personajes que están del otro lado de la línea de la moral sexual como el Don Benito de “Un espejo delator”, a quien en el español de otro tiempo tacharían de “viejo verde”.

Pero sobre todos los temas, la hegemonía es de los relatos que exploran el deseo como materia troncal en una etapa difusa de la preadolescencia

En esa línea de relato no convencional, de un personaje en las antípodas de lo que cabe esperar se sitúa “Bajo un feo faldón”. Y no se me deben olvidar ni “Mercedes”, la obra maestra de este volumen, ni otros dos que habrían alcanzado la misma sublime altura narrativa si el autor no hubiera errado el tiro. “La nodriza” es un ascenso de buena literatura que al final se precipita en la confusión, en la ocultación demasiado severa. “Cualquier otro caprichito” puede prescindir perfectamente de ese interés sorpresivo, primero porque se adivina desde el principio esa pretensión que “afea” un relato casi impecable, donde un nudo fortísimo nos hace contener la respiración. Quien más expone más arriesga, y desde luego veintisiete relatos son muchos, lo que honra al autor.

Pero sobre todos los temas, la hegemonía es de los relatos que exploran el deseo como materia troncal en una etapa difusa de la preadolescencia. El deseo que doblega al voluntad (“A la carrera”), la delgada línea social que lo separa de la perversión en las situaciones fronterizas: bigamia (“Don”), incesto (“Soledad”), pederastia (“Pantys de seda”)…

Igual el amor que la locura, primer libro de Alfonso Montoro, parece un libro sincero, interesante, y digno.
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