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Eduardo Galeano: Las venas abiertas de América Latina (Siglo XXI)

Eduardo Galeano: Las venas abiertas de América Latina (Siglo XXI)



Carlos Malamud es Catedrático de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

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Simón Bolívar

Simón Bolívar

Luiz Inácio Lula da Silva

Luiz Inácio Lula da Silva

Hugo Chávez

Hugo Chávez


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Lugares comunes latinoamericanos
Por Carlos Malamud, lunes, 2 de junio de 2008
La retórica latinoamericana está plagada de lugares comunes. Es tal su peso que algunos utilizan el concepto literario de realismo mágico. Su presencia es constante en cualquier recorrido que se haga por el mundo de las ideas, de las imágenes y de las representaciones regionales. Sin ánimo de ser exhaustivo, pretendo iniciar una serie de frescos, de pinceladas, sobre algunos de los tópicos con más presencia en la actualidad regional. Esta serie no quiere indagar en torno a las grandes explicaciones sobre el atraso latinoamericano, o sobre sus recurrentes fracasos. Ni siquiera busca responder a preguntas del tipo: ¿Zavalita, cuándo se jodió el Perú? Las reflexiones futuras sólo buscan ilustrar algunos de los problemas que atenazan a la región, que llevan una y otra vez a tropezar en la misma piedra y que de un modo inmisericorde y compulsivo condenan a los líderes y caudillos latinoamericanos a reinventar permanentemente la rueda.
Según el Diccionario del Español Actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, un lugar común es “una idea vulgar o manida utilizada en una conversación o un texto”, o “un principio general del que se saca la prueba para un argumento”, o también un tópico (en literatura, “un tema o forma de expresión que se repite a lo largo de la historia literaria”). De acuerdo con estas definiciones, las interpretaciones y explicaciones más frecuentes sobre la realidad y el pasado latinoamericanos están plagadas de lugares comunes. Algunos de ellos son verdades, otras son simplemente mentiras y la gran mayoría son sólo verdades a medias que, como suele ocurrir con lo que es parcialmente verdadero y parcialmente falso, acaban distorsionando totalmente la realidad. Quizá uno de los ejemplos más claros en este sentido es la llamada teoría de la dependencia, que tuvo un predominio mayoritario en el mundo universitario e incluso en la mayor parte de la opinión pública latinoamericanos.

Si bien en la actualidad la teoría de la dependencia no tiene el éxito editorial de entonces, su influencia sigue siendo devastadora. Las venas abiertas de América Latina (The Open Veins of Latin America, en su versión inglesa), de Eduardo Galeano, no sólo ha sido traducido a varios idiomas, sino que sus múltiples ediciones han servido de texto oficial sobre la historia latinoamericana en numerosas universidades de Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo. La idea que descansa sobre éste, y otros muchos trabajos similares, es muy sencilla. A partir del inicio de la conquista europea, América se convirtió en una sucesión de posesiones coloniales, explotadas y expoliadas de forma sistemática. Como consecuencia de ello, las decisiones no se tomaban en América sino en las respectivas metrópolis, responsables en última instancia de todo cuanto ocurría en territorio americano.
 
Hay lugares comunes que no surgen de la estadística sino de la opinión, del convencimiento personal, de la experiencia particular convertida en categoría
 
Pese al renacer populista y al peso que la llamada doctrina bolivariana tiene en el continente, el peso de la teoría de la dependencia ha disminuido. Sin embargo, esto no quiere decir que hayan desaparecido los lugares comunes del pensamiento latinoamericano, de eso que recientemente se ha dado en llamar el imaginario colectivo. De alguna manera los lugares comunes recorren todo el espectro ideológico, permean a todas las clases sociales y atraviesan sin ningún tipo de problemas ni pasaporte las fronteras nacionales. Uno de los casos más recientes es el de la figura de Bolívar y de su ideario como eje del pensamiento liberador para toda América Latina. Ya no sólo se habla de Bolívar como referente de la independencia en el área andina. El presidente Lula, por ejemplo, se ve en la obligación cada vez que tiene enfrente al comandante Hugo Chávez, de citar en sus discursos alguna gesta de la epopeya bolivariana o del significado del pensamiento bolivariano para el futuro venturoso de la región. Todo el mundo sabe del peso que Simón Bolívar tuvo en el desarrollo histórico brasileño del siglo XIX. Y lo mismo se puede decir de muchos otros países de la región, como los centroamericanos, México o Argentina.

Hay lugares comunes de todo tipo. Uno de los más repetidos, y que refleja una realidad lacerante y brutal es la de “América Latina es la región más desigual del mundo”. En este caso, el tópico tiene un irrefutable correlato estadístico, que, sin embargo, debería ser matizado en función de lugares y épocas. Pero hay otros que no surgen de la estadística sino de la opinión, del convencimiento personal, de la experiencia particular convertida en categoría. Es la aplicación permanente del empirismo casero: aquello que ocurre en mi entorno es fácilmente trasladable al conjunto de la sociedad, como, por ejemplo, que “el narcotráfico es un problema de los consumidores, no de los productores”. En buen romance esto significa que son los consumidores de los países ricos los que deben afrontar el problema, y no los productores de los países pobres, que sólo se limitan a sembrar coca, un producto tradicional cargado de una alta valoración simbólica, marihuana o amapola.

El descrédito de la democracia, especialmente de la democracia representativa, permite afirmaciones del tipo “la democracia es una idea importada”, producto de la ignorancia y del desconocimiento histórico
 
De este corte son las ideas de que “las instituciones no cuentan”, que “la única democracia que sirve es la participativa”, que “la democracia es la que se hace en la calle” o que “las elecciones son una farsa”, por fraudulentas. El descrédito de la democracia, especialmente de la democracia representativa permite afirmaciones del tipo “la democracia es una idea importada”, producto de la ignorancia y del desconocimiento histórico. También se afirma que sólo existió el voto cualificado, lo que servía para no reconocer el derecho a sufragio a millones de ciudadanos. En realidad la democracia, la práctica de las elecciones y la idea de la ciudadanía surgen al mismo tiempo que las repúblicas latinoamericanas, tras los procesos de independencia a comienzos del siglo XIX.

Hay también creencias formadas a partir de la historia, como aquella que dice que “la izquierda latinoamericana no cree en la democracia, la derecha tampoco”. En esta línea, la idea de la “no ingerencia en asuntos de terceros países” la podemos encontrar en prácticamente todos los gobiernos actuales de América Latina, con independencia de sus orígenes. De algún modo es una teoría derivada de la llamada Doctrina Estrada, que planteaba el reconocimiento automático de los presidentes que asumían el poder, con independencia de su origen (democrático o dictatorial, a través de elecciones o por golpes de estado, etc.).

Algunos de estos lugares comunes tienen un elevado valor simbólico, otros inciden directamente en la lucha política y en las disputas por el poder, otros sirven para alimentar viejas y nuevas contradicciones que dividen a las sociedades americanas

Ciertos tópicos frecuentes aluden a las relaciones internacionales, a la presencia de Estados Unidos en el hemisferio y a los procesos de integración regional. Por eso hay que recalcar una y otra vez que “los de afuera nos dividen” o que si América Latina no está integrada es porque a “los Estados Unidos no les interesa”. De alguna manera estas ideas devienen de la vieja concepción imperial y colonial de que “el imperialismo [obviamente norteamericano] nos oprime y nos exprime”. La creencia en el carácter omnipresente de los Estados Unidos en la región lleva a la idea de que todos los golpes de estado que hubo en la segunda mitad del siglo XX fueron impulsados por el gobierno de Washington. Afirmaciones semejantes terminan siendo una coartada perfecta para las elites latinoamericanas, que de este modo se descargan de cualquier responsabilidad, ya que la responsabilidad última siempre es de los gringos. La explotación colonial está muy unida a un esquema rígido de la división internacional del trabajo, que condena a los países latinoamericanos a ser únicamente productores de alimentos y materias primas para los mercados internacionales. Por eso, el lugar común alternativo es el de que “sin industria nacional no hay país”.

Por último también encontramos un nutrido grupo de lugares comunes relacionados con los indígenas, los ahora llamados pueblos originarios, aunque nadie aclara de qué origen se está hablando. Poco importa. La idea es que ese carácter originario permite justificar una gran cantidad de demandas relacionadas con derechos políticos y económicos, así como el acceso a la propiedad de la tierra y de otros recursos naturales. Para hacer más creíble esta suerte de teoría adánica hay que insistir en el carácter edénico de las sociedades americanas previas a 1492 y en la hecatombe que supuso la conquista posterior. El tópico, por tanto, debe girar en torno a la asociación entre conquista y genocidio indígena, así como en la idea de que tanto en el período colonial como en el republicano los indígenas carecían absolutamente de derechos y su participación en la vida política y en la vida pública era prácticamente nula.

Algunos de estos lugares comunes tienen un elevado valor simbólico, otros inciden directamente en la lucha política y en las disputas por el poder, otros sirven para alimentar viejas y nuevas contradicciones que dividen a las sociedades americanas. Por eso es importante poner de relieve cuánto tienen de verdad y cuánto de mentira. Por eso es importante reducir la retórica a lo imprescindible, anteponiendo la realidad al realismo mágico, por más bellas que sean las metáforas que se cuentan.
 
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