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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano




Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Los dos excesos y el déficit que frenan la integración regional en América Latina
Por Carlos Malamud, sábado, 3 de diciembre de 2005
Es frecuente escuchar que la integración regional en América Latina no avanza lo suficiente por la existencia de fuertes obstáculos, generalmente exógenos. Estas interpretaciones se suelen centrar en el imperialismo norteamericano, nada interesado en que prospere la unidad continental por aquello del “divide y vencerás”. Aplicar la teoría conspirativa para analizar la división regional no es algo nuevo, ya que desde el siglo XIX, el imperialismo, en cualquiera de sus versiones (británico, francés o norteamericano), estaba interesado en la “balcanización” de América Latina.
Sin negar la importancia de los factores externos en la vida política interna de los países y regiones, o incluso el papel jugado en América Latina por Gran Bretaña en el siglo XIX y Estados Unidos en el XX, prefiero poner el acento en las cuestiones internas, a las que se les suele prestar menos atención y distinguiría la existencia de dos excesos y un déficit entre las principales causas que frenan la integración en América Latina. Los primeros se concretarían en la desmesura de la retórica y el gran peso del nacionalismo instalado en la opinión pública latinoamericana; el déficit respondería básicamente a la falta de liderazgo regional.

Comencemos por la falta de liderazgo. Se puede afirmar que ninguno de los dos grandes gigantes regionales, Brasil y México, han desempeñado el papel que les habría correspondido por su tamaño, capacidad e, inclusive, riqueza. Tampoco Argentina, cuando pudo hacerlo, se colocó a la cabeza de América Latina. Esta falta de liderazgo se explica por la inexistencia de una necesidad real para la integración, al estar los distintos países más preocupados en sus propios problemas que en el vecindario. También, hay que señalar la falta de recursos, aunque esta cuestión no debería encubrir la falta de determinación política. Sin embargo, las explicaciones suelen centrarse en la omnipresencia de los Estados Unidos, pero es obvio que aquí también nos enfrentamos con un claro intento de descargar responsabilidades. Los estudiosos de la integración latinoamericana suelen mirar a la Unión Europea (UE) en la búsqueda de inspiración o modelo. Pues bien, en el proceso de unificación europeo, donde el componente político fue más importante que el económico, el eje franco-alemán, hoy en crisis, tuvo un papel relevante. Y eso que los intereses de Estados Unidos en Europa eran, y son, muy superiores a los que tenían, y tienen, en América Latina. Si bien Europa era un frente decisivo de la Guerra Fría, tras la Revolución Cubana y la crisis de los misiles el peso de las cuestiones hemisféricas se hizo sentir.
Se dice que la integración es la mejor herramienta para sacudirse el yugo de la dominación extranjera y frente al “divide y vencerás” se muestra como contraimagen el concepto de “la unión hace la fuerza”

La falta de liderazgo se explica también por los costes asociados al ejercicio de ese liderazgo, algo que nadie ha querido asumir hasta la fecha, al pensarse de forma sistemática que los beneficios a obtener serían sustancialmente inferiores a los costes. Esta actitud, sin embargo, ha comenzado a cambiar en la medida que hay un país, Venezuela, con los recursos suficientes y una idea clara de lo que quiere hacer con ellos. Y como siempre ocurre cuando hay espacios vacíos, alguien tiende a llenarlos, lo que podría suceder ante la inacción de Brasil y México.

Entre los excesos, el primero es el del nacionalismo. Más allá de las declaraciones permanentes (luego viene la retórica) a favor de la unidad latinoamericana, América Latina ha avanzado muy poco en la unificación. Desde la ALALC (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio) y la ALADI (Asociación Latinoamericana de Integración), de principios de la década de 1960, hasta la Comunidad Andina de Naciones (CAN), los resultados concretos han sido muy escasos, y el proceso de integración está signado por la existencia de un baile de siglas. Inclusive el Mercosur (Mercado Común del Sur), puesto en su día como el ejemplo más acabado de la integración subregional en América Latina y el modelo a seguir por unos y otros, y elegido como interlocutor privilegiado por la UE, atraviesa serios problemas internos. Si bien las turbulencias que enfrenta el gobierno brasileño no favorecen la consolidación del Mercosur, las dificultades de este ensayo compartido por Argentina y Brasil, y otros socios menores, vienen de antaño. Los problemas brasileños también repercuten en el proceso de creación de la Comunidad Sudamericana de Naciones (uno de los más recientes ensayos hacia la integración, en este caso, sudamericana) también impulsada por Itamarati, el ministerio brasileño de Asuntos Exteriores. En todos estos casos poco se ha avanzado en la creación de estructuras supranacionales capaces de llevar adelante la integración regional. Y aquí aparece el exceso de nacionalismo, ya que ningún país latinoamericano está en condiciones de ceder la cuota mínima de soberanía que permita construir las instituciones supranacionales. Y sin ellas, ningún proceso de integración, regional o subregional, puede avanzar y consolidarse.
¿Cuán duradero y sostenible puede ser un proceso de integración territorial impulsado a golpe de talonario y no en base a convicciones y acuerdos políticos concretos?

Por último, tenemos el exceso de retórica, una cuestión omnipresente en América Latina, con sus frecuentes alusiones al “realismo mágico”, que suele impedir un buen diagnóstico de la región. Según parece, la unidad latinoamericana es el final necesario del desarrollo histórico de América Latina. También se dice que es la mejor herramienta para sacudirse el yugo de la dominación extranjera: frente al “divide y vencerás” se muestra como contraimagen el concepto de “la unión hace la fuerza”. Desde este punto de vista, últimamente se presenta a Simón Bolívar como el nuevo y gran apóstol de la unidad latinoamericana. Inclusive el proyecto estrella del comandante Hugo Chávez para oponer al ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) es el ALBA (Área Bolivariana de las Américas). No quisiera centrarme aquí en un pormenorizado análisis del ideario bolivariano (lo que merecería un ensayo algo más prolongado que éste), sino señalar únicamente que la idea unitaria del libertador se vincula directamente a la estructura del Imperio español en América, un imperio en disolución cuando Bolívar escribió su célebre carta de Jamaica, en 1815. Más allá de que la figura de Bolívar sea totalmente ajena a la historia mexicana, habría que preguntarse qué tienen que ver Brasil o el Caribe no español con su pensamiento…

Aquí es donde el exceso de retórica se une a la falta de liderazgo. El gobierno venezolano, ante la falta de una clara dirigencia del proceso de integración latinoamericano, y con los ingentes recursos derivados del petróleo, ha decidido hacerse cargo de los enormes costos que supone dicho liderazgo, y que ni Brasil ni México quieren asumir. De este modo, la energía se ha situado en el centro del proceso integrador, y se piensa que como ocurrió con el carbón y el acero en el caso europeo, el petróleo y el gas pueden impulsar la integración latinoamericana. Se olvida, sin embargo, el componente político del proyecto europeo, que no termina de quedar claro en América Latina, más allá de la retórica. Por eso debemos preguntarnos cuán duradero y sostenible puede ser un proceso de integración territorial impulsado a golpe de talonario y no en base a convicciones y acuerdos políticos concretos. De todos modos, si no se solucionan los déficits y los excesos existentes, poco avanzará el proceso de integración regional, algo que se presenta como necesario para el futuro de la región, y también para Europa y el resto del mundo.
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