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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
La democracia en América Latina (I)
Por Carlos Malamud, sábado, 21 de julio de 2001
Iniciamos hoy una serie de varios artículos que tiene por objeto repasar el estado de la democracia en América Latina, atendiendo a los principales desafíos y retos que debe afrontar, así como a los mayores condicionantes y problemas que frenan su desarrollo. A lo largo de las próximas entregas iremos ampliando y poniendo en orden algunas de las cuestiones que aquí se esbozan.
Tras los años dorados de la transición, cuando la euforia dominaba casi toda América Latina, hoy salen a relucir por doquier los problemas, algunos de ellos muy serios (ver “El estado de la democracia en América Latina”, en ojosdepapel.com del 31/3/2001). Las amenazas que afectan el futuro democrático de la región son muy serias, comenzando una vez más por la Venezuela bolivariana. Hoy está a punto de producirse lo que algunos denunciamos desde su inicio, y que muchos bienpensantes se negaron a admitir, y algunos lo siguen haciendo todavía ahora. Si el desmembramiento de los partidos tradicionales dio paso al golpista comandante Chávez, la fragmentación de su Movimiento V República aumenta el aislamiento del dictador. Ya se habían ido los de Patria Para Todos, ahora se van los del Movimiento al Socialismo (MAS). Ante sus constantes reveses, Chávez advirtió en los últimos días que una revolución armada sería la única salida si la revolución bolivariana, teóricamente pacífica, no prospera. Al mismo tiempo crecían en Caracas los rumores de un autogolpe y de que se implantaría el estado de excepción para poder combatir la inseguridad, la corrupción y la pobreza. Parece que su propia legislación, hecha a su imagen y semejanza, ya le ha quedado pequeña al autoproclamado heredero de don Simón.

Algunas iniciativas recientes intentan analizar estas cuestiones, y en algunos casos proponer algunas soluciones. El tema fue intensamente debatido por importantes personalidades en la mesa redonda Democracia y nueva agenda latinoamericana, celebrada dentro del ciclo Democracia y nuevo milenio organizado por El País. Del problema también se ocupan algunos ex presidentes latinoamericanos convocados por el colombiano Ernesto Samper, quienes están elaborando una Agenda global para América Latina, que no sólo intenta realizar un diagnóstico de la actual coyuntura, identificando uno a uno los principales problemas de la región, sino también proponer una serie de alternativas posibles que corrijan la actual deriva que vive la democracia en el subcontinente.


Llama poderosamente la atención que cuando se discute de democracia en América Latina se discute de economía, de conflictos sociales, de corrupción o de otros temas, pero se piensa mucho menos en el funcionamiento del propio sistema


En la mesa redonda de El País, el escritor mexicano Carlos Fuentes sintetizó lo que piensan muchos políticos, analistas y académicos sobre el porvenir latinoamericano: Si las instituciones democráticas no producen resultados sociales para estrechar el abismo entre ricos y pobres, más temprano que tarde podemos tener el retorno a nuestra más vieja tradición: el autoritarismo. En este punto deberíamos introducir una vieja pregunta, de difícil solución y que admite múltiples respuestas: ¿debe la democracia dar de comer? Por su lado, la Agenda que propone Samper señala que la gobernabilidad, junto con la equidad, la competitividad y la identidad, son las áreas prioritarias a las que hay que dar respuesta. Es verdad que todo esto existe. También es verdad, como señaló Fernando Henrique Cardoso, que América Latina es el continente de la injusticia, un sitio donde las desigualdades a la hora de repartir la renta son pavorosas. Sin embargo, la pregunta central es por dónde atajamos los problemas. Y aquí, creo, que la vuelta y la revalorización de la política y de los políticos es imprescindible. Pero no sólo eso. Se trata también de reforzar la democracia existente, especialmente ante algunos ataques que está sufriendo en los últimos tiempos. Ya Chávez se encargó de recordarnos que la democracia representativa estaba en fase terminal en la región y que había que apostar por la democracia participativa y bolivariana.

Si hay que rescatar la democracia, bueno es aclarar qué entendemos por tal, sobre todo ante el manoseo que actualmente sufre el concepto. Los zapatistas se declaran demócratas, pero quieren establecer una sociedad con dos tipos de ciudadanos y de derechos, unos válidos para el común de los mortales, y otros, especiales, para los indígenas. Los chavistas también hablan de democracia y constantemente vulneran sus normas. Por eso, la apuesta por la democracia representativa, la democracia de los ciudadanos y de los derechos individuales debe ser clara. Por eso hay que tener mucho cuidado con las afirmaciones del tipo: la democracia no es sólo una cuestión electoral, por cuanto se trata de una afirmación destinada muchas veces a minar la razón de ser de los procesos electorales y la cesión de soberanía que hacen los ciudadanos en sus representantes a través del comicio. Llama poderosamente la atención que cuando se discute de democracia en América Latina se discute de economía, de conflictos sociales, de corrupción o de otros temas, pero se piensa mucho menos en el funcionamiento del propio sistema.

En América Latina la corrupción se ha convertido en un tema central de la agenda y de ahí la necesidad de que los políticos den rápidamente cuenta de la cuestión


En este marco aparece la cuestión de la participación y de la sociedad civil. Por supuesto que cuanta más gente participe en las elecciones, mayor será la legitimidad del gobierno, pero nadie oculta, por el contrario, cuáles son los riesgos de la democracia directa y de que ésta rápidamente derive hacia fórmulas autoritarias de gobierno. Otra cosa es que la democracia establezca los necesarios controles y garantías que regulen el funcionamiento de los distintos poderes y la rendición de cuentas de los gobernantes durante y después de su gestión.

La sociedad civil, por su parte, se ha convertido en el reino de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG´s), la contrapartida buena de los corruptos y perversos partidos políticos. En los últimos tiempos el fenómeno de la corrupción ha llevado el descrédito al campo de los políticos y sus partidos. Más allá de la discusión de si hoy hay más corrupción que antaño o lo que ocurre en realidad es que estamos frente a una sociedad informativamente más abierta, que se hace eco rápidamente de cualquier denuncia de corrupción, lo cierto es que en América Latina la corrupción se ha convertido en un tema central de la agenda y de ahí la necesidad de que los políticos den rápidamente cuenta de la cuestión.

La democracia no es un sistema extraño o importado en América Latina. Las elecciones, la ciudadanía y la representación nacieron junto a las nuevas repúblicas. En algunos casos inclusive antes


América Latina tiene un índice de confianza interpersonal sumamente bajo. Según el Latinobarómetro de 2000, en todo el continente éste era del 16%, la cifra más baja de los últimos cinco años. Con esos mimbres, ¿cómo se pueden construir instituciones democráticas duraderas? Los políticos latinoamericanos han ensayado algunas reformas, unas más exitosas que otras, como la introducción de la segunda vuelta para las elecciones presidenciales, o la celebración de primarias para seleccionar a los candidatos de los partidos. En algunos casos (Argentina, Perú, Brasil y Venezuela) hemos asistido al pavoroso espectáculo de cómo al autorizar la reelección presidencial sus mandatarios cambiaban las normas, en mitad del juego, en beneficio propio. Muchas de estas reformas en vez de reforzar a los partidos, tienden a debilitarlos. La reelección nos lleva a otra cuestión importante, la del presidencialismo y la de su reforma, un tema que también debe ser debatido con mayor detalle.

Es verdad que son muchos los problemas y los desafíos, pero también es verdad que la democracia no es un sistema extraño o importado en América Latina. Las elecciones, la ciudadanía y la representación nacieron junto a las nuevas repúblicas. En algunos casos inclusive antes. Pero, de todas formas en la cultura política de las sociedades latinoamericanas, las elecciones y la democracia son elementos profundamente asentados. Sólo se trata de darles el valor y la jerarquía que tienen.
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