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Carlos Malamud

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Alberto Fujimori

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
El estado de la democracia en Amércia Latina
Por Carlos Malamud, sábado, 14 de julio de 2001
En los últimos meses han sonado numerosas alarmas que nos hablan de los apuros que atraviesa la democracia en América Latina. Si bien no todos los modelos nacionales responden al mismo patrón ni las circunstancias de cada país son las mismas, lo cierto es que estamos muy lejos del ambiente de euforia y de optimismo en el futuro que se respiraba a mediados de los noventa.
Cuando se habla de los años 80 en América Latina se suele aludir a la década perdida. En realidad, se trata de un concepto puramente económico que nos transporta directamente al grave retroceso económico sufrido por todas las economías regionales en aquellos años, una situación agravada por la crisis de la deuda externa que comprometió entonces el futuro y la viabilidad de numerosos estados latinoamericanos. Por el contrario, desde un punto de vista estrictamente político nos encontramos con un proceso democratizador que afectó a casi todos los países de la región. El fenómeno fue de tal importancia que a principios de los 90 se podía decir que todos los países latinoamericanos, salvo Cuba, tenían regímenes democráticos o, al menos, representativos. Era tal la confianza en el futuro que en pocos años algunos politólogos comenzaron a abandonar el concepto de transición para imponer el de gobernabilidad.

Algunos sucesos posteriores, como el auto golpe de Fujimori o los acontecimientos de Haití, comenzaron a poner peros a la generalización positiva, pero en líneas generales la idea de que el paraíso estaba al alcance de la mano podía valer. Hoy la situación es radicalmente diferente, llena de luces y sombras, de algunos (pocos) avances y de otros (los más) retrocesos. Entre los avances podemos comenzar señalando el caso de México y de la madurez de su pueblo, que hizo posible el triunfo de Vicente Fox y con él el de la alternancia. En Santo Domingo se produjo un fenómeno parecido y en Perú asistimos al repliegue del fujimorismo y estamos expectantes ante las próximas elecciones presidenciales que frente a las anteriores ocurridas en ese país serán un ejemplo de limpieza y de seriedad política. Fue precisamente en Perú donde el escándalo sintetizado en los vladivideos que han inundado el ciberespacio limeño abrió el camino para la regeneración de la vida democrática.

Aludiendo a los retrocesos vemos como las dificultades saltan a la vista a lo largo y a lo ancho del continente. Por un lado, el comandante Chávez hizo renacer el viejo ideario populista, camuflado tras el mito bolivariano, un fenómeno que algunos cuantos ilusos pensamos en su momento definitivamente desterrado de América Latina. No es este el espacio para referirnos a la degradación de la vida política venezolana durante el reinado del nuevo César, ya lo haré en una próxima columna, pero baste como botón el hecho de que el bolivariano presidente ha decidido recurrir a la Guardia Nacional (la policía militarizada) para reprimir las crecientes muestras de descontento popular. Por otro lado, persisten los inquietantes signos de la violencia política en un país, Colombia, que durante décadas fue ejemplo de comportamiento democrático para el resto del continente. Simultáneamente negros nubarrones se extienden sobre Ecuador y Paraguay, que, con estilos diferentes, son otros dos casos extremos de debilidad y de la fragilidad de sus sistemas políticos y partidarios y la mejor prueba de que en América Latina hacen falta Estados fuertemente estructurados y cohesionados para poder responder a los desafíos del futuro.



Según datos del Latinobarómetro para el año 2000, el índice de confianza interpersonal es del 16%, cuando en 1996 era del 20%. Mientras tanto, en otras regiones del mundo desarrollado la media es del 60%



Sin ánimo de exhaustividad ni pretendiendo marcar prioridad alguna en lo referente a su magnitud, me gustaría enumerar algunos de los principales problemas que afectan las actuales democracias latinoamericanas, aunque antes quisiera plantear un elemento positivo frente a tanta negatividad. Pese a todos los problemas, pese a todas las consideraciones negativas y pesimistas que se quieran hacer sobre su fragilidad, lo cierto es que la democracia sigue siendo percibida en América Latina como un bien a conservar, aunque el número de quienes la respaldan ha comenzado a descender de forma preocupante. Al mismo tiempo debemos tener presente que décadas atrás, no demasiadas, y por problemas mucho menores que los actuales, en muchos países latinoamericanos ya estaríamos en presencia de dictaduras militares. Tenerlas sólo en el recuerdo es un buen consuelo.

En 2000, un 60% de los latinoamericanos apoyaba la democracia que tenían, lo que es una cifra bastante considerable. Claro está que nadie firma un cheque en blanco y prueba de ello es el bajo índice de confianza interpersonal existente en la región. En efecto, según datos del Latinobarómetro para el año 2000, el índice de confianza interpersonal es del 16%, cuando en 1996 era del 20%. Mientras tanto, en otras regiones del mundo desarrollado la media es del 60% (50% en Estados Unidos y 68% en Suecia). El dato es muy preocupante, por cuanto la confianza interpersonal es una condición necesaria para lograr una participación política efectiva y poder desarrollar instituciones democráticas. En parte esta situación está vinculada, aunque no únicamente, a los altos niveles de corrupción y al amplio descrédito de los políticos y de los partidos en la mayoría de las sociedades de la región.



La responsabilidad de las elites políticas, económicas e intelectuales de los distintos países es elevada. El deslizamiento de la confianza en la democracia es el mejor caldo de cultivo para nuevas aventuras autoritarias




Junto a estos problemas hay algunos otros que debemos tener presentes como la delincuencia organizada (mafias, narcotráfico, lavado de dinero, tráfico de armas, de niños y de órganos, etc.); la creciente inseguridad ciudadana que en muchos países comienza a ser percibida como el principal problema que afecta a los ciudadanos, un problema que, por cierto, afecta de forma más aguda a los grupos de menores recursos que suelen estar inermes frente a una criminalidad en aumento o los fallos y las deficiencias de una justicia que debe imponer su independencia ante el poder político y los poderes fácticos. Asociadas a estas cuestiones están la corrupción policial y la masificación de la población carcelaria que cuestionan permanentemente la vigencia de algunos derechos fundamentales.

Las dificultades económicas, con sus secuelas de pobreza y marginación, hacen aumentar ante la ciudadanía los cuestionamientos a que se somete a la democracia y llevan a muchas personas a preguntarse, erróneamente, si valía la pena conquistar o reconquistar la democracia para esto. En todo este escenario la responsabilidad de las elites políticas, económicas e intelectuales de los distintos países es elevada. El deslizamiento de la confianza en la democracia es el mejor caldo de cultivo para nuevas aventuras autoritarias. La corrupción de los políticos y, simultáneamente, la descalificación que ciertos intelectuales y muchas ONG´s hacen de la política son el mejor reclamo para la involución. Sólo el reforzamiento de la democracia puede insertar definitivamente a las sociedades latinoamericanas en el siglo XXI.
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