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Carlos Malamud

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Carlos Malamud (coord.): "Legitimidad, representación y alternancia en España y América latina, 1880-1930" (FCE, 2000))

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Hilda Sábato (coord.): "Ciudadanía política y formación de las naciones. Perspectivas históricas de américa Latina" (FCE, 1999)

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Carlos Malamud: "Partidos políticos y elecciones en la Argentina: la Liga del Sur, 1908-1916" (UNED, 1997)

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
La democracia en América Latina (II)
Por Carlos Malamud, sábado, 28 de julio de 2001
En ciertas ocasiones se presenta a la democracia como un fenómeno claramente ajeno a la realidad latinoamericana, recalcándose el hecho de ser una institución ajena a las tradiciones locales. Más allá de los tópicos resulta claro que su implantación fue muy temprana y que su impacto en la cultura política local ha sido muy útil en el desarrollo de una cultura democrática.
Cuando se habla de la historia de los procesos y de las prácticas electorales en América Latina se suele recaer en una serie de tópicos, generalmente originados en la muy difundida creencia de que las elecciones latinoamericanas del siglo XIX eran una mera farsa y a lo sumo, en palabras del estudioso norteamericano C.E. Chapaman, en 1932, un fenómeno curioso que sólo servía para consolidar a los regímenes oligárquicos entonces presentes en la región. La idea era que las elecciones eran controladas por los gobiernos y las maquinarias electorales de los partidos, y que los caudillos y el clientelismo jugaban un papel clave, convirtiendo a los comicios en cualquier cosa menos en la expresión de la voluntad popular.

Esta interpretación se ve reforzada por el hecho de que los resultados aparecían marcados por el fraude y la violencia, lo que distorsionaba todavía más la pureza de las cifras. Esta idea de farsa también fue incentivada por los propios contemporáneos. Eduardo Posada-Carbó cita la opinión de un colombiano que refiriéndose a la elección presidencial de 1898 señalaba que todo estaba convenientemente dispuesto para la escena final de esta comedia electoral. Una comedia que, obviamente, estaba al servicio de los sectores sociales más ricos y poderosos, que eran los que montaban la farsa en su propio beneficio.



Desde el mismo momento de su nacimiento como naciones republicanas, los países latinoamericanos tuvieron en las elecciones el principal mecanismo de selección de sus autoridades ejecutivas (presidentes y, en determinados casos, gobernadores y alcaldes), así como la de sus parlamentarios (nacionales y provinciales) y representantes municipales


Sin embargo, esta visión resulta algo distorsionada y por eso es conveniente insistir en el hecho de que desde el mismo momento de su nacimiento como naciones republicanas, los países latinoamericanos tuvieron en las elecciones el principal mecanismo de selección de sus autoridades ejecutivas (presidentes y, en determinados casos, gobernadores y alcaldes), así como la de sus parlamentarios (nacionales y provinciales) y representantes municipales. Las elecciones, celebradas regularmente, no sólo servían para poner un límite temporal a los mandatos de los cargos electos, sino también para dotar de legitimidad a los mismos, partiendo del criterio de que el titular de la soberanía era el pueblo y que ésta era cedida a las autoridades a través de los comicios.

Todavía bajo el manto del Imperio español se produjo la primera convocatoria electoral de alcance continental con ocasión del proceso que buscaba elegir los diputados a Cortes de 1809. El devenir posterior de las elecciones estuvo signado por el proceso emancipador que provocaría la ruptura entre las colonias y su ex metrópoli, así como por la entrada en vigor de la Constitución gaditana de 1812, que tuvo un gran impacto en todo el continente pese a que en algunos países, como la Argentina, no se haya aplicado nunca. Desde entonces las elecciones abrieron nuevos cauces para la participación política de los ciudadanos, un concepto que debió descubrirse y dotarse de contenido a todo lo largo de dicha centuria, en un fenómeno similar al también ocurrido con el concepto de democracia. La gran revolución política que fue la independencia supuso no sólo el inicio del período republicano sino también el nacimiento de la ciudadanía. De hecho, el nacimiento de las nuevas republicanas es simultáneo al paso de una sociedad de súbditos a otra de ciudadanos.

El marco legal impuesto por la Constitución de 1812 no suponía restricción alguna en el ejercicio del voto ni por criterios de riqueza (no existía el voto censitario) ni por motivos de instrucción (no se excluía a los analfabetos)


El marco legal impuesto por la Constitución de 1812 no suponía restricción alguna en el ejercicio del voto ni por criterios de riqueza (no existía el voto censitario) ni por motivos de instrucción (no se excluía a los analfabetos), si bien es verdad que habrá que esperar a las décadas posteriores a 1930 para ver cómo se va implantando en los diversos países de la región el sufragio femenino. Pese a algunos intentos, hoy sabemos que no pueden aplicarse a América Latina las teorías evolutivas de expansión paulatina y gradual del universo electoral elaboradas por Marshall o por Rokkan, siguiendo el modelo trazado de acuerdo con la evolución histórica de Gran Bretaña o Estados Unidos.

Las reformas electorales realizadas en los diversos países de la región a lo largo del siglo XIX tuvieron efectos contradictorios, como muestran las medidas legales adoptadas durante la década de 1890 en Brasil y Perú, que introdujeron el requisito de saber leer y escribir para poder ejercer el derecho del sufragio, lo que supuso restringir de hecho el número potencial de votantes al excluir a negros e indios respectivamente. Sin embargo, es necesario insistir en el hecho de que los indígenas de forma individual e incluso las comunidades indígenas participaron en el juego electoral en países tan dispares como Guatemala o Bolivia, según demuestran recientes investigaciones.

A principios del siglo XIX no había muchos países en todo el mundo en que las elecciones se hubieran implantado como el método más adecuado para dirimir los conflictos en torno al poder


Las elecciones implicaron desde el primer momento que el poder se veía sujeto a determinadas reglas, como la limitación temporal de los mandatos o la necesidad de renovar periódicamente los mismos. Fueron las elecciones, y los ciudadanos electores, quienes proporcionaban a los gobiernos la necesaria legitimidad para su funcionamiento. Era tal su importancia que buena parte de las revoluciones, pronunciamientos y demás turbulencias ocurridas en la región en el siglo XIX estaban asociados a los procesos electorales. Señalemos finalmente que en muchos países se votaba casi todos los años y en algunos varias veces al año.

Pese a todas las objeciones que se puedan plantear al desarrollo de los regímenes representativos y a la maduración de la democracia en la región, lo cierto es que a principios del siglo XIX no había muchos países en todo el mundo en que las elecciones se hubieran implantado como el método más adecuado para dirimir los conflictos en torno al poder. Los problemas sobre el funcionamiento del sistema (baja participación, corrupción, fraude, violencia, etc.) eran compartidos en aquel entonces por casi todos los países donde los comicios se habían impuesto. Este largo, y esquemático, paseo por la región nos demuestra las profundas raíces que las instituciones democráticas tienen en América Latina y explica porqué los anticuerpos del populismo y del autoritarismo han funcionado tan eficazmente pese a los severos ataques que la democracia ha sufrido durante largas décadas.
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