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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano



Hugo Chávez

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Evo Morales

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Marcos

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Felipe Quispe

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Fidel Castro

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Gonzalo Sánchez de Losada

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Abadallah Bucarán

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Julio Mahuad

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Alberto Fujimori

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Populismo y democracia representativa en América Latina
Por Carlos Malamud, martes, 13 de enero de 2004
La reciente caída del presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Losada ha vuelto a poner sobre el tapete el tema de la solidez de los regímenes democráticos en América Latina, junto con el regreso de uno de los más deletéreos fantasmas latinoamericanos: el populismo. Lo paradójico del caso es que esta vez los populistas se hacen llamar demócratas y dicen actuar en defensa de la democracia. El problema radica en que nunca definen el modelo de democracia que defienden y por lo general sus premisas son profundamente antidemocráticas.
Del comandante Hugo Chávez al líder cocalero Evo Morales, pasando por el subcomandante Marcos, todo el entramado, complejo y contradictorio, vinculado al populismo latinoamericano hace gala de un cierto democratismo. No sólo eso, de hacer caso a la propaganda del régimen castrista, en Cuba impera la más perfecta democracia de toda la región. Claro está que se nos habla de una democracia participativa, ya que la otra, la representativa, no permite la libre y completa expresión popular. La cosa no acaba aquí, porque en los últimos tiempos y con el revival etnicista que conoce América Latina nos venimos a enterar que es en las comunidades indígenas donde se practica la democracia en estado puro. Gracias a los usos y costumbres y al contacto directo, sin intermediaciones de ningún tipo, los líderes y el pueblo funcionan en una simbiosis perfecta, que permite que se cumpla el precepto marquiano del mandar obedeciendo.

Claro está que se trata de un mundo utópico, que poco tiene que ver con la realidad o con el funcionamiento democrático de una sociedad, con los derechos de los ciudadanos y con la garantías que deben velar la convivencia social. Cada vez con mayor frecuencia vemos como en diferentes regiones de algunos países latinoamericanos, como Bolivia, Perú, Guatemala o México, se tiende a aplicar algún tipo de justicia comunitaria, con venerables ancianos ejerciendo de jueces, en procesos sumarísimos y sin garantías de ningún tipo. En Bolivia, los sucesos que llevaron al derrocamiento del presidente Gonzalo Sánchez de Losada se originaron precisamente en las demandas de un grupo de campesinos que pedía la libertad de un compañero acusado de asesinato en un caso de justicia comunitaria (toda las reivindicaciones vinculadas a la crítica contra las exportaciones del gas y aquellas relacionadas con las agendas étnica, antineoliberal y antiglobalizadora vinieron después). En Perú, una indígena fue salvaje y gravemente herida en la vagina después de ser juzgada y condenada por adulterio por un tribunal comunal. En México, miles de indígenas han tenido que huir de las comunidades controladas por los zapatistas, bien porque se los privó de sus tierras o bien por estar descontentos con los métodos aplicados por las comunidades autónomas, aquellas que sí practican el buen gobierno y no el mal gobierno característico de la otra sociedad, la capitalista, la insolidaria, la que no tiene en cuenta a la madre naturaleza ni a los pueblos originarios.
El indigenismo se ha convertido en una de las reivindicaciones centrales de una parte de la izquierda latinoamericana, aquella que todavía añora la buena época de la guerra fría, la que extraña la lucha armada, la agrupada en torno al Foro de Sao Paulo

Pedro Pitarch ha escrito un reciente artículo sobre “Los zapatistas y el arte de la ventriloquia” (Claves de Razón Práctica, Nº138, diciembre de 2003) en el cual analiza en clave chiapaneca el indigenismo que rodea la lucha del EZLN. En nuestros días, el indigenismo se ha convertido en una de las reivindicaciones centrales de una parte de la izquierda latinoamericana, aquella que todavía añora la buena época de la guerra fría, la que extraña la lucha armada, la agrupada en torno al Foro de Sao Paulo, donde participan los bolivarianistas de Hugo Chávez y los cocaleros bolivianos o los guerrilleros de las FARC y los piqueteros argentinos. Es en este punto donde populismo e indigenismo convergen y donde plantean una seria amenaza a la democracia representativa. Para ello basta leer las declaraciones preocupantes de Evo Morales o de Felipe Quispe (su enemigo irreconciliable), que no se recatan a la hora de señalar el pueblo debe armarse para conquistar el poder o que la justicia a aplicar es la de ellos. Precisamente por eso, uno de los principales problemas que suscita el tema es la permanente incompatibilidad existente entre la democracia y las reivindicaciones indigenistas. Todas ellas parten de reivindicar los derechos comunitarios, derechos colectivos, que poco o nada tienen que ver con los derechos de los ciudadanos, de los individuos. Se trata de una cuestión que va al meollo de la cuestión: ¿quién es el actor de la democracia: el ciudadano o las corporaciones?

En la XIII Cumbre Iberoamericana celebrada en Santa Cruz de la Sierra se produjo un hecho insólito. Por primera vez en la historia de las Cumbres se realizó un foro social alternativo, impulsado por Evo Morales. Un representante del foro habló en la sesión inaugural ante los jefes de estado y de gobierno y manifestó que su opinión no podía ser desoída ya que expresaban a cientos de millones de personas. Aun siendo mayoritarios en algunos países como Bolivia o Guatemala, los indígenas (en el supuesto de que se pueda saber quién es indígena y quién no) no alcanzan una cantidad semejante. Por eso también habría que ver a quiénes y por qué les interesa levantar la bandera del indigenismo en la lucha política. Para algunos líderes políticos tradicionales (y los Quispe y los Morales son un buen ejemplo) se trata de una forma de acumular poder y de estar presentes en la primera línea de una lucha que dejó de expresarse únicamente a través de los partidos políticos tradicionales. Para otros es una manera de acceder a la tierra y a otros recursos naturales.
Es importante recordar que la democracia representativa y las elecciones no son ajenas a la historia de las repúblicas latinoamericanas y que son tan antiguas como ellas

El derrocamiento de Sánchez de Losada ha servido para poner sobre la mesa otro tema preocupante, vinculado con la fragilidad de ciertas democracias latinoamericanas: el poder de la gente movilizada en las calles y su capacidad para derribar gobiernos. Pasó con Sánchez de Losada en Bolivia, y con Fernando de la Rúa en Argentina, y con Abdallah Bucarám y Julio Mahuad en Ecuador. Si bien en todos los casos se trató de gobiernos con escasa legitimidad de ejercicio, su legitimidad de origen era incuestionable. Y lo que pasó recientemente en Bolivia puede volver a ocurrir en Ecuador y también en el Perú. En Perú nos encontramos con un fenómeno similar, vinculado a la vergonzante salida del poder (una verdadera huida) de Alberto Fujimori, aunque en esta caso no había ni legitimidad de origen ni legitimidad de ejercicio. En todos estos casos fallaron las instituciones democráticas, comenzando por los partidos políticos. La debilidad de los partidos, como ha quedado claro en el caso venezolano, está indisolublemente ligada a la emergencia del populismo.

El populismo se ampara en aquellos sectores de la población latinoamericana desencantados con la democracia y descontentos con la gestión de sus líderes, en aquellos que siguen pensando que la democracia debe dar de comer, y sobre todo, en quienes estiman que en determinadas circunstancias un gobierno autoritario es preferible a uno democrático (las referencias para los distintos países de América Latina pueden mirarse en el Latinobarómetro). Es este el mejor caldo de cultivo para los espadones y los salvadores de la patria. ¿Cuál es el antídoto? Hay varios, algunos pasan por el reforzamiento de las instituciones democráticas y por la renovación de los partidos políticos. Otros por la emergencia de nuevos Lulas en la región, pero el problema es que líderes de esta talla no se fabrican de un día para otro. Por eso es importante recordar que la democracia representativa y las elecciones no son ajenas a la historia de las repúblicas latinoamericanas y que son tan antiguas como ellas. Que su fortalecimiento requiere de la política y de los partidos y no de la anti-política ni de aquellas ONG´s que centran su agenda en la crítica de la democracia y de los partidos, buscando una pureza que sólo existe en el recuerdo mítico de una inexistente virtud republicana o de la endiosada experiencia asamblearia indígena. Y que fortalecer la democracia implica fortalecer al ciudadano y sus derechos, ya que los derechos humanos son derechos individuales y no colectivos.
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