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Eduardo Mendoza: <i>Tres vidas de santos</i> (Seix Barral, 2009)

Eduardo Mendoza: Tres vidas de santos (Seix Barral, 2009)

    TÍTULO
Tres vidas de santos

    AUTOR
Eduardo Mendoza

    EDITORIAL
Seix Barral

    OTROS DATOS
Barcelona, 2009. 187 páginas. 16,50 €




Reseñas de libros/Ficción
Eduardo Mendoza: Tres vidas de santos (Seix Barral, 2009)
Por Justo Serna, domingo, 2 de mayo de 2010
Inevitablemente repararemos en él: Tres vidas de santos (2009) es el nuevo libro de Eduardo Mendoza. Cualquier primicia de este autor es siempre una obra prometedora: quienes conozcan al escritor vaticinarán, sin duda, lecturas felices. Quienes lo ignoren todo siempre tendrán la suerte de descubrirlo, las muchas historias con que solazarse y aprender. ¿Y ante este nuevo libro? Imaginemos. No sabemos la índole de este volumen: si es de los serios, de los graves, de aquellos que le han valido al autor barcelonés figurar en el canon de la novela reciente; o si es de los divertimentos que el novelista periódicamente se consiente, esas historias leves, ligeras, guasonas que le han granjeado la simpatía de tantos públicos, incluso de los bachilleres menos lectores. No será por él… Por eso, de cuando en cuando prepara platos de ligera digestión. Joven, parece decirle, debes leer para alimentar tu espíritu, para edificarte, para divertirte pero, sobre todo, para no quedarte tonto. No me lo invento: la apelación y esas metáforas son suyas: yo sólo les he dado forma.
Tres vidas de santos (2009) no llega a las doscientas páginas. Esta parquedad no es rara en Mendoza. De cuando en cuando nos entrega una novela extensa, histórica, con hechos individuales y colectivos que ocurren en momentos de cambio o de incertidumbre, hechos localizados en la Barcelona política y social, bullanguera y violenta del Ochocientos o del Novecientos. Estas obras combinan el gusto por la narración, el relato minucioso y dialogado, con la captación de ambientes y de voces, el habla particular de distintos grupos y clases. En ellas, Mendoza se hace cargo de la tradición novelística para actualizarla con alardes vanguardistas. ¿Ejemplos? Nos referimos, claro, a La verdad sobre el caso Savolta (1975) o La ciudad de los prodigios (1986) o Una comedia ligera (1996). Son obras mayores cuyas fuentes castizas él mismo ha revelado en algunos ensayos, como los dedicados a Pío Baroja o a Armando Palacio Valdés y otros.

Después, tras comprobar el éxito crítico de sus ficciones mayores, Mendoza se consiente alguna broma o algunas bromas: durante un tiempo más o menos extenso, el autor alterna o cambia de registro. Así publica novelitas chispeantes y paródicas, historietas cómicamente morales, ejemplares, en las que nos alecciona con la risa o la sonrisa, con la caricatura de tipos averiados o desgraciados, pomposos o prepotentes. Esas obras no son una mera sucesión de chistes, sino sanas y rentables ocurrencias, estampas humorísticas o episodios chocarreros que dicen mucho del alma humana. Para algunos, estas páginas deberían ser catalogadas como literatura menor. Por ejemplo, El misterio de la cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982), Sin noticias de Gurb (1990) o El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008), del que escribí una reseña.

El humor recorre toda su escritura, las obras mayores y las menores, y por tanto también aquí, en este libro, encontraremos episodios cómicos, situaciones incluso hilarantes que le sirven para diagnosticar sobre el género humano

Así, admitiríamos que hay dos Mendozas. Habría uno serio, incluso grave e histórico, que se documenta para recrear ambientes de otras épocas expresándose como un Baroja redivivo, un Baroja narrador. Y luego habría un Mendoza chistoso, zumbón, dedicado a caricaturizar el presente, la vanagloria de nuestra época. ¿Dos? Hay que corregir esta conclusión facilona. Bien mirado, sólo hay un Mendoza. Tendríamos un observador nostálgico y muy salado, atento a la extravagancia y a las chaladuras, que tanto abundan; atento también a las cosas ordinarias, a las lecciones prácticas y morales del hampa y de la purria, a los ambientes bajos y a los círculos elevados, al lenguaje de la gente pudiente o corriente, a las maneras de los burgueses o de la chusma. Por lo que trata y por cómo lo trata, Mendoza parece alguien distinguido y gamberro, alguien nacido y criado en un hogar de posibles, en una buena familia probablemente severa y juiciosa, alguien que sin embargo queda fascinado por la incorrección popular y el ingenio voluntarioso de los pobres.

¿De qué clase será Tres vidas de santos? ¿Del primer tipo o del segundo? ¿Es una aleación? El humor recorre toda su escritura, las obras mayores y las menores, y por tanto también aquí, en este libro, encontraremos episodios cómicos, situaciones incluso hilarantes que le sirven para diagnosticar sobre el género humano. En realidad, esta obra –que no es una novela-- reúne tres relatos, tres historias muy distintas que bien podrían haberse convertido en novelas independientes o en nouvelles, tres piezas abandonadas tal vez sin buscar mayores desarrollos. Quiero decir: tres relatos que quedaron perfectos en su extensión y expresión, sin tener que alargarlos artificialmente hasta convertirlos en novelas.

La primera historia está ambientada en la Barcelona de la última posguerra. Comienza con la celebración del Congreso Eucarístico de 1952 y la protagoniza un jovencito de buena familia venida a menos, un chaval que nos contará los hechos en primera persona muchos años después. ¿Qué hechos? La visita y la estancia en su casa de Barcelona del obispo de San José de Quahuicha, en Centroamérica, también llamado para abreviar el “obispo Cachimba”. Las andanzas del eclesiástico por la Ciudad Condal, su desparpajo y sus piadosas intenciones chocarán con el envaramiento de los buenos catalanes.

La segunda historia, cuyo asunto principal ocurre en un presente que es el nuestro, transcurre en varios y distantes emplazamientos: entre otros, en una zona del noroeste de África y en Bruselas. El personaje principal se llama Dubslav, hijo de madre soltera…, e hijo de un cirujano yugoslavo también llamado Dubslav. El muchacho es español a pesar de ese nombre: él no relata los hechos pero el narrador en tercera persona emplea su punto de vista para contarnos la concesión de un premio científico que recae en la madre y ha de recoger el hijo. Eso será motivo para largar una andanada, para criticar severamente a la humanidad, para lanzar un S.O.S. algo patético e irremediable.

Sin duda, el autor leyó vidas de santos o sus mayores le leyeron páginas piadosas en una infancia devota, una práctica moral e instructiva de la que Cristina y Eduardo Mendoza hablan, por ejemplo, en La Barcelona modernista (1990)

La última historia, que empieza en una prisión de Barcelona y acaba años después en un lujoso hotel de la zona de Gracia, la protagoniza Antolín Cabrales, alias Poca Chicha, un pillete que fue carne de prisión, pero un pícaro que no se quedó tonto: leyó y leyó, auxiliado por Inés Fornillos, una profesora de literatura. Cabrales es un tipo avispado. Tiene un pronto intuitivo. Descubrirá lo importante que es la imaginación, la novela. Eso le redimirá: acabará escribiendo novelas. ¿Le redimirá, digo? "En el fondo, se dijo, sigo siendo lo que siempre fui: un ser superfluo, un estafador", contestará Poca Chicha años después.

¿Qué tienen que ver entre sí unos relatos tan dispares? Por supuesto, los tres personajes sobre los que Mendoza vuelca todo su interés son gentes dañadas, gentes huérfanas, muchachos que debieron crecer y madurar sin todos los auxilios o todas las comodidades. O bien les escasearon recursos o bien les faltó alguno de los progenitores. En estas historias, el padre no suele desempeñar papel alguno: o no está reconocido como tal o, simplemente, es un borrachín sin remedio, un tipo averiado que sobrevive con empeño desastroso. La madre es la fuente nutricia, sabe o no sabe, está o no está, pero es la referencia fundamental de esos varones que crecen y maduran como pueden: el niño barcelonés de familia venida a menos, el hijo natural y el delincuente laboriosa e infructuosamente redimido.

¿Por qué deberíamos recomendar la lectura de Tres vidas de santos (2009), de Eduardo Mendoza? En principio, no es un libro característico de su producción habitual. El autor es dado sobre todo a la novela y éste es un volumen de relatos, de tres relatos con historias y con personajes muy diferentes, según hemos visto. Por otra parte, la propia palabrita del título, santos, resulta una extravagancia en los tiempos que corren. ¿A santo de qué? ¿A qué escritor actual podría ocurrírsele hablar de gente bienaventurada, dotada de aura, de algún mérito singular? Los piadosos no parecen individuos de nuestra época. Parecen, en efecto, habitantes de mundos más devotos, de eras más venerables o misericordiosas, cuando la religión ataba a nuestros antepasados, cuando los pastores de la Iglesia dictaban los preceptos morales de sus ovejas. ¿Es de eso de lo que trata Eduardo Mendoza?

¿Tres vidas de santos? Más que un libro de Eduardo Mendoza, el título se nos antoja una hagiografía tradicional, dedicada precisamente a narrar vidas de santos, las existencias de gentes con virtudes excepcionales: mártires, hombres y mujeres muertos en el suplicio sin abdicar de sus ideas. En las bibliotecas burguesas de otro tiempo no es infrecuente esta literatura pía. Las mujeres católicas son sus principales destinatarias y estos volúmenes en cuarto o en octavo sirven sobre todo para aprender virtudes, para la edificación religiosa. ¿Es posible esto ahora, en un tiempo tan chabacano y ramplón como el nuestro? Alto ahí. ¿Y cuándo los tiempos fueron menos prosaicos o materialistas? ¿De verdad, Eduardo Mendoza escribe sobre las vidas ejemplares de tipos excepcionales?

Los personajes que pueden calificarse de santos en el volumen de Mendoza “tienen algo de repelente”, según admite el propio autor. ¿Qué cosa? Pues el hecho de vivir abrumados, incluso angustiados. No sólo eso: son repelentes por tres razones

El autor incluye una nota al principio de su obra. ¿Cómo hemos de tomarla? Por supuesto, es una instrucción de lectura en la que Mendoza nos advierte acerca de lo que vamos a descubrir. ¿Es así? Dice el autor que hay dos grandes categorías de santos. La primera corresponde a los mártires y anacoretas. Tienen mucho predicamento entre los artistas que los pintan o que los esculpen. Por ser tan dramáticas sus vidas, pueden representarse episodios personales con gran viveza. Por ejemplo, un san Sebastián mortificado por las saetas. La segunda categoría corresponde a la de los santos influyentes, dice Mendoza. Son los sanadores, los guardianes, esos bienaventurados que poseen virtudes excepcionales o méritos propios, alguna habilidad destacable. Por ejemplo, un san Cristóbal protector, “que por haber ayudado al niño Jesús a vadear un riachuelo tiene a su cargo la ingente flota automovilística mundial”.

¿Son de esa clase los personajes de Mendoza? Sin duda, el autor leyó vidas de santos o sus mayores le leyeron páginas piadosas en una infancia devota, una práctica moral e instructiva de la que Cristina y Eduardo Mendoza hablan, por ejemplo, en La Barcelona modernista (1990). Es una imagen archiconocida: al caer la tarde, los abuelos o los mayores leyendo en voz alta para ilustración de los pequeños. No es imposible que ese episodio se mantuviera en tiempos de Mendoza, con adultos piadosos narrando a sus polluelos vidas ejemplares. Ejemplares y algo repelentes, la verdad.

En efecto, los personajes que pueden calificarse de santos en el volumen de Mendoza “tienen algo de repelente”, según admite el propio autor. ¿Qué cosa? Pues el hecho de vivir abrumados, incluso angustiados. No sólo eso: son repelentes por tres razones. Primero, por ser obsesivos. Más aún: “cultivan sus obsesiones, precisamente en su relación con los demás, aunque éstos no quieran”. Segundo, por ser dañinos, por causar “daño y desgracia a sus semejantes”. Más aún: provocan esa desdicha “sin relación causal aparente”, sin que haya provocación previa que justifique ese mal que infligen. Tercero, por ser obcecados: emprenden y llevan a cabo una “búsqueda de lo absoluto”.

Pero no le demos más vueltas a lo que el escritor dice o deja de decir. Admitámosle al autor ese diagnóstico de las patologías que aquejan a la santidad. Bien mirado, ese dictamen no se corresponde enteramente con ninguno de los personajes que pueblan las páginas de este simpático y aleccionador volumen. Como el propio escritor acaba diciendo, “me costaría señalar con precisión cuál de ellos es el santo a que aluden el título y los párrafos que anteceden”. En realidad, el rótulo que el autor da a su libro así como la nota con que lo justifica son quizá un ardid editorial, un mero MacGuffin. Olvídense, pues, de las argumentaciones, que tienen su guasa, y lean los relatos. Allí encontrarán un destilado del mejor Mendoza, irónico, tierno, en ocasiones descacharrante y siempre atento a la vida inocente o desastrosa de sus congéneres.
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