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Francisco Gil Craviotto: <i>El siglo que se nos fue</i> (Ediciones Carena, 2010)

Francisco Gil Craviotto: El siglo que se nos fue (Ediciones Carena, 2010)

    AUTOR
Francisco Gil Craviotto

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Turón (Granada, España), 1933

    BREVE CURRICULUM
Descontento con el ambiente granadino de la época, se marcha a París en 1964. Allí permanece 30 años, se licencia en Letras (Universidad de París IV), ejerce la docencia y la traducción y, en 1993, regresa a Granada. Con excepción del teatro y el guión cinematográfico, ha cultivado todos los demás géneros literarios que emanan de la prosa —novela, relato, biografía, semblanza, ensayo, cuento, viñeta…— y ha colaborado con artículos y crítica de libros o de arte en numerosos periódicos y revistas

    OBRA PUBLICADA
Raíces y tierra (1959), Los cuernos del difunto (1996), Mis paseos con Chica (2000), Retratos y semblanzas con la Alhambra al fondo (2003), El caballero sin miedo (2003), Casi unas memorias (2003), La boda de Camacho (2004), Mesa de León, un periodista entre dos siglos (1859-1937) (2005), Enrique Villar Yebra: su vida, su obra (2007) y El oratorio de las lágrimas (2008)




Creación/Creación
Francisco Gil Craviotto: El siglo que se nos fue
Por Francisco Gil Craviotto, martes, 4 de enero de 2011
Dicen que la mujer de Lot, al huir de Sodoma, cometió la imprudencia de mirar hacia atrás y, al instante, se convirtió en estatua. El autor de El siglo que se nos fue, Francisco Gil Craviotto, sin miedo a que tal maldición pudiera caer sobre sus espaldas, se ha parado a contemplar el siglo XX y el resultado ha sido el libro que el lector tiene en las manos. Sin prisas se ha detenido en los siete momentos que le han parecido más significativos: la resaca de la pérdida de las colonias, la dictadura del general Primo de Rivera, la guerra civil, los inicios del franquismo, la década de los cincuenta, la emigración española por las ciudades de Europa —en este caso, París— y, ya en plena democracia, los años finiseculares. Los personajes que pueblan cada una de estas historias —protagonistas y acompañantes— aman, sufren y disfrutan el momento histórico que les ha tocado vivir y, a través de ellos, el lector también lo revive. Un estilo moderno y diáfano ayuda a que cada uno de estos relatos pueda llegar a todo tipo de lector.

PEPE EL GALLINA

I

Cuando Pepe el Gallina llegó a París, todavía no llevaba el sambenito del apodo que su paisano el Vaca le colocaría poco después. Entonces sólo era José López o Pepe el Cabrero, como le decían en su pueblo, una diminuta aldea perdida en la serranía de Córdoba. Pepe el Cabrero decidió vender sus cabras y ovejas y marcharse a Francia el día que, unos meses antes, vio entrar por la calle Real de su pueblo, en un magnífico coche de los que entonces llamaban “un tiburón”, a su paisano Venancio el Vaca. Hacía justo dos años que el Vaca se había marchado al extranjero y ahora volvía en un coche que ya lo hubiera querido para sí el hijo del cacique.

-¿Y eso? -preguntó Pepe a Venancio en cuanto tuvo ocasión de hablar con él.

-Esto lo tiene allí cualquiera. Es como aquí una bicicleta --respondió el Vaca sin darse importancia, pero dando a entender que había emigrado a Jauja o poco menos.

-¿Trabajo?

-Mucho y cobrando como Dios manda. No la miseria que pagan los señoritos de aquí.

-¿Mujeres? -volvió a preguntar el cabrero.

-A porrillo. Y unas mujeres que sólo con verlas te empalmas.

-¿Calientes?

-Más que una gata en celo.

-¿Cómo las del cine?

-Como las del cine, pero que las puedes palpar y en tecnicolor.
Por si el paisano tenía alguna duda, Venancio fue al coche, hurgó debajo del asiento y volvió con un fajo de revistas que había comprado días antes en Pigalle con la idea de bajar un día a la capital y venderlas en cualquier librería de lance. A ver si con su importe lograba pagarse la mitad del viaje. Mientras llegaba ese día el amigo podía disfrutarlas.

-¡Mi madre! ¡Qué tías! ¡Y en pelota viva!

-Las hay de todos los países: francesas, españolas, chinas… hasta negras.

-¿Moras?

-Más que en Marruecos.

No necesitó más Pepe el Cabrero para tomar la decisión de largarse. ¿Qué hacía él, que no tenía familia, se preguntaba a sí mismo, malviviendo entre cabras y ovejas, mientras otros se deslizaban en coche tiburón y se acostaban con las tías más hermosas del mundo? Por si faltaba algo para decidirse, la llegada del Vaca había coincidido con su último fracaso amoroso: las calabazas de Mariquita, la niña de don Celedonio, el sacristán del pueblo. Para mayor humillación, ni siquiera fue ella quien se las sirvió, sino el papaíto. Un buen día que, después de encerrar el ganado un poco antes que de costumbre, ducharse con esmero (lo realizó gracias a un sistema que había inventado él que permitía ducharse sin tener ducha), calzarse con zapatos tenis comprados en la capital y vestirse con su mejor ropa, empezó a medir la calle, esperando el momento en que tan celestial criatura saliese de su casa, pero, ¡oh desdicha!, se encontró con la sorpresa de que quien salió de la mansión no fue aquel ángel de amor que él con tanto anhelo esperaba, sino, echando sapos y culebras por la boca, el padre de aquella hermosura. Don Celedonio no se anduvo con contemplaciones, blandiendo el bastón como si fuera mortífera lanza, le dijo, que o se largaba inmediatamente y no volvía a acercase a la Mariquita bajo ninguna razón o pretexto, o llamaba al instante a la Guardia Civil. Pepe, que ya había tenido algunos dimes y diretes con los civiles, -entre otras razones en su contra tenía la de ser hijo de fusilado-, consideró que era mucho mejor no volver a verles los tricornios. No le quedó más solución que obedecer al sacristán y largarse calle abajo. Fue aquella misma tarde, justo después de la trifulca con el sacristán, cuando empezó a hacerse la terrible pregunta que habría de cambiar el rumbo de su vida: ¿Qué coño pintaba él en aquel pueblo, sin familia ni novia, guardando un rebaño de cabras y ovejas, la mayoría de las cuales ni siquiera eran suyas? Pero aquella pregunta primeriza, que desde hacía ya meses le rondaba en la cabeza y más de una noche le había robado horas de sueño, después de aquella charla con el Venancio mientras saboreaba las revistas de Pigalle, vino a completarse con el siguiente colofón: “Mientras otros paseaban en coche `tiburón´ y se beneficiaban las tías más hermosas”. Sí, ¿qué coño pintaba él en ese pueblo de miseria, se pregunta día y noche, ya en sueños, ya en vela, apacentando cabras y ovejas, mientras otros paseaban en coches de lujo y se tiraban a las tías más hermosas?

Vendió las cabras, vendió las ovejas, (las suyas, las otras las entregó a sus respectivos dueños), bajó a la ciudad a hacerse el pasaporte (viaje que aprovechó para darse una vueltecita por la casa de la Rosario que, según él, tenía las mejores putas de España) y, cuando el Vaca le escribió diciendo que se lo tenía todo preparado, hizo sus maletas -dos maletas enormes, una en cada mano- y se plantó en París. Llegó un viernes y tuvo la enorme suerte de que ese día el tren que une Madrid con París, sólo llevase tres cuartos de hora de retraso. Toda una proeza de RENFE. En el andén, cubierto de pelliza, gorra e impermeable, estaba el Vaca esperándolo. Se abrazaron efusivamente; luego, el Vaca le cogió una de las maletas.

-¿Qué llevas aquí, paisano, que pesa esto más que el plomo?

-Medio jamón y un pellejo de vino.

-Eres la rehostia.

Ya instalados en el Metro, el Vaca le fue informando de las principales características del país y las sutilezas de su lengua.

-No hace falta saber el francés para poder trabajar aquí, pero sí hay unas cuantas palabrejas que conviene conocer.

-¿Por ejemplo?

-Monsieur, madame, bon jour, bon soir, ui, non, merci, s´il vous plait, Ça va?, pardon… Sobre todo esta última. Ellos la usan una barbaridad. Por lo más pequeño están con el pardon acuestas.

-Vamos, que recibes una hostia y encima tienes que pedir perdón.

-Hombre, no tanto.

Hicieron trasbordo en Chatelet. En el nuevo vagón el Vaca siguió informando a su paisano.

-Aquí las distancias son enormes y hay días que tienes que tomar el Metro tres o cuatro veces. Y cada vez que lo tomas tienes que apoquinar el importe del billete. Lo mejor es comprarlo por tacos de diez. Te sale a casi la mitad de precio.

-¿No se puede ir andando?

-Claro que se puede ir andando, pero en ese caso se te va el día en desplazamientos.

-¿Y el trabajo?

-No vas a tener problemas. Yo he hablado ya con el capataz de mi fábrica.

-Y de tías, ¿qué?

-Jauja. Ya te llevaré mañana.

Llegaron al fin. El Vaca vivía en el sexto piso de una casa sin ascensor. Doce tramos de escaleras a pie, cada uno con su maleta en la mano. Pero, ¿qué importancia podía tener eso para quien estaba acostumbrado a recorrerse a diario las lomas y barranqueras de su pueblo? Ninguna. Al fin llegaron. La habitación del Vaca era una amplia buhardilla con una hermosa ventana que daba a un mar de tejados negros que se perdían en una densa neblina que sólo permitía ver las casas más próximas.

-¿Está siempre así? -preguntó Pepe.

-Algunos días sale el sol, pero es mejor que no salga, porque esos días es cuando hace más frío.

-La jodimos.

-Es lo que aquí más se echa de menos: el sol de España.

Dejaron las maletas en la habitación del Vaca y fueron a ver la que el paisano había conseguido para Pepe el Cabrero. Estaba en la parte opuesta del pasillo y era muy parecida a la del Vaca, aunque un poco más pequeña. Otra vez el mar de tejados negros. El Vaca le explicó que la había alquilado a un precio muy razonable gracias a su amistad con la portera. Él había observado que a la buena mujer le gustaba empinar el codo y, para alimentar sus vicios, de vez en cuando le regalaba su botellica de vino. Eso le permitía gozar de ciertos privilegios que no tenían los otros inquilinos. Y uno de ellos había sido aquella habitación: en cuanto se quedó libre se lo hizo saber al Vaca, le petit espagnol, como ella solía llamarlo. Su inquilino anterior, un emigrante italiano, había muerto en un desgraciado accidente cuando iba de Francia a Italia, precisamente en otro coche tiburón como el del Vaca. Eso explicaba la cantidad de cosas insignificantes que aquí y allá fueron encontrando: libros en italiano, bolígrafos, cuchillas de afeitar, tarjetas postales, etc. Un hermano del muerto se había llevado lo que había considerado de valor y el resto lo había dejado.

-De todo esto lo que te interese lo guardas y lo que no lo tiras.-aconsejó el Vaca a su amigo.

-¿No se puede vender?

-¿Y qué vas a vender?

-Los libros y las postales.

-Tienes razón. Yo te llevaré cualquier día de estos al Barrio Latino donde hay varias librerías que compran libros usados y postales antiguas.

-Por poco que den, menos da una piedra.

-Tienes razón.

También encontraron perfumes, cremas, depilatorios y potingues.

-¿Y esto?

-El italiano traía a toda zorra que se le ponía a tiro.

Llevaron las maletas a la habitación de Pepe el Cabrero, las abrieron, sacaron el jamón y el vino y, en animada charla, dieron un tiento al pellejo de vino y otro al jamón. Cuando estaban en lo mejor de la cháchara el Vaca miró el reloj y dijo que se iba porque ese día tenía turno de tarde.

-No te olvides hablarle de mí al capataz.

-Eso es cosa hecha.

II

La tarde del sábado la dedicaron a ir de putas. El Vaca, después de repasar in mente los diversos puntos de París por los que se extendía el mercado de la carne, se decidió por el puterío de la rue de Provence, por considerar que había bastante donde elegir y, dentro de lo que cabe, a un precio relativamente razonable. Mientras se acercaban al Metro, el Vaca le fue comentando a su amigo:

-Ya verás qué mujeres.

-¿Las hay rubias? A mí es que las rubias me vuelven loco.

-Las hay como tú quieras.

-Eso está bien.

-¿Te das cuenta cuando una de esas chiquillas que hemos visto en las revistas, sin más prendas que los zarcillos de las orejas y algún anillo en los dedos, se eche en la cama y, abierta de piernas, te diga: “Viens ici, mon amour”?

A Pepe el Cabrero, sólo con pensarlo, se le hacía la boca agua. Se apearon del Metro en la estación Havre-Caumartin y salieron por la boca más próxima a Galerías Lafayette.

-Mira qué tienda. Ahora mismo hay aquí dentro mucha más gente que en todo nuestro pueblo con cortijos incluidos.

-¿Es aquí donde están las putas?

-No, hombre, no. Justo en la calle de atrás.

Llegaron a la calle Provence y el Vaca, señalando a la puerta de la iglesia, le indicó a su amigo:

-El que termine primero espera a su compañero ahí, en la puerta de esa iglesia. ¿Estamos?

-Estamos.

-Primero vamos a dar una vuelta de ojeo.

-¿Y si no nos gustara el ganado?

-Eso no es problema. Nos vamos a la calle de arriba que hay más. Puterío no es, precisamente, lo que falta por estos pagos.

-Más vale así.

No tuvieron necesidad de ir a la calle de arriba, la avenue Saint Lazare y las inmediaciones de la rue d´Amsterdam. Antes de andar cien metros encontró Pepe el Cabrero una rubia a su gusto. El Vaca hizo de traductor, ajustó precios y condiciones. La chica, al ver que eran españoles, les preguntó si alguno de los dos era toreador y ellos, al oír la pregunta, no pudieron evitar la carcajada. Ella también se contagió de la risa. Al fin, tras unos minutos de regateo, quedó concluido el trato y Pepe y la “mignonne” entraron en el hotel. El Vaca no se movió de la puerta hasta que vio desaparecer hacia el interior a su paisano y la rubia. Luego siguió merodeando esquinas y portales hasta que dio con otra, una morenaza que cortaba el hipo, para él. Cuando, cuestión de una hora más tarde llegó Venancio el Vaca a las inmediaciones de la iglesia, se encontró a su amigo haciendo sumas y restas.

-¿Cómo te ha ido, paisano?

-Un robo. Un verdadero robo.

-¿Cómo? ¿Te cobró más de lo que ajustamos?

-No, pero lo que ajustamos fue un robo. ¿Te das cuenta? ¡La hora que he estado con la puta me sale por el importe de dos cabras! ¡A cabra por polvo!

-¡Hombre! Haberle echado tres y te sale más barato.

-Lo intenté, pero no pude. Además, era rubia pintada.

-La que tú elegiste.

Volvieron al Metro. Por el camino siguió lamentándose. Estaban ya en los bancos del andén, esperando la llegada del armatoste, cuando Pepe el Cabrero volvió al mismo tema:

-Oye, paisano, estoy pensando una cosa.

-¿Qué?

-Que quizás lo mejor sería que me comprara una cabra.

-¿Una cabra? Pero, ¿qué dices?

-Sí, una cabra. Cuando hacíamos trashumancia y estaba más de una semana sin ver a una tía, me aliviaba con una chota y te puedo asegurar, paisano, que gozaba lo que no te puedes imaginar.

-¿Con una chota?

-Sí, paisano, con una chota. La verdad es que la cabra tiene una ventaja sobre la mujer: jamás te pide nada ni te engaña fingiendo que es rubia sin serlo.

-En cuanto la portera te vea entrar con una cabra, te pone en la calle y os vais a dormir, la chota y tú, a los muelles del Sena. Además, ¿dónde vas a encontrar aquí una cabra?

-¿No hay en París ninguna tienda que venda animales?

-Claro que hay tiendas que venden animales, pero son animales de compañía: perros, gatos, loros, canarios, periquitos…

-¿Y por qué la cabra no puede ser animal de compañía?

-Porque no.¡Se acabó!

Llegó el tren y entraron en el vagón más próximo. No encontraron asiento y ambos se quedaron de pie, cada uno cogido a la barra que vio más cerca. Pepe volvió a la carga:

-Oye, paisano, ¿y una gallina? Yo creo que con una gallina me podría apañar y, por caras que estén aquí las gallinas, no pueden costar como una puta.

-Una gallina… Pero, ¿tú estás loco?

-¿No hay aquí ningún sitio donde vendan gallinas?

-Claro que hay muchos sitios donde venden gallinas, pero siempre las venden muertas.

-¿Y vivas? ¿No hay ninguna tienda que venda gallinas vivas?

-Sí, claro que tiene que haber.

Fue entonces cuando el Vaca, haciendo memoria, se acordó que en cierta ocasión que estuvo en Saint-Denis, vio en la isla del Sena, un mercado en el que vendían animales vivos: conejos, pollos, gallinas, palomas… Se lo hizo saber a su amigo y éste se frotó las manos de contento.

-Entonces sólo es cuestión de que me lleves.

-Te advierto que todavía no llega hasta allí el Metro y tendremos que tomar un tren.

-Como si hay que tomar el avión.

Aprovecharon la mañana del domingo para realizar la expedición. Fueron a pie a la estación del Norte y allí tomaron el tren. Quince minutos de trayecto. Ya en Saint-Denis se dirigieron al mercado de la isla y, una vez allí, entre las muchas gallinas que vieron, Pepe el Cabrero eligió la que le pareció más hermosa y saludable. Una gallina rubia, de cresta de amapola que daba gloria mirarla. De nuevo al tren. Otros quince minutos y en casita. Ya en la buhardilla, la sacó del cesto de palma donde el animalito había hecho el viaje, le desató las patas y le puso en un papel de periódico los restos de la cena anterior, que la gallina devoró en menos que se cuenta.

-¡Pobrecita! Estaba muerta de hambre.

Por último, la obsequió con media taza de tinto.

-Seguro que esto no lo habías probado en tu puta vida.

La gallina bebía, gota a gota, alzando la cabeza y mirando al techo de la buhardilla. Luego, se instaló en una de las dos sillas que había en la habitación, y quedó sumida en dulce sopor.

-Me parece que ha cogido una buena pea -comentó el Vaca.

Pepe la miró con ternura.

-Más vale que descanse ahora que puede. No sabe, la pobrecita, lo que le espera.

III

Estaba soñando el Vaca que acariciaba los senos de la buena moza con la que había estado la tarde antes, cuando un descomunal cacareo lo arrancó del sueño y lo trajo a este mundo de miserias. Al momento se acordó de su paisano y, sin perder un instante, se metió el pantalón y salió disparado hacia la puerta de la buhardilla de Pepe el Cabrero. No quiso llamar, pero por el hueco de la cerradura echó una ojeada y vio que el paisano, desnudo de cintura para abajo, estaba en plena faena. Cuando se retiró del ojo de la cerradura observó que otros vecinos, sin duda alarmados por el cacareo, también habían salido de sus respectivas buhardillas y cuchicheaban entre ellos. El más próximo a la puerta, al ver el observatorio libre, se aproximó a ella y luego se instaló sobre el hueco de la cerradura. Al momento alzó la cabeza, haciendo aspavientos y prorrumpiendo enormes carcajadas. A otro que se acercó al instante le ocurrió exactamente igual. El Vaca observó que la gallina cada vez cacareaba con menos fuerza y esto le hizo suponer que el animalito estaba en las últimas. Pobrecita, pensó, la está reventando. Poco después hubo un momento en que la aventura pudo terminar en drama cuando, uno de los últimos llegados, después de la inspección por el ojo de la cerradura, alzó la cabeza diciendo: “C´est fini. Il a tué sa poule”. Como la palabra “poule”, en francés, lo mismo puede significar gallina que puta o amante, otro que, alarmado por el revuelo de risas y cuchicheos, en ese momento acababa de abrir la puerta de la buhardilla, creyó que se trataba de un asesinato en toda regla y se ofreció para avisar a la policía. Ya empezaba a bajar las escaleras cuando tuvieron que pararle los pies y explicarle que, en este caso se trataba de una gallina, que también era amante, pero de las que ponen huevos y, sin las dejan incubar, sacan polluelos. Y en efecto, Pepe el Cabrero, después de poner fin a su idilio de amor, ya había comenzado a desplumar y descuartizar a su amante, con cuyos menudillos se hizo esa noche unas sopas y el resto lo dejó para el almuerzo del día siguiente. Era, explicó después al Venancio, como el polvo de la mantis religiosa, pero al revés: aquí el que llenaba la tripa era él y la víctima ella.

-Justo es -añadió- que alguna vez ganáramos los hombres.

Fue a raíz de ese episodio cuando José López, más conocido en su pueblo por Pepe el Cabrero, se convirtió en Pepe el Gallina o “Monsieur la poule“, como empezaron a llamarlo los franceses. Él aceptó el sambenito con resignación. ¡Qué remedio le quedaba!



Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Carena en la persona de su director, José Membrive, la gentileza por permitir la publicación de este fragmento del libro de Francisco Gil Craviotto, El siglo que se nos fue (Carena, 2010), en Ojos de Papel.
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