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Juan Antonio González Fuentes y Dámaso López García (edis.): <i>Álvaro Pombo: poéticas de un estilo</i> (milrazones, 2013)

Juan Antonio González Fuentes y Dámaso López García (edis.): Álvaro Pombo: poéticas de un estilo (milrazones, 2013)

    TITULO
Álvaro Pombo: poéticas de un estilo

    EDITORES
Juan Antonio González Fuentes y Dámaso López García

    EDITORIAL
milrazones

    OTROS DATOS
ISBN 9788494047961. Santander, 2013. 280 páginas. 17 €



Dámaso López García (Madrid, 1953). Profesor, crítico, escritor y traductor. Decano de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid

Dámaso López García (Madrid, 1953). Profesor, crítico, escritor y traductor. Decano de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid

Juan Antonio González Fuentes Licenciado en Filosofía y Letras por la universidad de Cantabria, institución académica en la que fundó y dirigió el Aula de Letras

Juan Antonio González Fuentes Licenciado en Filosofía y Letras por la universidad de Cantabria, institución académica en la que fundó y dirigió el Aula de Letras


Tribuna/Tribuna libre
La gracia irremediable. Álvaro Pombo: poéticas de un estilo
Por Juan Antonio González Fuentes y Dámaso López García, miércoles, 16 de octubre de 2013
Álvaro Pombo (Santander, 1939) es, sin duda, uno de los escritores más importantes de la literatura española en el tránsito del siglo XX al XXI. Poseedor de una voz absolutamente personal en la poesía contemporánea en castellano, es a la vez uno de los indiscutibles maestros de la novela de nuestro tiempo. El magisterio con el que emplea el lenguaje, y la singular utilización de la ironía y el humor en sus novelas, conforman una prosa única en el panorama de la narrativa hispana, elogiada por críticos y autores muy diversos. En alguna ocasión el propio Álvaro Pombo ha definido su universo literario como psicología-ficción, donde se encuentran y entremezclan el pensamiento (la fenomenología) y el conocimiento profundo del individuo y de la sociedad, de la historia de España y de Europa. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid y Bachelor of Arts en Filosofía por el Birkbeck College de Londres, tiene, entre otros, el premio El Bardo de poesía (1977), el Herralde de novela (1983), el Nacional de la Crítica (1990), el Nacional de narrativa (1997), el Fastenrath de la Real Academia Española (1999), el Planeta (2006), y es miembro de la Real Academia Española desde 2004.

Siguiendo el rastro de la reina madre  (Álvaro Pombo entre los escritores de la nueva narrativa española)

 

Por Javier Goñi

 

(...)

Pero demos un salto a Londres. Parémonos en mitad de la calle, dejemos que nuestros pies los perciba, como una sombra, ese treintañero bien cumplidos los años; ahí abajo, tras el tragaluz, en ese sótano del Urquijo, un banco mercantil español asentado en la City, oficia de telefonista, de 9:00 a 13:00 horas, una hora para comer, y de 14:00 a 18:00 horas (una extraordinaria, convenientemente retribuida). Por su eficacia y dedicación bilingüe —contesta al teléfono con el mismo entusiasmo en inglés y en español— ha logrado de sus jefes que le dejen utilizar una máquina eléctrica, y así consigue escribir, en horas de oficina, sus poemas y sus cuentos. Tiene casi cuarenta años, un par de libros de poemas —su poesía sirve para entender su prosa, ha señalado José Antonio Marina, que cuando se ocupa de Álvaro Pombo, de quién si no estamos hablando desde la primera línea de este texto aunque hasta ahora no le hayamos nombrado, sabe lo que dice, Marina, digo—, tiene casi los cuarenta, un par de libros de poemas y una colección de cuentos, Relatos sobre la falta de sustancia; me permitirán que lo diga ya: uno de los títulos más hermosos que yo recuerde.

 

Álvaro Pombo había escrito un libro de poemas; al igual que Mari Trini cantaba por entonces aquello de «quién a sus quince años no dejó su cuerpo abrazar», quién en un momento determinado no escribió un primer libro de poemas. El de Pombo se llamaba Protocolos, apareció en 1973 en Biblioteca Nueva, con una «Respuesta inicial» de Luis Felipe Vivanco y dedicado a James O’Shea. Al Pombo debutante el prólogo de Vivanco le parecía crucial; un prólogo de Vivanco lo debió considerar una suerte de «ábrete Sésamo», aunque lo cierto es que Vivanco, por entonces, ya estaba un tanto olvidado, cosa que a Pombo le parecía muy injusta. Él lo valoraba mucho como poeta. Por cierto, tuvo mala suerte hasta para morir: falleció el 21 de noviembre de 1975, en fin. Pero insisto en lo de Vivanco: Pombo desde Londres le envió el libro, esos protocolos numerados, con una nota: «Nosotros somos —le escribía el telefonista del Urquijo— esa generación timorata, cuajada de usías, autoridades y respetos, que nació en el año 39. Una generación deferente y vacuna que pasará a la historia por sus buenos modales. Yo soy, como mi generación, falso y cortés. Decirlo no puede ya empeorarme y me alivia».

 

Vivanco le correspondió con un hermoso texto poético, a modo de «Respuesta inicial»; tengo subrayado con lápiz desde que leí, hace ya veinticinco años, el libro, este versículo de Vivanco: «¿Qué me dices de pies que se te enredan y esa necesidad de estar entre paréntesis y almacenar los votos inactivos que resulta que son los que más nos alivian?».

 

Tiene su miga la interrogación: ¿acaso no tiene que ver lo de «pies que se te enredan» con esa cualidad de «culo inquieto» que le adorna? (lo de «culo inquieto» no sé si ponerlo en cursiva, entre comillas o excusarme sin más por la expresión). ¿Lo de «esa necesidad de estar entre paréntesis» acaso hace hincapié en su independencia y manera de estar en la narrativa española actual, sin por eso haber renunciado a tener muchos amigos, que no discípulos y correligionarios? Y, por último, volviendo al versículo de Vivanco, ¿cómo no relacionar quizás el resto del interrogante, «almacenar los votos inactivos que resulta que son los que más nos alivian», con su última aventura cívica presentándose en 2008 como senador por Madrid por el partido de Rosa Díez y también, por qué no, con esos siete años en los que ha ido, como ciudadano vehemente que es, al Proyecto Hombre para estar, dos días a la semana, de 11:00 a 14:00, con jóvenes drogadictos? Dice Pombo que tiene fe en la acción directa y por eso fue a hacer ejercicios de escritura, a modo de rehabilitación, con heroinómanos. Y dice también que a lo mejor no sirvió de mucho, aunque por cosas así se considera ahora mejor persona que antes. Vale. Sea.

 

Pero no nos apartemos. Me quedo con «esa necesidad de estar entre paréntesis». Palabra de Vivanco. Para su primer libro de cuentos, escritos en Londres, Relatos de la falta de sustancia, le había sacado también a Aranguren —Pombo siempre ha sido un filósofo a lo claro y a su manera— un prólogo. El inexperto Pombo pensaba que en la España de entonces —mitad de los años setenta— salir con un prólogo de Aranguren tenía su plus. Un prólogo, por cierto, muy significativo, pues desde el inicio se decía de aquel que era un libro «diferente», y no solo, o también, porque aparecía en esas historias la homosexualidad de una forma explícita. Pero este tema no es mi tema y sí el de la recepción de su obra por esos años, y es lo que intento acotar.

 

Pombo, aquel telefonista del sótano del Urquijo, suponía, como con Vivanco, que lo de Aranguren le iba a abrir las puertas de por lo menos Las Ventas. Pero de eso nada, y Aranguren le insinuó que acaso Benet, don Juan Benet, el señor ingeniero, le podía echar una mano. Y Benet le pasó los cuentos a Rosa Regás. De Rosa Regás no recordaré que quiso —o bromeó con— retirar la estatua de don Marcelino de la Biblioteca Nacional siendo directora, pero sí quiero enfatizar que en esos años tenía una muy hermosa editorial, La Gaya Ciencia, donde, por imperativo del señor ingeniero y por la indudable calidad de los mismos, aparecieron en 1977 los tan citados Relatos sobre…, con el prólogo de Aranguren, claro, y en un hoy muy buscado catálogo donde había cosas del propio Benet, de Iturralde, de Javier del Amo, de Marías, Azúa, Molina Foix, etcétera.

 

Era una colección preciosa, lo ha recordado el propio Pombo (en sus palabras: «un bellísimo volumen azul y plata», y cuyo primer ejemplar, añado yo, se lo llevó la propia Rosa Regás a Londres y la entrega tuvo lugar en un pub de Lancaster Gate), una colección preciosa, sí, pero con algo de ese exquisito ideal literario de lo minoritario a lo Benet. De su libro se editaron mil doscientos ejemplares y se vendieron unos seiscientos, la mitad. Pero no pasó desapercibido. Todavía era telefonista del Urquijo cuando Antonio, el hijo mayor de Alberto Oliart (aquel ministro de Defensa de UCD que fue un gran amigo de escritores y autor él mismo de unas buenas memorias literarias, y quien, además, le había enchufado —«¡de telefonista!», suele enfatizar Pombo, para mantener su conocida honestidad a salvo— en el banco), cuando Antonio, decía, el hijo mayor de Oliart, le trajo un recorte de Diario 16 con una reseña —perspicaz y generosa como era ella— de Carmen Martín Gaite. Con el título de «Una aguja en un pajar», comentaba entusiasmada los Relatos sobre la falta de sustancia, que en el erial que era entonces el panorama narrativo español —1977, libertad sin ira, libertad, el sarampión  político, las primeras elecciones, qué año aquel—, ese libro era una perla, un estímulo: «No se trata de una sorpresa de escritor, sino de un escritor hecho y derecho, y —lo que es más raro todavía— diferente de cualquiera, absolutamente original». Ven: diferente, original. Igual que Aranguren.

 

Pombo hizo la maleta y con el recorte de Martín Gaite bajo el brazo se vino a Madrid. En aquel libro que le hizo volver hay dos relatos de igual título, «Regreso», y de parecido planteamiento, aunque de intención diferente. En uno de ellos, escribe Pombo: «Vuelve a España. Hay que escribir en sitios fijos. Hay que ser de un sitio para escribir en serio». Para Pombo, en ese momento de su vida, cuando percibe que puede llegar a ser el escritor que será, que es, ese sitio es España, necesitaba ver su propia tierra, sus recuerdos del mar de su infancia, ese mar cántabro, bronco, oscuro, de un gris/azul, el oleaje, los acantilados, las playas desiertas, la lluvia… Ese era su paisaje y, además, necesitaba su lenguaje, el idioma español. Estas son —sin entrecomillarlas— palabras de Pombo.

 

Acabo de citar a Carmen Martín Gaite y la importancia que tuvo aquel recorte de prensa que le pasó el joven Oliart. Y no es gratuito —en este seguimiento que estoy haciendo— dar nombres, pues la geografía sentimental de Álvaro Pombo está llena de ellos. He citado ya unos pocos. Quisiera agregar otros. El del periodista Víctor Márquez Reviriego, por ejemplo, quien saludó su llegada con alborozo en Diario 16 y en la revista Triunfo. No he encontrado estos recortes, pero para mí el recuerdo de Márquez Reviriego (un viejo maestro del periodismo cultural y un excelente cronista parlamentario, un tanto olvidado hoy, pues todo se olvida demasiado pronto, y algunas veces injustamente) es un recuerdo especial, pues es oral: en una sobremesa literaria le oí por primera vez hablar —y bien, claro— de Pombo.

 

Estamos en los muy primeros años ochenta y la carrera literaria, su recepción crítica, su desembarco en el Madrid de entonces, sufren un considerable acelerón. No quisiera tampoco, antes de seguir con este acelerón —está a punto de aparecer Jorge Herralde, la editorial Anagrama—, olvidarme de otro nombre, el del escritor y crítico Juan Antonio Masoliver Ródenas, quien prologa en 1977 el libro de poemas Variaciones, publicado por Lumen y que en ese otoño —el del regreso— obtiene el Premio El Bardo. Para Masoliver, Pombo, con Variaciones, llega «a la más arriesgada e indiscutible madurez. Lo que sorprende ahora es la implacable seguridad de su aventura poética». Y así una ristra más de elogios.

 

Acababa la década de los setenta —la dejamos antes de entrar en la siguiente, la esencial—, Pombo publica su primera novela, El parecido, también en La Gaya Ciencia, la exquisita editorial de Rosa Regás, pero tengo la impresión de que no con el éxito esperado. Pombo, aunque bien recibido por la crítica, corría el riesgo de quedarse en escritor para unos pocos, de reconocimiento y de culto, y eso, no, que a él entonces y ahora —siempre— no le gusta que le etiqueten así, le hace poca gracia eso de ser minoritario, eso para el señor don Juan Benet, no para él. En eso estaba, de todos modos, corriendo ese riesgo en ese momento. Aún publicó en 1980, asimismo en La Gaya Ciencia, una nueva entrega poética, de raro e indudablemente hermoso título, de complicada retentiva, eso también: Hacia una constitución poética del año en curso. Una bonita edición de mil ejemplares numerados (el mío es el ejemplar número 166 y contiene una dedicatoria a pluma: «…este libro que es, en realidad, lo mejor que he llegado a escribir en poesía»), una bonita edición ilustrada por Juan Navarro Baldeweg. Por cierto, en este libro hay un verso que así, entre paréntesis, encuentro muy pombiano, muy de su cabeza de pensar: «Ilegible es el sol desvinculador del mundo».

 

Pero volvamos a poner los pies en la tierra. La Gaya Ciencia, su editorial hasta entonces, quiebra, y Pombo se encuentra sin lugar donde publicar, porque escribir, escribe, sigue escribiendo, a su ritmo. Y es entonces cuando Víctor Márquez Reviriego de nuevo saca una nota señalando que Pombo tiene varias novelas en el cajón. Una de ellas era El héroe de las mansardas de Mansard: ahora ya todos nos hemos acostumbrado al título, pero no me dirán que no tuvo mérito el primer editor que se encontró encima de su mesa el título en cuestión. A Pombo le pasan muchas cosas, y con los títulos también. Los mismos Relatos sobre la falta de sustancia, a los que ya hemos aludido unas líneas más arriba, muy bellamente editados por Rosa Regás, sufrieron como libro un cierto calvario editorial a lo largo de todo 1976, y es que, según Pombo, el concepto de «falta de sustancia», tenía «como un regusto, en negativo, a cocido madrileño».

 

El manuscrito rodaba de editorial en editorial sin éxito, incluso Gimferrer dijo —al parecer— que no, o que no era el momento, o que no le convencía, a ese editor o a ese otro también. Así que, desesperado, encerró a su héroe no en las mansardas sino en las mazmorras de su mesa de trabajo. E igual que se había ido a Salamanca a ver a Torrente Ballester, a pedirle consejo, y el bueno de don Gonzalo le dijo que paciencia, que él —entonces, principios de los ochenta— iniciaba su fama literaria gracias al éxito televisivo de Los gozos y las sombras…, pues igual recurrió a Esther Tusquets, a la que conocía de Lumen.

 

Y, mientras, había enviado a Jorge Herralde —los nombres van brotando como esperanzadores tallos verdes— otra novela, El hijo adoptivo. Y aquí comienza una de sus muchas leyendas urbanas, que si no son ciertas…, pues eso: según cuenta Pombo, es Herralde quien va diciendo —lo ha escrito— que Pombo le había dicho a Esther Tusquets que de tan desesperado que estaba —para eso, podemos enfatizar, no había abandonado su ventajoso puesto de telefonista en el Urquijo, de mayo del 74 a octubre del 77, un trienio completo, que estas cosas las valora Pombo, aun proviniendo de buena familia cántabra—, que de tan desesperado que estaba pensaba suicidarse. Esto, Pombo lo ha desmentido totalmente: desesperado, y mucho, eso es verdad, pero de ahí a suicidarse…

 

Lo que sí es cierto, reconoce, es que habló con Herralde y le anunció este que iba a convocar por primera vez un Premio de Novela; le dijo quiénes estaban en el jurado, le garantizó, no que iba a ganar, claro está —que estas cosas, dicen, no se pueden garantizar así como así—, pero sí que iban a leer su manuscrito con interés. Pombo colgó el teléfono y le hizo llegar El hijo adoptivo, porque ya se había olvidado de Las mansardas…; le habían convencido de que valía poco y, además, según Herralde (no tengo el testimonio de Pombo), envió al Premio otra novela breve, que fue descartada de inmediato. Con El hijo adoptivo, en cambio, hubo división de opiniones entre los miembros del jurado: a tres les gustaba mucho —Herralde, Juan Cueto y Esther Tusquets— y a los otros dos —Salvador Clotas y Luis Goytisolo— no les convencía demasiado lo de los fantasmas, que si no había tradición española… Herralde recordó que había leído un texto de Márquez Reviriego en Diario 16 donde se citaba una tercera novela, la ya muy manoseada editorialmente El héroe de las mansardas de Mansard. Y aquí sí hubo unanimidad. El 17 de noviembre de 1983 —es una fecha a señalar en el calendario de la actual novela española, y también en el santoral pombiano; en los tacos de oficina es Santa Isabel de Hungría—, ese día se le concedió el I Premio Herralde de novela, quedando finalista —como sabrán y pueden imaginarse, pues el universo Pombo es felizmente así— El hijo adoptivo. Compartió reconocimiento con dos novelas de las por entonces jóvenes promesas Paloma Díaz-Mas y Enrique Vila-Matas, que se publicaron, y con una de Walter Garib, del que lo desconozco todo. Este Walter Garib, en aquella fecha fundacional, es tristemente como el rostro no identificado en una foto de época y asaeteado como un desdichado sansebastián por una x de desconocido.

 

El héroe de las mansardas… es un libro importante, no solo por sus valores literarios, sino porque además de reiniciar su extraordinaria carrera literaria ascendente fue el número uno de la colección Narrativas hispánicas, que tanto ha impulsado, con sus varios centenares de títulos, a la novela española actual, o con más precisión en lengua española, dado que hoy el catálogo hispánico de Herralde es una excelente mancha con dos orillas y un mismo idioma, el común de Latinoamérica y España.

 

Con este premio, con la incorporación de sus libros en el catálogo de Anagrama, con el temprano reconocimiento crítico que obtuvieron todos ellos por parte de lo más granado de la crítica (desde Rafael Conte, Luis Suñén, Santos Sanz Villanueva, Leopoldo Azancot, los ya citados Martín Gaite y Masoliver, el propio Fernando Savater en El País, lector de entusiasmos y buen juicio…, en fin, hasta uno mismo, el firmante de esta crónica evocadora —doy por hecho que el manto de lo de «lo más granado de la crítica» ya no cubra el final de este inciso—), con este reconocimiento crítico y lector, bien puede decirse que Pombo entró en su década prodigiosa, que fue también la de muchos jóvenes narradores, a algunos de los cuales me he referido al comienzo de este texto. Por la diferencia de edad, entre otras razones, a Pombo se le empezó —ya entonces— a poner cara de reina madre de la narrativa española actual, y hasta hoy. En 1985, de la mano de Herralde en la Feria de Fráncfort, comenzó el rosario de traducciones y su buen estar en el extranjero.

 

Pero antes de seguir por esta senda más o menos gloriosa por la que ha caminado con buen pie y elegante porte, quisiera dar un pequeño salto hacia atrás, unos pocos años tan solo, y volver a la etapa de su asentamiento en Madrid y a su relación —el señor ingeniero ya ha sido citado convenientemente— con el grupo de escritores que pululaban en torno a esa estrella nada fugaz que era Juan Benet, señor de pantanos que anegaban pueblos como el de Julio Llamazares —así se hace Región, con mayúscula mítica— y que abría sus salones del chalet de la calle Pisuerga a un grupo de escogidos, su cuadrilla.

 

Uno de los amigos fieles, escritor y periodista ya fallecido, Eduardo Chamorro, escribió en 2001 un libro interesante sobre este círculo benetiano —en un instante me refiero, por seguir el afán entomológico de Chamorro, a lo benetiano, o mejor: a lo benetín o a lo benetón—. El título es Juan Benet y el aliento del espíritu sobre las aguas, un libro muy personal, su testimonio, su verdad, su recuerdo, y donde el retrato que hace Chamorro de Pombo no es siempre muy cortés.

 

No obstante, lo cito porque hay en ese libro anécdotas significativas de cuál fue —según Chamorro, preciso; Pombo tendrá su versión, si es que esto a estas alturas le interesa algo— su papel en esta corte de la calle Pisuerga de benetines y benetones. Y es que para Chamorro no había benetianos, sino benetines, que eran —aclaraba— todos ellos, y algunos, a lo más, benetones. Un gran benetón era Martínez Sarrión, y desde luego Javier Pradera. Y Ferlosio… Ferlosio, para Chamorro, era «el recopón de benetón». No sé qué fue Pombo para Chamorro, pero sí le recuerda —y me gusta el fotomatón que le hace— llegando al reino de Camelot de los benetines y benetones:

 

Solía vestir de terno, buen abrigo de cuello aterciopelado —debidamente raído—, y paraguas. Lucía gafas de montura dorada y aros pequeños, y una cuidada calva de poeta urbano, con una orla blanca de pelo limpio y seco. Detestaba hablar sentado, así que se ponía en pie para hacerlo, con ademanes nerviosos, como si aprovechara el movimiento para darle un aire a las ideas que se disponía a poner de manifiesto, y se erguía muy tenso hasta arquear hacia delante el cuerpo para levantar el índice en el aire muy admonitoriamente, como si hubiera investigado a fondo toda la iconografía de los maestros retratados por Charles Dickens. Era un tipo muy entretenido con el que resultaba fácil encariñarse. (pág. 46)

 

La cita ha sido larga, pero ha servido para encontrar —al fin— el cariño por alguien, Pombo, que no parecía seguir las reglas no escritas, pero que estaban en el aire de tan ilustre cofradía del Pisuerga. Sus cofrades no solían valorar —de creer a Chamorro— el que los críticos los trataran bien o mal, como hacía —al parecer— Pombo; el que los editores forcejearan por sus libros —Herralde y Rafael Borrás, de Planeta, con los de Pombo, según Chamorro—; ni tampoco el que sus opiniones compitieran con las de los demás, como le sucedía a Pombo —según Chamorro—. En fin, según este, y termino con Chamorro, Pombo no acabó de cuajar en la corte del Pisuerga porque, primero, «Pombo tenía un concepto del orden meticulosamente santanderino —tan alejado de nosotros como las liturgias de El Pardo—»; segundo: «una idea cuidadosamente reaccionaria de las clases —ingrata para quienes vivíamos contemplando las musarañas de semejantes responsabilidades—»; y tercero: «una noción del prestigio literario de la que esperaba la derivación de un predicamento que nunca le fue concedido porque no era en Pisuerga donde se concedían ese tipo de galardones ni se practicaba su séquito». Amén, y en fin.

 

Aunque el contenido del libro de Pombo Alrededores, el único que yo sepa que recoge algunas de sus colaboraciones periodísticas, entre ellas unos espléndidos retratos literarios de escritores con los que mantuvo contacto, será objeto de mi atención más adelante, no quisiera cerrar este capítulo sobre benetines y benetones sin aludir al texto que a Benet le dedicó Pombo en Diario 16 en 1987, donde confiesa de entrada que «Benet y yo hemos alquitarado el “usted”: esa es nuestra más indiscutible contribución conjunta a la historia de la literatura española». Reproduzco el diálogo allí insertado:

—¿Cómo está usted, señor Pombo?

—Muy bien, ¿y usted, don Juan? Le veo a usted estupendo, en el aura instantánea de esta estación metafísica.

—No me extraña. Estoy escribiendo una novela admirable, sin un solo punto y aparte, toda ella enteramente costumbrista, ¿qué le parece a usted, señor Pombo?

—Me parece espléndido, don Juan. Ya era hora de que reconociese usted cuantísimo le debe a don José María de Pereda, mi ilustre paisano.

—¿Se cree usted muy gracioso, señor Pombo?

—Pues sí, don Juan, no siempre. Pero, a veces, bastante. La gracia que yo tengo, ni usted ni yo podemos remediarla.

—Es usted un señorito impertinente y osado, señor Pombo.


 

Nota de la Redacción: este texto corresponde a un extracto del capítulo correspondiente a la contribución de Javier Goñi, “Siguiendo el rastro de la reina madre  (Álvaro Pombo entre los escritores de la nueva narrativa española)” del libro editado por Dámaso López García y Juan Antonio González Fuentes, La gracia irremediable. Álvaro Pombo: poéticas de un estilo (milrazones, 2013). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento a la editorial milrazones en la persona de su editor, Jesús Ortiz, por su generosa amabilidad al facilitar la publicación en Ojos de Papel.

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