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jueves, 24 de marzo de 2011
Igual el amor que la locura, de Alfonso Montoro: donde no habite el olvido
Autor: José Membrive - Lecturas[3842] Comentarios[0]
Los 27 cuentos que Alfonso Montoro recopila en su libro “Igual el amor que la locura” parecen estar hechos de esos fragmentos oscuros, lejanos, pero imborrables, que perviven más allá de los recuerdos, en una especie de “transmemoria”, ámbito en el que se mueve la auténtica literatura, y que se sitúa en una dimensión diferente a la de la historia, la sociología, la psicología y el compromiso social

José Membrive

José Membrive

En Igual el amor que la locura, Alfonso Montoro nos hace revivir, con sus 27 cuentos, muchas de las sensaciones que creíamos perdidas. Es su obra la restauración de una niñez, de una sociedad que creímos borrada del mapa.

De siempre, el Alzheimer me ha parecido un pacto de convivencia entre la vida y la muerte: cuando el presente se debilita, el pasado te asalta y se apodera del timón de tu nave, y estás perdido, o mejor, salvado. Pase lo que pase, tus recuerdos te sobreviven, se independizan, toman de nuevo la antigua casa en la que vivieron, como aquellos fantasmas de la casa ocupada de Cortázar, y te van desalojando hasta conseguir reconquistarla. Se trata de vivencias tan arraigadas que permanecen en nosotros sin apenas soporte biológico, con autonomía frente al deterioro.

Uno se limita a vegetar a cambio de que lo dejen disfrutar de sus vivencias, con unos hechos que, por algún motivo extraño, alguien les ha otorgado el don de la inmortalidad. Ocurre entonces que los recuerdos y las vivencias se apoderan de ti, se alojan en tu alma como recortes de “aquellas pequeñas cosas… que nos hacen llorar cuando nadie nos ve”, en palabras de Serrat.

Curiosamente, lo que pervive suelen ser vivencias cotidianas, vistas desde el prisma de la niñez, época de la pureza de colores y sentimientos, época en que “la vida es bella”, o puede ser vivida como tal incluso en un campo de concentración, si hay alguien que la pinte con el color de los afectos.

A veces, la literatura me ha parecido un arte al servicio del Alzheimer, con poder de resurrección sobre aquello que creímos que pasó irremisiblemente. Los enfermos de Alzheimer siempre retornan a la niñez, a la mirada esencial, igual que los grandes literatos.

La lectura de Igual el amor que la locura (Ediciones Carena) me ha trasladado a mi propia niñez, al mundo de la mirada pura, elemental, al mundo en el que el dolor aún no se manifiesta, al mundo en el que, como ocurre en el cuento El conejo sabelotodo, un animalito, a priori imaginario, se atreve a existir para servirnos como punto de fuga de una cruda realidad.

Los 27 cuentos que Alfonso Montoro recopila en su libro Igual el amor que la locura parecen estar hechos de esos fragmentos oscuros, lejanos, pero imborrables, que perviven más allá de los recuerdos, en una especie de transmemoria, ámbito en el que se mueve la auténtica literatura, y que se sitúa en una dimensión diferente a la de la historia, la sociología, la psicología y el compromiso social.



Alfonso Montoro: Igual en el amor que en la locura (Ediciones Carena, 2010)
 
Como su nombre indica, la obra se divide en dos partes: Igual el amor, compuesta por 13 relatos; y una segunda parte, que la locura, compuesta por 14 relatos. Pero, como también dice el título, ambas partes se confunden. Vistas desde la perspectiva del tiempo son la misma cosa y tienen idéntica misión: hacer memorables unos fragmentos de vidas monótonas de seres anónimos.

“María Trinidad, o La Santísima Trinidad, que era como la conocíamos, no poseía una fuerza descomunal, pero todos sabíamos que nunca se dejaría perder un pulso. Vivía con su madre en un callejón cualquiera que daba fin a las casas del pueblo. ¿Cuántos años tienes, nena? Catorce, gilipollas. Pura raza andaluza, la nena esta, recalcaba el bedel del colegio si es que ella pasaba por sus ojos viciados de aburrimiento. Pelo largo, oscuro, como su corazón…”

Porque los protagonistas son siempre seres anónimos, habitantes de los arrabales sociales que pululan por pueblos y cortijos, de esos a los que la historiografía oficial les niega todo protagonismo, de esos que no hicieron ni harán nada socialmente relevante, pero en cuya alma la mirada bizca de una niña que se marchó puede dejar inscrita una leyenda de amor y deseo.

Los cuentos son variados; los puntos de vista, infinitos; los escenarios, múltiples, pero siempre están impregnados por la resurrección de aquello que creímos olvidado y olvidable.

“¿Qué haremos hoy? -preguntó Paula sin esperar la respuesta de Quicote que nunca le daba-. Correremos, correremos sin parar; y mientras, ¡a gritar a todo pulmón!, hasta que algo nos duela –se contestó Paula, colleja a su amigo y enfilando calle abajo con su galope.
Apenas si asomaba el otoño con la deslumbrante suavidad del sol que agoniza en las tardes quietas. Y allí sus sombras histéricas, amotinadas y efímeras, hacían intuir que aquello era divertido.
-Ahhhhhhh…, ¡mira, Quicote!, las hojas de los árboles corren también junto a nosotros, ahhhhhhh…
…Le encantaba a Paula, cuando corría, ir siempre delante, cosa que con el zapatones de Quicote le era fácil. A ella le gustaba que él estuviera detrás. Eso quería decir que era más veloz, que él no la cogería, que nadie sería capaz de hacerlo. Quicote, a duras penas y con el tono más bajo de sus chillidos, apenas si podía ver tan de cerca como le hubiera gustado el balanceo infinito de la falda de cuadros escoceses de Paula.

Mientras uno va leyendo los relatos de Alfonso Montoro, van levantándose perdices de recuerdos agazapados, de aquellos que nosotros mismos catalogamos como intranscendentes, que han pervivido 20, 30 y 40 años.

Alfonso Montoro es un literato puro. No pretende hacer sociología ni ética, no pretende investigar en los trucos de la moral oficial, no pretende filosofar. Su mundo es el lenguaje y le importa más el orden de un complemento que el orden social. Es imposible hablar con él de otra cosa que no sea literatura, es decir, se puede hablar con él de cualquier cosa, siempre y cuando uno sea capaz de verla desde esa aproximación lúcida que tiene la mirada artística.

Si tuviera que definir su literatura, lo haría con el adjetivo de sureña. Es decir, sensual, luminosa, cálida. Creo que el Sur existe en todas las vidas, y que lo rural, lo elemental, es el armazón en el que se consolida todo nuestro complejo mundo sentimental. En el Sur interno, en ese reducto de humanidad que todos conservamos, ahí es donde Alfonso Montoro monta su tienda de campaña, donde se transfigura, donde nos eleva a ese tabor del que nadie quiere bajar, simplemente porque se encuentra con lo mejor de sí mismo, con el valor añadido de que lo habías dado por perdido. Porque te desvela que en esa región cernudiana, en la que habitaba el olvido, pululan sueños, miradas, llantos y besos que afloran con un perfume de felicidad renovada.



NOTA: En el blog titulado Besos.com se pueden leer los anteriores artículos de José Membrive, clasificados tanto por temas (vivencias, sociedad, labor editorial, autores) como cronológicamente.

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