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Fernando Lozano: <i>Cerezas</i> (Ediciones Carena, 2011)

Fernando Lozano: Cerezas (Ediciones Carena, 2011)

    AUTOR
Fernando Lozano

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Ólvega (Soria, España), 1958

    BREV CURRICULUM
Cerezas es el primer relato que ve la luz, pese a su considerable producción literaria: poesía, relatos cortos, novela…El amor homosexual, tratado con pulsación tan poética como inusitada, es omnipresente tanto en sus cuentos como en sus novelas




Creación/Creación
Fernando Lozano: Cerezas
Por Fernando Lozano, martes, 1 de febrero de 2011
Cerezas, obra de Fernando Lozano, es una historia de amor principiada en la adolescencia, entre dos personas del mismo sexo. Una antigua mansión recién restaurada al sur del Estado de California, en medio de un paisaje casi desértico junto a la frontera con México, es el escenario de toda la acción.

PRIMER DÍA

“Escribiré el poema evangélico de los camaradas y del amor,
ya que ¿quién como yo comprenderá el amor con sus pesares y sus alegrías?
¿Y quién como yo podrá ser el poeta de los camaradas?”
WALT WHITMAN. –Hojas de hierba-.


Dulzura –Estado de California-, USA. Martes 22 de julio del 2008.

10:30 a.m.

Querida Willa: Retomo mi ordenador portátil para escribirte después de mis vacaciones con viaje: una isla. Conservo la piel de mi nariz tersa como la de un tambor; dolorida por el sol y el yodo marino. Y recuerdo mi rostro siempre lleno de una arena que también estaba en nuestra comida y que traía no sé qué viento del nordeste. Me despedí de mis compañeros de viaje -un matrimonio de profesores de literatura inglesa, de San Diego- en un aeropuerto que parecía un gigantesco cofre de vidrio, y con el cuerpo dolorido como no puedes imaginarte. Ya estoy habitando la casa nueva. Forma parte de las inmediaciones de una ciudad llamada Dulzura, al sur del Estado de California y muy cerca de la frontera con México. ¡Cuidadito con lo que puedas imaginarte! ¡Te hablo de una hermosa, grande y elegante casa de madera con un porche que la rodea por completo! Antigua, sí; pero muy bien restaurada ¡Te encantaría! Además, esta es una zona tranquila y poco poblada; extrañamente, si tenemos en cuenta que Dulzura forma un corto triángulo con lugares tan bulliciosos como Tijuana y San Diego, sin una sola interrupción urbana entre esas dos ciudades. Vi por primera vez la casa cuando estaba aún por pintar, antes de partir de vacaciones hacia esa isla agobiante. Entonces encargué el color azul ultramar claro para mi porche al dependiente mexicano de la empresa de pintores a domicilio; este me miró con una expresión como de apuro primero y después de “ya veremos”. Eso de ir poniendo nombres a los azules parece que le era nuevo. Coloqué delante de él su propio muestrario de colores horrorosamente primarios, prohibiéndole seguir tan mal ejemplo. Gracias a un florero del mostrador y con una pedagogía propia de Mary Poppins, le indiqué cual era mi azul. Fue entonces cuando él puso la cara de “ya veremos”. Pero me sonrió seguidamente, lo que tomé por comprensión y eso acabó perdiéndome. El resultado, en fin, es un azul celeste casi blanco en el techo y en las paredes; en cambio, el celeste es muy intenso en las gruesas bandas que remarcan las puertas de entrada a la casa y las ventanas, que son blancas. Ya no hay nada, por ese lado, que pueda recordarme al azul marino en las puertas y balaustradas de las casas encaladas del mediterráneo en este rincón oeste de América -goodbye a Grecia-. Llegando en taxi, desde la pradera, aún lejos, la casa me pareció una antigua estación de tren; e in situ, un inmenso juguete. Mi monumental porche, al que desde el inicio di mayor importancia que a la propia casa -¡me imagino qué grandes fiestas se han debido dar aquí en otros tiempos!-, no siendo ya del color que yo quería, cada vez que paseo mi mirada por sus techos y paredes, me dice: “¡Bueno, de todos modos aquí me tienes! Soy como todo en la vida: no como se espera y a cambio con todo para descubrir”; y hay mucha luz en eso si se quiere ver. Como la hay, por otra parte, en este mismo color celeste no exento de inocencia; me hace mirar hacia mí mismo más condescendientemente: Sobre mis hombros pesa la vida y bajo mi pecho la pena, ¡tan a mi pesar! Ella –la pena- funda un vasto imperio; encuentra su refugio y su morada… Tu contestador automático y yo nos estamos haciendo grandes amigos. Confío en que cuando no estés vagando por Europa, te dignes a salir un poco de Nueva Inglaterra, para variar. Y también para variar, visites a este viejo pariente solitario en medio del desierto. Recibe un ligero beso esquimal de tu padre que… ¡aún te quiere!: CALIFORNIA TE ESPERA; ¡APROVÉCHALO DE UNA VEZ! ESTA OFERTA DE PROMOCIÓN -¡DESESPERADA!- DURARÁ POCO. Es broma, hija; pero créeme que te extraño mucho. Mil besos fortísimos nada esquimales. P.D.- Sé de inmediato cuando abres mis mensajes. Esfuérzate por no tardar más de cuatro días, como acostumbras, desganada, en responder este E-mail.

(Enviando… Mensaje enviado.)
(Desde la mecedora, ayudándome del mando a distancia, pongo a sonar un disco de Glenn Miller. Todo se llena con el ronroneo de “Moonlight Serenade”.)

7:24 p.m.

Si alguien me viese ahora desde lo más alto de la gran puerta de hierro al otro lado del jardín, frente a las escaleras principales de acceso al porche en el que me hallo -me parece un sitio ideal para que alguien me mire-, me vería sentado en una gran mecedora de hierro forjado, escribiendo en un ordenador portátil.


(Junto a la que ocupo, hay otra mecedora vacía. Deja de sonar “Moonlight Serenade”, oigo unos pasos a mi izquierda; aparece Guillermo. Guillermo se sienta en la otra mecedora.)

GUILLERMO.- Esa persona que ahora mismo estabas imaginando aquí sentada, y a la que he debido aplastar al sentarme yo, ¿no se parecía algo a aquella escultora noruega que conociste hace un año en San Francisco? Aunque…, ahora que lo considero, si estuvieras pensando en ella, tu imaginación no habría prescindido de sus seductoras pecas... ¡y lo ha hecho! ¿Y tu primera mujer, la arqueóloga? ¡Tan atractiva! Pero no, no, tampoco. Ella solo sale en tus pesadillas...
YO (sin apartar la vista de la pantalla del ordenador).- No deberías interferir aquellos pensamientos o recuerdos que no te son destinados y de los que no eres objeto.
GUILLERMO.- Verás; con sinceridad y sin modestia, creo que ese rostro que había en tu mente, no era otro que el mío; con el pelo corto, como cuando tú y yo hacíamos el servicio militar y ocurrió aquello que a ti y a mí nos tiene aquí consternados; (Deprimiendo el tono de voz.) en… realidad.
YO (acre).- Una vez hubo un paraíso, Guillermo.

(Se pone en pié tan súbitamente que me estremezco. Camina luego por el porche, con movimientos relajados. Guillermo -veintitrés años-, es esbelto, distinguido, con facciones incontrovertiblemente asexuadas, ojos grises-azulados, pelo largo y rubio recogido atrás… Poco acorde con la temperatura que aquí hace, viste un jersey de punto gris claro rematado en las mangas cintura y cuello con azul; pantalones de cuero negro y unas botas deportivas de lona negra con la base, los cordones y la puntera de goma, blancos.)

GUILLERMO (con una euforia que la frase no parece justificar).- ¡Hubo un paraíso hasta para nosotros dos!

(Contempla el paisaje semidesértico alrededor de la casa, evidenciando una respiración profunda y serena con los brazos en jarra, atacado al parecer de un irrefrenable optimismo. Sus pasos resuenan en el piso de madera del porche.)

YO.- Pues te hago saber que nuestro paraíso yo no lo recuerdo precisamente como un paraíso. He estado mucho tiempo sin ti… y a la vez contigo, desde 1981. Esta noche no te esperaba y estaba además muy lejos de llamarte. Mira, cariño…, quisiera que esta casa, tan parecida, por su gran porche, a uno de esos lujosos barcos que aún hoy cortan el Mississippi, navegara diariamente de nueve de la noche a nueve de la mañana, por cualquier océano, mar, rio, lago… ¡Naturalmente que es solo una forma de hablar! Lo que trato de decirte, Guillermo, es que mi imaginación, aquí, debe comenzar a funcionar y producir como nunca, ¡como nunca! Y sería una verdadera lástima desperdiciar la ocasión, dado que este es un lugar ideal para eso; porque en torno a esta casa, a esta formidable estructura de madera…, la luminosidad desdibujada del día y la terca oscuridad moteada de la noche, pueden ser cualquier lugar o circunstancia del mundo. Y respecto a mi edad…, no tengo intención de preguntarme si es o no tarde para mí…
GUILLERMO.- No es tarde, querido. Y todo eso que dices desear… ¡nada te lo impide!
YO.- Lo que estás queriendo decirme es que nadie me lo impide; mejor aún, que concretamente tú no me lo impides. Y sí; ¡me lo impides de alguna manera! ¡Oh! ¿Cómo puedo decirte esto sin que nos haga daño a los dos?
GUILLERMO.- ¿Por qué tanto cuidado? ¡Anda y dilo simplemente por la vía cruel; anda! ¡Cualquiera comprendería ya que he quedado en bien poca cosa!
YO.- ¡Muy bien, asqueroso chantajista emocional! ahí te va: Quiero alguien, ¡alguien! Un rostro de verdad. Necesito complacer la mirada del hombre que soy con una figura que pueda tocar, y que ahora solo está en mi esperanza. Es una figura que avanza hacia mí a lo largo de este larguísimo porche. ¡Claro que no sé quién ha de ser! Pero pronto se hará realidad. Sí…; y entonces no será ya solo la obra de mi imaginación... Llegará y me mirará la primera vez con aire grave, dándome a entender que no tiene que explicar su presencia en mi casa. (En esto me levanto y camino unos metros por el porche; con la mirada perdida teatralmente mientras imagino la escena. Guillermo me sigue con los ojos muy abiertos.) Y me dirá: “Óigame, estoy aquí, sí. Y mañana habré de volver. Igual a usted soy alguien que sueña; ¡que solo sueña! Le garantizo que es risible mi conocimiento de la vida real. Imagínese un momento como este, ambos mirándonos así. Me será imposible no estarlo evocando continuamente en mis sueños. Esta noche me la voy a pasar soñando con usted, ¡Que digo esta noche: soy capaz de hacerlo todo el año! ”.
GUILLERMO.- ¡Oh, me suena!: ¿Dostoyevski? ¿Noches Blancas? ¡Qué remedo tan patético!
YO.- ¡Sí, Noches Blancas! ¿Y qué? ¡Y no es un remedo patético, qué demonios! Coincide con mi necesidad… Hay algo que necesito y… ¡no puedo envejecer más antes de encontrarlo!
GUILLERMO.- Sí; ya supongo de qué se trata. Es decir, sé de qué se trata. Los dos lo sabemos.
YO.- ¿Crees que es solo eso? (Tomo asiento sin dejar de mirarle.) ¿De verdad lo crees?
GUILLERMO.- Y lo más impúdico, lo más obsceno, es que además necesites estar enamorado de aquel que te haga... eso.
YO.- ¿Impúdico? ¿Obsceno, dices? Si necesito antes estar enamorado… ¡Será todo lo contrario de obsceno! ¿No?
GUILLERMO.- Pues no lo sé; no estoy nada seguro… Tal vez solo sea hipócrita, si tenemos en cuenta que ya estás enamorado. Dime, ¿es que me habrá de quedar, al final, tan solo el orgullo de ser yo quien te iniciara en esa necesidad física y emocional… tan dudosamente espiritual…?
YO.- ¿Te refieres al amor?

(Pausa.)
(Ahora es él quien se levanta y camina unos metros relajadamente, como queriéndose sacudir un malestar.)

YO (le miro desde mi asiento, con el rabillo del ojo).- ¡Qué jacobino eres para ser de Burdeos!
GUILLERMO.- ¡Qué tonto! sabes bien que soy todo lo contrario. Como también sabes que solo puedes amarme a mí.

9:00 p.m. (hora náutica)

YO.- ¡Mira; aquí está el mar! ¡Son ya las nueve! Y lo otro, sobre el amor…, no te lo voy a discutir.

(Noto en mis ojos la destemplanza que antecede a las lágrimas y comienzo a pensar injurias contra mí mismo para instarme a esquivarlas.)

GUILLERMO (no poco socarrón).- ¡Hum…! ¿El Pacífico penetra hasta aquí a esta hora?
YO (a la defensiva).- Bueno, el océano Pacífico está solo a unos treinta y dos kilómetros de aquí. Pero ese es cualquier mar, lago, océano… o río. Solo algunas veces es el océano Pacífico.

(Pausa.)

GUILLERMO (más sereno, vuelve a sentarse).- ¿Porqué algo tan intenso como nuestra historia juntos no llegó a ser para ti un paraíso? Ni duración le faltó, después de todo.
YO.- ¿Por qué entonces lo recuerdo con dolor?
GUILLERMO.- Porque los paraísos perdidos se recuerdan así; con dolor. Aunque concedo que no lo percibas como algo tan alto en tu vida. Tiene gracia de todos modos. Hace cuarenta años, desde que nos conocimos siendo niños, que no te duermes sin antes pensar en mí. De hecho piensas constantemente. ¿Contradictorio? (Breve pausa.) ¿Tu hija, bien?
YO.- Sí. Eso creo.
GUILLERMO (¡riendo! -¡no entiendo porqué!-).- ¿Ya es arqueóloga, como su madre?
YO.- Sí. Está con un equipo de prospección en Estambul, creo. Hace un mes que no hablo con ella.

(Miro al horizonte, cierro un ojo, y empiezo a especular sobre el posible grosor de la franja de luminosidad que destaca sobre el perfil de las montañas, como una tenue cresta de neón.)

GUILLERMO.- Te vi cuando llegaste en taxi.
YO.- ¿Estabas viéndome? Podías haber tardado menos en hacerte notar.
GUILLERMO.- En el tiempo que llevas en esta casa, me he estado divertido viéndote transportar constantemente ese ordenador; escribiendo de un lado a otro, de un lado a otro... Te mueves como si llevaras un acordeón en lugar de un ordenador portátil y fueses improvisando según la vista del paisaje, cancioncillas populares a parroquianos poco exigentes.

(Pausa.)

9:30 p.m. (hora náutica)

(Guillermo se inclina sobre la pantalla del ordenador.)

GUILLERMO.- ¿Qué estás escribiendo?

(Silencio. Le tiro una sonrisita muy tensa y cierro la cubierta del ordenador portátil. Su rostro parece súbitamente iluminado por una idea. De repente alinea su mecedora paralelamente al eje del porche, se quita las botas deportivas y coloca sus pies, enfundados en calcetines blancos, sobre el asiento de la mecedora –todo ello con aire muy infantil-; luego retira el elástico que sujetaba por detrás su pelo, esparciendo el largo cabello rubio a su alrededor con ayuda de los dedos, más un enérgico movimiento de cabeza. Acto seguido cruza los brazos y orienta su respingada nariz en dirección a una imaginaria pantalla de cine –en realidad hacia la oscuridad de la noche -.)

GUILLERMO (adoptando la típica actitud del espectador de una sala de cine cuando se impacienta por que tarda la proyección).- ¿Tardan mucho, no?

(Comprendo la idea, y coloco mi mecedora paralela a la suya para seguir su juego.)

YO.- Lo que más me gusta del cine del colegio son las largas esperas antes de la película. Permiten conversaciones a veces más interesantes que las películas mismas. (Señalo en una dirección inconcreta detrás de nosotros.) ¿No habré venido a interrumpir? ¿De verdad tus amigos querían irse?
GUILLERMO.- Así será si ellos lo han dicho. No te preocupes. (Dado que tiene los pies sobre el asiento, sus rodillas quedan a la altura de su cuello, y él apoya el mentón en una de ellas. Ríe.) Yo creo que les has removido la conciencia al decirles que ya tenías hechos tus deberes para la primera clase del lunes y han ido a hacerlos ellos. Además, ya habían visto las dos películas que dan hoy. Vinieron por mí, porque yo no las he visto. (Pasa con suavidad las manos sobre sus calcetines blancos como sintiendo frío a la vez que se estremece de placer notándose protegido.) Pero como ya estoy contigo…

(Silencio. Él vuelve la cabeza dos o tres veces hacía donde estoy.)

GUILLERMO.- Les he contado a mis amigos que tú y yo nos conocemos desde muy niños.

(Dado que Guillermo y yo, de mutuo acuerdo, estamos representando teatralmente algo ocurrido en nuestra adolescencia, yo, afanado en lograr el mayor realismo –tal vez espoleado por la pura nostalgia-, mantengo los brazos cruzados como he oído decir que acostumbraba a hacer por entonces cada vez que intentaba captar la atención de alguien… O me sentía contrariado, insatisfecho…, o simplemente sentía frío; como en verdad lo hacía aquella tarde lejana, en la sala de proyección de aquel colegio.)

YO.- ¿Realmente te acuerdas de cuando nos conocimos?

(Guillermo, sin mirarme solo inicia una sonrisa; luego la refrena poco convincentemente. Se esfuerza por mirar hacia la pantalla en blanco. Ofuscado, he vuelto a recostarme rotundamente en mi asiento. Continúo con los brazos cruzados.)

GUILLERMO.- Pero hace tanto tiempo de eso... (Me mira al fin.) No sabía si eras un poco antipático. Desde que estoy en el colegio… ésta es la primera vez que me hablas. (Pausa.) Claro que yo tampoco te hablaba a ti; pero te miraba siempre y en cambio tú a mí… nunca.

(Pausa.)

GUILLERMO (afable).- Pero resultas muy tratable. De verdad.
YO.- Para serte sincero, noté tus miradas; pero creí que eran de censura. Me daba vergüenza de que precisamente tú, que me conoces desde cuando éramos niños, pudieras estar al tanto de la mala reputación que aquí tengo. No deben decirse cosas muy agradables de mí entre alumnos y profesores.

(Eso último ha sido mucho más una pregunta que una afirmación. Y él calla. Me muestro nervioso y no encuentro una postura adecuada para una de mis manos en la que pretendo descansar el mentón.)

YO (insistente).- ¿Verdad?

(Guillermo esboza un gesto deliberadamente ambiguo, y su silencio comienza a parecer airado. Mientras, yo, pensativo, he vuelto a mi postura de brazos cruzados, casi empotrado en mi respaldo. Él me mira de soslayo y evalúa los resultados de su silencio. Me estoy preguntando por qué a él le es tan caro, después de todo, lo que yo pueda hacer en el colegio…; mi mala reputación.)

GUILLERMO (cambia de asunto).- ¿Cómo recuerdas la tarde en que nos conocimos siendo niños? Porque la recuerdas, ¿no? (Da por hecho que la recuerdo; me parece el colmo de la presunción.)
YO.- Bueno, te diré las cosas tal como quedaron en mi memoria; pero no sé si es el orden real en que sucedieron. Recuerdo que nuestras madres se saludaron en un comercio de calzado o de ropa de una calle céntrica de Teruel. Las recuerdo conversando de sus cosas en el café de al lado, junto a sus respectivos niños que éramos tú y yo. No es fácil contarlo, porque se me grabaron más las sensaciones del suceso que el mismo suceso. Recuerdo una especie de perfume en el aire de aquel local con pretensiones cosmopolitas, tan características de un café elegante de capital de provincia de entonces. Sonaron las campanadas de una iglesia cercana, y la plaza que veíamos a través de los ventanales se inundó de colegiales esbeltos -chicos y chicas- que salían de clase y que se esparcían por la ciudad antigua caminando con sus libros arrimados al pecho; todos ellos uniformados con sus jerséis azul oscuro, falda o pantalón gris con altas medias blancas; igual como nosotros vestimos ahora mismo. Dentro, a este lado del gran ventanal, había un niño rubio, a mi lado, muy formal y callado; no más alto que las mesas del café en que estábamos, mirándome fijamente con esos ojos grises-azulados que ahora de nuevo me miran.
GUILLERMO.- Mi recuerdo es casi como el tuyo. Tengo muy viva la sensación que me produjo tu rostro: Era como si tu cara estuviera recibiendo un aire muy frío… muy frio… En serio, ¡no te rías! Esa es la principal característica de tu cara; ¿no lo sabías? Tu rostro tiene siempre una expresión como de estar recibiendo un viento helado: tienes una piel muy blanca, la nariz tersa, unos ojos muy rasgados, con unas cejas muy finas y arqueadas... “Cara de viciosa” oí en un pasillo de las aulas del primer piso, hace tan solo unos días, referido a ti. Lo dijo alguien que juntó en una sola idea, tu rostro y tu conducta sexual. También aquella lejana tarde que ahora evocamos, me conmovió tu cabello castaño oscuro largo y despeinado, y tu mirada apunto de viajar disparada hacia algún lugar lejano. Me hiciste rememorar esa sensación hace unos meses, cuando te encontré en la ceremonia del acto inaugural del curso; el primero para mí en este colegio. Solo que esta vez, por añadidura, estaba mi curiosidad inducida hacía ti. ¡Las cosas que se dicen aquí de ti!... ¡La misma persona que años atrás, siendo un niño, me había causado una sensación tan particular… envuelto ahora en rumores de una conducta tan extraña! Te juro que mi curiosidad por ti estaba empezando a dar… ¡gritos! Bueno, seis meses después de mi llegada, estoy hablando aquí mismo contigo y aún creo estar tratando con una diabólica celebridad. (Ríe.) ¡Pero no me mires así, que yo te veo de forma distinta a los demás! Hasta me encantaría que vinieras pasado mañana a mi cumpleaños. Cumplo quince.
YO (no me ha gustado nada su avalancha de sinceridad).- Gracias, pero yo los quince ya los tengo. Los cumplí en enero.
GUILLERMO.- ¿Es una forma de decirme que no?
YO.- Sí. No tienes que mostrar caridad por un descarriado a costa de tu buena reputación. Aprecio tu gesto, créeme. Pero no. Me he acostumbrado a mi marginalidad; ahora ya casi me resulta agradable.
GUILLERMO.- Deseo que vengas.
YO.- No estaría cómodo. ¡No por ti, claro! es por la presencia de los demás chicos que supongo estarán invitados.
GUILLERMO.- Si lo miras bien, ambos tenemos en común que vivimos con nuestros tíos; nuestros padres residen en el extranjero. Me gustará tener en la fiesta de mi cumpleaños alguien que además de ser el chico al que conozco desde hace más tiempo, desde mi infancia, padece la misma situación que yo; y que muy probablemente, al igual que yo, a veces se acompleje un poco ante los otros muchachos que tienen a sus padres con ellos: una vida familiar normal.

(Silencio.)

GUILLERMO.- Por otra parte no sé de donde viene tu sensación de marginalidad: eres el protegido de esa mafia que forman los más arrogantes hijos de papa que hay en el colegio... ¡Eso a pesar de todo!

(Pausa.)
(Le miro con incredulidad.)

GUILLERMO.- Me miras como diciendo: ¡si tú supieras!…

(Guillermo me mira con un aire cándido y sentencioso al mismo tiempo. Me pregunto hasta qué punto paladea su propia malicia.)

GUILLERMO.- Yo no sé mucho de esas cosas, pero si esos chicos están tan incondicionalmente rendidos a ti, imagino que es porque les das algo a cambio, ¿no?
YO.- ¡Cielito, sabes mucho de la vida para solo catorce años, tú! ¡Caramba con el niño!
GUILLERMO (conciliador; pero continuando con su aire dómine).- Has mencionado tu supuesta marginación y he creído que tendría sentido recordarte que después de todo, el reducto actual de tus relaciones en el colegio es, socialmente, el más elitista. Me parece que queda clara mi voluntad de confortarte.

(Silencio, y estimable lucha en su interior para no volver a decir “a pesar de todo”; pero lo hace.)

GUILLERMO.- A pesar de todo.
YO.- Óiganle: “¡A pesar de todo!” ¡Vaya! ¡Pero si a pesar de todo ese aire angelical eres toda una viborita! “¡A pesar de todo!”
GUILLERMO.- Mira, por educación no acostumbro a tratar de… ciertas cosas… (Señala en la dirección en que sus amigos se han ido de la sala de proyección.)… ellos no hacen más que tratar ese asunto; ¡no hacen otra cosa!… pero yo jamás hablo de eso.
YO.- Habla ahora de… “eso”. Puedes hacerlo, te lo agradeceré. Habla de “eso”. ¡Vamos!

(Pausa.)

GUILLERMO (enojado, ganando un frío arrojo).- Bueno… Para empezar, la palabra “descarriado” aplicada a ti, no basta...

(Me mira deseando saberse refrenar, pero pese a las cuidadas maneras de niño ingenuo y educado que le son tan propias, noto que se está encrespando más y más a cada momento.)

GUILLERMO.- En tu caso es más apropiada esa otra palabra que los profesores usan entre ellos para hablar de ti: “Depravado”. En fin, dada tu conducta supuesta, es esa la palabra más adecuada, ¿no crees?
YO.- ¡No puedes ni imaginarte, cielito…, mi asombro en este momento ante ti!
GUILLERMO.- ¿Por qué?
YO. - Por todo el mal que veo se encierra detrás de esa carita tan bella…
GUILLERMO.- “Cielito”…, “Carita bella…” (Se aproxima cautelosamente a mí para no ser oído por nadie más, y me “grita” en voz muy baja.) ¡No soy una chica! ¿Entiendes? Yo soy un chico y tú otro chico; ¡no puedes usar esas expresiones! (Pausa.) ¡Y no me estés mirando así! parece como si el aire que toca ahora tu cara fuera más frío de lo que ya es normalmente. ¿No me entiendes? Cuando mis amigos estaban aquí hace solo unos minutos, llamaste a uno de ellos cariñito… ¿Ves? ¡Ese, es tu actual problema! ¿Entiendes? Piensa bien en la palabra depravado: de… pra… va… do. Así; sonando por todo el colegio: de-pra-va-do, de-pra-va-do, de-pra-va-do…

(Guillermo mira el ambiente en la gran sala de proyección. Intenta ganar aire; y no precisamente para serenarse. Aunque el cine estaba muy lejos de estar lleno aquella tarde, algunos chicos en espera de la película, a nuestro alrededor, iban y venían de comprar palomitas de maíz, y algún profesor se dejaba ver de cuando en cuando.)

GUILLERMO (violento en el fondo, pero consiguiendo no alzar la voz).- Piénsalo.
YO (sereno).- Lo haré; veamos: De-pra-va-do… ¡Sí! me imagino a Tomás Calero, el de tercero B, con sus muchos kilos y su aire de gañan de vacas pronunciando esa popularísima palabra (Gesto remilgado, y modulando exquisitamente la dicción.): “De-pra-va-do”.
GUILLERMO (divertido).- ¡Oh no, mi niño, no! Esa es la palabra solo al uso entre la dirección y el profesorado, que… Créeme: si no fueses sobrino de quien eres, ya te habrían puesto de patitas en la calle hace mucho tiempo. (Ahora mira en torno suyo temiendo ser oído. Luego, pasa a hablarme con suavidad y afectación, batiendo las pestañas con mucha impertinencia.) Comprendo que ignores como puedan llamarte esos chicos de origen humilde a los que de manera tan snob, evitas como si fueran apestados, y junto a los que pasas sin mirar siquiera para no tener que dirigirles la palabra; como si no existieran. Ellos, para definirte solo usan la palabra maricón. (Ha mantenido el intenso parpadeo hasta la última silaba de la última palabra, que ha rematado con un muy deliberado ademán de afeminamiento, consistente en ocultar súbitamente su mano derecha con un movimiento muy rápido de la muñeca.)

(Silencio.)
(Ahora se cubre el rostro con las manos, consciente de haberse excedido; de haberse dejado llevar.)

GUILLERMO (sinceramente temeroso).- Vaya, supongo que ahora sí que no puedo esperar que vengas a mi fiesta de cumpleaños (Me mira para estimar daños.).
YO (con ira contenida).- Dos cosas: Primero, tu expresión “hijo de papá”, te definiría a ti mismo a la perfección. Otra cosa es que adoptes con todos, un trato y unas actitudes más o menos jesuíticas…
GUILLERMO.- ¿Yo? (Se refrena para no estropear aún más las cosas.)
YO.- Segundo, entre los queridísimos amigos tuyos que aquí estaban (Señalo el lugar con el dedo.) hay dos que son amant…
GUILLERMO (me interrumpe intentando disimular haber sido cogido de sorpresa; lo que le hace atropellarse al hablar).- Luís y Alberto. Sí, ellos se quieren… Y… (Se sobrepone.) ¿Y qué importa? es algo privado que no trasciende a la vida del colegio, algo… ¡que nadie sabe! De hecho… me sorprende que tú… ¿Como lo sabes? ¡Oh, ya!: Sergio, el hermano idiota de Luís; un intimo tuyo. ¡Qué traidor, vendiendo a su propio hermano! Porque… te lo ha dicho Sergio ¿no? ¡Reconócelo! Luis y Alberto son amigos míos, y yo no estoy en contra de que… la gente… si se quiere… (Recupera la ofensiva.) Algo diferente a tu caso, que no desaprovechas una buena ocasión de revolcarte si tienes macho a mano. Y por lo que dicen te sirve cualquier hombre en cualquier rincón. Es solo un asunto de discreción, ¿sabes?

(Mirando sus labios ¡tan rojos! estoy pensando en otra cosa...)

YO.- ¿Significa eso que si yo me mostrase discreto, podría prosperar un affaire entre tú y yo?
GUILLERMO (me mira de reojo).- ¡Que incómodo eres!

(De repente, como si a nuestro lado hubiera alguien más, gira su cabeza hacia la izquierda y recoge aún más sus pies sobre el asiento.)

GUILLERMO (fingiendo hablar con alguien a su izquierda).- Sí, padre Eulogio, sé que no puedo poner los pies en el asiento, pero mire, me he quitado los zapatos; mire. Gracias, padre Eulogio, sé que tenemos que cuidar del cine del colegio, por eso solo poso sobre el terciopelo del asiento mis calcetines blancos. ¿Lo ve? Gracias, padre Eulogio, es usted muy amable. (Gira el rostro de nuevo hacia mí. Y como si no hubiera quedado claro el nombre de la persona con la que conversaba.) Era el padre Eulogio. Él siempre tan amable conmigo.
YO (observo su pose sobre la butaca y elevo la voz todo lo que puedo, dentro aún de lo prudente).- ¡Mírenlo, parece un gatito!
GUILLERMO (como si tal cosa).- ¡Qué bien que al menos no eres afeminado! No soporto a los afeminados. Tú no lo eres. (Casi para sí mismo.) Muy cursi sí lo eres pero no afeminado.

(Largo silencio.)
(Guillermo, cabizbajo, sin esperar ya la película, contempla el movimiento de sus pies enfundados en calcetines blancos, sobre el asiento de terciopelo de la butaca. Medita. Los mechones rubios de su cabello caen en dirección al asiento, y casi no puedo ver su rostro. Mientras, se entretiene en hacer danzar los dedos de los pies, tomando y retomando al unísono o separadamente barios ritmos imaginarios distintos.)

GUILLERMO.- ¿No vendrás?
YO.- ¿A tu cumpleaños?

(Entre la maraña de cabellos, al fin distingo sus ojos mirándome.)

YO (ya entregado).- Naturalmente que voy a ir.

(Vuelvo a observar a través de su cortina de cabellos, distingo ahora también sus labios: hay una sonrisa maravillosa en su rostro.)



Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Carena en la persona de su director, José Membrive, la gentileza por permitir la publicación de este fragmento del libro de Fernando Lozano, Cerezas (Carena, 2010), en Ojos de Papel.
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