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Javier Montes: <i>Segunda parte</i> (Pre-Textos, 2010)

Javier Montes: Segunda parte (Pre-Textos, 2010)

    TÍTULO
Segunda parte

    AUTOR
Javier Montes

    EDITORIAL
Pre-Textos

    OTROS DATOS
Valencia, 2010. 185 páginas. 16 €




Reseñas de libros/Ficción
Javier Montes: Segunda parte (Pre-Textos, 2010)
Por Eduardo Laporte, lunes, 1 de noviembre de 2010
Javier Montes (Madrid, 1976) vuelve a las librerías tras su estreno literario, Los penúltimos, que obtuvo desiguales críticas, con Segunda parte. Una historia en clave menor sobre un triángulo de cuatro patas en que el pivotan Miguel y su ex amante Rule, instalado ahora en Brasil, donde conoce a Fred Behren. Fred viene a Madrid y Rule le pide a Miguel que se encargue de su nuevo amante, con lo que Miguel debe hacer de tripas corazón. Patricia Lins, veterana cineasta experimental, entra en escena y da forma a la acción: quiere rodar la segunda parte de una película que interpretó Farley Granger, actor que aparece en La soga de Hitchcock y al que el brasileño Fred se parece físicamente, como también se parecen Miguel y Fred.
Unos mimbres que, de por sí, resultan excesivamente anodinos, y que prometen pero que no acaban de dar, quedándose en el peligroso terreno de lo ambiguo y la vaguedad literaria, como se puede comprobar en el texto que reza la contraportada. “Javier Montes arma una fábula compleja y apasionante, un juego de espejos poco fiables donde inciertos maestros del cine amateur ofrecen lecciones de amor para principiantes y siempre es dudosa la posibilidad de aprender algo”, promete el libro, que es tanto como decir nada. Una pena, porque Montes demuestra que tiene mirada, sensibilidad literaria, pero la novela se acaba deshaciendo entre las manos como papel viejo.

Al acercarse a las primeras páginas de Segunda parte, este lector siente ese pequeño pálpito de que quizá haya dado con ese autor, el escritor que por fin aúne los ingredientes literarios que conformen una obra equilibrada, que mezcle con armonía belleza, acción y un punto de sabiduría. Hay quien ha encontrado en La insoportable levedad del ser o en Cien años de soledad esos elementos. Pero pasan las páginas y lo que parecía un feliz descubrimiento, avalado por inclusión de Montes en la última lista de la revista Granta, se va disipando.

Los personajes no exploran ningún abismo, no acaban de escapar de una inercia pasiva, amodorrada, de agosto, que les impide ser verdaderos personajes, y todo lo que sucede es, simplemente, insípido

Comienza el libro con un hecho cotidiano, una boda, en la que Rule (la elección del nombre del personaje, Rule, resulta chirriante a lo largo de toda la novela sin que sepamos por qué) comunica a Miguel sus planes de poner tierra de por medio: se va a Brasil y la relación que intuimos existe entre los dos se vendrá abajo. Hay un tono, en esas primeras páginas, un modo de acercarse a esos acontecimientos ya manidos de la existencia, que logra ganarse al lector, al menos a este lector. No es tanto el qué se cuenta sino el cómo se cuenta, si bien debe haber un cierto equilibrio entre ambos elementos. Josep Pla era un maestro del cómo en 'novelas' como La calle estrecha, pero la falta de acción, el estatismo de la trama, como una tarde de domingo en un casino de pueblo, convierten su lectura en una labor ardua. No es ardua ni mucho menos la lectura de Segunda parte, porque la novela no abandona nunca un tono ligero, pero sí resulta inconsistente. Los personajes no exploran ningún abismo, no acaban de escapar de una inercia pasiva, amodorrada, de agosto, que les impide ser verdaderos personajes, y todo lo que sucede es, simplemente, insípido. Tanto como que Patricia Lins, antigua diva del cine experimental, quiera hacer una secuela de una película que se pierde en la noche de los tiempos, con un actor acabado, no resulta tampoco un gancho argumental de peso. No es tanto esa apuesta por lo menor, perfectamente válida y legítima, la que reduce el interés del lector por la historia, sino la ausencia de una idea o tema central que justifique la redacción y posterior publicación de esta novela.

Tiene una reseñable habilidad, Montes, para convertir asuntos cotidianos, intrascendentes, en párrafos muy sugerentes. Una observación de lo cotidiano, de las pequeñas cosas, casi zen y muy contemporánea

¿Qué quiere contarnos Javier Montes? ¿Qué le motivó a escribir este libro? No se adivina una apuesta meramente estética, un canto, no sé, a los amores perdidos o al arte por el arte que puede representar el personaje de Patricia Lins. Da la sensación de que Montes compone un mosaico, por no decir refrito, de evocaciones más o menos autobiográficas, pero sin poner el acento en ninguna. Por tanto, corre el riesgo de caer en lo peor que le puede pasar a una obra de arte: que la contemplación de la propia vida, al natural, sea más enriquecedora que la recreación de esa vida.

Dicho esto, hay algo que engancha en la literatura de Montes, que en 2007 obtuvo el Anagrama de Ensayo con La ceremonia del porno, escrito junto a Andrés Barba. Crítico de arte y colaborador en los suplementos culturales más prestigiosos del país, al autor de Segunda parte se le nota oficio. Hay un poso de exquisitez en lo que escribe y por eso resultan aún más sabrosas ciertas descripciones de ambiente tirando a chusco que se permite, como el viaje de Miguel a la casa familiar de Rule, de extracción más humilde, donde las mamás son mámas, y los dormitorios están atestados de trofeos del instituto en habitaciones con tabiques de papel de fumar. Tiene una reseñable habilidad, Montes, para convertir asuntos cotidianos, intrascendentes, en párrafos muy sugerentes. Una observación de lo cotidiano, de las pequeñas cosas, casi zen y muy contemporánea, que podemos equiparar al Fernández Mallo de Nocilla Lab. “En realidad no hacía tan buena noche. Del asfalto y las aceras subía con retraso el calor de todo el día, y Miguel notó que volvía a sudar después del fresco de la casa de Rule. A la altura de la plaza de España recibieron una bocanada de aire caliente que olía mal. Caminaban sin hablar”. Simples notas meteorológicas que, sin embargo, esconden sutiles y valiosos matices que no son raros a lo largo de todo el libro. Como la descripción que hace del lugar en que vive Patricia Lins; bastan unas pocas pinceladas para diferenciar a ese edificio del resto, dotarle de personalidad y, con ello, educar la mirada del lector, enseñarle las posibilidades de gozo que una mirada atenta y sensible sabe extraer de la realidad. “El edificio donde vivía Patricia Lins cerraba Madrid por una de sus esquinas. (…) Así que la torre servía de avanzadilla y cierre en ese sitio que era a la vez pleno centro y últimas afueras”. Unos recursos que, al servicio de una trama más atractiva y potente, habrían dado a la imprenta un buen libro.
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