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Lars Von Trier en 2000 (foto de Rita Molnár: wikipedia)

Lars Von Trier en 2000 (foto de Rita Molnár: wikipedia)

    AUTOR
Pavel Lukiyanov (pavel@1977.ru)

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Moscú (Rusia), 1977

    BREVE CURRICULUM
Es ingeniero en técnica criogénica. Trabaja en el primer sincrotrón español, ALBA. Es poeta, autor del libro de poesía en ruso Malchik shel po tratuaru i vdrug iego nie stalo (“El muchacho iba por la acera, y de golpe ya no estaba"). Actualmente está preparando la edición del libro bilingüe RUSSINYOL (crítica y artículos periodísticos)

    TRADUCTOR DEL TEXTO
Andrei Kozinets (andreikozi@yahoo.es)



Pavel  Lukianov

Pavel Lukianov














Tribuna/Tribuna libre
La apología de la desesperación: notas a propósito de Anticristo de Lars Von Trier
Por Pavel Lukianov, jueves, 1 de abril de 2010

…es cierto que “el arte moderno” es más filosofía que arte. Es un tipo de filosofía que afirma la supremacía de la violencia y del hecho consumado sobre el pensamiento lúcido y la observación poética del mundo. La destrucción violenta de las formas de la realidad entraña un arrebato de una voluntad ciega y despechada. Es la venganza del esclavo, una aparente liberación del yugo de la necesidad, una simple válvula de escape y ¡ojalá sólo fuese tal válvula! Existe un lazo fatal entre la forma de protesta a la que recurre la esclavitud y la opresión misma. De acuerdo con toda la novísima estética el arte actúa hipnóticamente produciendo efectos ora traumáticos ora tranquilizadores e idiotizantes en una conciencia privada de vida propia. En breves palabras, es un arte propio de la multitud gobernada por medio de la sugestión, dispuesta a correr en pos del carro del César…
Mijaíl Lífshits,
¿Por qué no soy modernista?, (1963)

1. La opción de la desesperación

El asunto ha ido tan lejos en la sociedad civilizada... Quien no deja de observar lo que pasa a su alrededor, constantemente se da cuenta de que las personas con estudios, sobre todo si son jóvenes, muestran cada vez mayor grado de la consabida indiferencia hacia cuánto hay de la verdad en sus ideas… A nadie interesa ya la posibilidad de poner en tela de juicio los bienes espirituales para averiguar el grado de su autenticidad…
Huizinga, A la sombra del mañana (1935)

El mundo es caos. La vida es muerte. La naturaleza es inhumana. ¿Son frases tomadas de la película Anticristo de Lars Von Trier o son sentencias, garabateadas sobre el pupitre de un escolar? ¿Es seguridad o es confusión? ¿Es una conclusión de peso o es un argumento superficial? ¿Este mundo es frágil o es una broma de mundo?

El malestar vital, la sensación de inutilidad y la percepción del mundo como algo hostil, que siempre han alimentado la particular filosofía del adolescente, se apoderan triunfalmente de la gente mayor y de mediana edad, erigiéndose de este modo en su guía sentimental. La sociedad actual nos sugiere que el mundo pertenece a la gente joven y dinámica mientras que los cuarentones y gente de mayor edad han de conformarse con callar o jugar a ser jóvenes. La sociedad necesita consumidores incansables y no hay quien supere en frivolidad a los adolescentes y a los jovenzuelos en su alegre manera de vestir, lo cual obliga a reservarles un lugar privilegiado en los paneles publicitarios de la existencia. Ropas de todo tipo y coches de cualquier nacionalidad. Llama a nuestra tienda y tráenos en metálico (también se admiten tarjetas) un pedazo de tu vida gastada. Poco a poco los incansables consumidores de rompe y rasga se hacen adultos pero no abandonan los hábitos de su juventud frívola y aventurera, pues la sociedad sigue enamorada de los jóvenes, de los entusiastas ligeros de cascos y de los emocionalmente endebles. Es de la misma naturaleza la frágil butaca en la que estamos sentados en la sala de proyección intentando comprender con toda la fe del mundo de qué trata la película de Trier. Al aguzar la vista nos damos cuenta claramente de que la voz y la mano del director tiemblan con un temblor propio de un adolescente, producto del exceso de confianza en sí mismo de la que ni siquiera está seguro. Sin embargo, cuando un adolescente dice que sí a la muerte, podemos felicitarle al menos por haber dado un primer paso hacia lo que será un no definitivo, pero si a un hombre de 50 años, todo un director de cine, se le da por hacer gala de semejantes revelaciones, el espectador empieza a incomodarse como si el director en cuestión fuese su hijo que, con arrogancia y aplomo juvenil, achacara a la vida su incapacidad de vivirla. Eso nos hace comprender que ya no hay nada que hacer, que se trata de un caso perdido cuando habríamos estado a tiempo para mudarnos a Dinamarca, aprender su nada fácil idioma, hacer buenas migas con el joven Lars y llevar su conciencia a un terreno mínimamente estable. Y ahora, privado de todo apoyo, el adolescente descreído (el director) escribe la carta de despedida (rueda la película), se acerca al borde del tejado (estrena la película) y confiesa: “He tenido una depresión y gracias a esta película (mi suicidio) la voy a superar”; acto seguido se queda titubeante al borde del vacío, balbucea algo, lloriquea, mas no da el paso, gracias a Dios.

Semejantes confesiones del director sobre el carácter autoterapéutico del filme, divulgadas en la nota de prensa, sólo contribuyen a aumentar el parecido entre el director y el adolescente que odia el mundo y adopta a tal efecto una pose tan arrogante como ostentosa. Mas si diéramos la desesperación del director por auténtica en vez de tomarla por un anzuelo publicitario, si le diéramos crédito como si de una persona normal y corriente se tratase, con más razón nos preguntaríamos sobre el motivo que le llevó a compartir su desesperación con los demás. ¡Pues para dar la nota y hacer representación de un sentimiento humano fuera de serie, por qué iba a ser! ¡El genio de la tristeza! ¡Sufrimiento que merece figurar en el Libro Guiness! Las trompetas refulgen atronadoras. Todo eso recuerda el caso de un enfermo de sida que dejaba en las butacas de los cines agujas clavadas junto con una nota que decía:”Estoy enfermo de sida. Esta aguja está infectada. El que se ha pinchado también morirá.” Esto es hacer del mundo el chivo expiatorio de su sufrimiento enajenado. Esta es una desesperación en toda regla que se alimenta de todo lo que aún sobrevive en la conciencia y en el alma, una desesperación pertinaz, producto de una vida humana que no ha llegado a ningún puerto, que es incapaz de crear nada vivificante, seguro y verdadero.

2. La impasibilidad de la desesperación

Imaginad que la protagonista de la película es una persona real. La habrían condenado a pena de prisión por las torturas que con tanta sangre fría inflige a su marido. Si se probara, además, que la susodicha mujer sometiera a vejaciones sofisticadas a un niño, haciéndole, por ejemplo, calzarse constantemente cada zapato en el pie equivocado para que los pies se le deformasen, habría acabado indefectiblemente en un manicomio y habría sido privada de la patria potestad. Si su enfermedad psíquica no fuese irreversible y la mujer fuera capaz de tomar conciencia y horrorizarse ante la muerte de su hijo, que cae por la ventana en el momento del coito entre ella y su marido (ve caminar al crío por la repisa de la ventana, lo cual le provoca un confuso placer), entonces se volvería completamente loca, se metería a monja: una persona viva habría hecho algo, cualquier cosa, pero algo. Jüng cuenta la siguiente historia:

… antes de casarse esta mujer había tenido un conocido, hijo de un rico industrial. A pesar de que todas las chicas de la región estuvieran enamoradas de él, mi paciente, dado que era muy atractiva, creía que tendría una oportunidad. Él parecía no estar interesado en ella así que la mujer acabó casándose con otro. Al cabo de cinco años un compañero fue a visitarla y, al recordar el pasado, de repente le dijo refiriéndose a aquel hijo de industrial: “Cuando te casaste hubo alguien que, a la sazón, se quedó hundido.” Desde entonces ella cayó en la depresión que, varias semanas después, la llevaría a cometer una desgracia. Ella estaba bañando a sus hijos, una niña de cuatro y un niño de dos años. La familia vivía en una aldea donde la calidad del agua no cumplía con los requisitos que imponen los estándares de higiene: se bebía el agua de la fuente y la del río se utilizaba para bañarse y lavar ropa. Al percatarse de que la niña estaba chupando una esponja de baño, no le dio importancia, dejando asimismo que el niño bebiera agua del río. Naturalmente, no se daba cuenta de lo que estaba haciendo, pues la depresión ya se estaba cerniendo sobre su conciencia. Después de un período de incubación la niña enfermó de tifus abdominal y falleció. Era la favorita de la madre. Al niño no le pasó nada. La mujer, en estado de depresión aguda, fue a parar a una clínica. Al realizar el test de asociación supe que la paciente se reconocía como asesina…
Carl Gustav Jüng, Memorias, sueños, pensamientos (1961)


La paciente de Jüng puede inspirarnos asco o pena, pero el sentimiento de culpa y de falta de humanidad que experimenta no nos son ajenos, nos parece lógico que sufra, se arrepienta o se pierda para siempre sin que ello contradiga la idea que tenemos nosotros de la naturaleza humana. En cambio, para Trier todo arrepentimiento está fuera de lugar, pues sólo existen el mal interno, su aceptación absoluta y el abandono de toda resistencia ante él. De modo que las reacciones de la protagonista se vuelven irreales por carecer de todo rasgo humano, pero precisamente en esto radica la idea del director que aventura para el mundo un diagnóstico despiadado que no admite réplica, a saber: la Naturaleza alumbra la muerte; Satanás gobierna el mundo; la vida es Caos. Sin embargo, huelga decir que, en realidad, sólo se lo está diagnosticando a sí mismo. Trier intenta colgar los horribles pañales de su conciencia en el tendedero común de la humanidad, lo cual le acarrea las justificadas quejas de los vecinos.

Con el fin de evitar el contagio, la sociedad somete al aislamiento temporal a los enfermos de tuberculosis. En cambio, la tuberculosis psíquica del arte moderno tiene acceso directo a la respiración sincronizada en masa. Como cualquier virus, no sobreviviría ni habría de convertirse en el el rasgo genérico dominante de la sociedad sin la asistencia masiva. Trier concibe el mundo como un cúmulo de mal pertinaz y de horror inagotable. No obstante, si todo eso realmente fuera verdad, las estampas de Von Triller no provocarían en nosotros un rechazo tan visceral, pues nos resultarían de lo más llevadero. Si el mal está en mí ¿por qué habría de tenerle miedo al verlo en la pantalla? Sin embargo, nos resulta desagradable ver la sangría que nos ofrece la película ya que en la vida real no solemos cercenarnos el clítoris, agujerear las piernas del marido o intentar partir a una persona en dos con una pala tal y como lo hace la protagonista. Los que cortan y agujerean no son, en principio, objetos de interés común en su vertiente positiva. Aunque, en honor de la verdad, hay que decir que la filmación de la ejecución de Saddam Hussein lograron colárnosla en el noticiero para que todo el mundo lo viera. Este sí que es un mal auténtico y que no es otro que nuestra ávida impasibilidad ante la demostración de la violencia. ¡Este sí que es un objetivo digno del punto de mira de una cámara de cine! En cambio, ante los horrores de Trier uno quisiera dar media vuelta como si de una vil caricatura de nuestros auténticos y nada corporales sufrimientos se tratase.

3. La sociología de la desesperación

Se intenta diariamente aliviar la conciencia social mediante la idea de que la crueldad es connatural al mundo, de que no son nuestras las huellas dactilares que quedan impresas en su garganta, de que no somos nosotros los que apretamos el botón. Nos convencen de que nuestra sociedad, tal y como está organizada, no es obra de nuestras conciencias, de que la lucha de todos contra todos es algo propio de la naturaleza humana, pues el hombre es parte de la Naturaleza y por tanto también la sociedad humana evoluciona conforme a la ley del cazador y el lobo, del lobo y la liebre. A golpes nos meten en la boca la burla a propósito de todo intento de crear una sociedad mejor. ¿Una sociedad justa? ¡Vamos, que ya lo hemos estudiado! Pero ¿habréis aprendido? No saben, no contestan. ¿Por qué la idea de la igualdad de oportunidades en vida nos hace soltar espuma por la boca a la vez que imprime una mueca de escepticismo en nuestras caras? Sí es evidente que un angoleño y un inglés recién nacidos llegan al mundo siendo divinamente idénticos, pero que a la salida del útero materno los reciben unos padres y naciones ya mutilados por la desigualdad. Es tal el afán con que nos intentan convencer de la lógica del darwinismo social que el más miserable, recluido en su caja de cartón, asume su condición como una especie de tributo al orden mundial. En realidad, la sociedad moderna contradice por completo la ley original, que es la de la igualdad de todos los humanos ante el don de la vida y el agujero de la muerte. Pero cambiar significa compartir, o sea, carecer de la posibilidad de poseer y desear sin límite alguno. Cambiar significa sentir el calor del codo vecino, pedir menos y dar más. Pero el maligno se echa unas risas en nuestro corazón, nos reímos con él y así dejamos de creer en nosotros como en los seres que Dios creó para que vivieran sin rivalidades sobre el haz de la Tierra. Nos lavamos las manos cuando nuestros brazos están hasta los codos cubiertos de úlceras a causa de bestiales apretones y combates.

No hace falta ser especialmente perspicaz para darse cuenta de que Trier le vuelve al mundo el recambio. En la despiadada sociedad moderna el hombre se asfixia a causa de la normalización y la impersonalidad de las relaciones humanas. En tanto que condena de la sociedad, la película de Trier podría funcionar pero la echa a perder su estilo artístico, que es idéntico al del criminal mismo, artífice de la violencia y del tormento. El círculo vicioso no se romperá mientras el artista esté convencido de la omnipotencia del mal y se crea sin fuerzas para dejar de ser un mero eslabón en la cadena de los sufrimientos humanos.

4. El marketing de la desesperación

El director está aplastado por la vida, mas no se trata de la ansiada densidad de la existencia sino de una piedra al corazón y al cuello imposible de mover. Trier aparenta no creer en la vida y canta la hosanna al no ser, lo cual, por supuesto, resulta cómico ya que el rodaje de la película lo mismo que la post producción y el merchandising del filme forman parte de la vida que, por cierto, no es una vida cualquiera. Trier vende bien su depresión sin la cual el sofisticado y omnipresente mundo de la compraventa no lo necesita.

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¿Cómo? ¿Las de color negro ya están agotadas? Van Gogh nació demasiado pronto: hoy en día se habría cortado la otra oreja a modo de bis y pintaría sus cuadros por 1000 dólares el centímetro cuadrado. La ex soldado estadounidense Lindsey England, condenada por torturas a los prisioneros de Abu Graib, ya tiene su biografía en forma de libro. En este mundo omnívoro, ávido de todo lo que se mueve, un sádico se convierte en protagonista. Es puro negocio, nada personal.

Von Trier es un pícaro con suerte. El cebo que él dispone para el espectador consiste en una extraña belleza (es hermoso el bosque envuelto en niebla, da miedo el bosque nocturno), en imágenes preciosas (luz, bruma) y de simbolismo barato (brujas, hogueras, pentagramas), todo eso aliñado con buenos actores, sexo, sangre a chorros al estilo de Hostel 2, anegado en colores, reforzado con la música y así llevado al mostrador cinematográfico. Moscas relucientes llenan la sala, atraídas por el olor a escándalo de Cannes donde la película fue silbada, y por las voces discordantes de los críticos. De este modo se va creando una especie de nube que Picasso llamaba entusiasmo:

…Picasso … contestó: “En nuestro mísero tiempo lo más importante es crear entusiasmo. ¿Acaso son muchos los que han leído a Homero? Sin embargo todo el mundo habla de él. Así se creó la superstición homeriana, y semejante superstición suscita la preciada excitación. Es entusiasmo lo que en primer lugar necesitamos nosotros y los jóvenes.
Mijaíl Lifshits, ¿Por qué no soy modernista? (1963)


En vez de una crítica efectiva de la naturaleza humana existente, en vez de dirigirse a todos y a cada uno, el autor trata de colarnos un anuncio publicitario de nuestra propia imperfección. ¡Quítate de encima el peso del cuerpo! ¡Quítate de encima el peso de la moral! El campo de concentración informativo de la actualidad notifica desapasionadamente y sin emitir juicios de valor las crueldades y los asesinatos con el fin de inculcarnos la mansedumbre ante el mal. El carcelero informativo nos inyecta el calmante que nos tranquiliza en vistas del horror que nos rodea. La vida nos asusta, nos enseñan a olvidar que somos humanos y así nos quedamos esperando tímidamente, presas del miedo, que se nos chive qué es lo que somos. De este modo nos dejamos ganar poco a poco por una percepción amañada del mundo que nos lleva a equiparar nuestras propias experiencias vitales a una simple gota dentro de la catarata informativa general. Cuesta no tener miedo cuando lo intimidan a uno. Cuesta discernir detrás de las estadísticas mundiales de la mortandad, provocada por la gripe porcina, la campaña publicitaria del mismo virus. Nos venden el miedo para vendernos bajo la cuerda la vacuna correspondiente. El mundo resulta así ser una porqueriza y nosotros, cerditos ignorantes, carne de experimento.

Pero si nos hemos dado cuenta del engaño, cuya máxima es la de “intimida y somete”, entonces deberíamos adivinar en este impasible jugador a la violencia que es Trier un mártir autoproclamado que nos predica la resignación ante el hombre vetusto y malvado, el cual pugna por salir de dentro de nosotros a la luz de la existencia. Siendo ésta la prédica de un lobo, tiene que darnos miedo la mirada enajenada del creador que corta carne a hachazos en casa del Padre.

… poner la existencia por encima del conocimiento tiene todavía otra consecuencia… al rechazar la supremacía del conocimiento rechazamos las normas de juicio y junto con ellas, las del deber, pues todo juicio de valor es, en definitiva, un acto de conocimiento. Los recién mencionados… aceptan esta consecuencia en su totalidad. No emitimos juicios de valor sobre fenómenos de la cultura, dicen, tan sólo los constatamos. Sin embargo, allí donde priman las relaciones y actos humanos, la simple constatación es insuficiente, pues es imprescindible y hasta inevitable un juicio de valor. K. Schmidt dedica algunas páginas curiosas… al concepto del mal. …” todas las auténticas teorías políticas parten del principio que afirma que el hombre es malo…” … ¿Qué quiere decir “malo”? … “malo” no significa en caso alguno exento de contradicciones, sino un ser “peligroso” y “dinámico”. Entonces, a un ser de esta clase le está vedado en absoluto hacer concesiones a “su” mal. Ésta es una definición del mal que ha sido vaciada de todo elemento cristiano y junto con él, de todo sentido, por lo que no deja de dar vueltas dentro del círculo vicioso de la tesis del autor.
Huizinga, A la sombra del mañana (1935)


La protagonista de Anticristo es pusilánime y peligrosa, está arrinconada con el alma partida dentro de su lascivia, pero es físicamente fuerte y obstinada. Nos ofrecen una moderna máquina de ejercicios intelectual que priva la reflexión de toda fuerza. Nos dicen que el hombre está solo y hundido en un mundo estéril. Sólo le queda una vía abierta para autoafirmarse en su existencia y es la de la entrega total al servicio de su carnalidad. Para demostrar que se es un hombre verdadero hay que realizar ante el mundo una demostración espectacular de fuerza y de crueldad inusitadas, pero cuanto más fuerte se presenta el cuerpo del protagonista tanto más patentes quedan su vetustez y el temblor provocado por el miedo a sus propias falta de sentido y mortalidad debajo de la ruidosa coraza de la fuerza.

5. El pecado de la desesperación

Sea como fuere, el ser humano no es un simple saco de carne, pues posee algo más vivo que la sangre. La vida, en tanto que posibilidad de existencia e inclusión en ella, es un don y un bien fuera de toda duda. No se va al bosque si se teme a la naturaleza. El zorro del filme de Trier dice a través de sus horribles fauces que la naturaleza es caos. Pero la clave está en que la naturaleza, aun siendo inhumana y caótica, lo es en el sentido en que el hombre todavía no ha hecho acto de presencia en ella, en que el caos animal del nacimiento-muerte aún no ha sido iluminado con el resplandor de una mirada juiciosa y la luz de la razón concienciada. La clave está en que el hombre hace más de dos mil años que no está solo y abandonado. Cuando el diablo al cuadragésimo día tentaba al Cristo con llenarse la barriga de piedras hechas panes, éste, atormentado por el hambre, fruto de su naturaleza carnal, cruel, caótica e inhumana que parecía tenerlo subyugado, aun entonces comprendía a punto fijo, al responder al maligno, que no sólo de pan vive el hombre. Y ésta no era una figura del lenguaje sino la de la vida, una figura de un hombre que no concebía la existencia como una simple lucha de ávidos metabolismos, hambre animal y coito instintivo, sino como una potencia y un don en aras de los cuales podemos, tal vez, de cuando en cuando, comer, concebir un niño o rascarnos una pierna puesto que a través de la arpillera muerta de nuestra materia ya vislumbramos, dentro de nosotros, el fulgor auténtico de la existencia que atraviesa con la luz del discernimiento la caótica parálisis de las contrahechas cabañas humanas.

Al tomar conciencia de ello, ya no tenemos derecho a tener nostalgia, entre envidiosa y condescendiente, del bosque de nuestro estadio salvaje porque nosotros, los humanos, que habíamos sido lobos, ya hemos dejado de serlo y jamás podremos olvidar la diferencia entre el pan de cada día y el pan eterno, como tampoco dar esquinazos a la Vida que acontece independientemente de los deseos de nuestros cuerpos y de la brevedad de nuestra existencia.

Traducción del texto del ruso al español de Andrei Kozinets

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