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Noelia Jiménez: <i>Los hombres de mi almohada</i> (Eutelequia, 2011)

Noelia Jiménez: Los hombres de mi almohada (Eutelequia, 2011)

    AUTORA
Noelia Jiménez González-Pecellín

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Madrid (España), 1979

    BREVE CURRICULUM
Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Nada más comenzar sus estudios colabora en distintos medios de comunicación, prensa escrita, radio y televisión: El Mundo, la Cadena SER, COPE, Televisión Española, laSexta, Telemadrid, Onda Regional de Murcia y Canal Sur Radio. Su primer libro, Tinta y oro (Eutelequia), la llevó a bucear en la faceta más personal de toreros como José Tomás, Joselito o El Juli, a los que identificó con cuadros del Museo del Prado




Creación/Creación
Noelia Jiménez: Los hombres de mi almohada
Por Noelia Jiménez, miércoles, 1 de febrero de 2012
Irónico y despiadado, a veces tierno, siempre lenguaraz, Los hombres de mi almohada es un retrato cercano a la caricatura de las relaciones que se establecen entre hombres desnortados en su supuesto papel de machos y mujeres conscientes de que merecen algo más que ser consortes de un príncipe azul pavo. Inspirada en un blog creado por la propia autora, Noelia Jiménez, y en los divertidos comentarios que le dejaban en él sus lectores, es un libro escrito a modo de bitácora, con capítulos independientes que se resuelven en sí mismos, como si fueran post de aquel blog iniciático. Un paseo por los encuentros —y desencuentros— de hombres y mujeres movidos por las hormonas o, en palabras del poeta Antonio Lucas (autor del texto de contraportada), «la hoja de ruta de aquello que sucede cuando dos del sexo opuesto se tienen frente a frente».

SU EGO Y ÉL

ES alto y fuerte. Y se lo cree. Se mira al espejo diez veces al día y se dice —y me dice—: «Qué bueno estoy». Se levanta la camiseta, gustándose, y suelta que sus abdominales son igualitos a los de Cristiano Ronaldo. «Sí, sí, igualitos», le digo yo, pensando que si al menos se depilase la mata de pelo negro que los cubre quizá hubiera una esquinita por donde coger el símil.

Lo suyo no es un ejemplo de autoestima. Es egolatría en grado superlativo. No se quiere, se adora. Y cualquiera le dice que sí, que medirá metro noventa y tendrá musculitos pelín torneados, pero que belleza, así como la entiende el común de los mortales, gasta más bien poca.

A veces me pregunto para qué quiere que le quiera, si él ya se quiere solo —en todos los aspectos. Es brillante en la práctica del onanismo, según me cuenta, porque siempre me negué a comprobarlo, no fuera a equivocarse en la dirección de los meneos y terminase por regarme toda entera. En Algo pasa con Mary quedaba muy gracioso, pero a mí me provoca arcadas—. Se sobra (y mucho) para decirse lo bueno que está, lo bien que conduce, lo guapo que sale en las fotos (hasta en esos autorretratos hechos con el móvil en los que irremediablemente tu cara adquiere dimensiones estratosféricas y se parece a un pan de pueblo, vasta y basta, redonda e inmensa; en su caso un ruedo de vanidad salpicado de puntos negros, reales y figurados), lo magnífica que hace su madre la tortilla de patatas (a la de la mía no hay quien le gane, chaval) y, por supuesto, la incomparable brillantez de su trabajo.

Sí, claro. Es que si de curro hablamos, tampoco hay nadie como él. A veces me dan ganas de recordarle que le enchufaron, pero me contengo, no vaya a ser que despierte la bestia parda que lleva dentro y le dé por arrancar de las paredes todos mis pendientitos, meticulosamente ordenados por colores, colgados en sus chinchetas transparentes, como un curioso mosaico de bolas y abalorios. Tiene experiencia: ya lo hizo una noche en la que perdió nervios y cordura a un tiempo al enterarse de mi gran pecado: haber salido con otros antes de que entrase él. Ave María Purísima. Claro, ¿cómo un hombre tan perfecto puede llevar colgada del brazo una novia pecadora con pasado sentimental? ¿O simplemente con pasado? Y no es que la prenda sea del Opus Dei. Es del Opus Suus, una secta unipersonal que ríete tú de... Bueno, mejor no te rías, porque gracia tiene poca.

Así que de enchufes ni hablamos. En cualquier caso, a él eso se le ha olvidado. Aunque escriba con faltas de ortografía, está convencido de que la perfección lleva su nombre. Total, qué más da una hache de más o una uve de menos si al leer todas las bes son pardas.

Aún recuerdo el día que me enseñó sus relatos. Él le daba a la tecla y yo al boli rojo. Qué pareja tan compenetrada. «¿Faltas yo? —decía, sacando pecho y ego—. Es que escribo así, según me viene, y no me gusta corregir. Le quitaría naturalidad. De ahí el valor de mi escritura.» Sí, pensé, lo mismito que los tótems de la tecla, que corrigen, reescriben, vuelven a corregir, escriben de nuevo, corrigen y corrigen hasta que la editorial les pone el calendario ante las narices y les obliga a entregar. Será que él está más en la línea de André Breton (suponiendo que sepa quién es sin necesidad de tirarse en plancha a la Wikipedia).

Yo, abnegada novia, que como mandan los cánones de la autoestima inexistente ve antes el rumor de brillos en la letra ajena que una posibilidad de luz en la página propia, le regalé un libro de Pàmies —a quien todo aspirante a escritor de relatos, o a escritor a secas, debería leer. Una recomendación impagable de mi amigo Germán San Nicasio, otro escritor de tecla en vena, y si no al tiempo—. Y él, sin despeinarse (se acababa de cortar el pelo y no le llegaba la cosa para pasarse el cepillo), me soltó tras leerlo: «Me ha encantado. Escribe como yo.» No words.

Hay que asumirlo: él siempre lo hará todo mejor que tú. Y mejor que el resto. Y mejor que él, si se descuida. Es una pena que el resto de la humanidad no se haya dado cuenta, porque, si así fuera, quizá yo lograse —¡al fin!— ser una mantenida, dejar de trabajar doce horas diarias y dedicarme a ir de compras y a pergeñar esos relatitos insulsos que tanto me divierten pero que he dejado de escribir porque a él no le hace ninguna gracia que alguien pueda pensar que es verdad eso que cuento de que me he acostado con no sé cuántos. Y que de alguno hasta me he enamorado.

Pero no. De momento el resto de la humanidad ni siquiera sabe que existe, así que ahí estoy yo, manteniendo mi casa y manteniéndole a él, que desde que entró por la puerta no ha puesto un solo euro pero vive como un marqués.

No es que él no tenga casa. Tiene dos: la de sus padres y la suya. Una okupada y la otra vacía en exceso, pero con restos de su ex. El día que me la enseñó, antes de que me metiera en la bañera para ducharme con agua fría —con eso de no gastar, el mínimo de luz no le llegaba ni para llenar el calentador y darse un remojón decente—, me trajo a la habitación, sonrisa en ristre, un par de zapatillas. De ella.

—¿Te gustan?

—No.

—¿No?

—No, no mucho.

—Son de tu número.

Las miré, cogiéndolas con cuidado entre el pulgar y el índice. A ver, no es que pensase que la chiquilla me fuera a pegar algo, es que simplemente él no me había hablado demasiado bien de ella —de hecho, la llamaba «esta», así, sin nombre ni nada— y yo le tenía cierta animadversión inducida.

—Son el treinta y ocho.

—Pues eso, ¡tu número!

—Yo uso el treinta y seis.

—Bueno, mujer, dos números arriba, dos números abajo... ¡¡Es por no tirarlas!!

Intenté convencerle con buenas palabras y mejor gesto de que en esto de los pies no es cuestión de ahorrar, que luego vienen las lesiones, y que, además, tampoco es de muy buen gusto regalarle a tu novia unas deportivas usadas que han sido de tu ex.

—¿Usadas? ¡Si se las ha puesto cinco veces!

—Hombre, pues cinco veces son más que cero, ¿no?

—¡Cinco veces es lo mismo que estar nuevas!

Vale. Vale. Me rindo a la evidencia. Cuando alguien te dice que cinco es igual a cero dan igual los sobresalientes que hayas sacado en Matemáticas. Cinco es igual a cero. O a menos cinco, si quiere. Que reinventen el teorema de Pitágoras y la regla de tres. Lo que sea con tal de no oírle.

Porque oírle tiene su guasa. Y sobre todo lleva su tiempo. Es largo, muy largo. Empieza y no para. Puede estar dos horas (de reloj, no exagero: las he cronometrado más de una vez) dándole vueltas al mismo tema y, cuando por fin parece que habéis llegado a un acuerdo, te vas al baño y, a la vuelta, vuelve a empezar.

—Pero entonces, ¿por qué te molesta que te pregunte lo que has hecho en el viaje con Lorena?

—A ver, por vigésima vez: no me molesta que me preguntes lo que he hecho en el viaje con Lorena. Me molesta que te lo tenga que contar por orden cronológico. Y además, ¡ya te lo he contado!

—Sí, pero no entiendo por qué te molesta que te pregunte.

—Da igual, de verdad.

—¡No, no da igual! ¡Es que no lo entiendo!

—¡¡Que da igual, que ya te lo he contado!!

Silencio. Te mira con cara de póquer. Tú crees que ya ha acabado. Y... oh, no, vuelve a abrir la boca. ¿Será para pedirte perdón por tanta insistencia?

—Pero entonces, ¿los pasteles de Belén os los tomasteis el lunes por la tarde o el miércoles por la mañana? Es que no me ha quedado claro.

Desde aquella vez, siempre viajo con una Moleskine a cuestas, para anotar cada detalle. Hasta los baños que visito, de los que incluso, en ocasiones, hago fotos después de tirar de la cadena —hay una aplicación de Moleskine para iPhone que permite adjuntar imágenes a las cosillas que anotas. Fantástica.

P.D. A él lo dejé hace tiempo, pero su ego me persiguió durante un rato más. El rato que termina cuando pongo este punto final.



Nota de la Redacción: agradecemos a Editorial Eutelequia en la persona de su directora, Clea Moreno Szypowska, la gentileza por permitir la publicación del extracto del libro de Noelia Jiménez, Los hombres de mi almohada (Eutelequia, 2011), en Ojos de Papel. 
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