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Angelina Gatell: <i>Cenizas en los labios</i> (Bartleby, 2011)

Angelina Gatell: Cenizas en los labios (Bartleby, 2011)

    AUTORA
Angelina Gatell

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Barcelona (España), 1926

    BREVE CURRICULUM
En 1952 fundó con su marido Eduardo Sánchez uno de los primeros teatros de cámara españoles, El Paraíso y, años después, la tertulia literaria independiente Plaza Mayor, junto a José Hierro, Manrique de Lara y Aurora de Albornoz. Actriz de doblaje, dedicada a la adaptación de diálogos y a la dirección

    LIBROS DE POEMAS
Ha publicado, entre otros, Poema del Soldado (Premio VALENCIA de Poesía, 1954), Esa oscura palabra (1963), Las Claudicaciones (1969, reeditado por Torremozas en 2010), Los Espacios Vacíos y Desde el Olvido (Bartleby Editores, 2001), Noticia del tiempo (100 sonetos de ayer y de hoy) (Bartleby Editores, 2004) y Mujer que soy (La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta) (Bartleby Editores, 2007)

    LITERATURA INFANTIL
Ha traducido al castellano para diversas editoriales más de cien obras de literatura infantil, genero donde además publicó Mis primeras lecturas poéticas (Antología poética para niños) (1980), Mis primeros héroes (Biografías cortas para niños)
(1981), El hombre del acordeón (1984) y La aventura peligrosa de una vocal presuntuosa (1988)

    FICHA TÉCNICA DEL LIBRO
Poesía. 91 páginas. PVP: 10 €. Madrid, 2011. 1ª Edición. ISBN: 978-84-92799-28-2



Angelina Gatell (fuente de la foto: bartlebyeditores.blogspot.com)

Angelina Gatell (fuente de la foto: bartlebyeditores.blogspot.com)


Creación/Creación
Angelina Gatell: Cenizas en los labios
Por Angelina Gatell, martes, 03 de enero de 2012
Se tiende a vincular la experiencia amorosa con la felicidad, con un tiempo luminoso, con una realidad acogedora, apacible. Pero muchas más veces de lo habitual —incluso en pleno siglo XXI—, el amor se construye, se vive, se goza o se sufre en escenarios especialmente duros, hostiles. Cenizas en los labios es la crónica de una intensa experiencia amorosa vivida en los más duros años de nuestra posguerra por una mujer, “niña de la guerra”, hija de la derrota: “Años 40. No hubo / ninguna luz entre la pétrea niebla, / tan sólo la esperanza / de que el amor vendría a protegerme”. Angelina Gatell, con este libro, nos muestra la plenitud de su saber poético, de su intuición, de su capacidad para aunar una alta ambición lingüística con la recreación de un mundo gris, cruel, en blanco y negro, en el que la humillación, la falta de horizontes y la demolición de los sueños de un mundo mejor se atemperan con la experiencia amorosa. El amor como refugio, como protección de quien aspiró a la felicidad con el telón de fondo de una ciudad derruida, derrotada, de una sociedad en claroscuro, que, a pesar de todo, busca la luz. Un hermoso libro: intenso, emotivo, maduro. Una obra mayor de una de nuestras grandes poetas de la generación del medio siglo (por Manuel Rico).

1

Amor es cuanto aquí se trata
BOSCÁN


Basta con descorrer un poco la penumbra
que, intrusa, desespera este final del día,
para verte llegar igual que entonces
a la placita de Cisneros,
impasible en su luz, ensimismada,
como esculpida en un retablo de oro.

La tarde –fuego ya respirado por la sombra–,
solía demorarse en las campanas
remolona y astuta, y tú decías
desde el fondo indefenso de mis ojos:
           –No te vayas, amor, aún es temprano–.

En los muros llagados de la iglesia,
ocupando un retazo
de cal amarillenta,
quedaron nuestros nombres como pájaros
de pronto sorprendidos
por su propio fulgor y en él cegados

Entonces eran frecuentes estos actos
–quizá lo son aún, no sé…–,
a los que reconforta
volver alguna vez llevando entre las manos
los restos del naufragio,
cuando apenas nos llega la noticia
de que seguimos vivos.


2

Desde un distante
lugar de la memoria –emergiendo
de una terrible fuente silenciosa–,
me regresas y rasgas esos tules
que velan mis desiertos
donde tu nombre tintinea como una
campanilla de plata
agitada por alguien desde un sueño.

Veo también tus manos, tan hermosas,
aquella claridad que desprendían
cuando a las mías acercaban
las fragancias del sur, la piedad del espliego,
la intensidad severa del olivo.

Y, surtiendo de ti, como impulsado
por el designio de estrellar la noche,
algo que nunca he conseguido
disociar de tus labios.

Hablo de Federico.
De la mano de luz que te llevaba
por los lentos caminos de la Alhambra,
a su raíz, a su dolor exacto,
entre los versos que, sin siquiera intuirlo,
guardaste para mí
mucho antes de que el tiempo decidiera
edificar sus puentes y surgiéramos
los dos de lo ignorado.

Aún oigo su palabra –de Federico hablo–,
subiendo gradual desde tu aliento
hasta quedar flotando en el espacio
y allí, burbuja de oro efímera y hermosa,
estallar de repente entre las púas
implacables del viento, anonadando
mi corazón que apenas conocía
–en la asfixia de sus dieciséis años–,
más melodía que el rumor del sueño.


3

Qué inaudita tu voz, qué misteriosa
la reverberación de sus metales,
el rastro que dejaba en la arboleda
apócrifa del aire.
Era como
un suavísimo adorno
de la tarde inclinada sobre el río,
cayendo nota a nota en el acero
intranquilo del agua.

Y yo como naciendo en una
dimensión ignorada de mí misma,
todo lo más augurio, nebulosa,
girando en el espacio, extraviada
en el dulce dominio del asombro,
respirando palabras como flores
confusamente abiertas
y en los parterres de la tarde. 
                       (Amor, no entiendo lo que dices.
                       Sólo sé que me duele…)


4

A nuestro alrededor, distorsionadas luces,
desdibujados límites de la ciudad caída
igual que una azucena sobre el barro;
su tiempo resignado y tanta sangre
brotando con violencia y estruendo
del desamparo de las tapias;
y la muerte ocultada en los barrancos;
en los vagidos del arroz naciente;
los gritos silenciosos
detrás de cada puerta…

Todo lo ya sufrido y lo que aún quedaba
por sufrir en el mapa del futuro
trazado en la tristeza azul de las pizarras,
sin otra claridad que los reflejos
asustados del agua, malhiriendo
aquella juventud, el mínimo baluarte
donde tú y yo nos encontramos una tarde.


5

Atravesados por el miedo,
indefensos, perdidos
en la ciudad que se llamó posguerra,
recorrimos sus calles
–tierra quemada, convicción del odio–,
con aquel pobre amor –ay, fuente silenciosa–,
anegando el cristal inmaduro de mis años,
sin más misericordia
que la fragancia del azahar, su blanca
respiración enmarañando el vuelo
tranquilo de los pájaros…

Largos, silenciosos paseos donde,
en un momento dado afluía mi nombre,
–golondrina acentuando
la soledad del aire–.
Sólo entonces
tenía la certeza de estar viva,
emanada de ti, de tu costado
adánico y oscuro,
y me sentía
latido entre tus dedos
junto a restos de llanto y nicotina



Nota de la Redacción: agradecemos a Bartleby Editores en la persona de su director, Pepo Paz, la gentileza por permitir la publicación del extracto del libro de Angelina Gatell, Cenizas en los labios (Bartleby, 2011), en Ojos de Papel
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