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Michel Houellebecq: <i>El mapa y el territorio</i> (Anagrama, 2011)

Michel Houellebecq: El mapa y el territorio (Anagrama, 2011)

    TÍTULO
El mapa y el territorio

    AUTOR
Michel Houellebecq

    EDITORIAL
Anagrama

    TRADUCCCION
Jaime Zulaika

    FICHA TÉCNICA
ISBN 978-84-339-7568-3. Barcelona, 2011. 384 páginas. 21.90 €



Michel Houellebecq en 2008 (foto de Mariusz Kubik; fuente: wikipedia)

Michel Houellebecq en 2008 (foto de Mariusz Kubik; fuente: wikipedia)

Rebeca Yanke (Bilbao, 1978) trabaja en el diario <i>El Mundo</i> en Madrid desde 2004. En 2010 publicó el poemario <i>Infinitos corpúsculos</i>

Rebeca Yanke (Bilbao, 1978) trabaja en el diario El Mundo en Madrid desde 2004. En 2010 publicó el poemario Infinitos corpúsculos


Reseñas de libros/Ficción
Michel Houellebecq: El mapa y el territorio (Anagrama, 2011)
Por Rebeca Yanke, martes, 1 de noviembre de 2011
A principios de diciembre intenté escribir un poema sobre los pájaros, más o menos cuando usted me invitó a su exposición. Les había comprado un comedero, les puse pedazos de tocino; hacía ya frío, el invierno ha sido precoz. Vinieron en abundancia: pinzones, pardillos, petirrojos… Apreciaron mucho los pedazos de tocino, pero de ahí a escribir un poema… Al final lo escribí sobre mi perro. (Michel Houellebecq, El mapa y el territorio, pag. 225)

En 2008 el escritor francés Michel Houellebecq vino a Madrid a dar una conferencia y me pareció un hombre-pájaro, más bien pajarillo, aunque con la maldad del mundo concentrada en sus ojos. Quizá una maldad sólo canalizada, después, a través de sus libros. O de forma simultánea: la maldad concentrada en la página. Uno de los personajes femeninos de El mapa y el territorio (y hay pocos), la rusa Olga, menciona la mirada masculina como la verdadera causante de la atracción. Si allí hay pasión, hay seducción.
La mirada de Houellebecq no era turbia, tampoco especialmente triste, albergaba una sospecha constante, quizá una ilusión perdida. En cualquier caso, suscitaba interés. En aquella conferencia, que empleó únicamente para hablar de los escritores y las novelas que le habían interesado hasta los 23 años, afirmó, por ejemplo, que Las ilusiones perdidas, de Honorè de Balzac, sólo se puede leer cuando éstas ya se hayan perdido. Quizá a él sólo se le pueda leer cuando uno ya se haya percatado de la maldad del mundo, de la propia sobre todo, de lo que es capaz el ser humano. Cuando uno ya puede vivir sin esperanza, pero con convencimiento.

De este su último libro, galardonado con el Premio Goncourt, se disfruta tal vez más cuando uno ya ha viajado a Lanzarote, se ha aceptado a sí mismo como partícula elemental (como corpúsculo de Krause), ha ampliado el campo de batalla; ha pensado que puede que exista la posibilidad. Si una cosa permite El mapa y el territorio es conocer un poco al escritor. Y en realidad toda la trama se encuentra en un poema, “L’ amour, L’ amour”, que escribió en el comienzo de su carrera, especialmente en unos versos:

Juste une certitude : "Cela n'est pas pour moi",
Un obscur petit drame

Los pájaros no son nada – continuó Houellebecq-, manchitas de color vivas que incuban sus huevos y devoran miles de insectos revoloteando patéticamente de un lado a otro, una vida atareada y estúpida, completamente consagrada a devorar insectos (a veces se dan un modesto festín de larvas), y a la reproducción de su especie. Un perro lleva ya en sí un destino individual y una representación del mundo, pero su drama tiene un aspecto diferente, no es histórico y ni siquiera verdaderamente narrativo, y creo que yo he roto un poco con el mundo como narración, el mundo de las novelas y de las películas, y también con el mundo de la música. Ya sólo me intereso por el ‘mundo como yuxtaposición’: el de la poesía, el de la pintura. ¿Quiere un poco más de cocido? (Michel Houellebecq, El mapa y el territorio, pag. 226).

Pintor es Jed Martin, el protagonista de esta novela, personaje que encuentra en la versión de sí mismo que nos quiere dar el autor alguien que le puede entender. Se le escapa. Realidad o ficción, Houellebecq desaparece. Al mismo tiempo da la sensación de que escribe a medida que el lector ejerce su función. Acusado de egocéntrico, lo encuentro más bien inmerso en una necesidad de omnipresencia. Empeñado en reflejar el siglo XX antes, y el XXI ahora. La gente ha empezado a comer en media hora, y también a beber cada vez menos alcohol: y luego el golpe de gracia ha sido la prohibición de fumar, dice Martin en la página 98.

La producción artística del protagonista, las dificultades a las que se enfrenta a la hora de generarlo, el asombro que vive frente al espectáculo de galerías, agentes, compradores, coleccionistas, periodistas, jefes de prensa, da una idea de las vivencias a las que ha podido enfrentarse el propio Houellebecq. Martin, como él, termina por retirarse al campo. También como él tiene pocos amigos, y puede llegar a pasar días sin decir una sola palabra a nadie, excepto un somero No a una cajera cualquiera de supermercado cuando le pregunta si tiene tarjeta de descuento.

Muy presente en novelas anteriores y un tanto ausente en esta es el sexo. No así el deseo. Al igual que la Valerie de Plataforma, las mujeres de este libro (Olga, Hélena) son felices cuando hacen de su amante un rey. También a la jefa de prensa eficiente y con un problema respiratorio que le hace moquear le da placer complacer.

Del amor me cuesta hablar. Ahora estoy seguro de que Valérie fue una radiante excepción. Se contaba entre esos seres capaces de dedicar su vida a la felicidad de otra persona, de convertir esa felicidad en su objetivo. Es un fenómeno misterioso. Entraña la dicha, la sencillez y la alegría; pero sigo sin saber por qué o cómo se produce. Y si no he entendido el amor, ¿de qué me serviría entender todo lo demás? (Michel Houellebecq, Plataforma, pag. 315).

Tildado también de misógino, y de destructor del amor, lo cierto es que en otra de sus novelas, Las partículas elementales, Houellebecq desgrana una de las grandes verdades de la historia del mundo, quizá una de las pocas. La que sigue:

Esta mujer había tenido una infancia terrible, trabajando en una granja desde los siete años entre semibrutos alcohólicos. Su adolescencia fue demasiado breve para que pudiera acordarse. Tras la muerte de su marido trabajó en una fábrica para sacar adelante a sus cuatro hijos; en pleno invierno iba a buscar agua al patio para que toda la familia se lavara. Con más de sesenta años, recién jubilada, accedió a ocuparse otra vez de un niño, el hijo de su hijo. A él tampoco le había faltado de nada, ni ropa, ni buenas comidas los domingos, ni amor. Ella le había dado todo eso. Un examen mínimamente exhaustivo de la humanidad debe tener en cuenta necesariamente este tipo de fenómenos. En la historia siempre han existido seres humanos así. Seres humanos que trabajaron toda su vida, y que trabajaron mucho, sólo por amor y entrega; que dieron literalmente su vida a los demás con un espíritu de amor y de entrega; que sin embargo no lo consideraban un sacrificio; que en realidad no concebían otro modo de vida más que el de dar su vida a los demás con un espíritu de entrega y de amor. En la práctica, estos seres humanos casi siempre han sido mujeres (Michel Houellebecq, Las partículas elementales, pag. 92).

En El mapa y el territorio, sin embargo, hay una madre ausente, pocas mujeres, casi nada de sexo, algo de amor (deshilachado) y dos hombres que conversan sobre el mercado y la industria del arte, los coches, las profesiones, la crisis económica, la inviabilidad de la economía como ciencia, y de otras muchas cosas, también interesantes, como la importancia de un calentador, o de un buen embutido de tanto en tanto. Houellebecq, menudo pájaro. Los lectores habituales del autor francés pueden llegar a soltar carcajadas con esta novela, y sorprenderse además de una trama policíaca, género que hasta ahora el escritor no contemplaba.

Se le ha acusado de plagio por utilizar la Wikipedia, y él no lo niega. Dice en sus Agradecimientos: “Cuyas notas he utilizado como fuente de inspiración, especialmente las relativas a la mosca doméstica, la ciudad de Beauvais y a Fréderic Nihous”. A mi entender, demuestra mucha más elegancia con estas palabras que con otros gestos, bastante habituales en la literatura contemporánea, de fragmentar, copiar, pegar y jugar. Como si escribir una novela fuera una cuestión de recortar y colorear.

NOTA:

Un mapa no es el territorio que representa, pero, de ser correcto, tiene una estructura similar al territorio, razón por la cual resulta útil. Si el mapa pudiera ser idealmente correcto, incluiría (en escala reducida) el mapa del mapa. Si reflexionamos acerca de nuestros lenguajes, encontramos que, en el mejor de los casos, deben ser considerados tan sólo como mapas. Una palabra no es el objeto que representa; los lenguajes también exhiben esta peculiar capacidad de reflejarse a sí mismos: podemos analizar lenguajes por medios lingüísticos. El “lenguaje de mapa” anticuado, necesariamente, debe llevarnos a desastres semánticos, al imponer y reflejar su estructura antinatural… Siendo las palabras y los objetos que representan dos cosas distintas, la estructura, y solamente la estructura, se convierte en el único vínculo entre los procesos verbales y los datos empíricos. Las palabras no son las cosas de las que hablamos… Si las palabras no son cosas, ni los mapas el territorio mismo, entonces, obviamente, el único vínculo posible entre el mundo objetivo y el mundo lingüístico debe hallarse en la estructura, y solamente en la estructura. La única utilidad de un mapa o lenguaje depende de la similitud entre los mundos empíricos y los mapas-lenguajes. El hecho que todo lenguaje tiene alguna estructura… lleva a que inconscientemente leamos en el mundo la estructura del lenguaje que usamos...” (Del prólogo de la obra de Alfred Korzybski, Science and Sanity).



Michel Houellebecq: "Célibataires", produced and composed by Bertrand Burgalat (vídeo colgado en YouTube por ianpaper)
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