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Concha López Llamas: <i>Bajo el dominio del río Negro</i> (Ediciones Carena, 2011)

Concha López Llamas: Bajo el dominio del río Negro (Ediciones Carena, 2011)

    AUTORA
Concha López Llamas

    LUGAR DE NACIMIENTO
Madrid (España)

    BREVE CURRICULUM
Trabajó durante 32 años como profesora y catedrática de educación secundaria, hasta su jubilación anticipada en 2010 por discapacidad visual. Recibió numerosos premios por su labor docente. Destacó como divulgadora de la enseñanza de las ciencias con la publicación de numerosos artículos y ponencias. Su extraordinaria pasión por la naturaleza, de la que hasta ahora era partícipe su alumnado, la expresa en su primera novela, Bajo el dominio del río Negro. Mirada interior de una naturalista




Creación/Creación
Concha López Llamas: Bajo el dominio del río Negro
Por Concha López Llamas, martes, 1 de noviembre de 2011
Concha López Llamas les dice a sus alumnos, en clase: “El río Negro es la prolongación de mi arteria aorta. Por eso, cualquier residuo tóxico que viertan a sus aguas daña tanto mi salud como la suya”. No es la descendiente de un jefe indio, sino una mujer nacida a mediados del siglo XX que, con 15 años, traspasa sola la línea verde del robledal, en las tierras zamoranas de Carballeda, para adentrarse en el entorno del lobo. Busca su identidad y comparte sueños y miedos con los habitantes de montes primitivos y de aguas salvajes y claras en Bajo el dominio del río Negro.
Aquella tarde fui de nuevo al encuentro con mi amante. Luis, mi marido, unió su paso al mío y acompasamos los ritmos. Cogidos de la mano avanzamos cuesta arriba por la carretera en dirección a la Cembota.

A cada paso que daba acudían fantasmas de distintas épocas haciéndome revivir momentos cotidianos: el abuelo haciendo la hoya a los frutales que había plantado en la tierra que yo heredaría tras su muerte; mis padres, Nacho mi primer marido, nuestra hija y yo recogiendo, años más tarde, manzanas y peras en tiempos de bonanza; Gropius, el perro de lana gris de la familia que, cansado de correr delante de nosotros, volvía a nuestro encuentro con su larga lengua rosada colgando hacia un lado; el griterío de los cochinos en el cebadero de Manolo ansiosos por comer, más para llenar el tiempo que los estómagos… Una retahíla de recuerdos que atolondraban mis neuronas llevándome hasta la ansiedad.

El invierno había sido muy duro. Varias revisiones médicas y operaciones habían hecho estragos en mi sistema nervioso y en mi autoestima. El dolor por la muerte de mi madre, unos meses atrás, se había enquistado en mi corazón a la espera de que pasara la marabunta de amenazas que, una tras otra, se iban sucediendo en mi vida. Las lágrimas pendientes de derramar se habían ido acumulando en un depósito, por lo que yo percibía de fondo ilimitado, ante el miedo a que el llanto desesperado producido por el recuerdo de sus últimos años de vida dañara mis ojos, operados una y otra vez en el último año de agujeros maculares dispuestos a convertirme en una ciega funcional.

Sólo el contacto con la mano firme y grande de Luis lograba rescatarme, de vez en cuando, de pasados lejanos y próximos, devolviéndome a un presente deseado durante meses.

Lo avanzado de la tarde me obligó a tomar decisiones acerca del recorrido. Dejé de lado el camino que nos conduciría al molino de arriba y continuamos por la carretera avanzando sobre el asfalto. Conforme el aire fresco nos envolvía y el sol dejaba de castigar mi retina, los músculos torácicos se fueron relajando liberando a mis pulmones para inspirar hasta saciarme de oxígeno que yo imaginaba fabricado para mí por aquellas salgueras, alisos, chopos y fresnos que se alineaban ante nosotros.

Y allí, tras la curva de la carretera, él me esperaba. Apoyé las manos sobre la frágil barandilla del puente para mirarlo embelesada. ¡Cuántas veces lo había cruzado! ¡Cuántas veces mi amante me había llamado reclamando mi presencia! Olfateé cual sabueso los aromas de madreselva que se desprendían a su paso y su color oscuro, casi negro, absorbió mi mirada zambullendo mi mente entre sus turbulencias. Deseosa de sentirle más cerca, deslicé una pierna por debajo de la barandilla, después la otra, hasta quedar sentada sobre la estrecha acera del puente, con los pies y piernas colgando hacia el abismo. Apoyé el pecho sobre la barra delgada de aquella estructura oxidada y abrí mis brazos para recibir su abrazo. Con los ojos cerrados sólo le sentía a él, hablándome incesantemente desde cerca y desde lejos, susurrando y gritando simultáneamente, echándome en cara haberle abandonado durante meses, a la vez que me consolaba de todos mis males. Me conocía demasiado bien. Sabía cómo podía herirme y cómo hacerme llorar de felicidad. Por eso me abandoné, permitiendo el acoplamiento entre su fluir y el mío. Y así, en resonancia, nos abrazó la noche.

Revitalizada por mi río Negro y dichosa de saberle pleno, me levanté, abracé a Luis y le pedí que volviéramos a casa.

La mañana lucía espléndida invitando a levantarnos de la cama. Disponíamos sólo de un fin de semana del mes de junio para resolver todos los asuntos que nos habían llevado hasta allí: ver a Pedro, el constructor; a Basilio, el electricista-fontanero; y elegir los colores de las pinturas para los interiores y la fachada de mi casa del pueblo. Estaba en obras desde el otoño y para el mes de agosto todo debía quedar, de nuevo, disponible. Llevaba tiempo queriendo tirar el tabique que separaba la cocina del pequeño comedor para conseguir un espacio amplio y útil, pero mi madre se había negado a realizar todo tipo de reformas en los últimos años. Le fallaban las fuerzas y la ilusión de vivir, aunque algo más explicaba su negativa. No quería derribar aquella hermosa cocina económica de planchas de acero negro con adornos dorados en el frente que mi padre había mandado instalar veinticinco años atrás y a la que, ni siquiera ella, supo sacarle partido. Recuerdo sus palabras ante mi insistencia por transformar aquel lugar:

-Cuando yo muera haz lo que quieras, mientras tanto déjalo todo como está.

Dicho y hecho. Tres meses después de su muerte, y a mes y medio de sufrir una doble operación de retina y catarata, mi cabeza comenzó a urdirla. La quietud del postoperatorio y la necesidad de huir de la tristeza profunda que me producía su ausencia me llevaron a retomar aquella vieja idea y a planteársela a Luis para que me ayudara a llevarla a cabo. Su buen hacer como arquitecto técnico y su tranquilidad para abordar cualquier cosa en la vida me había servido, durante los veinte años que llevábamos juntos, para abordar con ilusión todo tipo de reformas, tanto en nuestras casas como en las de mi familia.

Pero ninguna obligación me impediría adentrarme en mi otro hogar, mi verdadero hogar: el espeso y verde robledal surcado por el corredor de ribera que acompaña al río Negro a lo largo de todo su recorrido. Bosque y agua que me reclaman desde niña, para los que las reformas humanas se convierten en ataques directos a su integridad y equilibrio. En ellos, sólo en ellos, mi mente inquieta encontraría el sosiego. Allí no había tabiques que derribar, ni pinturas que elegir para embellecerlo. Su belleza es una cualidad intrínseca, la materialización de la energía del universo. Formas y colores que, sin pretensiones estéticas, son la expresión de una gestión, a nuestros ojos, inteligente y sostenible de los recursos naturales dispuestos a su alcance: nutrientes, radiaciones, corrientes de aire y agua…. Mundo inerte que paradójicamente cambia aspirando sin prisa a incorporarse a la rueda de la vida; y seres vivos que conviven en armonía, aunque para ello tengan que devorarse los unos a los otros.

Saberme dentro de él me reconfortaría. Incorporarme con respeto a su dinámica me permitiría viajar hacia atrás en el tiempo e imaginarme salvaje. Recorrerlo sin prisa, saludando por su nombre a las especies que lo pueblan, me haría sentir verdaderamente en familia.

¡No!. No me volvería a Madrid sin mi terapia vivificadora. Sin el tratamiento homeopático que me aportan unos minutos en el bosque. Confié como siempre en el buen hacer de Luis y le dejé en casa con Pedro tomando decisiones sobre la obra, mientras yo iniciaba el camino de Valdepalmas, por primera vez desde mi operación, sin lazarillo.


***


No supe como empezó, pero la angustia se había instalado en mí. Me faltaba el aire; aún así mis pies parecían dispuestos a no detenerse. Caminaba deprisa, como si llegara tarde a una cita. La mayoría de los huertos de la orilla del río permanecían holgando. Cada año eran más las familias que dejaban su pequeño trozo de tierra fértil sin trabajar. Me paré junto al molino de abajo, cubierto por la vegetación que reclama su espacio al borde del agua. Me sentía extraña, aséptica ante aquel paisaje querido por mí desde siempre. Mi pecho no se abría como era costumbre. Todo en mí se hallaba contraído provocándome andares torpes y sensación de mareo. Abandoné el estrecho sendero junto al río abordando una ladera empinada para incorporarme al camino de arriba, más cómodo de transitar.

Desde allí, Valdepalmas se me ofrecía luminoso e inmutable. Sin previo aviso, una onda expansiva ascendió por el pecho y fue a estrellarse contra la garganta. Me abrió la boca para emitir un quejido. Salió con urgencia, como las lágrimas que brotaban de los ojos y que resbalaban por la cara hasta cubrirla por completo. Lloré en alto, a sabiendas de que nadie me oía, buscando consuelo en el aire. Las gotas de mi llanto no iban dedicadas. Brotaban de un acuífero sobresaturado de tristeza acumulada durante años, como quien atesora documentos prohibidos que no desea que salgan a la luz por los efectos que pudieran desencadenar. Lloré hasta agotarme. Conforme lo hacía, mis ojos comenzaron a ofrecerme paisajes conocidos, árboles queridos, rincones vividos, luces y sombras con ecos de ayer, de tiempos pasados.

Bajé hasta el río y me tumbé en la pradera, boca arriba, sobre un lecho de gramíneas tiernas y frescas que me acogían y acariciaban. Cerré los ojos lastimados por las lágrimas, abrí las piernas y los brazos y comencé a respirar rítmicamente. El río a mis pies se desplazaba con fuerza, sorteando y saltando por encima del cauce de piedra. Como tantas veces le dejé recorrer mi alma para que la limpiara y se llevara bravamente, aguas abajo, mis horas de sufrimiento. Tras la diálisis, más serena, me incorporé para mirarlo, para verle llegar y verle irse. Negro bajo las salgueras y azul metalizado en el medio del cauce. Ligero, como si no arrastrara retazos de vida de los que confiamos en su silencio y en su acción depuradora. Seduciéndote con sus brillos y reflejos para que no te vayas, para que acudas a nuevos encuentros, a eternos encuentros.

De camino hacia el pueblo lo entendí. Uno sólo llora ante los suyos, los que te quieren, en quienes confías para desnudarte. Aquella mañana me sentí de nuevo en casa y retorné a mí otro hogar, más ligera de equipaje.

***


Luis y Pedro me estaban esperando. Algunas decisiones querían compartirlas conmigo.

Siempre ocurre cuando te enfrentas a una obra. Comienzas con una idea sencilla en la cabeza: tirar un tabique y comprar los muebles y electrodomésticos para la nueva cocina; pero, sin saber cómo, acabas modificando el patio, la fachada de la casa...

De alguna manera, mis padres y abuelos estaban presentes en todas mis exploraciones mentales, a veces para apoyarme y a veces para tocarme las narices.

-Mari, ya lo veía yo venir. Esta chica es de las de date por jodido. Hasta que no ha quitado la cocina económica y ha puesto la chimenea de leña no ha parado, -
decía mi padre a mi madre, mientras analizaba con detalle la obra realizada-.

-Hay que reconocer, Manolo, que los chicos han tenido gusto y que ahora no van a dar ganas ni de salir a la calle. ¡Con lo bien que se debe estar cosiendo al lado de esta chimenea!

El más satisfecho por estas transformaciones era mi abuelo. Cuando yo era pequeña me contaba la felicidad que experimentó el día en que gran parte del pueblo acarreó, para él, la piedra con la que construyo la casa. A cambio les invitó a una gran comida donde no faltó la carne ni el vino de la tierra.

Aquellas piedras se ocultaron tras un enfoscado que embellecía la fachada según la moda de la época. Pero yo sabía que estaban allí, custodiando celosamente vivencias de aquel día, empapadas con el sudor de la gente trabajando en equipo para sacar adelante el proyecto ilusionado de uno de sus paisanos. Cuentos, risas y brindis al final de una jornada de trabajo que formarían parte de la memoria colectiva de un pueblo. Y ahora que la vida me ofrecía la oportunidad de descubrirlas, no pensaba desaprovecharla. Verlas la cara era ver a mi abuelo proyectando su futuro, que fue el mío; era sentir su fuerza para crear una familia que fue la mía; era sentir su orgullo ante el hogar construido con esfuerzo; era perpetuarle en mi existencia.

Decidimos colores para puertas y ventanas: un azul casi añil que esperaba que contrastase con el tono del gneis, la roca del lugar. La decisión era a ciegas, no por mi problema en la vista, sino porque todavía la piedra no se había descubierto. La próxima vez que regresáramos al pueblo sabríamos si la elección era acertada. De no ser así, el fallo estaría en la pintura no en la piedra. De su belleza y cualidades estaba segura. Mi abuelo me lo había contado.

***


Últimamente no hacía otra cosa que recordar. Llevaba mucho tiempo resistiéndome a hacerlo. Durante los primeros treinta años de mi vida me había refugiado en el pasado porque en él había sido inmensamente feliz. Sin embargo, en los veinte años siguientes, la vida me había dado la oportunidad de descubrir rasgos humanos en las personas a las que había idealizado. Mi historia se llenó de claros y sombras que me producían inquietud e incluso vértigo, por lo que elegí mirar hacia delante.

Convivir con las nuevas luces y los nuevos paisajes interiores fue un proceso duro, pero necesario, para avanzar por el camino de la madurez. La demencia senil de mi madre, manifestada cuatro años atrás, me devolvió al pasado. Había que hacerlo por ella. Rebusqué en nuestra historia familiar para encontrar lo más bello, lo que sabía que le había hecho feliz. Momentos en los que ni yo había estado presente, pero que conocía al detalle por oírselos contar a la familia, una y otra vez.

Utilicé los viejos álbumes de fotos para refrescar su débil memoria. Cantaba con ella canciones de la posguerra y de mi niñez. Bailábamos juntas pasodobles y boleros que a veces nos ponían demasiado melancólicas. Resucité sus amores y los míos para traerlos al presente, amarrándolos para que no pudieran escaparse. Tanto fue así, que cuando ella decidió irse yo estaba curada. Los claros habían vencido a las sombras y la belleza se había instalado de nuevo en mi corazón. Su ausencia se incorporó a la del resto de mis seres queridos que ya se habían ido. Por primera vez en la vida sentí esa soledad tan especial, de la que otros antes me habían hablado. ¿Sería por eso que mis ojos cansados los buscaban? ¿Sería por eso que los encontraba en todos los objetos, en todos los rincones? ¿Sería por eso que mi alma en pena evocaba momentos vividos con ellos o historias contadas por ellos? ¿Sería que así debía construirse mi presente, haciendo más mío su ayer, rehabilitando sus casas, podando amorosamente sus parras? ¡Sería! Y en eso andaba.

Aquella noche fui feliz. Incorporada en la cama, dirigí la mirada hacia donde él estaba aunque no pudiera verlo. La luna llena lo iluminaba todo haciendo su llamada aún más inquietante. El aire frío que entraba a través de la ventana abierta me invitó a acurrucarme al lado de Luis. Cerré los ojos y me abandoné, como tantas veces, a su abrazo.


Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Carena en la persona de su director, José Membrive, la gentileza por permitir la publicación de este fragmento del libro de Enrique Concha López Llamas, Bajo el dominio del río Negro (Carena, 2011), en Ojos de Papel.
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