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Antonio Muñoz Molina: <i>El dueño del secreto</i> (primera edición, 1994)

Antonio Muñoz Molina: El dueño del secreto (primera edición, 1994)

    AUTORA
Rosario Sánchez Romero

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Antequera (Málaga, España, 1963

    BREVE CURRICULUM
Licenciada en Humanidades. En la actualidad cursa el Master de Historia Contemporánea en la Univiversidad de Valencia. Su línea de investigación está centrado en las relaciones entre Historia y Literatura en la obra de Antonio Muñoz Molina



Rosario Sánchez Romero

Rosario Sánchez Romero


Tribuna/Tribuna libre
“Aquellos eran tiempos”. El pasado y la identidad en la obra de Antonio Muñoz Molina
Por Rosario Sánchez Romero, martes, 01 de marzo de 2011
El diecinueve de Febrero de 2011 en un artículo titulado ”La revolución y las basuras”, publicado en el diario El País, Antonio Muñoz Molina nos contaba cómo era su vida a la altura de 1974. En aquel tiempo, se recuerda como un joven que se embriagaba de la emoción posible en un país que no era el suyo y de la libertad que empezaban a disfrutar otros jóvenes de su edad: los portugueses. La revolución portuguesa quedó inscrita para este autor como “la primera alegría política desbordada”, una revolución con la que soñaba pero que nunca llegará a vivir. Ese sueño fue el de muchos españoles de su época. Esa Revolución quedó inscrita también en la vida del protagonista de su novela El dueño del secreto. En la voz del narrador intuimos el sentimiento del autor, el sentimiento de una generación. “Nadie sabe que aún continúo añorando lo que no sucedió nunca, la revolución franca y gozosa que no llegó a triunfar, el vértigo de rodear en medio de una multitud con puños alzados y banderas rojas a los carros de combate que no dispararon contra los balcones de la Dirección General de Seguridad”. Un pasado rememorado que nos conforma como sujetos individuales y que compartimos en una identidad colectiva. Eso mismo: la recuperación de un acontecimiento personal (real o fantaseado) que es a la vez una circunstancia colectiva, evocado con una mirada distanciada es lo que hace el autor y es lo que hace el protagonista narrador de El dueño del secreto. Aquello que somos no es solamente lo que hemos vivido, somos también un conjunto de fantasías, deseos y experiencias que nunca se produjeron.
Cómo devenimos aquello que cada sujeto somos es un interrogante permanente en el ser humano. Por otra parte, el sentimiento de identidad es fundamental para nuestra vida psíquica y una búsqueda constante, en nuestra consciencia y en nuestros sueños, por ello nos preguntamos quiénes somos, tratando de encontrar la respuesta en la realidad que nos rodea. Son los otros los que nos devuelven una imagen de nosotros mismos. Nuestro yo se ha constituido a través de un complejo proceso de identificaciones, dinámico y estable a la vez. Éstas nos proporcionan el cambio y también nos otorgan certidumbres. Dentro de los múltiples aspectos y de la amplia teorización en relación a este tema desde el campo de la psicología, podríamos destacar dos elementos esenciales y básicos para la existencia y constitución individual: la inscripción en un tiempo y la posibilidad de construir un relato acerca de nosotros mismos. La constitución del yo es coetánea a la entrada en un tiempo histórico, es decir, que un puntal básico de aquello que somos es la posibilidad del sujeto de edificar su historia a través de la recuperación de un pasado individual y colectivo, de inscribirse en un tiempo.

La preocupación por la cuestión de la identidad ha sido abordada desde diferentes disciplinas y ha ocupado una ingente cantidad de páginas y obras literarias. En este sentido, numerosos han sido los autores que en sus novelas, de forma directa o tangencial lo abordan; Antonio Muñoz Molina es inequívocamente uno de ellos. La obra de este autor, no sólo la de ficción sino también la periodística, contiene siempre una interesante reflexión sobre la vida, la ética, y sobre una manera de “estar en el mundo”. Su novelística se enmarca en un ámbito privado, pero son innegables las referencias a un contexto social e histórico que nos conforma como sujetos: la identidad se constituye una vez que el individuo se define en una variedad de contextos sociales. De esta manera el individuo y su historia es una preocupación constante para este autor, y es una pregunta que, explícita o implícitamente, recorre su obra. Este tema lo ha afrontado desde diferentes perspectivas, contextos y a través de personajes dispares que se encuentran en momentos vitales diferentes. El autor inscribe a los personajes en una problemática histórica, en la que la historia colectiva y personal se escribe y adquiere un nuevo significado mientras los personajes convocan un tiempo pasado. En algunas de sus obras existe una historia oculta, un pasado que recuperar para desvelar los interrogantes que nos atormentan. En otras, se produce una evocación con la lógica de la distancia que impone el tiempo y finalmente en otras de sus obras, los acontecimientos históricos irrumpen en nuestra vida, provocando un cataclismo en el que el porvenir queda cancelado al despojarnos de nuestro sentimiento de identidad, es decir, de ese saber quiénes somos.

De esta manera el individuo y su historia es una preocupación constante para Antonio Muñoz Molina, y es una pregunta que, explícita o implícitamente, recorre su obra. Este tema lo ha afrontado desde diferentes perspectivas, contextos y a través de personajes dispares que se encuentran en momentos vitales diferentes

Desde su primera novela Beatus Ille, existe en Antonio Muñoz Molina una conciencia de la necesidad de recuperar el pasado como parte integrante y necesaria de la construcción de una identidad individual y colectiva, convocando a las voces de otro tiempo para la recuperación de sí mismo. “Uno escribe para combatir el olvido” dice en uno de los artículos que conforman Diario del Nautillus. Sus personajes buscan su identidad en el pasado: como le ocurre al joven Minaya que sale fortalecido cuando ha podido recuperar la historia de Jacinto Solana (un olvidado escritor de la Segunda República) pero para ello necesita también recobrar la historia de una rama de su familia de la que se vio excluido. A través de este poeta malogrado y activista durante la guerra civil, el joven Minaya trata de rescatar una parte del pasado que se ha querido borrar y olvidar, sin embargo, en el mundo que le rodea el pasado impregna el presente que está repleto de vestigios y huellas del ayer.

En El invierno en Lisboa o en Beltenebros la cuestión de la identidad sigue siendo una constante. Los personajes de estas novelas se nos muestran desorientados o ausentes buscando saber quiénes son. Santiago Biralbo (protagonista de El invierno en Lisboa) existirá por la mirada de Lucrecia, esa parte de nosotros que queda apuntalada por la mirada de los otros: “lo que no ves no existe” -dijo el autor recientemente-. Santiago Biralbo no quiere mirar al pasado, se obstina en el presente, pero en esa obstinación pierde su historia; quiere ser como los héroes de las películas cuya vida comienza cuando comienza la acción. De la misma manera, en Beltenebros, asistimos a un juego de identidades ocultas y suplantadas. Darman, su protagonista, tiene serias dudas sobre su identidad, su historia es una evocación de un pasado turbulento, hechos que sucedieron pero que se repiten y le persiguen: identidades inventadas que se confunden con otras del pasado.

Manuel, en El jinete polaco, sólo puede constituirse como individuo cuando en vez de huir de su pasado, de su pueblo y de los suyos, se reconcilia a través del relato que hace a Nadia de lo que ha conformado su existencia. La recuperación de una historia personal consigue introducirlo de nuevo en una historia compartida que le permite abandonar el desarraigo y la desorientación en la que se encuentra. El protagonista inicia un largo viaje por la memoria personal y colectiva, las fotos de “Ramiro retratista” serán las piezas de un mosaico que va construyendo a medida que relata las identidades que existen tras esas imágenes y miradas. Identidades recuperadas hasta donde le alcanza la memoria, porque en ellas hay elementos que le ayudan a interpretar su presente. Al pasado del protagonista, se suma el de sus padres y el de sus abuelos, identidades que se engarzan unas con otras a través de canciones infantiles, de relatos e historias que han sido transmitidas entre generaciones. Manuel ha sido receptor de todos aquellos cuentos que contaba su abuelo, de las historias que hablaban del comandante Galaz, del médico don Mercurio o de la momia emparedada. Manuel fue también el receptor de una serie de costumbres y de tradiciones orales que marcaron toda su infancia convirtiéndose más tarde en transmisor de esa herencia.

Además existe otro elemento vinculado a la identidad que aparece en las obras de Antonio Muñoz Molina: el sujeto no es sólo su pasado sino que, como decía Ortega y Gasset, es también su proyecto. No se puede hablar acerca de quién se es sin hacer referencia a lo que el sujeto desea ser, lo que nos define es también aquello a lo que aspiramos

Toda la obra de Antonio Muñoz Molina está salpicada por esta cuestión de la identidad, desde la primera hasta la última novela publicada, La noche de los tiempos. En esta última, Ignacio Abel, su protagonista, asiste al derrumbamiento de todas aquellas certidumbres en las que estaba anclada su identidad, y después de ese cataclismo donde las identidades quedan rotas Ignacio Abél dice: “si nadie te reconoce y nadie te nombra vas dejando de existir”.

Pero además existe otro elemento vinculado a la identidad que aparece en las obras de Antonio Muñoz Molina: el sujeto no es sólo su pasado sino que, como decía Ortega y Gasset, es también su proyecto. No se puede hablar acerca de quién se es sin hacer referencia a lo que el sujeto desea ser, lo que nos define es también aquello a lo que aspiramos. En todas las obras mencionadas suele aparecer un proyecto identitario que generalmente queda frustrado, pues difícilmente los personaje parecen conseguir sus objetivos.

Esta preocupación por la historia individual y colectiva, aparece también en novelas aparentemente “menores” del autor como El dueño del secreto publicada en 1994, cuando Antonio Muñoz Molina era ya un novelista de renombre en el panorama literario español.

El dueño del secreto es una obra donde un hecho banal se reviste de honda emoción y significación histórica. En esta obra Antonio Muñoz Molina nos habla de nuevo del pasado a través de un relato de ficción, ejerciendo como un observador que busca e investiga los restos y huellas de un pasado que permanece. Pero además es una novela donde el autor supo hacer suyos los recursos de la tradición literaria de Galdós y se repite el esquema de los Episodios Nacionales. Este tema ha sido ampliamente tratado por Justo Serna en Pasados ejemplares ensayo general sobre su obra en el que señala que aquello que hace de esta novela un episodio nacional  es “la voluntad expresa de contar una circunstancia colectiva, un hecho histórico, una derrota, la rendición de todo un país, tomando la perspectiva y la voz de un personaje” si bien el comportamiento de este protagonista narrador- sigue diciendo-  es muy diferente al de Gabriel Araceli en Trafalgar. Más precisamente dice Serna: hay un episodio individual que adquiere proporciones colectivas, o eso cree al menos el protagonista de El dueño del secreto. Se recuerda décadas después y rememora los hechos gloriosos de los que formó parte o de los que creyó formar parte, añade. El lector ha de aceptarle el relato, dado que no dispone de pruebas que permitan desmentir esa versión de los acontecimientos. Pero –a juicio de Serna-- contamos con indicios suficientes para dudar de él: hay atisbos que nos permiten sospechar de lo que parece una melancólica evocación. Es altamente probable, añade Serna, que estemos ante un relato en el que el narrador fabula incluso inconscientemente, aseando y mejorando los hechos: lo que él tomó y todavía toma como gesta particular de proporciones épicas quizá no sea más una anécdota intrascendente. Intrascendente pero agrandada, concluye Serna, por un narrador entrañable, pero aún inmaduro y condescendiente consigo mismo.

Mi propósito es tomar esta novela como banco de pruebas, un ejemplo concreto que nos permite analizar alguno de los temas que son propios de este autor, y que nos da cuenta de cómo vivieron los últimos años de la dictadura franquista toda una generación, una generación que soñaba con aquella revolución. El dueño del secreto es una novela con bastantes rasgos autobiográficos sin ser una autobiografía, un relato donde la cuestión de la identidad de su protagonista, se muestra en dos tiempos cronológicos. En el primer tiempo es cuando suceden los hechos que se narran, con unas claras y precisas referencias a un tiempo histórico: 1974, el final de la dictadura franquista. El segundo tiempo, 1993, es el momento de la rememoración, cuando la memoria irrumpe abruptamente y deviene relato. Estos dos tiempos, pasado y presente, quedan armoniosamente incardinados en la narración y se entrecruzan en la vida del protagonista.

La España que se recrea en El dueño del secreto es la de un país predemocrático y moderno. La visión mítica que se había generado de las dos Españas tras la guerra civil y después de cuarenta años de dictadura promovió, con anterioridad a la muerte de Franco, un miedo real a que las luchas del pasado reapareciesen

¿Qué historia se nos cuenta en El dueño del secreto? El episodio que nos cuenta Antonio Muñoz Molina en esta novela es aparentemente banal, una historia de un joven de provincias que se traslada a Madrid para estudiar periodismo. Sin embargo, en esta situación y recién llegado a la capital, sin recursos económicos ni de ningún otro tipo, se ve envuelto en una conspiración para acabar con el régimen de Franco y cambiar el rumbo de la historia de España; esta conspiración fracasa porque él no es capaz de guardar el secreto.

Conjuntamente, sobre esta obra donde se describe un universo gris y esperanzador, melancólico e impetuoso, podrían realizarse diferentes interpretaciones no necesariamente antagónicas. Desde una línea interpretativa podemos considerar lo que el protagonista nos cuenta como unos hechos que realmente ocurrieron, en donde efectivamente hubo una conspiración frustrada de la que él fue partícipe, una conspiración que arruinó por su incontinencia. Desde otra línea interpretativa también podemos entender esta novela como una fabulación propia del momento vital del protagonista, del periodo adolescente con su idealismo exacerbado y omnipotencia como sus rasgos más característicos. Sería, desde esta perspectiva, una ensoñación o fantasía del protagonista en la que se confirma aquello de que “los humanos necesitamos, de alguna manera, inventar nuestro pasado para hacerlo soportable”, siendo nuestra capacidad de autoengaño lo que nos permite sobrevivir. En este sentido, como ya señaló Justo Serna en el análisis que realizó de esta novela en Pasados Ejemplares, la historia que se nos cuenta en El dueño del secreto es una narración del yo, en la que el protagonista narrador rememora muchos años después unos hechos, con datos empíricos y verificables que refuerzan el efecto de realidad, pero -sigue diciendo- en la que no hay manera de verificar si realmente lo que nos cuenta es cierto o no. En mi opinión, y en lo que hace a la identidad, lo importante no es tanto que sea cierto o no, sino que el periplo que realiza el protagonista tiene un sentido en su biografía y esa rememoración real o fantaseada otorga un significado nuevo a su presente.

Las peripecias de este joven se sitúan en un momento de nuestro pasado que el autor recupera a través de este personaje. La España que se recrea en El dueño del secreto es la de un país predemocrático y moderno. La visión mítica que se había generado de las dos Españas tras la guerra civil y después de cuarenta años de dictadura promovió, con anterioridad a la muerte  de Franco, un miedo real a que las luchas del pasado reapareciesen. Es por esto por lo que los sentimientos políticos se encontraban divididos: la aspiración a la libertad coexistía con el deseo de preservar la estabilidad. La pretransición alcanzó un punto de inflexión con el asesinato de Carrero Blanco. La situación de confusión, miedo y esperanza que se apoderó de España en aquel tiempo -  y que constituye el telón de fondo de esta narración- está jalonada por: la escalada de atentados de ETA, la creación del FRAP y  la actuación de los GRAPO, y las bandas anarquistas que desataron una represión policial brutal que culminó con las penas de muerte aplicadas en octubre de 1975. Es en este contexto en donde acaecen los hechos que el protagonista rememora: ese Madrid, idealizado  por la visión de un joven de provincias, donde todo puede ocurrir. Es el Madrid que encarna el futuro, pero también el Madrid gris e inhóspito donde los provincianos se veían superados por las penurias económicas, por la desorientación y la soledad que provoca siempre una migración, en el que cada día habían de vencer la tentación de volverse al pueblo, a su vida segura, resguardada y cómoda. Es el Madrid de las revueltas estudiantiles, de la policía a caballo, del miedo, de las emisoras clandestinas, y de los comedores universitarios; y es también, un Madrid que expresa esa contradicción moral del franquismo donde imperaba el nacional catolicismo connivente con los locales de prostitución. En este contexto se ponía de manifiesto la discrepancia entre la teoría social del régimen y la realidad, donde el ideal de masculinidad, el ideal de hombría y valentía representado por Ataúlfo no era ajeno a la doble vida: a las amantes, a los clubs de alterne y a los vicios más miserables de la España de los setenta. También hay otro Madrid que el protagonista descubre con los relatos y las palabras de Ataúlfo: el Madrid de la contienda, el de  la localización de las líneas enemigas y de las libertarias. Es a través de estos relatos como el protagonista toma contacto y conciencia de un pasado histórico. Es en este escenario donde nuestro protagonista participa en una conspiración ingrávida que se verá fracasada.

La novela gira en torno a tres personajes fundamentales. En primer lugar el protagonista. En segundo lugar Ramón Tovar, un amigo del pueblo, convertido al maoísmo que se traslada también a Madrid, y con el que compartirá además de habitación, un deseo contumaz de ver mundo, experiencias vitales, y penurias económicas. Por último Ataúlfo, Ataúlfo Ramiro Retamar, abogado un tanto crápula y de vida oscura que le hace conocer a nuestro protagonista los placeres que en aquel tiempo estaban reservados a los adultos: la buena mesa, el whisky, el tabaco de importación y las mujeres deslumbrantes. Un personaje que vendrá a representar esa figura paterna a la que  finalmente traicionará. Junto a éstos aparecen otros personajes de menor relevancia como: la mujer de Ataúlfo, la amante de éste (cuya visión quedará fijada para siempre en nuestro protagonista), la novia maoísta de Ramón Tovar, etc..

Madurar supone también admitir lo que no hemos hecho, lo que no viviremos, los límites que se nos imponen. Y en mi opinión al final del relato asistimos a la constitución de un sujeto psíquico, de un sujeto dueño o guardián, ahora sí, del secreto

A través del protagonista de El dueño del secreto, Antonio Muñoz Molina nos muestra toda la problemática adolescente de un modo claro y diáfano que impregna el relato. Nos ilustra, a través de una ficción, esa época agitada y tormentosa que es siempre el tránsito de la infancia a la adultez. Su salida a Madrid puede ser leída como una metáfora de ese rito iniciático donde el niño sale definitivamente del mundo maternal para adentrarse en el mundo de los hombres, donde encontrará una identidad propia fuera de su familia. Sin embargo, este tránsito no puede hacerse sin las identificaciones con figuras parentales y sin el paso por una confusión inevitable que nuestro protagonista expresa en estas palabras: “moviéndome como un sonámbulo por la ciudad ilimitada, desconocida y hostil, sin saber del todo si estaba despierto o dormido, si estaba soñando lo que tenía delante de los ojos, a través del cristal ligeramente escarchado de la alucinación, escarchado unas veces y otras opaco por el vaho” Este tránsito supone también realizar necesariamente unos duelos por lo que se perdió o por lo que no fue posible.

En la búsqueda de estos modelos identificatorios nuestro protagonista queda fijado a la personalidad de Ataúlfo y de Ramón Tovar. Si bien estas voces aparecen en la novela, es básicamente la voz del protagonista-narrador la única realidad del relato. Nuestro protagonista se nos muestra cobarde, tímido, pusilánime, en un conflicto permanente entre el pavor y el deseo. Además, por si estos rasgos de su personalidad no fuesen suficientes para ilustrarnos la debilidad de su carácter, es incontinente, sexualmente novato y “no sirve para los estudios”.

Ataúlfo Ramiro Retamar, abogado de profesión (aunque ningún signo confirme al lector esa información, ni tan siquiera una placa en la puerta de su domicilio) encarnará para nuestro protagonista el ideal de masculinidad y valentía. Representará esa figura paterna que, en contraposición al padre que dejó en el pueblo y que le recriminaba la debilidad de su carácter, confiará en él lo suficiente como para hacerle partícipe de una importante conspiración. Será una figura fuertemente idealizada desde el inicio: “Tuve entonces la primera prueba del valor mágico del nombre de Ataúlfo: fue pronunciarlo y el guardián hostil se convirtió instantáneamente en guía solicito”. A través de Ataúlfo conocerá los clubs de alterne, y el despertar del deseo sexual, de esa sexualidad más descarnada que poco tenía que ver con sus amores adolescentes, también conocerá otros placeres como el whisky de malta, y la buena mesa pero, sobre todo, el placer de derrochar en un tiempo en el que para nuestro protagonista todo estaba medido. Ataúlfo representa el exceso de dinero, pero también de placeres que un joven todavía no podía permitirse ni en el plano económico, ni en el emocional. Este personaje, en sus peroratas impregnadas de la inflamación emocional que produce el alcohol, acerca a nuestro narrador a las ideas de democracia y libertad. El protagonista quedará impresionado por las diatribas anarquistas que entre taxi y taxi “le suelta” Ataúlfo. Un Ataúlfo también incontinente e imprudente que le revela ser miembro de las FAI y le cuenta la existencia de una conspiración. Finalmente, Ataúlfo desaparece de la vida del protagonista muriendo de sus propios excesos tras la huida por una conspiración abortada.

En esta novela breve otro personaje importante es Ramón Tovar, amigo del pueblo, asiduo a los futbolines de los locales de Acción Católica e izquierdista radical. Será el personaje que encarne los fanatismos, la manifestación de las contradicciones y el radicalismo ideológico más irracional. Despertará en nuestro protagonista una mezcla de admiración por su experiencia de la vida, y de vergüenza por su aire pueblerino, por sus formas bastas y carentes de modales. Ramón Tovar un personaje que se identifica y se mueve a través de emblemas, que se expresa con esa aparente claridad con que se manifiestan las dictaduras en las que no hay lugar para la duda: donde los buenos son sólo buenos y los malos, sólo malos Esta situación refleja perfectamente esas identificaciones que se propician desde los autoritarismos. A lo largo de la narración Ramonazo, convertido al maoísmo, será objeto de numerosas idealizaciones y desidealizaciones por parte del protagonista y, finalmente, cuando la conspiración fracase y la cédula maoísta sea desarticulada, Ramón Tovar huirá a Barcelona con la intendencia que su amigo, timorato, pusilánime y, al que él denostaba, le facilita. Huye muerto de miedo no tanto por la represión policial como hacia lo desconocido. Es en este pasaje de la novela donde se muestra la parte más debilitada de Ramonazo y los aspectos de su pseudo identidad: sus sueños maoístas sucumbirán al capitalismo más feroz convirtiéndose en gerente de una fábrica de calzados.

Como personajes femeninos de la obra destacan la mujer de Ataúlfo y su amante. El narrador deja bien patente la escisión que, desde un contexto católico y autoritario, se realiza de la figura femenina. Esta figura femenina estaría representada disociada en el imaginario social por una doble imagen. Por un lado nos encontramos con el modelo de una mujer legítima que una vez cumplida su función de procreación, ni despierta ni tiene deseo sexual alguno. El narrador nos la muestra envejecida y de aspecto descuidado como una figura fantasmagórica resignada a su suerte, con un estado de ánimo fronterizo “entre la amargura y la burla”, con una función protectora y maternal. En el polo opuesto, nos encontramos con la imagen de una amante capaz de despertar las fantasías más lascivas y lujuriosas, cuyos favores se ganaban con billetes de mil pesetas y champán. La amante de Ataúlfo dejará una huella indeleble en nuestro protagonista. Él, que no despertaba en las prostitutas que frecuentaba con Ataúlfo más que unas brevísimas y castas conversaciones, superado por su sexualidad pecaminosa, autoerótica y solitaria, queda prendido al cuerpo de la mujer “más hermosa de su vida” y a la que veinte años después convocará en sus fantasías sexuales. En realidad, este modelo de feminidad escindido recuerda el de las novelas galdosianas, que reflejan esos valores femeninos propios de la nueva burguesía del ochocientos retratados por Galdós en Fortunata y Jacinta, y que son rescatados en esta novela por Antonio Muñoz Molina.

El último capítulo del libro es crucial, pues en él se hace manifiesto el mecanismo narrativo de la obra. En este capitulo se hallan los datos y los hechos que nos hablan de la vida actual del protagonista, y en él descubrimos el lugar desde donde éste nos ha narrado, a modo de una redención personal, los hechos que acaecieron. El protagonista de El dueño del secreto vuelve a su entorno familiar, retorno que él, de forma expresa, nos lo muestra como una huida. Esta vuelta a lo familiar no está exenta de un sentimiento melancólico o nostálgico en relación a lo que hubiera podido ser su vida de no haber huido. “El pasado es lo que es, y no me quejo” dice Antonio Muñoz Molina en el artículo citado al inicio de esta reflexión. Uno siempre se pregunta por lo que hubiese sido su vida de haber vivido otras experiencias, de haber tomado otras decisiones… Esa huida que significó en la existencia del protagonista un acto de indignidad, es ahora al reescribir su historia cuando se resignifica.

Respecto del patetismo o no de este protagonista innominado mantengo abierta una polémica con Justo Serna, hemos conversado durante horas en torno a la importancia de esta novela, de su condensación y de las diferentes interpretaciones que pueden hacerse de esta obra. Pero aún admitiendo que nada hay de heroico en el protagonista y sí mucho de risible “no es un personaje acobardado con el que ensañarnos”. Su cobardía nos despierta una empatía inevitable porque nos guste o no, nos sentimos más próximos a lo humano que a lo heroico, quizá para muchos españoles de aquella generación lo heroico y lo patético iban de la mano.

Madurar supone también admitir lo que no hemos hecho, lo que no viviremos, los límites que se nos imponen. Y en mi opinión al final del relato asistimos a la constitución de un sujeto psíquico, de un sujeto dueño o guardián, ahora sí, del secreto: del secreto de su propia historia cargada de episodios quiméricos y proyectos frustrados, pero ¿qué historia no lo está?

En definitiva, como puede apreciarse, este autor a través de un entramado de personajes y de relaciones en una novela aparentemente menor, muestra con gran habilidad y maestría el complejo proceso de construcción y afirmación de la identidad. Nos habla de historias individuales, de acontecimientos supuestamente banales que conforman nuestra existencia y que esconden siempre la complejidad que tiene la vida humana.
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