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Don DeLillo: <i>Punto omega</i> (Seix Barral, 2010)

Don DeLillo: Punto omega (Seix Barral, 2010)

    TÍTULO
Punto omega

    AUTOR
Don DeLillo

    EDITORIAL
Seix Barral

    TRADUCCCION
Ramón Buenaventura

    OTROS DATOS
Barcelona, 2010. 160 páginas. 17 €




Reseñas de libros/Ficción
Don DeLillo: Punto omega (Seix Barral, 2010)
Por Rosario Sánchez Romero, martes, 1 de febrero de 2011

Lo que creemos ver


Punto omega es la última novela del escritor estadounidense Don DeLillo, autor de Ruido de fondo, Submundo o El hombre del salto. En esta novela DeLillo nos ofrece un relato sobrio, enigmático, que desconcierta y aturde al lector desde el inicio. En un tono intimista y con un ritmo lento, donde prosa y poesía convergen, el autor crea una historia poco convencional que despierta una rara atracción. Se trata de un escritor preocupado por temas contemporáneos como la desmoralización de la sociedad o la ausencia de unos modos de vida éticos. En esta novela consigue una excelente combinación de los temas más clásicos de la literatura norteamericana, como la identidad y la libertad, con otros aspectos más propios de los relatos posmodernos. Posee una singular y gustosa forma de contar y sabe bien cuáles son sus recursos. Sus historias son variadas, la manera de abordar los temas, la estructura del relato y la construcción de sus personajes cambia en cada una de ellas; sin embargo, puede reconocerse una preocupación de fondo en algunas de sus obras: es la manera de mirar. Hay que mirar con cuidado, tener conciencia de lo que se ve o de lo que creemos ver. Es necesario detenerse y mirar con atención. Esto es una constante, tanto en su anterior novela El hombre del salto, en la que realiza una interesante reflexión acerca de los efectos que tuvo el 11-S sobre la vida de algunos supervivientes, como lo es en Punto omega.
Esta última novela se inicia con las imágenes de la película de Psicosis ralentizadas a dos fotogramas por segundo, lo que implica una duración del film de veinticuatro horas. Psicosis 24 horas fue una proyección de Douglas Gordon que efectivamente se expuso en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en el año 2006. Se trata de detener el tiempo, de detener la escena y de mirar con cuidado aquello que creemos que vemos, descomponer lo que parece una unidad en una suma de movimientos, observar el detalle sin ninguna perspectiva, a cámara lenta.

A través de esta metáfora De Lillo sugiere algunas preguntas: ¿Qué vemos de los demás? ¿Qué pueden ver de nosotros? El viejo profesor dice a Jim Finley: “necesitas saber cosas que los demás no saben (…) Lo que los demás no saben es lo que te permite conocerte a ti mismo”. Nos habla de la necesidad de profundizar en el individuo y en las cosas que damos por ciertas y por sabidas. Hemos de practicar una actitud que raramente ejercemos: la atención y concentración absoluta en todo aquello que nos rodea. Así, pocos seríamos capaces de saber cuántas son las anillas que sujetan esa cortina a la que se aferra Janet Leigh en Psicosis, o cuántos movimientos pueden apreciarse en el giro de cuello que realiza Anthony Perkins antes de perpetrar el asesinato. ¿Qué pasaría si pudiésemos prescindir del ritmo con el que nos vemos abocados a desarrollar en cualquier acción? Sólo el más atento escrutinio nos permite tener un conocimiento certero y profundo de lo que nos rodea, de ver aquellos recodos siempre ignorados de lo que nos es familiar. Si la poesía es, como ha dicho Pere Gimferrer en Mercurio “detener el tiempo” esta obra pertenece a ese género.

No hay escapatoria posible al dolor humano. Ni siquiera en esa extensión desprovista de acontecimientos y de la contingencia que tienen siempre las relaciones humanas, podemos escapar del sufrimiento, del estrépito que acompaña a lo inesperado

En una galería de arte un desconocido mira la película, no sabemos quién es, está solo en la oscuridad. La narración se inicia en primera persona, este hombre nos va detallando escenas de la película mezcladas con reflexiones acerca de su invisibilidad que se manifiesta por su presencia constante en el mismo lugar, al igual que el guarda de la sala que está ahí “para no ser visto”. De pronto el escenario cambia, aparecen las voces de dos hombres y una mujer joven. El lector se traslada de una sala del MoMa al desierto de California, encontrándose con Elster, que ha ido “en busca de tiempo y espacio”. Richard Elster, el viejo profesor que huye de “las ciudades que han sido construidas para medir el tiempo” y se refugia en la nada donde el tiempo es enorme como lo son su discurso y sus pensamientos. Richard Elster lleva una existencia desesperanzada, separado en dos ocasiones y con malos augurios sobre el porvenir le abruma la violencia humana, a él que paradójicamente se ha visto involucrado y cómplice en una guerra. Hasta allí le sigue Jim Finley, un joven obsesionado con el cine. En un atrevido y arriesgado intento de realizar un documental sobre este hombre, quiere filmar un plano largo de su cara mientras Elster habla de la guerra de Irak. Es un proyecto atrevido, sin garantías, que no deja de ser una continuación de lo que nos ofrece DeLillo: “Ver lo que hay, saber que está uno mirando, sentir el paso del tiempo”. Nos invita a mirar de otra manera, a observar todos los detalles de un movimiento, en una búsqueda eterna. No obstante, este proyecto se irá diluyendo con el paso de los días hasta quedar prácticamente olvidado, extinguido, engullido por el sosiego y el silencio. Mientras tanto, una mujer joven, misteriosa y desdibujada como en una ensoñación aparece creando un entramado de relaciones sutiles, frágiles hilos que con los días empiezan a adquirir una mayor consistencia. Jessie es observada por estos hombres desde una perspectiva diferente: Jim Finley la observa cuando no puede ser visto por ella, cuando ella no puede ni siquiera vislumbrar el deseo y las fantasías que le provoca. ¿O sí? No comparten nada, sus vidas tienen trazados caminos diferentes, pero es alguien con quien hablar. Richard Elster la observa desde otro ángulo, ve de ella una imagen diferente, una imagen casi de sí mismo. Es la imagen de su posesión. Una mujer, que en su nombre y en su “voluntaria insipidez” encierra un presagio: “Estaba hecha para esfumarse”, dice Jim Finley, como si el aire fuera su elemento constitutivo.

Estas tres voces con un lenguaje poético y misterioso se insertan en un paisaje desolado, como las montañas que se suceden alternativamente o como el cielo que se abre al anochecer. Expresiones que se entremezclan con los gritos animales, diálogos intermitentes, pensamientos, susurros y reflexiones hechas en voz alta sobre el destino y la extinción del hombre. Un destino unido al de la naturaleza: “somos una manada, un enjambre (…) la consciencia está agotada. Toca ahora regresar a la materia inorgánica. Eso es lo que queremos. Queremos ser piedras del campo”. Un destino unido al de las cosas perdidas, a lo que se piensa y que al momento desaparece: “cada momento perdido es la vida”, dice el narrador. No son conversaciones, son temas captados al vuelo sobre los que se profundiza igual que hace la cámara cuando enfoca un objeto al azar y se va acercando.

A lo largo de estas ciento cincuenta y cuatro páginas lo que el lector imagina y ha de conjeturar tiene casi tanta importancia como lo que se nos cuenta

En esta novela lo contextual adquiere una relevancia inusitada aunque no se describe con precisión. Lo inconmensurable del desierto que en principio nos aturde e inquieta, va imponiéndose poco a poco hasta que la enormidad de esa extensión vacía acaba pareciéndonos normal. El lector se ve sumergido en esa calima y en esa soledad de manera gustosa. Pero tanto el lector como Richard Elster se equivocan. No hay escapatoria posible al dolor humano. Ni siquiera en esa extensión desprovista de acontecimientos y de la contingencia que tienen siempre las relaciones humanas, podemos escapar del sufrimiento, del estrépito que acompaña a lo inesperado. Richard Elster no está a salvo en ese rincón en el que parece haberse resguardado de lo que le vida tiene siempre de escandalosa. Un suceso dramático viene a trastocar esa quietud y a partir de entonces toda esa enormidad se convierte en espera.

A lo largo de estas ciento cincuenta y cuatro páginas lo que el lector imagina y ha de conjeturar tiene casi tanta importancia como lo que se nos cuenta. Así, la resolución de ese enigma, de ese suceso terrible que degradará la vida de Elster y lo conducirá al paroxismo del dolor, habrá de ser desplegado en la imaginación del lector porque no está dicho con palabras.

En Punto omega los protagonistas no se nos muestran de manera clara, se manifiestan ilocalizables y velados, se le escurren al lector dejándole una sensación de incomodidad. ¿Habremos de volver a estas páginas y mirar con mayor detenimiento? Transitamos a ciegas por una historia que no parece tener ni principio ni final, sólo un fragmento de unas vidas inabarcables. Una historia que es más una sugerencia del autor que una narración explícita.

En definitiva, una propuesta de lectura compleja y original en la que con lenguaje y silencio, un lenguaje muy condensado y un silencio reflexivo, DeLillo nos muestra una historia extraña, compuesta de imágenes cinematográficas -casi oníricas-, imágenes opacas en las que el lector no logra ver con claridad lo que ocurre y ha de ir imaginando. Se necesita de la máxima concentración para seguirle, porque son pensamientos sueltos y reflexiones que difícilmente encuentran un hilo conductor de forma clara. Parecen estar ligados entre sí por un código secreto. Estamos ante lenguaje y palabras que a ratos son poesía y a ratos “parloteo alcohólico”, todo ello envuelto en una bruma espesa y viscosa donde el tiempo se alarga y “se vuelve ciego”. Al llegar a la última página DeLillo consigue su propósito: el lector ha mirado con la máxima atención y concentración. El autor logra en esta novela una atmósfera claustrofóbica, una quietud envolvente, una nada que atrapa en un relato intenso, bello y desolador.
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