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Paul Auster: <i>Sunset Park</i> (Anagrama, 2010)

Paul Auster: Sunset Park (Anagrama, 2010)

    TÍTULO
Sunset Park

    AUTOR
Paul Auster

    EDITORIAL
Anagrama

    TRADUCCCION
Benito Gómez Ibáñez

    OTROS DATOS
Barcelona, 2010. 288 páginas. 18,50 €



Paul Auster

Paul Auster


Reseñas de libros/Ficción
Paul Auster: Sunset Park (Anagrama, 2010)
Por Eduardo Laporte, viernes, 03 de diciembre de 2010
Nueva novela de Paul Auster (New Jersey, 1947), que llega a las librerías casi sin tiempo para digerir la anterior. En Sunset Park, el autor estadounidense presenta una historia coral que pivota sobre Miles Heller, un chaval prometedor al que los avatares de la vida conducen a una fuga familiar y una existencia desesperanzada. Alrededor de él, personajes con sensibilidad cultural, artística, desencantados con el proyecto y el kitsch kunderiano de los Estados Unidos de América, que trazan un retrato desolado de un grupo de jóvenes que parece tener poco futuro. Así lo sugiere Auster, al ubicarlos en una casa okupa del barrio de Brooklyn y mostrar las dificultades que tienen para conciliar su vocaciones con la mera supervivencia material. Algunos, como el protagonista, renuncian, simplemente, a tener ilusiones y buscan refugio en el amor y en el presente. Quizá ahí resida el valor de la nueva aventura austeriana, en el retrato de esa nueva 'generación perdida', con el que logra esfericidad que salva a la novela.
No es descabellado pensar que Paul Auster haya sido abducido por la peligrosa tentación que es convertir el arte en una rutina, en un oficio con el que vamos matando el tiempo, tirando millas y cumpliendo años. Las novelas de Auster, como pasa con las películas de Allen (como comenta Agus Alonso G. en rtve.es), se han convertido en un acontecimiento cultural anual, una pequeña tradición otoñal que se recibe con alegría pero cada vez con más desconfianza. Porque si el arte se domestica, corre el riesgo de dejar de serlo, y con eso no decimos que el arte no tenga su buena dosis de trabajo, de oficio, de técnica, de hincar codos. Pero “los artistas satisfechos están muertos”, decía hace poco el poeta Irazoki, y crear novelas, o películas, para evitar la angustia del vacío es cosa incluso perjudicial para el arte. “¿Y qué quieren que haga, que me ponga a ver la tele?”, replicaba Woody Allen, en una entrevista reciente, ante la clásica pregunta de por qué hacía tantas películas, a su edad, y con tan dilatada trayectoria.

Arranca Sunset Park de un modo potente, por cuanto de desolado retrato de la actualidad muestra: las famosas 'foreclosures' o desahucios inmobiliarios que están a la orden del día en EEUU, como consecuencias de las chapuzas del mercado de la vivienda en aquel país. Un nuevo perfil de trabajador ha nacido: la del encargado de 'limpiar' esos hogares sin habitantes ya de todo tipo de objetos personales y rastro de vida anterior. La nueva criatura de Auster, Miles Heller, nos recuerda, en cierta manera, al Marco Fogg de El Palacio de la luna; un tipo que deambula por los límites de distintos abismos interiores, y que arrastra un pasado oscuro. Por su culpa murió su hermanastro y, sintiéndose no querido en casa, abandona a su familia. Se convierte en un prófugo familiar y reduce su campamento base sentimental a Pilar Sanchez, así, sin tilde, de origen cubano.

Auster es un escritor de acción, no de reflexión, ni de evocación poética, y su prosa ágil y limpia funciona cuando va supeditada a una serie de acontecimientos que, por su carácter más o menos extraordinario, nos atrapan

Lo que parece un relato unipersonal de la particular peripecia de Heller se va, poco a poco, abriendo a otros personajes. (Heller, de 28 años, es guapo e inteligente, irradia un extraño magnetismo que le convierte en el centro de atención de las reuniones, aunque él no lo quiera. Es casi tan guapo como Adam Walker, el protagonista de la anterior entrega austeriana, Invisible, dato ese menor e irrelevante en esta crítica, pero que no deja de ser sorprendente.) Así, van desfilando otros personajes, que irán nutriendo la trama, reunidos todos en su centro de operaciones, la casa de Sunset Park de la que se han apropiado. Y si bien es un acierto esa inclusión de un mayor elenco, llega un momento en que el lector leído, valga la redundancia, no puede evitar una cierta sensación a 'apaño narrativo' cada vez más habitual en las novelas de Auster. (En la notable La noche del oráculo, hace de la necesidad virtud cuando, al no saber qué hacer con un personaje, lo condena a no salir del cuarto en el que está encerrado, y lo deja ahí, a su suerte, bloqueado. Un callejón sin salida en un laberinto narrativo que Auster decide, deliberadamente, dejar irresoluto. En Invisible, toda la trama del incesto entre el protagonista y su hermana tiene un descarado tufo a relleno, morboso relleno, eso sí, con el que salva uno de esos callejones narrativos.)

En 1868, el escritor Émile Zola dijo, en plena efervescencia de nuevas manifestaciones artísticas como el impresionismo, que “el objetivo del arte moderno es captar un rincón de la creación, visto a través del temperamento del hombre”. La esencia de un aspecto del universo, visto a través de una mirada única, subjetiva, rica de algún modo. Esto es lo que buscamos en aquellos escritores que, habiendo renunciado a cierta trama argumental capaz de seducir al lector e ir llevándolo por las páginas a través de distintas argucias narrativas, apuestan por volcar su particular mirada sobre las cosas. El problema es que, en Auster, esta mirada es pobre. Auster es un escritor de acción, no de reflexión, ni de evocación poética, y su prosa ágil y limpia funciona cuando va supeditada a una serie de acontecimientos que, por su carácter más o menos extraordinario, nos atrapan.

Sólo cuando termina la novela, y recogemos una cierta sensación general, un retrato global y contemporáneo de la juventud, recibimos una impresión compacta

Hay algo de extraordinario en la peripecia del personaje central: su huida, los remordimientos, pero el resto de personajes se enfrentan a problemas cotidianos. Y si esto funcionaba a las mil maravillas en Brooklyn follies, novela sin aparentes pretensiones sobre las relaciones padre-hijo, la enfermedad y la muerte, en Sunset Park la fórmula no acaba de cuajar. Parece que Auster quiere construir un personaje de calado, un descreído de hechuras raskolnikovianas y que, al notar que Miles Heller se le agota, o que le suena a déjá vu, opta por introducir nuevos personajes. Pero ninguno logra adquirir una gran dimensión, porque sólo cuando termina la novela, y recogemos una cierta sensación general, un retrato global y contemporáneo de la juventud, recibimos una impresión compacta. Antes, hay una serie de descripciones de las motivaciones y actividades de los personajes que no resultan del todo atractivas; por alguna razón, resultan demasiado normales, en el peor sentido de la palabra. Y leer sobre gente normal, con un estilo plano, sin saber muy bien qué pretende el autor, puede terminar resultado aburrido, una pérdida de tiempo.

Especial mención merece un cierto estilo por desgracia habitual en Auster que podríamos denominar como de 'falsa Wikipedia' (esto llega al paroxismo en El libro de las ilusiones). Datos y datos sobre personas que sólo han existido en la imaginación del autor, y cuya profusa información nos resulta irrelevante. Esfuerzos por lograr una verosimilitud que no aportan nada si no es un relleno. Y tan cansino como este recurso resulta un tono que adopta Auster y que podríamos definir ahora como 'wikipédico', pero sin el epíteto de 'falso'. Como las varias páginas que dedica al trabajo que realiza Alice Bergstrom en en el programa 'Libertad para escribir', que promueve el PEN. Un meandro de tipo político en el que Auster muestra su solidaridad con los perseguidos por hacer uso de su libertad de expresión, como Salman Rushdie o el recientemente galardonado con el Nobel de la Paz (dato que Auster no podía saber cuando escribió la novela), Liu Xiabo. Insertos extraños que se repiten a lo largo de la novela, sin que aporten nada a la trama, y tampoco contribuyan a crear una obra más bella, o poética.

Pero sí que nos invade una torrente poético cuando cerramos el libro, con una hermosa última página, y empatizamos con ese puñado de personajes desesperanzados, convertidos de la noche a la mañana en unos 'sin techo'. No querer prostituirse laboralmente, no querer entrar en determinadas y alienantes ruedas de molino de la sociedad capitalista, su fidelidad a ciertos principios, los hace buenos personajes. Ahí se redime Auster, con ese retrato lúcido de esa 'generación perdida' de cuando el 'crash de 2008'. El problema es que para llegar ahí, da la sensación de que Auster ha ido dando palos de ciego.
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