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Varios autores: <i>Los árboles sin bosque. Muestra de literatura uruguaya contemporánea</i> (Ediciones Carena / Revista Malabia, 2010)

Varios autores: Los árboles sin bosque. Muestra de literatura uruguaya contemporánea (Ediciones Carena / Revista Malabia, 2010)

    AUTORES
Berenguer / Maia / Oroño / Courtoisie / Guariglia / Casal / Ojeda / Bravo / Machado / Nogara / Migdal / Fontana / Miranda / Trujillo / Nigro / Rosales / Guerra / Etchemendi / Bacci / Peri Rossi / Genta / Fressia / Motta

    LUGAR DE NACIMIENTO
Uruguay




Creación/Creación
Varios autores: Los árboles sin bosque. Muestra de literatura uruguaya contemporánea
Por Varios autores, lunes, 4 de abril de 2011
Hay algo más determinante que la soledad, el destierro, la dictadura del destino, el desamor, la opresión, la muerte, la compleja naturaleza humana a lo largo de la historia. Está la conciencia. Y a partir de ella, todo lo que se asume para seguir en el camino con el equipaje de dudas y esperanzas, sin renunciar al horizonte, comunicando la fugacidad de días y hojas, pero afirmando que en cada raíz algo se levanta para salir hacia un aire y una luz más altas. La literatura surgida en ese joven país llamado Uruguay da fe de dicha conciencia, marcada por injusticias y silencios. Los árboles sin bosque. Muestra de literatura uruguaya contemporánea no sólo nos acerca a diversas voces derivadas de las pulsaciones de aquel sur, sino a las inquietudes y a la temática de fondo afines a cualquier lector lúcido y contemporáneo.

CRISTINA PERI ROSSI

ESTADO DE EXILIO / Poema XXI

Y vino un periodista de no sé dónde
a preguntarnos qué era para nosotros el exilio.
No sé de dónde era el periodista,
pero igual lo dejé pasar
El cuarto estaba húmedo estaba frío
hacía dos días que no comíamos bocado
sólo agua y pan
las cartas traían malas noticias del Otro Lado
“¿Qué es el exilio para usted?” me dijo
y me invitó con un cigarrillo
No contesto las cartas para no comprometer a mis parientes,
“A Pedro le reventaron los dos ojos
antes de matarlo a golpes, antes,
sólo un poco antes”
“Me gustaría que me dijera qué es el exilio para usted”
“A Alicia la violaron cinco veces
y luego se la dejaron a los perros”
Bien entrenados,
los perros de los militares
fuertes animales
comen todos los días
fornican todos los días,
con bellas muchachas con bellas mujeres,
la culpa no la tiene el perro,
sabeusté,
perros fuertes,
los perros de los militares,
comen todos los días,
no les falta una mujer para fornicar
“¿Qué es el exilio para usted?”
Seguramente por el artículo le van a dar dinero,
nosotros hace días que no comemos
“La moral es alta, compañero, la moral está intacta”
rotos los dedos, la moral está alta, compañero,
violada la mujer, la moral sigue alta, compañero,
desaparecida la hermana, la moral está alta, compañero,
hace dos días que sólo comemos moral,
de la alta, compañero,
“Dígame qué es el exilio, para usted”.
El exilio es comer moral, compañero.



AMANDA BERENGUER

PAISAJE

Una estrella suicida, una luz mala,
cuelga, desnuda, desde el cielo raso.
Su cerrada corona acaso sangra.
Acaso su reinado es este instante.
Crecido el mar debajo de la cama
arrastra los zapatos con mis pasos
finales. Sacan los árboles vivos
un esqueleto mío del espejo.
En el techo los pájaros que vuelan
de mis ojos brillan fijamente.
Acaso no esté sola para siempre.
La mesa cruje bajo el peso usado
de las hojas secas. Un viento adentro
cierra la puerta y la ventana y abre
de pronto, entre cadáveres, la noche.
También mi corazón. Ya voy, tinieblas.



HÉCTOR ROSALES

LA GRIETA

hacia dentro de ti, hacia dentro de ti
canto la grieta del mástil de los huesos

Paul Celan



Parte la punta el lápiz en el pulcro papel.
La llanura blanca, de oscuro relámpago
atravesada, calla doblemente. A tientas
la montaña oyente se mueve hacia el huerto.
Cabañas distantes sepultan al corazón
del invierno. En el zoo metropolitano
la única y roja pupila del rarísimo ser
calcula la nuca en el último descuido del
vigilante. Tú
has dado vuelta la cara y he visto la herida
del grafo, las marcas
cuando el frío liberó a la criatura.
Te busca su quebrado mensaje, un bisturí
de madera sin letras hacia dentro,
hacia el mástil. ¿Escuchas la grieta?
¿Asumes la nieve, tus huesos, tu inminente
ausencia en el papel?



FEDERICO NOGARA

LAS MANOS

Se miró las uñas y descubrió con sorpresa unas leves líneas negras de suciedad que le hicieron esconderlas instintivamente bajo la mesa, y aunque sacó de inmediato el cortauñas del cajón y se las limpió con cuidado, algo había dejado de funcionar, la mañana ya no tenía ese aire claro y luminoso de media hora antes. Para distraerse pasó el dedo sobre la mesa, pero el surco en el polvo lo terminó de deprimir. Se levantó, fue hacia la ventana y observó el paisaje. El puerto, repleto de barcos multicolores, rodeado de edificios viejos chorreados de humedad, parecía una cicatriz en el costado de la ciudad uniforme. La vieja enfermedad del mundo había engendrado un nuevo orden antes del aislamiento. Por las calles se arrastraban inmigrantes dispuestos a pedir disculpas a cada paso, muchachos desparejos que pronto serían viejos y se preguntarían en qué se les había ido la vida, jubilados esperando en la tibieza del escaso sol filtrado en las calles oscuras el sueño eterno, prostitutas cansadas de guerra, mujeres y hombres de vuelta de todas las exigencias, de todas las traiciones. Y él ahí arriba, en esa edad en la que no se es ni demasiado joven para creer y esperar ni demasiado viejo para entregarse sin luchar, sospechando una enfermedad quizá deseada, un regate a la vida que le permitiera alarmarse, adquirir un pequeño miedo a caer en la nada sin un dios que llevarse a la boca. En un tiempo había creído, incluso se había lanzado a la batalla desarmado como un soldado suicida, con la inconsciencia del patriota y la fe del fanático, hasta que una tarde de verano, agobiado por el calor asfixiante, soportando los olores y vahos de la calle cercana, descubrió que odiaba a sus vecinos y en ellos vio con sorpresa una prolongación de sí mismo. Hasta su nombre, José Bonetti, le pareció una mezcla extraña, el resultado de encuentros entre gente desesperada que vivía huyendo de la miseria, trabando relaciones en barrios y trabajos dudosos y despidiéndose en andenes solitarios. Terminó pasando revista a su paso por el mundo sin encontrar un sólo momento que pudiera haberlo hecho válido. Entonces sus creencias saltaron por los aires y se sintió vacío, fuera de lugar, ridículo.

El cartero deslizó la carta por debajo de la puerta y el corazón le dio un vuelco. Presentía los garabatos ininteligibles del médico, la sentencia definitiva, el envoltorio de madera, la flor dejada al pasar por una mano piadosa. El sobre blanco voló casi hasta sus pies y quedó allí, como una paloma que hubiera cumplido su cometido y ya no tuviera nada más que hacer. Vaciló. Durante un rato se quedó quieto sin reaccionar. Un rayo de sol resbalando por la pared debajo de la ventana y las campanadas de un reloj lejano lo devolvieron a la realidad. Sus manos, sucias de una suciedad que no podía limpiar ningún cortauñas, las mismas que golpearan al inocente y estrecharan con calidez otras culpables, nunca levantadas para protestar, para detener, para decir no, avanzaron al fin, cerrándose como garras alrededor del sobre para acabar rasgándolo, dejando al descubierto la sentencia de la misma manera que el tajo del cuchillo del carnicero deja a la vista las vísceras del animal al que ha abierto en canal. Tiró el papel doblado en tres sobre la mesa. Quería leerlo, deseaba terminar de una vez con aquella mala historia, pero era algo tan definitivo, tan sin retorno, que prefirió beber un whisky antes. Sacó la botella del estante y se sirvió una ración generosa sin avergonzarse. Iba por el segundo trago cuando recordó a su padre. La mirada escapaba de los ojos del viejo, se hundía definitivamente en un pozo profundo, pero algo detrás de ella generaba un brillo, un querer quedarse, y él trataba de rescatarlo, de aislarlo del misterio, no para que volviera a la vida, sino para decirle las cosas del tintero, hacerle entender que no recordaba ninguna caricia suya, que al fin de cuentas el “vas a ser mi ruina, me vas a terminar matando” se había probado falso, porque era la ruleta de la enfermedad la que lo arrastraba y no él, quien no había sido el peor de los hijos y sí, en cambio, el único presente a la hora de la despedida. El viejo parecía comprender y querer decirlo, por lo menos sus labios se movían a medida que el brillo se iba extinguiendo. La espera resultó vana, el acto de justicia, como antes, como siempre, no llegó, y él deseó una vez más insultarlo, pero como de costumbre se abstuvo. Esperó el final en silencio. Cuando la boca muy abierta y los ojos fijos en el techo le indicaron que no había nada que hacer, miró al desconocido tendido en la cama, sacudió la cabeza como despedida, abrió la puerta y ganó la calle. Caminó sin rumbo con la certeza de que su destino era un intento desesperado por tratar de retener a Olga, incluso a sabiendas de que su tiempo se había agotado.

El café se enfriaba en la taza y el humo del cigarrillo chocaba contra el cristal empañado de la ventana.
—Me duele haber nadado tanto para morir en la orilla –decía una voz a la que le costaba reconocer suya.
—Las orillas están llenas de muertos -contestaba ella inapelable, moviendo la cabeza en un gesto de afirmación innecesaria, porque él, acorralado, sabía que tenía razón, que no basta con nadar, y en ese instante sólo ansiaba estar lejos o ser alguien diferente, profundo, con una historia vital coherente y argumentos justos.
Las letras seguían allí, quietas en el papel, indiferentes a su importancia, diciendo desde el fondo de su aparatosidad usted no tiene nada, o al menos, si lo tiene, probablemente pasará sin mayores consecuencias. Quedó petrificado. El castillo de naipes de los primeros dolores, de las pocas ganas de comer, del adelgazamiento, después las sospechas y la posterior cuesta abajo, se derrumbaba. Un calor le inundó el cuerpo. Tuvo deseos de gritar y por primera vez en meses escuchó los sonidos exteriores, la vida más allá de la ventana, y las hojas amontonadas sobre el escritorio -su trabajo rutinario, sin importancia más allá del dinero que generaba- comenzaron a cobrar sentido y a reclamarlo.

Asumido el nuevo escenario, el hálito de confianza y seguridad se fue extinguiendo poco a poco. La muerte no estaba a la vuelta de la esquina, pero el duro oficio de vivir volvería a buscarlo apenas pasara la euforia de la buena noticia y el alcohol. La aguja de la depresión asomó de nuevo como una presencia inevitable. Tratando de huirle rompió el papel en pequeños pedazos y abrió la ventana.


Nota de la Redacción: los poemas y el cuento publicados corresponden al libro Los árboles sin bosque (Ediciones Carena, 2010). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento al director de Ediciones Carena, José Membrive, por su gentileza al facilitar la publicación en Ojos de Papel.
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