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Juan Manuel López Hernández (foto de Jesús Martínez)

Juan Manuel López Hernández (foto de Jesús Martínez)

    AUTOR
Juan Manuel López Hernández

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Barcelona (España), 1951

    BREVE CURRICULUM
Docente de nuevas tecnologías. Es autor, entre otros, de los libros Tres mentiras y una negación, Boceto comentado de un personaje sin nombre, Ciutat Meridiana, Un sueldo cada mes, No sujetar las puertas y La comuna de Lugares




Opinión/Entrevista
Entrevista a Juan Manuel López Hernández, autor de Los mil días
Por Jesús Martínez, miércoles, 01 de diciembre de 2010
La verdad

Que nosotros sepamos, sólo hay dos hombres, hoy, ahora, en la Gran Barcelona, que puedan decir que escriben porque piensan, juntando las dos cosas en un único sentido, y que escriben como nosotros creemos que Juan Marsé plancha su ego, con respeto, con humildad, con modestia, con apego al terruño. Estos dos hombres son Juan Manuel González Lianes, con su Quimera del lector absorto, el auto sacramental de los Lectores Compulsivos, y Juan Manuel López Hernández (“simplemente digo que nací en el Hospital Clínic para evitar que me pregunten por nacionalismos”, 1951), complaciente, transigente, amontillado, con una cazadora de piel de vaqueta y las orejas dispuestas a escrutarlo todo como dos potentes receptores, que acaba de publicar su primer libro de relatos, Los mil días. El resto, paja. Con perdón. Los juanes se ha prodigado en las letras. “¿Que quienes son mis referentes? La Generación del 50: Carlos Barral, [José Manuel] Caballero Bonald y los hermanos Goytisolo, sobre todo Luis, autor de la tetralogía Antígona.” Y Juan Goytisolo. Otro Juan. Otra jota.
“Los mil días porque si te pones a contar hasta mil nunca llegas al final. La realidad y la verdad son muy distintas. Esta es la historia de mi generación. La Barcelona que nos contaron era de mentira.” Este podría ser el principio de los veinticuatro relatos que conforman Los mil días (Ediciones Carena, 2010) pero sólo es el pensamiento crítico de un hombre de moral intachable que no se cayó del burro ni se subió al carro de los vencedores. El verdadero principio, borrando lo anterior, es el siguiente: “Por aquellos tiempos, los payeses que tenían las huertas junto al río las defendían provistos de escopetas cargadas con sal”. Una frase que podría haber salido de la enteca obra de Según sentencia del tiempo, de Gil de Biedma. Las frases no se le han dado mal. Jaime López, el sexto hermano de Juan Manuel (diez vástagos), regenta el bar Jaime, situado en la calle de Joaquín Costa, justo debajo del archivo de la CNT (en su biblioteca, La Escuela Moderna, de Francisco Ferrer i Guàrdia). Él regala frases como Cortázar desmontaba sus cronopios. Las escribe en la pizarra, como un menú gratuito del día (las editó la firma Anagal). Del tipo “Entre la guerra de Vietnam y un plato de judías…”.

Aquellos hombres sabían que la criatura tenía hambre.

Es así que la biología se retuerce, busca incansable el más mínimo resquicio, el más improbable descuido para sobrevivir.

Todo lo hace soportable y a todo se acomoda la mente sujeta a la triste carne, a las ganas de comer.

Quizá las oraciones de Jaime y de Juan Manuel, conjugadas con la pasta de nueces de sus convites, les venga de su padre, Antonio, que renació de las cenizas de la tuberculosis cuando salió de un campo de concentración fascista y emigró a las barracas de General Sanjurjo, en las que los maquis se criaban como chinches. El padre, empleado en Toallas El Oso, les dijo: “Las cosas han de ser verdad o no son bellas”.
 
La verdad de Juan Manuel López Hernández son esos mil días que uno no puede dejar de contar. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós…

Educado en la escolanía de la catedral de Barcelona, bajo la bóveda de cañón del aula, los misales le echaron el lazo, y desde entonces reverencia la literatura, la estética del libro y su notable mecanismo de entrega (“el libro es la máquina más bonita y nunca se quedará obsoleta”). Nos habíamos quedado en el crucero del templo: “Pero si entras por el claustro, a mano derecha, está el carrión, y debajo está la sacristía. A mano derecha, y hace 40 años, aquí se guardaban los misales, lo que más admiraba. Pasaba esas páginas grandes, miniadas, embelesado, pero las monjas me los quitaban de encima”.

Lectura del libro del Éxodo: 12, 1-8. 11-14

En aquellos días, el Señor les dijo a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: "Este mes será para ustedes el primero de todos los meses y el principio del año. Díganle a toda la comunidad de Israel: 'El día diez de este mes, tomará cada uno un cordero por familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con los vecinos y elija un cordero adecuado al número de personas y a la cantidad que cada cual pueda comer. Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito […]’.”

La verdad es que se hizo monaguillo de verdad, aunque parezca mentira. Acólito en el altar, el monaguillo Juan Manuel alisaba la sotana roja, sacaba del sagrario el copón de metal bruñido, pasaba el cepillo para recoger la cosecha de rubias... En el obispado, comía pastelitos y veía Marcelino, pan y vino. Ya después, alcanzada la mayoría de edad, frecuentaría la parroquia de San Cristóbal, en la Seat, en la Zona Franca, donde podría haber conocido a Francesc Candel (“la pelea”), otro monaguillo, a quien leyó profusamente antes incluso de que este tecleara en su vieja Olivetti (Han matado un hombre, han roto un paisaje; Hay una juventud que aguarda; Échame un pulso, Hemingway; Els altres catalans…). La verdad es que, separados, ellos convivieron juntos, igual que con los otros juerguistas de la Generación del 50, vigilantes de la playa (Ignacio Aldecoa, “por supuesto”; Francisco Brines; Juan Benet, con su Volverás a Región…). Lo digo porque, y es verdad, todos ellos acabaron echándose las cartas y unos vinitos, en el Chino, el muladar de los literatos con mollera, entre concurrentes ignaros: “La del Chino era una Barcelona amarga y brutal. Claro, si tenías pasta, era otra Barcelona”.

La Barcelona de verdad la vivió bien (“conozco las Casas Baratas, pero el centro no existe como barrio; para mí, la civilización existe gracias al esfuerzo abnegado y tenaz del colectivo”), y la vivió quien fuera y es su pareja sentimental y compañera, Susana Larrosa, a quien le dedica Los mil días. “Ella ha trabajado como educadora social en los Hogares Mundet, por encima de la Ronda de Dalt. En el franquismo, aquello era un horror…”

La verdad es que, a todo esto, Juan Manuel escribía casi diariamente, como si él fuera un mercado con altibajos en los precios y la lírica un calmante contra la inflación. Escribía, pero no publicaba, por un pudor existencial que autores menos versados en la lengua y malos de cojón no tuvieron reparo en saltarse a la torera. Carmen, Jorge, Mari Pau, escuchad: “Yo siempre he buscado la manera de sacar adelante tu obra sin meterte en la parafernalia del espectáculo”.

En su morral caben su profesión de electricista autónomo y sus clases de automatización e informática (“especializado en maniobras”), sus cajetillas de cigarrillos, sus infusiones, su Smartphone de Nokia (para los borradores de los textos) y sus novelas La comuna de Lugares, sobre un Don Quijote inmigrante; Tríptico, sobre las decepciones de la era moderna (tantas que ha gastado 252 folios), y Sedimento, una trilogía autobiográfica. Como a Pitágoras, le gusta el número tres. Como a los Reyes Magos. “Además, el triángulo es la figura perfecta”, añade.
La verdad es que acabó tan desengañado, en las Hurdes de sus pecados irreprimibles (sinceridad, honestidad, laboriosidad… Lo que el poder corrompe), que, sin saber cómo, asistió, en la noche de otoño de los sótanos de Sant Medir, a la fundación de Comisiones Obreras, en 1964.

Hace poco volvió a la catedral de Barcelona, a sus piedras envejecidas —que buscan quien las apadrine—, a sus cúpulas, a sus imágenes talladas con finura y piadosa devoción, a los arrozales de sus cirios gruesos como jarcias. “No me dejaron entrar. Les dije que yo había estudiado cinco años de mi vida allí. Pero me pedían tres euros para acceder al recinto”, ratifica Juan Manuel, que transita por la complejas delimitaciones, en la medianía de sus sentimientos opuestos. “Les monté un número que pa’ qué.”

La verdad es que Juan Manuel, como recitaba Blas de Otero, “nació para narrar con estos labios que barrerá la muerte un día de estos”. La verdad, y la realidad, es que nada es absolutamente verdad, ni siquiera el perdón póstumo a Jim Morrison. Ni siquiera existe Dios, desde luego no el Dios de Ratzinger; quizá sí un dios en minúsculas, cuyo nombre empiece por jota. Ni siquiera son verdad los números de Pitágoras.

…veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres, treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, y treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta, cincuenta y uno, cincuenta y dos, cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco, cincuenta y seis, cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta, sesenta y uno, sesenta y dos, sesenta y tres, sesenta y cuatro, sesenta y cinco, sesenta y seis, sesenta y siete, sesenta y ocho, sesenta y nueve, setenta, setenta y uno, setenta y dos, setenta y tres, setenta y cuatro, setenta y cinco, setenta y seis, setenta y siete, setenta y ocho, setenta y nueve, ochenta, ochenta y uno, ochenta y dos, ochenta y tres, ochenta y cuatro, ochenta y cinco, ochenta y seis…

Juan Manuel tiene razón. Imposible contar hasta mil.
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