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Juan Manuel López Hernández: <i>Los mil días</i> (Ediciones Carena, 2010)

Juan Manuel López Hernández: Los mil días (Ediciones Carena, 2010)

    AUTOR
Juan Manuel López Hernández

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Barcelona (España), 1951

    BREVE CURRICULUM
Docente de nuevas tecnologías. Es autor, entre otros, de los libros Tres mentiras y una negación, Boceto comentado de un personaje sin nombre, Ciutat Meridiana, Un sueldo cada mes, No sujetar las puertas y La comuna de Lugares




Creación/Creación
Juan Manuel López Hernández: Los mil días
Por Juan Manuel López Hernández, miércoles, 1 de diciembre de 2010
Los mil días, de Juan Manuel López Hernández, son 24 relatos cuyo nexo cuenta con tres ejes: el tiempo, el lugar y la equidistancia entre la pasividad y la rebeldía con que se posicionan los personajes que articulan las distintas historias. El tiempo. Definido por lo que está pasando, no por una cifra. En singular, ese en concreto, el único que pudo contener a aquella gente y aquellos gestos… El lugar. Distrito de Nou Barris de Barcelona. Actor transversal. Como el tiempo, es la réplica de este, lo que no varía. Referencia no solamente de las coordenadas geográficas, también de las sociales. Los personajes. Como queda dicho, no son héroes porque hacen lo único que pueden hacer: intentar sobrevivir de la forma más digna posible. Tampoco cobardes, ya que, dado el caso, estarían dispuestos a cualquier barbaridad.

ARMAS PARA LOS VENCIDOS

Por aquellos tiempos los payeses que tenían las huertas junto al río las defendían provistos de escopetas cargadas con sal. El puente de Santa Coloma todavía no estaba construido y en la Trinidad sólo habían las cuatro casas del camino a los huertos, la parroquia y los establecimientos junto a la Carretera de Ribas. Ni siquiera estaba construida la estación eléctrica con todo el tinglado de cables y torres metálicas. El paseo de Torras i Bages era poco más que un camino de carros que, a la altura de los cuarteles, desembocaba en la desdibujada carretera que desde Horta llegaba, vadeando el río Besós, hasta Santa Coloma.

Por esa zona se había instalado y seguía instalándose gente desplazada por razones más o menos relacionadas con la guerra. En cualquier caso gente necesitada, cuyos hombres, una vez recogida la familia en algún rincón, se perdían por la ciudad ofreciéndose para cualquier trabajo.

Aquel chaval no tendría más de doce años y venía de las barracas del otro lado de las vías, más allá de los huertos y del río. Buscando que comer. Los chicos solían hacer trabajos puntuales a cambio de un plato de comida o un bocadillo. Aquel se paró frente a la puerta que, durante el verano, se mantenía abierta para garantizar la ventilación del comedor o cantina de los suboficiales. Eso quedaba al otro lado de la carretera, frente al taller. Además acertó con la hora del almuerzo, cuando el local rebosaba de soldados o tristes víctimas de la guerra, ellos también, por más que celebraran, una a una, todas las macabras ceremonias de los vencedores. Aquellos hombres sabían que la criatura tenía hambre. Le hicieron atarse el faldón de la camisa a la cintura y ajustarse, marcando el culo, los holgados pantalones que llevaba puestos. De tal guisa le hicieron torear una especie de unicornio simulado con el palo de una escoba. Al más pequeño descuido del chaval, le hincaban entre las nalgas aquel improvisado cuerno. Eso les hacía reír a carcajadas. El niño también reía. Cuando se hartaron le dieron un trozo de pan y una morcilla. Al confirmar la vianda entre sus manos el chico salió corriendo inesperadamente, sin parar hasta los cañaverales de junto a las vías y allí, en cuclillas, se lo comió.

En una ciudad ocupada, derrotada, llena de uniformes y símbolos que hasta muy poco tiempo atrás eran los del enemigo, por más que la gente intente admitir lo que ha ocurrido, por más que intente reconstruir la normalidad, por más que asuman la inapelabilidad del destino, éste, el Destino, va adquiriendo el rostro, el gesto, los hábitos y la presencia del vencedor. Hasta que la ciudad entiende que la derrota consiste precisamente en eso, en que nunca, nada, volverá a ser igual. Así aquellos suboficiales, fieles a su papel de máquina destructora. Así nuestra impotencia de adolescentes, de ciudadanos de una ciudad vencida, frente a aquel espectáculo, allí en nuestras narices, delante del taller. Acaso sólo unos adolescentes son capaces de, si más no, provocar a semejante dios. Al día siguiente el chaval volvió y también aquella juerga lamentable. La cosa se fue repitiendo algunos días más. Siempre el mismo espectáculo. Incluso una de las veces, en que el cocinero le dio directamente algo de comer antes de que la caterva tuviera alguna ocurrencia, aún y así, cuando el chaval cogió la comida, salió corriendo hasta llegar a las cañas de junto a la vía.

Es así que la biología se retuerce, busca incansable el más mínimo resquicio, el más improbable descuido para sobrevivir. Todo lo hace soportable y a todo se acomoda la mente sujeta a la triste carne, a las ganas de comer. ¡Qué bien conocían el mecanismo aquellos expertos en el soez licor de la victoria! Y que rápido aprendió su parte el crío: cada día a la misma hora, poco antes de colarse dentro, paraba y, con la precisión de un profesional, ajustaba sus ropas al gusto de los comensales.

Fue en una de esas mañanas, cuando los suboficiales iban llegando y se paraban, con la impronta de los gallos en su corral, a liar cigarrillos en la puerta de la cantina. Mi hermano, inopinadamente, sin poder soportar aquella presión que nos hacía sentir cobardes, se plantó en medio de la acera y chilló: "Malparits!". Sea porque los suboficiales no sabían catalán o por la rápida reacción de mi padre, que tras propinar a mi hermano una sonada bofetada, nos metió a empujones dentro del taller, la cosa quedó como si se tratara de una disputa entre padre e hijos.

Al día siguiente, poco antes del mediodía, nos envió a esperar al chaval con una fiambrera y el encargo de que, una vez hubiera comido, le acompañáramos a casa de los Martí, en La Sagrera. Ellos le darían trabajo.

Sí però, pot ser que no vulgui. –objeté yo.

Doncs us torneu i en pau. Nosaltres no podem fer-hi res més.

¡És clar que voldrà! –zanjó mi hermano, siempre más decidido que yo.

Se comió el caldo con un envidiable trozo de tocino y un cacho de pan negro que nuestra madre le había puesto. En cuclillas, como era su costumbre. Después nos acompañó, no sin cierto recelo, callado, encogiéndose de hombros a nuestras preguntas. El hermano mayor de los Martí le preguntó si había comido y como el chaval contestara que sí le mandó limpiar, con unos trapos, la grasa de unas piezas de madera que me parecieron moldes de sombreros. Los Martí eran dos hermanos que hacían eso, fabricar moldes. Cuando nos íbamos el chaval nos miró arqueando las cejas, como buscando en algún rincón de su cerebro la forma de la sonrisa. Ahora ya había entendido.

A la mañana siguiente justo cuando mi padre tiraba del portón del taller, lo vimos pasar muy serio y decidido, nos miraba sin hablar ni gesticular nada. Mi padre le hizo parar y agarrando mi bocadillo se lo dio, él no llevaba nada para comer:

–¡Té noi, que amb la panxa buida no es treballa! –El chaval lo cogió sin reparo y continuó su marcha.

La escena se repitió las siguientes mañanas pero sin dejarme a dos velas: nuestra madre le preparaba a él también un bocadillo. El lunes siguiente oímos, yo creo que por primera vez, su voz:

–Mi madre me ha dicho que muchas gracias por todo. –Rechazó el bocadillo que le ofrecía nuestro padre y enseñó el que le había preparado la suya. A continuación siguió, igual de ligero, su camino.

El dissabte li pagaren… –murmuró con cierta emoción nuestro padre. Después estuvo toda la mañana gastando broma y no sólo pidió a mi madre que preparase uno de aquellos milagrosamente deliciosos arroces a la cazuela, también sacó el vino de los domingos y brindó por lo que él llamó ‘pequeña victoria’. Por la tarde nos dio fiesta y dinero para tomarnos una gaseosa en la plaza Orfila.

Así lo hicimos. Por primera vez en bastante tiempo, emprendimos el camino hacia Sant Andreu con la alegría de los domingos o de las fiestas mayores. Nos sentamos en el bar, junto a la iglesia. En una de aquellas mesas de mármol, redondas y ribeteadas de metal. Admirados del funcionamiento y radical eficacia del arma que habíamos aprendido a utilizar. Un arma capaz de arrebatarle la presa a los temibles ejércitos victoriosos.

Nos sentamos con las piernas abiertas, el codo sobre la mesa y un cierto ladeo en la mirada al pedir el par de gaseosas. Tal y como habíamos visto hacer, cuando éramos muy pequeños todavía, a los obreros de la Fabra i Coats. Se sentaban en aquellas mismas mesas tras doce o catorce horas de trabajo y, como cada tarde, le ajustaban las cuentas al mundo.



Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Carena en la persona de su director, José Membrive, la gentileza por permitir la publicación de este fragmento del libro de Juan Manuel López Hernández, Los mil días (Carena, 2010). 
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