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Juan Jacinto Muñoz Rengel: <i>De mecánica y alquimia</i> (Salto de Página, 2009)

Juan Jacinto Muñoz Rengel: De mecánica y alquimia (Salto de Página, 2009)

    TÍTULO
De mecánica y alquimia

    AUTOR
Juan Jacinto Muñoz Rengel

    EDITORIAL
Salto de Página

    OTROS DATOS
Madrid, 2009. 155 páginas. 15,95 €




Reseñas de libros/Ficción
Juan Jacinto Muñoz Rengel: De mecánica y alquimia (Salto de Página, 2009)
Por José Cruz Cabrerizo, lunes, 1 de marzo de 2010
Los futuristas de Marinetti, aquellos que al grito de “Vengan los incendiarios con sus dedos de petróleo” clamaban que había que quemar las bibliotecas, no habrían tenido nada que hacer como bomberos de Fahrenheit 451 en mi barrio. Porque en el barrio ultraperiférico donde pasé mi infancia y mi juventud no había biblioteca. Y en el colegio del barrio ultraperiférico donde acudía, solo contábamos con una biblioteca que ocupaba un desvencijado armario de unas proporciones menores que las de un portero de discoteca, y que siempre permaneció cerrado, como el cerebro de alguno de estos. Por más que gritáramos “¡Ábrete sésamo!”, de sus estanterías jamás se descolocó ningún volumen. De modo que nunca pude experimentar la orgásmica sensación que a, poco que le pregunten, cualquier escritor/a siempre declara haber sentido en su infancia leyendo tal o cual clásico. Es así que Kafka me metamorfoseó siendo ya un adolescente maduro, a Joseph Conrad me lo metí entre pecho y espalda a raíz de una operación que sufrí en mi edad adulta, y Tolstoi me deslumbró hace apenas unos meses.
Quiero decir que a mí esto de la lectura me pilló demasiado mayor, con la imaginación caducada, con la paciencia arrugada como una pasa, con la capacidad de asombro abotargada.

Volviendo a lo de antes, lo que ya no sé es si los futuristas querían pulirse todos los libros, o si elaboraron un particular index librorum prohibitum. En ese caso deberían haber registrado este De mecánica y alquimia de Juan Jacinto Muñoz Rengel, que contiene dentro de sí suficiente material inflamable. Baste citar como ejemplo un relato que recibe el nombre de “El libro de los instrumentos incendiarios”. Creo que leyendo esta obra me han quemado las llamas neolíticas, me ha llegado ese placer primigenio que se origina en la noche de los tiempos de la primera lectura infantil/juvenil (la que nunca tuve). Creo además que esta colección de relatos De mecánica y alquimia maniobra sabiamente sobre los resortes del mecanismo del relato atemporal con unas dosis de inventiva en las tramas impensable hasta ahora (o al menos hasta donde yo he leído). Eso no admite más explicación, tendrán que leer el libro. Pero lo que sí sé decir es que agarra unos temas archisabidos y manidos hasta el hartazgo (el tiempo, su imposible dominio, el afán humano por gobernar al semejante y a la naturaleza, el tiempo futurible...), les arma un esqueleto clásico en la forma, y saca un producto totalmente distinto a partir de un soplo de aire sin viciar, de una descarada modernidad, y de una fresca humanización de los personajes.

En el relato ya citado, en el Toledo medieval de “El libro de los instrumentos incendiarios”, Alí al Mustansir es “jefe de policía”, no su homónimo de aquel tiempo, término que el autor seguro podría haber encontrado y usado sin dificultad a poco que investigara la etimología de la palabra. Si la ambientación del relato es tan completa y cuidada a qué viene un guiño como ese. Pues no se adivina, pero le da un toque pinchoso, provocador, ligero, al relato. Y luego además esa especie de sargento Colombo se pone bien cachondo mirando a Raqiyya, extrañamente moderna para aquel tiempo, liberada hija del desaparecido escriba del rey que además le va a acompañar en su investigación del misterioso suceso. Y en un momento dado parece que estamos viendo en acción a Julia Roberts y Nick Nolte en Me gustan los líos. Pero a uno tanto se le da lo que parezca. Se encuentra a gusto metido en ese torbellino queriendo que por nada del mundo le interrumpan la lectura con el “papá quiero cenar” o que el teléfono suene con un comercial de telefonía del otro lado; está en ascuas.

Los textos desde luego tienen los pies en el suelo, son historias nutricias, que colman las esperanzas que el lector deposita en ellas. Un principio, una expectativa que se abre, un desenlace y un final

En mi cortedad analítica, diré que me parece a mí que Muñoz Rengel le ha echado al asunto una cara dura necesaria, y se ha cargado a base de muchos teclazos de ordenador, uno, el tocomocho que nos quieren endilgar como relato moderno modernísimo: atmósfera gaseosa hasta la asfixia, temática etérea-inasible-irreconocible, quincallería de palabras bien colocadas, y un globo que se deshincha. Ni siquiera el más “brumoso” de todos (“El faro de las islas de Os Baixos”) adolece de esos defectos, sino que más bien es un relato donde se produce un “cortocircuito cuántico”.

Eso lo primero, porque sus textos desde luego tienen los pies en el suelo, son historias nutricias, que colman las esperanzas que el lector deposita en ellas. Un principio, una expectativa que se abre, un desenlace y un final. Punto. “El relojero de Praga”, sin ir más lejos.

Dos, se cepilla algunos pilares maestros del corpus teórico que siempre se ponen en la cocina del narrador breve: pecado abrir temas colaterales, pecado mortal amalgamar en el relato sustancias narrativas diferentes. Y va él y nos sumerge en un relato (que si fuera un software sería un programa ejecutando indefinidamente una subrutina), en el que se mezclan Frankestein con los Gólems, metaliteratura con cómplice desesperanza de escritor, una narración con un coeficiente de escorrentía difícil de determinar; el lector no sabe si debe seguir pensando en lo que acaba de leer o si empezar a reflexionar sobre lo que está leyendo, pero eso sí, en ningún momento se siente perdido, simplemente se deja arrastrar por la corriente, por qué estoy leyendo otra vez lo del bacalao con patatas… “El sueño del monstruo”.

El balance se inclina tanto del lado de los relatos imprescindibles que eso es lo que le queda al lector al final de la lectura: la envidia insana que provoca gente con una imaginación como la que el autor tiene a bien lucir

Dos bis, regla que dice “Todo debe quedar claro desde el principio”. “Te inventé y me mataste” manda esa convención a tomar por saco. Para mi gusto el mejor de los once. Una fantasía descabellada (aunque eso no es decir nada, porque toda fantasía lo es), un relato río con unos toques de cordura que lo hacen tan verosímil como el golpe que Alí al-Mustansir y Raquiyya reciben en la cabeza, porque otro de los juegos de este libro es la relación existente entre las diversas piezas que aconsejan una lectura lineal (esto no es ninguna revelación, ya lo dice el propio autor en el proemio al lector).

Aunque “Lapis Philosophorum” tampoco tiene nada que envidiarle al anterior, bocatto di cardinale (o “tetas de monja”, que diría un amigo de mi barrio, aquel donde no teníamos biblioteca ni nunca tropezamos con un latinajo).

El escolio final es otro de los juegos “malvados” de este libro. ¿Qué seria la literatura sin diversión? No intente leerlo así, a pelo, o este escolio le producirá escoliosis por aquello de buscar posturas de faquir para poder decodificarlo. Solo hay dos sitios posibles donde el texto cobra todo su sentido: en Corporación Dermoestética, o en su propia casa, porque necesitará un espejo.

El tal escolio debería referir alguna advertencia sobre cómo aplacar la envidia. El balance se inclina tanto del lado de los relatos imprescindibles (solo “Res cogitans”, “Brigada Diógenes”, y “Pasajero 1/1” me han dejado un poco más indiferente por cuanto no sé ver en ellos más que una función de soporte estructural) que eso es lo que le queda al lector al final de la lectura: la envidia insana. La que provoca gente con una imaginación como la que el autor tiene a bien lucir. ¡Vengan los incendiarios con sus dedos de petróleo!
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