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Enrique Vila-Matas: <i>Dublinesca</i> (Seix Barral, 2010)

Enrique Vila-Matas: Dublinesca (Seix Barral, 2010)

    TÍTULO
Dublinesca

    AUTOR
Enrique Vila-Matas

    EDITORIAL
Seix Barral

    OTROS DATOS
Barcelona, 2010. 327 páginas. 19 €



Enrique Vila-Matas en 2005 (fuente: wikipedia)

Enrique Vila-Matas en 2005 (fuente: wikipedia)


Reseñas de libros/Ficción
Enrique Vila-Matas: Dublinesca (Seix Barral, 2010)
Por Justo Serna, jueves, 1 de abril de 2010
Los faldones se agitan como si de una capa se tratara. Un individuo, elegantemente vestido con sombrero y abrigo, corre. Parece tener prisa aunque muestra una cierta vacilación. Lo vemos desplazarse extendiendo la mano izquierda, como si con ello quisiera tener cerca un punto de apoyo, una pared a la que poder asirse en caso de traspié. La fotografía, muy inspiradora, sirve de ilustración a la cubierta de Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. Es una imagen en blanco y negro de perfiles imprecisos. Encierra un enigma: alguien marcha apresuradamente, con inseguridad, tanteando lo que se le viene encima, lo que es referencia o estorbo, orientación u obstáculo. El retrato podemos tomarlo como un reclamo gráfico, como una invitación a adentrarse en la nueva novela de Enrique Vila-Matas. ¿Es sólo ornamental?
En los libros de este escritor no hay nada simplemente decorativo. Algo querrá decir esta imagen y algo tendrá que ver con sus contenidos. Aceptemos, pues, la evidencia: un individuo corre hacia alguna parte, avanzando por un camino de piso irregular. Por ello, la instantánea podemos tomarla como una instrucción de lectura, como una clave que el autor y el editor nos facilitan para interpretar lo que en sus páginas se cuenta, algo que le pasa al personaje principal. ¿Y qué es lo que le sucede? Si aceptamos la fotografía como metáfora de lo que le ocurre al protagonista, entonces representa un viaje. En efecto, el personaje, un tal Samuel Riba, editor barcelonés ya retirado, emprende con varios amigos escritores una visita. Se trata de marchar a Dublín, la ciudad en la que está localizado el Ulises, de James Joyce, el lugar del Bloomsday: 16 de junio. El motivo del desplazamiento es ése precisamente: festejar dicha efeméride, la jornada en que transcurre la novela de Joyce, y celebrar algo más. ¿Qué cosa?

Riba es ya un sesentón que se ha deshecho de su sello de culto, una editorial de prestigio que ha prosperado publicando libros literarios, propiamente literarios. Es un logro que todos le reconocen, una audacia en tiempos tan mercantiles o fenicios. Se ha pasado media vida dando a conocer obras arriesgadas, novelas experimentales, osados tanteos de autores minoritarios. En vez de quedar a merced de la corriente, Riba ha sabido ser original. Así nos lo dice el narrador de Dublinesca, alguien que no se identifica ante el lector, alguien que cuenta desde la perspectiva del editor retirado. Sólo alguna vez se expresa desde el yo, empleando una primera persona del singular que no sabemos a quién se refiere. El narrador describe las circunstancias del protagonista, su matrimonio con Celia, sus relaciones de dependencia con los ancianos padres, sus estados de ánimo, sus remontadas o caídas; detalla sus pensamientos, sus fantasías, su meta obsesiva y quizá liberadora: el viaje que le permita celebrar el Bloomsday y… algo más.

El viaje a Dublín es, por una parte, una carrera quizá terminal y, según dice una y otra vez, un réquiem por la cultura de Gutenberg, un adiós al mundo de la imprenta

Pero Riba no se conoce, según declara a La Vanguardia y nos reproduce el narrador. “Mi catálogo editorial”, confiesa, “parece haber ocultado ya para siempre a la persona que está detrás de los libros que fui publicando. Mi biografía es mi catálogo. Pero falta el hombre que estaba ahí antes de que me decidiera ser editor. Falto yo en definitiva”, concluye. Publicar (y escribir libros) acaba tapando el yo potencial que no ha sido revelado, que se ha materializado en el catálogo, precisamente. “¿Quién era el que estaba ahí antes de que empezara a editar?”, se pregunta el narrador explicitando pensamientos de Riba. “¿Dónde se halla esa persona que gradualmente fue quedando oculta tras el brillante catálogo y la sistemática identificación con las voces más atractivas del mismo?”, insiste esa misma voz.

El viaje a Dublín es, por una parte, una carrera quizá terminal y, según dice una y otra vez, un réquiem por la cultura de Gutenberg, un adiós al mundo de la imprenta, una despedida de editor. Parece escéptico y sólo Irlanda –el emblema de la literatura que se consuma en Joyce— tal vez le devuelva otra forma de vida. Ha estado enganchado al alcohol y ahora está atrapado en la red digital, viviendo como un hikikomori, como alguien ajeno al mundo. La acción de Dublinesca transcurre en los meses de mayo, junio y julio de 2008. ¿Cómo lo sabemos? En algún momento, el narrador nos proporciona referencias inequívocas: por ejemplo, cuando ocurre la acción acaba de celebrarse el referéndum irlandés sobre el Tratado de Lisboa, consulta que tiene lugar el jueves 12 de junio de 2008.

Pero dejemos de momento a Riba para regresar a la fotografía de la cubierta. Eso nos permitirá pensar en el escritor que imagina esta historia: Enrique Vila-Matas. En ese caso, la instantánea del hombre elegante, la del hombre que corre, podríamos tomarla como una alegoría del autor, de sus avatares personales: un tipo viajero, sí, pero sobre todo un Enrique Vila-Matas que sufre un colapso renal en 2006 y del que por poco no sale, un gravísimo patatús que lo transforma, como si hubiera experimentado una transfiguración o una muda, algo de lo que deja constancia en sus obras de 2007 y 2008: Exploradores del abismo y Dietario voluble. “Estoy seguro”, leemos en una página de Exploradores…, “de que no habría podido escribir todos esos relatos si previamente, hace un año, no me hubiera transformado en alguien levemente distinto, no me hubiera convertido en otro. Justo es decir que el cambio se produjo con una sencillez abrumadora. Un colapso físico, acompañado de una rápida pérdida de peso, contribuyó a ello”. Ser otro, cambiar, transformarse, vaciarse: la experiencia de un viaje profundo que alguien realiza para, propiamente, ya no volver igual: una depuración casi absoluta. Esa impresión la reiterará en alguna página de Dietario voluble.

El personaje y el autor de Dublinesca han emprendido sendos viajes: en la novela y en la vida real. Quizá por ello la imagen de la cubierta podría ser interpretada como una síntesis de ambas experiencias

“Fui a Buenos Aires con la idea de desaparecer unos días y acabé hospitalizado en el [Hospital de la] Vall d’Hebron en Barcelona. No me han quedado muchas ganas ya de volver a intentar esfumarme en un hotel argentino”, revela en ese diario. Después de dicha experiencia, la vida ha cambiado y el diarista constata algo archiconocido aunque doloroso: “¡Pero si ya sabemos que cuando muere alguien las cosas continúan existiendo, encantadoras e indiferentes: el sol, el fluir del agua, el susurro de las hojas mecidas por el viento!” En efecto, la existencia cobra otra dimensión. “Era como si viviera no para vivir, sino para ya estar muerto. Ahora todo tiene otro ritmo, vivo fuera ya de la vida que no existe. A veces me detengo a mirar el curso de las nubes, miro todo con curiosidad flemática de diarista voluble y paseante casual”, añade.

El personaje y el autor de Dublinesca han emprendido sendos viajes: en la novela y en la vida real. Quizá por ello la imagen de la cubierta podría ser interpretada como una síntesis de ambas experiencias. El hombre retratado corre e ignoramos qué precede y qué sucede inmediatamente después de ese instante. Justo como lo que nos ocurre en la vida, que avanzamos a tientas. A poco que nos tomemos en serio o con gravedad lo que nos pasa distinguiremos síntomas del Apocalipsis. Todo parece precipitarse y la pared limpia que acompaña al hombre elegante carece de indicios más o menos reveladores: la cenefa del muro no nos da pistas. Lo que ahora vemos es una información sin contexto. Fantaseemos: la fotografía puede ser el viaje de un peatón. Digo esto e inmediatamente me corrijo. Por lo común, los viajeros no se desplazan a pie; tampoco llegan a su destino corriendo. Llevan maletas, algunos bultos, aquella impedimenta que precisan para completar el periplo o aquello otro que necesitan para cuando lleguen.

La instantánea, por tanto, nos muestra otra clase de episodio. Como ya hemos dicho, la acera por la que el individuo avanza no tiene un firme liso: el propio espectador puede apreciar algunas protuberancias. Distinguimos los cantos del suelo: en cualquier momento, un leve roce puede provocarle una caída si se obstina en correr atolondradamente. ¿Atolondradamente? ¿Y por qué le supongo esa actitud? En todo caso debería preguntarme de qué huye o qué persigue. No lo sabemos. La fotografía, como la vida, es muy escueta; y su información es más enigma que dato.

Siempre hay que hacer explícitas las condiciones del relato y, por eso, en Vila-Matas hay metanarración: la hay en Dublinesca y la hay, en fin, en tantas y tantas obras con las que este novelista mezcla lo real con la ficción, la autobiografía con la invención, lo corriente con lo literario

El hombre que corre tiene el sol a su espalda, razón por la cual el rostro y toda su parte delantera quedan en penumbra. La luz proyecta una sombra sobre la pared que tiene a su costado. Vemos una figura extraña que no parece el doble perfilado. Es una figura rota, achaparrada, como un monigote: ni siquiera el resultado de una sombra chinesca. Llama la atención esa efigie monstruosa. Alguien que viste con elegancia, alguien que parece espigado y fibroso, tiene un doble que es retaco y deforme. No vemos lo que el individuo mira, pues las pupilas en penumbra nos impiden saberlo. Pero por lo que atisbamos de las pestañas parece mirar su propia sombra con el rabillo del ojo.

Así miramos nosotros al personaje de esta novela, un tipo que nos recuerda –claro— a otros tipos ideados por Vila-Matas. De todos los que podríamos convocar me quedo con Federico Mayol, el protagonista de El viaje vertical, una obra de 1999 que tiene muchas concomitancias con Dublinesca. Riba y Mayol ya están en la vejez o al menos así se viven. Ambos han tenido una vida próspera y acomodada como empresarios en la Barcelona reciente: uno, editor; y otro, propietario de seguros. Ambos tienen problemas matrimoniales: una esposa que ya está harta de sus chifladuras o de sus rutinas, según. Riba y Mayol abandonan Barcelona para emprender un viaje vertical precisamente: un desplazamiento hacia el norte, un destino que es búsqueda, conocimiento, formación y aprendizaje en la edad tardía. Ambos necesitan a un novelista que cuente sus vidas respectivas, que ponga por escrito lo que son, la razón por la que viajan y cómo han mudado. Siempre hay que hacer explícitas las condiciones del relato y, por eso, en Vila-Matas hay metanarración: la había en El viaje vertical, la hay en Dublinesca y la hay, en fin, en tantas y tantas obras con las que este novelista mezcla lo real con la ficción, la autobiografía con la invención, lo corriente con lo literario. Los libros están presentes en sus páginas como material cervantino o joyceano, como observación también irónica acerca del mundo.

En Vila-Matas no hay nada inverosímil: los personajes más estrafalarios conviven con seres obvios, previsibles. O, mejor, las situaciones más insólitas e increíbles –por ejemplo, dirigirse a Madeira o a Dublín para redimirse o hundirse definitivamente-- no son una extravagancia, sino una opción de libertad y de autorrealización. Y, además, la enunciación es siempre intertextual o expresamente plagiaria. Quiero decir: como seguidor de Borges o como admirador de Joyce, sabe que ya no puede decir nada que no haya sido dicho previamente; sabe que no puede afirmar nada nuevo que no haya sido sostenido o defendido. ¿Qué cabe hacer, pues? Entregarse al festín de la copia y a la leve modificación, al retoque creador de quien se sabe en una época saturada. Vila-Matas asume tranquilamente y sin angustia las influencias, de modo que las citas se convierten en reproducciones prácticamente literales: como así ocurre, por ejemplo, con las páginas que dedica a describir Stairway, un cuadro muy raro de Edward Hopper que sólo conoce a partir de las referencias de Mark Strand, cuyo libro sobre el pintor americano repite haciéndolas propias (aunque sin citar al autor).

¿Quién las hace propias? ¿Vila-Matas o el narrador de esta historia, esa voz interna que raramente emplea el yo? Si se repiten, insisto, palabras prácticamente literales de Strand, ¿qué operación es ésa, un plagio? Borges escribió Pierre Menard, autor del Quijote y aparentemente reiteraba lo que ya había escrito Cervantes. Joyce escribe Ulises. ¿Una novedad? Esa epifanía literaria, la de un hombre corriente en una ciudad europea un 16 de junio, ya era la recreación expresa del viaje homérico. Vila-Matas había escrito y repetido esas palabras inspiradas por Strand, cosa que podemos comprobar en Google, justamente el buscador que acaba matando al editor exquisito, minoritario, de culto: Google, ese instrumento prodigioso ante el que Riba se rinde. O no.

Me permitirán no decir nada más, que deje esta reseña con algo de niebla, como sucede al final de Dublinesca. O como ocurre en la fotografía de la cubierta: vale más lo sugerido que lo explícito, lo entrevisto que lo manifiesto. Eso es lo que exige un lector activo o un observador atento. Como dice el narrador de esta novela, “el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que exigen capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distintos al de nuestras tiranías cotidianas”. O en otros términos: “las mismas habilidades que se necesitan para escribir se necesitan para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven ellos…”

Esta novela no nos confirma, no corrobora nuestras tiranías cotidianas. Deja en penumbra muchos datos, como esa niebla final. Dependerá de cada uno si además nos despierta la emoción inteligente, la inspección vigilante, el deseo de comprender al otro, a un tal Samuel Riba que avanza por una acera rugosa, a tientas, junto a una pared que sólo tiene una cenefa como referencia.
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