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Unai Elorriaga: <i>Londres es de cartón</i> (Alfaguara, 2010)

Unai Elorriaga: Londres es de cartón (Alfaguara, 2010)

    TÍTULO
Londres es de cartón

    AUTOR
Unai Elorriaga

    EDITORIAL
Alfaguara

    OTROS DATOS
Madrid, 2010. 216 páginas. 17 €



Unai Elorriaga

Unai Elorriaga


Reseñas de libros/Ficción
Unai Elorriaga: Londres es de cartón (Alfaguara, 2010)
Por Eduardo Laporte, lunes, 1 de febrero de 2010
Unai Elorriaga publica Londres es de cartón, su cuarta obra en Alfaguara. Tras el considerable éxito de Un tranvía en SP (Premio Nacional de Narrativa, 2002), llegaron dos obras (El pelo de Van't Hoff y Vredaman) con una repercusión más discreta. La más reciente, cuyo proceso de gestación ha sido de cuatro años, parece ambicionar un salto creativo, un dejar de vivir de esas rentas estilísticas que Elorriaga ha sabido exprimir con no poco acierto, para adentrarse en temas de mayor gravedad. Así, Londres es de cartón se presenta como una novela de tipo alegórico en torno a las dictaduras y cómo éstas anulan al hombre mediante los diversos abusos en los que incurren. La aproximación a tan recurrente tema podría considerarse original, en clave ficticia, en un tono que podría recordar al Momo de Michael Ende, con sus hombres grises (cuya analogía podríamos encontrar en los carboneros). Siendo loables y atractivos tanto tema como planteamiento, a lo largo de toda la obra rezuma un excesivo aroma a novelita juvenil que contrasta con la gravedad del tema elegido. Torturas, desaparecidos, censura, escuchas, grabaciones, experimentos y demás horrores de las culturas dictatoriales más siniestras no empastan con el tono, con la tendencia naíf de la que Elorriaga parece preso. La subtrama al más puro estilo Agatha Christie de la segunda parte resulta forzada, y no ayuda a forjar una novela memorable, pese a las buenas intenciones del autor.
Creo que era El pelo de Van't Hoff cuya primera página se puede leer algo así. “Entró en el compartimento de tren. Olía a boli chupado”. Ni recuerdo la cita ni la tengo a mano, pero era algo aproximado; una capacidad para generar imágenes, para trasladar al lector a universos literarios a través de caminos nuevos, no trillados, poéticamente certeros, que le valieron a Elorriaga una rotunda entrada en el panorama literario actual. Obviamente, y podría decirse que el propio Elorriaga lo sabe, hay que cuidarse de no caer en el peligro de ser “mago de un solo truco”, como alguna vez se ha acusado a Roberto Bolaño. Quizá por eso, quién sabe, Elorriaga vuelve a la carga con una novela que apunta nuevas maneras, que quiere escapar de unos universos quizá demasiado edulcorados, más bien ajenos a realidades sociopolíticas reconocibles. Londres es de cartón presenta como una obra alegórica sobre el tema no precisamente frívolo de las dictaduras y su capacidad para crear pequeños infiernos en vida. Sin ánimo de resultar acerados, podríamos decir que el tema le queda grande a Elorriaga. Como quizá le quede grande, me temo, a todo aquel que no haya vivido en carne propia el azote de semejante estatus vital.

La novela de Elorriaga pivota sobre la desaparición de Sora, la hermana de Phineas, de la que no se tiene noticia desde hace veinte años. El regimen dictatorial, El Libro de Barda, ya es historia, pero los habitantes de esa extraña región (inglesa, entendemos), aún no se han desprendido de esa herencia del miedo que les dejó el sistema represor. Phineas y sus amigos (de nombres más propios de una pelicula de Pixar: Drava, Musone, Datos...) se reúnen casi cada día en el tejado número diecisiete (¿no sería más correcto azotea, terraza o terrado?) con un cierto ánimo conspirativo. Quieren robar unas grabaciones en la que presuntamente encontrarían información sobre el paradero de Sora. En el avance de esta operación se articula buena parte de la novela, con unos recursos literarios que, sin bien al principio atraen -la creación de una pequeña dictadura, con sus males y abusos bien delimitados-, acaban por resultar entre inverosímiles y tediosos. No hay conflicto, apenas hay acción y sí en cambio espera, resignación, dudas. También, desde un estadío más técnico, un exceso de detalles en los que Elorriaga no se luce, y que resultan inanes e irrelevantes. Pasajes como éste no son escasos a lo largo del libro:

“Drava se ha sentado en el tejado, cosa que no había hecho hasta hoy. Se ha sentado, sin embargo, en una parte en la que nunca se sienta ninguno de los cuatro. Se ha levantado un poco la falda. Ha dicho:
Buenas noches, señores.”

La sensación que tiene el lector, o al menos éste, es que Elorriaga arrancó con fuerza una novela que pretendía desenmascarar los abusos de las dictaduras, pero que luego el tema, por grande, pudo con él. Aquellos consejos de Chéjov a los jóvenes escritores: “No escribas de lo que no sepas”

Hay novelas que tiran del autor, y autores que tiran de la novela, que se dejan la piel para que aquello no se agoste, no se venga abajo, no muera definitivamente como las ascuas de una chimenea en mañana de domingo. La sensación que tiene el lector, o al menos éste, es que Elorriaga arrancó con fuerza una novela que pretendía desenmascarar los abusos de las dictaduras, pero que luego el tema, por grande, pudo con él. Aquellos consejos de Chéjov a los jóvenes escritores: “No escribas de lo que no sepas”. Así, en la página 105, asistimos a ese callejón sin salida narrativo de los que un Paul Auster es capaz de sacar petróleo (léase La noche del oráculo) y la novela toma un giro completamente distinto. Ya no estamos en los tejados post-Libro de Barda, sino en el clásico ambiente inglés de pipa y bridge, con un asesinato en extrañas circunstancias como telón de fondo. Lo que nació con pretensiones de tipo orwelliano se transforma en un relato a la manera de Agatha Christie, basado en el clásico “quién es el asesino”. El lector, al menos éste lector, no encaja bien el giro radical, como no encaja tampoco la nueva presentación de un buen puñado de personajes con los que toca volver a familiarizarse, a esas alturas. Hay también, un cambio de registro y, ya digo, un cierto desasosiego en la audiencia. Y lo peor, un ver las tripas de la ingeniería literaria, algo que a veces se intuye pero que, en este caso, se hace demasiado patente.

En una época en el que se habla, a menudo (Agustín Fernández Mallo y su Proyecto Nocilla), de artefactos literarios en vez de novelas, cabría preguntarse si tanto artefacto es lícito y necesario. Particularmente, soy de los que opina que una novela se impone al autor, que ésta quiere ser escrita y que, hasta que no lo logra, no deja descansar a quien tiene la capacidad de hacerlo. Tratar, a través de agudos ejercicios neuronales, de componer una novela sólo porque, no sé, uno ha elegido el oficio de novelista en vez del de profesor de matemáticas, me resulta inquietante. Las novelas hechas bajo este proceder podrán ser novelas, pero no literatura, Literatura con mayúsculas. Si no hay conocimiento asimilado, travestido con los velos de la ficción, me temo que perdemos el tiempo leyendo.

Hay una hermosa intención y una planteamiento atractivo de inicio en Londres es de cartón, pero la lectura resulta tirando a áspera cuando no aburrida

En un plano más pejiguero, no me convence tampoco el recurso excesivo a las citas que el autor incluye cada vez que aborda una de las cuatro partes. Resultan demasiado solemnes y ampulosas para lo que tiene trazas de novela menor. Me parece criticable también la página de agradecimientos final, como si uno viniera de conquistar Santa Clara, y se llamara Ernesto Che Guevara. Sobre todo, esto ya es un apunte paratextual, editorial, cuando estos agradecimientos figuran en la página contigua al final de la novela. Queda feo.

Elorriaga plantea con arte e imaginación las diversas situaciones que se desarrollaron durante la época del Libro de Barda, durante los innumerables atentados contra la dignidad y los derechos fundamentales de quienes padecieron aquella tiranía. Castigos tales como 'lobotomías transorbitales' y demás fechorías que atenazaban la libertad de los ciudadanos se narran con talento a lo largo de la obra. El fantasma de la desaparición, encarnada en la figura de Sora, también resulta sugerente, más aún cuando este recurso ha sido una constante en toda dictadura que se precie. Videla fue quizá el 'campeón' en este sentido, aunque otros dictadores emplearon técnicas más finas y sutiles. Fidel Castro y el envío masivo de jóvenes más o menos susceptibles de rebeldía a la liberación de Angola, país tan necesitado de ayuda como lejano.

Sin ánimo de desvelar nada al lector, resulta, en cambio, algo decepcionante que la supuesta desaparición de Sora no sea, en puridad, una desaparición.

Hay una hermosa intención y una planteamiento atractivo de inicio en Londres es de cartón, pero la lectura resulta tirando a áspera cuando no aburrida. Y la ficción, mediante el artificio, debe intentar, de alguna manera, fascinarnos, secuestrar nuestra atención. De lo contrario, nos acercaremos a las fuentes directas, más eficaces, muchas veces, en conmover e influir en nuestros sentimientos que ciertas ficciones.
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