Director: Rogelio López Blanco      Editora: Dolores Sanahuja      Responsable TI: Vidal Vidal Garcia     
  • Novedades

    Paul Preston: El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo (reeña de Iván Alonso)
  • Cine

    The Visitor, película de Tom McCarthy (por Eva Pereiro López)
  • Sugerencias

  • Música

    Bang Goes to Knighthood, CD de The Divine Comedy (por Marion Cassabalian)
  • Viajes

  • MundoDigital

    ¿Realmente hay motivos para externalizar la gestión de un website?
  • Temas

    Explicar la globalización
  • Blog

    Dylan Thomas en el Blog de Juan Antonio González Fuentes
  • Creación

    Mario Luzi: Honor de la verdad
  • Recomendar

    Su nombre Completo
    Direccción de correo del destinatario
Manuel Moya: <i>Majarón</i> (Baile del Sol, 2009)

Manuel Moya: Majarón (Baile del Sol, 2009)

    AUTOR
Manuel Moya

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Fuenteheridos (Huelva, España), 1960

    BREVE CURRICULUM
Ha publicado dos novelas, La mano en el fuego (Calima, 2006) y La tierra negra (Gualadalturia, 2009), que han obtenido un importante refrendo de público y de crítica, así como el libro de relatos La sombra del caimán, finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en 2006. Como poeta y narrador ha obtenido prestigiosos premios y figura en estudios y antologías nacionales y extranjeras




Creación/Creación
Manuel Moya: Majarón (Baile del Sol, 2009)
Por Manuel Moya, martes, 1 de septiembre de 2009
El niño aprensivo y débil que protagoniza Majarón (Baile del sol, 2009), novela de Manuel Moya, ha acabado en un reformatorio tras una experiencia familiar traumática. Acosado por unos y por otros, tendrá como única obsesión escapar del ambiente purulento que se respira en el colegio y para ello sólo parece contar con la complicidad de su compañero de cuarto, Majarón, un chico obsesionado por el sexo y los nudos marineros. Novela breve, pero de una creciente e inusual intensidad dramática que nos muestra a unos indefensos seres atrapados en un espacio donde impera el abuso y la impunidad de la fuerza.

Querido Manuel,
Cómo me alegró tu rápida contestación. De la gente de la “U***” puedo decirte que sólo he tenido pequeños contactos con Nando «El Sosqui», a partir de coincidir con él en Jerte, hará 10 años. A Alesillos, el pelirrojo, me lo encontré en el metro y me dio la impresión de que seguía siendo el de siempre, no sé si me explico. Navas me escribió una vez y me dijo que se había hecho testigo de Jehová y que andaba por Almería. También a Marino, el que se pasaba todo el rato cantando a Sandro Giacobbe, le vi durante una buena temporada, pues vivía (ahora no sé) no lejos de mi pueblo, pero luego desapareció o cambió de trabajo o de casa. Y últimamente mantuve contacto con Amarilla, que trabajaba en el hospital de Getafe, con Belenguer, que tiró para Granada. Amarilla tuvo un accidente y anda un poco cojo de una pierna, así que le dieron la jubilación y se compró un apartamento en Cullera, donde vive como Dios. Algún día iré a verle. Tampoco he sabido nada de Juárez, de Maxi o de Castaños, que creo fue alcalde de Viandar de la Vera. Un día, en el periódico, leí un artículo sobre ti y me dije que con esa cara y esos apellidos, fijo que tenías que ser quien compartía cuarto con Majarón, el que perdió la olla y luego montó la que montó —dios, aún me entran escalofríos—, y ya nada fue lo mismo. Pero, claro, tú ya no estabas para verlo y, en cierto sentido, te envidio, porque es jodido ver cómo el lugar donde has pasado los últimos cinco o seis años de tu vida se derrumba de la noche a la mañana. Del resto de compas, nada, como si se los hubiese tragado la tierra. ¿Se habrán convertido en sal, habrán perdido la llave, se habrán desvanecido? Ya sin bromas, fueron tiempos duros, pero en el fondo no nos fue tan mal. Al menos yo guardo buenos recuerdos de esos años.
RUFINO LUENGO
(e-mail, Madrid, 3 de marzo de 2006)


Entonces. Justo entonces. Entonces me prometí salir de allí aunque fuera lo último que hiciese en toda mi vida. A bocados, si fuese preciso. Estábamos los dos en la habitación. Yo con el entripado aquel que no me había dejado dormir en los últimos tres días y él a lo suyo, haciendo por milésima vez el as de guía, ¿tú te imaginas, chacho, cuando salgamos de este sitio? Si es que salimos, respondí.
—Alegría, chaval, que papá Ignacio nos mostrará el camino del cielo.
—¿El camino del cielo? El camino de las sombras, querrás decir.
La frase retumbó en mí, como si en vez de una frase fuera una piedra que cayera en el agua helada de un pozo. Booooooom. El camino del cielo y el camino de las sombras, me repetí, y de pronto me imaginé al padre Ignacio, como un pastor, con sus polainas de borrego, su zurrón, su cayado, su honda y su todo, bordeando los abismos, conduciéndonos por el camino del cielo, jo, qué gracia.
—¿De qué te ríes?
—Del fuego divino.
Desde la ventana, el pueblo parecía un lagarto pudriéndose al sol. Lo había visto pudrirse allí durante los últimos cuatro años, pero no me acostumbraba. No acababa de acostumbrarme.
—Chacho, tú te imaginas.
—¿Imaginar qué? —Respondí casi sin darme cuenta, porque mi cabeza estaba ya ocupada en otras cábalas.
—Coño, que esto se pusiera a arder de buenas a primeras, tú. Los pabellones, el jardín, el estanque, los peces... Como en unos fuegos artificiales, Troyita. Chac, chac, todo ardiendo y nosotros echando leches por esos campos de dios, Troyita, ¿tú te imaginas?, con el corazón capaz de reventarnos dentro del pecho.
Esa frase es la que se me vino a la cabeza cuando una semana más tarde —pero, dios, parecía que hubiera pasado un siglo— vi a
aquel tipo tendido sobre el terrazo. Los fuegos artificiales. Troyita, chacho, ¿no te das cuenta?, es gratis soñar. Tú lo que estás es majarón. No era aquella la primera vez que había visto a un muerto tan de cerca, a mis pies. Durante cuatro años y medio había llevado a mi padre agarrado a los huevos y ahora todo lo que quería era desprenderme de aquello, hacer mi camino, empezar en otra parte, muy muy lejos de allí. En fin, los acontecimientos se habían ido precipitando a mi alrededor de una manera que hasta yo estaba sorprendido, porque no dejaba de ser desconcertante que las cosas, generalmente esquivas, tortuosas, poniéndose siempre en contra de nuestros deseos, decidieran tomar ahora los cauces precisos que les había ido abriendo mi imaginación. Porque, de pronto, todo el horizonte nocturno que me había rodeado después de la última conversación con mi madre, se había iluminado como si acabaran de abrirlo con unos alicates. Fuegos artificiales, había dicho Majarón. Durante más de cuatro años me habían tenido allí, chapoteando en el fango, y ahora sólo me quedaba esperar a que llegaran los papeles para marcharme con los del otro ala, y allí acabar de pudrirme de una vez. Porque estaba seguro... ya nadie iba a mover un solo dedo por mí. Después de que el cielo se me hubiera caído encima varias veces a lo largo de las dos últimas semanas, era de imbécil creer en un destino distinto al que tenía asignado. Ya hablaremos tú y yo, me había soltado un par de días antes el gilis aquel y eso sólo podía significar que para mí los días en la U*** estaban contados, pero yo no estaba dispuesto a dejarme cazar así como así, y, en todo caso, tenía que concebir un plan para que, pasara lo que pasara, no me encerrasen donde los locos. Cualquier cosa menos eso. Pero no sabía cómo empezar. Después del lío que había montado mi tía, y que amenazaba con llevarse todo aquello por delante, me veía de cabeza en el mundo de las sombras. En los últimos días, todos andaban muy ocupados tratando de salvar sus culos. Pero cuando había perdido toda esperanza y me veía atravesando ese largo corredor de la demencia y del vacío, me llegó la luz. Querían caldo, pues les lloverían las tazas. El gilis, el primero. Mientras veía a Majarón hacer una vez más el as de guía o ahorcaperros, el nudo que les gusta hacer, Troyita, a los lobos de mar, me golpeó la luz como si viniera envuelta en un guante de boxeo. Y lo curioso es que esa luz, esa misma luz, había estado girando sobre mí los últimos cuatro años, y yo, a fuerza de tenerla tan cerca, tan al alcance de la mano, no la había visto hasta entonces. Dios santo, cómo no se me había ocurrido. Escaparía. Saltaría el muro de la única manera en la que alguien como yo podía saltarlo. Y comencé a dar vueltas y más vueltas al plan, mientras me ejercitaba en el as de guía, Troyita, primero haz un lazo al final de la cuerda, así, ¿ves?, luego pasas el cabo por detrás y lo metes por el lazo, bien, y ahora viene lo difícil porque tienes que pasar... Un plan sencillo, claro, sin riesgos, que dejase las cosas claras desde el principio.
—¿Un plan?, chacho, ¿tú te imaginas?
—¿Cómo que pasar la cuerda por detrás...?
—Pues pasándola, Troya, Troyita, Troya, tríncame la polla, pasándola.


 
Nota de la Redacción: este texto pertenece a la novela de Manuel Moya, Majarón (Baile del Sol, 2009). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento a Ediciones Baile del Sol por facilitar la publicación en Ojos de Papel.
  • Suscribirse





    He leido el texto legal


  • Reseñas

    Posguerra, de Tony Judt (reseña de Rogelio López Blanco)
  • Publicidad

  • Autores

    Jacques Darras rinde homenaje a México en Irruption de la Manche, punto final de su "obra magna"