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Montes Cantábricos (foto de José Luis Rodríguez)

Montes Cantábricos (foto de José Luis Rodríguez)

    AUTOR
José Luis Rodríguez

    LUGAR DE NACIMIENTO
Ávila

    BREVE CURRICULUM
Posee más de 20 años de experiencia como escritor, periodista y fotógrafo. Su trayectoria como divulgador de las bellezas y singularidades de los espacios naturales ibéricos se traduce en asiduas colaboraciones en la mayor parte de las revistas y suplementos dominicales del mercado español, y en más de 40 libros publicados por las principales editoriales



José Luis Rodríguez

José Luis Rodríguez

Parque Natural de Redes. El Campón (foto de José Luis Rodríguez)

Parque Natural de Redes. El Campón (foto de José Luis Rodríguez)

Picos de Europa. Pico del Verde (foto de José Luis Rodríguez)

Picos de Europa. Pico del Verde (foto de José Luis Rodríguez)

Oso Pardo (foto de José Luis Rodríguez)

Oso Pardo (foto de José Luis Rodríguez)

Salamandra (foto de José Luis Rodríguez)

Salamandra (foto de José Luis Rodríguez)

Corzo (foto de José Luis Rodríguez)

Corzo (foto de José Luis Rodríguez)

Urogallo (foto de José Luis Rodríguez)

Urogallo (foto de José Luis Rodríguez)

Picos de Europa. Poo de Cabrales (foto de José Luis Rodríguez)

Picos de Europa. Poo de Cabrales (foto de José Luis Rodríguez)

Crocus carpetanus (foto de José Luis Rodríguez)

Crocus carpetanus (foto de José Luis Rodríguez)

Asturias. Urria y Peña Sobia (foto de José Luis Rodríguez)

Asturias. Urria y Peña Sobia (foto de José Luis Rodríguez)

Serval de los cazadores (foto de José Luis Rodríguez)

Serval de los cazadores (foto de José Luis Rodríguez)

Haya (foto de José Luis Rodríguez)

Haya (foto de José Luis Rodríguez)

Río Tablizas (foto de José Luis Rodríguez)

Río Tablizas (foto de José Luis Rodríguez)

Acebo (foto de José Luis Rodríguez)

Acebo (foto de José Luis Rodríguez)

Circo de Mampodre (foto de José Luis Rodríguez)

Circo de Mampodre (foto de José Luis Rodríguez)

Vega de Llos y Los Moledizos (foto de José Luis Rodríguez)

Vega de Llos y Los Moledizos (foto de José Luis Rodríguez)


Magazine/Nuestro Mundo
Picos de Europa y cordillera Cantábrica
Por José Luis Rodríguez, miércoles, 01 de abril de 2009
La cordillera Cantábrica es uno de los espacios naturales de la península Ibérica donde aún es posible encontrarse con la auténtica naturaleza. Sus montañas todavía conservan intactos algunos de los ecosistemas más valiosos y esconden, al mismo tiempo, algunas de las joyas de la fauna ibérica. En Picos de Europa y cordillera Cantábrica, José Luis Rodríguez nos propone 30 escapadas, desde Los Ancares leoneses hasta la Sierra de Urkiola pasando por los espacios naturales de Muniellos, Somiedo, Redes o Picos de Europa en Asturias; Riaño y Hoces de Vegacervera en León; Fuentes Carrionas en Palencia o Saja-Besaya en Cantabria.
Laguna en el circo de Mampodre (foto de José Luis Rodríguez)

Laguna en el circo de Mampodre (foto de José Luis Rodríguez)

LA CORDILLERA CANTÁBRICA

La cordillera Cantábrica es un mundo aparte dentro del contrastado y variopinto esquema orográfico ibérico. A vista de pájaro aparece como un formidable y prolongado espinazo montañoso que discurre próximo a la costa. Son aproximadamente medio millar de kilómetros los que ocupa de este a oeste, desde Galicia hasta el País Vasco. Los geógrafos la dividen en tres partes: el macizo asturiano, la montaña cántabra y los montes vascos. Sus mayores cotas se registran en la primera de las partes citadas, donde el relieve es más abrupto. El techo es Torre Cerredo, con 2.648 metros de altitud, y a su alrededor se elevan numerosas cimas que sobrepasan los 2.400 metros, en tanto que en la montaña cántabra y en los montes vascos no se superan los 1.750 y los 1.550 metros respectivamente.

Los montañeros que alcanzan una y otra vez estas montañas no dejan de extrañarse ante el hallazgo de restos fósiles de diversos animales marinos incrustados entre las rocas. Y no hace falta ser un entendido en ciencias biológicas para plantearse mil preguntas sobre el origen de tales criaturas petrificadas o sobre el modo en que llegaron hasta allí. La respuesta a sus interrogantes nos lleva, de la mano de la geología, nada menos que 300 millones de años atrás, a un pasado remoto en el que toda la zona estaba ocupada por el mar. Esta época recibe el nombre de periodo Carbonífero, dentro de la era Paleozoica. A finales de dicho periodo, la orogenia hercínica fue especialmente activa y produjo los plegamientos, con sus consiguientes elevaciones, que propiciaron la retirada del mar. Toda la cordillera recién surgida quedó muy fragmentada y plagada de cuencas muy cerradas en las que se acumulaban sedimentos de manera incesante. Las condiciones climatológicas favorables crearon bosques de plantas gimnospermas y helechos arborescentes, los cuales, una vez empantanados y carentes de oxígeno, fueron convirtiéndose en las masas de carbón que hoy se explotan en estas latitudes.

Pero la imagen actual de la cordillera Cantábrica no se debe a la mencionada orogenia hercínica, sino a la que volvió a actuar sobre la cordillera más tarde, concretamente hace 40 millones de años, y que recibe el nombre de orogenia alpina, artífice al mismo tiempo de las elevaciones de montañas cercanas tan importantes como los Pirineos o los Alpes.

La vegetación es escasa a partir de 2.200 metros (foto de José Luis Rodríguez)

La vegetación es escasa a partir de 2.200 metros (foto de José Luis Rodríguez)

Durante el periodo Cuaternario, hace 500.000-700.000 años (dentro de la más «moderna» era Cenozoica), la actividad de las glaciaciones se hizo notoria en forma de numerosos glaciares, a su vez favorecidos por las intensas precipitaciones que caían sobre la región. Así han llegado hasta nuestros días glaciares como los del Cares, Duje, Deva, Urdón, Bulnes y los que discurren por las faldas del Cornión. Esta última zona cuenta hoy con abundantes muestras de la referida actividad en forma de valles, circos y morrenas terminales, tanto de las denominadas de retroceso como de fondo. Los lagos Ercina y Enol están ubicados en sendas cubetas excavadas por los glaciares, y la del Enol es un buen ejemplo de las catalogadas como «en artesa», con perfil en forma de «U». De distintas longitudes, estos glaciares alcanzaron distancias increíbles, como en el Cares y el Deva, donde todavía se conservan restos que permiten establecer la longitud de estas lenguas en torno a los diez kilómetros.

De la estructura del estrato rocoso y del suelo de la cordillera Cantábrica cabe destacar la presencia de las típicas rocas calizas paleozoicas mezcladas con areniscas y pizarras negras. La fragilidad de estos materiales, especialmente sensibles a la erosión originada por el agua, se explica a través de la reacción química que tiene lugar entre el dióxido de carbono disuelto en el agua de lluvia o del deshielo y el carbonato cálcico de que se compone mayoritariamente la roca caliza. Lo que ocurre, a grandes rasgos, no es otra cosa que la disolución de la roca madre para dar lugar a fenómenos de karstificación (formación de poros de mayor o menor tamaño, a veces en forma de cuevas y galerías de más de un kilómetro de longitud), que a su vez propician la filtración y la aparición de corrientes de agua de caudal diverso.

Contrariamente a lo que ocurre con las glaciaciones, el fenómeno erosivo generador de oquedades en las rocas sigue vivo y continúa actuando día a día, minuto a minuto, en la cordillera Cantábrica, con una fuerza semejante a la gelifracción (rotura de las rocas por la expansión del hielo en las grietas) en lo que a poder modelador se refiere. Estos caprichos de la naturaleza convierten la zona en una auténtica esponja capaz de absorber toda el agua que les llega del cielo. Quizá este hecho pueda explicar la ausencia de fuentes y manantiales en las zonas altas, así como el gran caudal que presentan algunas surgencias en distintas zonas medias y bajas. Sin embargo, en la cordillera Cantábrica —y particularmente en los Picos de Europa— sí son frecuentes las dolinas —denominadas soplaos por los pastores—, fosas o cubetas en forma de embudo colmatadas de agua debido a la obstrucción de las vías de desagüe internas por acumulación de arcilla. El régimen de estas dolinas suele ser estacional en la mayor parte de los casos, contando con agua desde el otoño hasta la primavera y permaneciendo prácticamente secas en verano. Estas dolinas también pueden intervenir en los cursos de los ríos para originar curiosos fenómenos de desaparición y surgencia de los cauces. Un claro ejemplo lo encontramos en la zona de Comeya, donde un soplao recoge las aguas procedentes del de-sagüe del lago Enol, que permanecen ocultas en un trayecto de ocho kilómetros para volver a la superficie por una cueva existente a un escaso kilómetro del santuario de Covadonga. En la altiplanicie de Orandi, el cauce de río de las Mestas desaparece en el fondo de un valle ciego, en lo que viene a ser otra dolina, para reaparecer a una latitud mucho más baja, cual poderosa cascada, junto a la cueva de Covadonga.

Ruta de la Faena en el valle del río Ibias (foto de José Luis Rodríguez)

Ruta de la Faena en el valle del río Ibias (foto de José Luis Rodríguez)

LA FLORA

Considerada como la España verde, toda la cornisa Cantábrica atesora una riqueza botánica excepcional. Árboles, arbustos, praderas alpinas y también los más modestos prados de siega del fondo de los valles configuran paisajes en los que si algo sobresale es, aparte de un verdor permanente, el equilibrio y la armonía de su organización espacial, todo ello debido a un proceso evolutivo favorecido por su singular ubicación geográfica. Pero antes de pasar a analizar tan extraordinario panorama floral hay que hacer, obligatoriamente, un pequeño inciso sobre climatología. Porque nada se deja influenciar tanto por los fenómenos atmosféricos —sobre todo temperatura y humedad— como la cubierta vegetal de un determinado lugar. A grandes rasgos, el clima de esta región, clasificado como típicamente atlántico, se caracteriza por la ausencia de estaciones secas, por su elevada pluviosidad y por la humedad ambiental. El influjo del océano cercano se manifiesta, sobre todo, en forma de borrascas invernales,mientras que en verano es el anticiclón de las Azores el encargado de aportar el aire húmedo y templado que, a su vez, se convierte en la clásica niebla tan habitual en la comarca. Visto en cifras, las precipitaciones anuales medias se sitúan en torno a los 700 mm en los valles meridionales, para ascender progresivamente hasta los 2.500 en las cumbres, pasando por los 1.500 en las zonas bajas septentrionales. Por lo que respecta a la temperatura, previa constatación de que su suavidad se debe a la amortiguación propiciada por la proximidad del océano, las cifras se sitúan entre los 4º C y los 23º C como medias de mínima y máxima respectivamente en los valles situados por debajo de los 500 metros de altitud. Conforme se asciende, estas cifras bajan del orden de 0,6º C cada 100 metros. Para los biogeógrafos (que estudian la distribución de las formas vivas en la superficie terrestre), la península Ibérica cuenta con dos grandes áreas o regiones de vegetación, determinadas por los valores medios anuales en cuanto a temperaturas y a distribución de la pluviosidad. Por un lado, la región mediterránea, que acapara el 80 por ciento del territorio, y, por el otro, la eurosiberiana, con el 20 por ciento restante circunscrito a Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Pirineos.

El aislamiento geográfico de una determinada zona durante cientos o miles de años hace que aparezcan los denominados endemismos, criaturas vivas —animales o plantas— evolucionadas de distinta manera al patrón común descrito para una especie concreta. Aparecen así los endemismos con categoría de subespecie. También puede ocurrir que se trate de seres distintos a los restantes, exclusivos de la zona de estudio. Son, entonces, endemismos con la categoría de especie. En el caso de las plantas, dada su natural inmovilidad, todo depende de sus posibilidades de dispersión a través de la reproducción y de si pueden superar las barreras naturales que encuentran en su camino. Por esta razón cuentan con endemismos la mayor parte —por no decir todas— de las altas montañas españolas.

Sin embargo, con demasiada frecuencia los botánicos no se ponen de acuerdo en el reconocimiento y descripción de los endemismos, y, mientras que unos los consideran especies, otros sostienen que se trata de simples subespecies. Sea como fuere, en la cordillera Cantábrica esta diferenciación se reduce bastante, sobre todo por su cercanía geográfica con los Pirineos. Se dan, de esta manera, numerosos endemismos comunes entre ambas cadenas montañosas. Se han descrito al menos una docena de especies, entre las que destacan dos saxifragas (aretioides y praetermissa), una lechetrezna (Euphorbia chamaebuxus) y la bellísima azucena silvestre (Lilium pyrenaicum). Propios de la cordillera Cantábrica encontramos, entre otras, dos nuevas saxifragas (conifera y canaliculata), el narciso asturiano (Narcissus asturiensis), un sauce (Salix cantabrica) y una campanula (C. rotundifolia, subsp. legionensis), además de los endemismos picoeuropeanos Cardus cantabricus, Helianthemum apeninum subsp. Urrielense y Festuca picoeu ropeana.

Las Cabriteras en otoño (foto de José Luis Rodríguez)

Las Cabriteras en otoño (foto de José Luis Rodríguez)

En todas las montañas de cierta altitud se hace imprescindible analizar los distintos pisos o estratos de vegetación a la hora de esbozar los rasgos característicos de su flora y, sobre todo, de hacer un rápido recorrido por sus especies más destacables. Los científicos los denominan pisos bioclimáticos y en la cordillera Cantábrica se reducen a cuatro, a saber, colino, montano, subalpino y alpino. En cada uno de ellos, si las plantas han alcanzado evolutivamente el equilibrio perfecto con las condiciones climatológicas y edafológicas, se dice que están en estado de clímax; si, por el contrario, el equilibrio está forzado (bosques repoblados, porejemplo), se habla de disclímax. El término de paraclimácico o azonal se emplea para designar los estados donde dichas comunidades vegetales no dependen tanto de los factores climáticos como de los edáficos o hidrológicos (por ejemplo, un soto que atraviesa un prado).

Comenzamos por el primero, por el piso inferior, el colino, que se sitúa entre las cotas más bajas (prácticamente a nivel del mar) y los 500 metros de altitud; lo más destacable de su cobertura vegetal son las denominadas carballedas, masas donde la especie predominante es el roble carballo. Muy afectadas por la influencia humana a lo largo de las últimas décadas, estas carballedas, lejos de tapizar laderas enteras, subsisten en pequeños rodales donde aún se aprecia el trabajo del hacha en los ejemplares centenarios. Arraclanes y castaños conviven con dichos robles, sustituidos en algunos puntos por bosques mixtos de tilos y fresnos. Las zonas de degradación de este piso, lamentablemente más abundantes que las ocupadas por los propios bosques, están ocupadas por matorrales a base de zarzas, endrinos, majuelos, cornejos, etcétera. En este piso se sitúan, asimismo, la mayor parte de los prados de siega utilizados por el hombre, considerados como resultantes de la degradación —artificial, por supuesto— de los matorrales antes citados. En ellos aparecen especies tan interesantes como la aguileña, el garbasón, la cresta de gallo y distintas orquídeas.

Como vegetación paraclimática o azonal de este piso se reconocen las comunidades de los roquedos, pedregales y bosques galería (arropando cauces fluviales). Como especies representativas encontramos la siempreniña, la hierba o valeriana de san Jorge, también denominada milamores, la endémica boca de dragón de Braun Blanquet y la campanilla de León, también endémica del noroeste peninsular, además de la insectívora grasilla allí donde persista la humedad la mayor parte del año. En los bosques galería, aparte de fresnos y carballos, prosperanalisos y álamos blancos.

Por encima del límite del piso colino y hasta los 1.600-1.800 metros se sitúa el montano, cuya formación vegetal principal es el hayedo, considerado como el más espectacular de los bosques, tanto por las formas de los árboles centenarios como por los bellos colores que presentan durante el otoño. El haya es un árbol notable, capaz de alcanzar los cuarenta metros de altura, con hojas características en forma y aspecto. Comparte su biotopo con el avellano, también de porte arbóreo, y con numerosas especies herbáceas, entre ellas la singular anémona, que tapiza grandes extensiones de suelo, junto con jacintos estrellados y verónicas.

Hoces de Vegacervera y pico Atalaya (foto de José Luis Rodríguez)

Hoces de Vegacervera y pico Atalaya (foto de José Luis Rodríguez)

En las zonas de solana, el haya puede aparecer mezclado con roble albar, localmente denominado arecha, hasta el punto de dominar este último, en cuyo caso los bosques reciben el nombre de arechales. Puede ocurrir, asimismo, que sean el roble melojo o rebollo o el quejigo las especies predominantes en determinadas zonas deeste piso, con lo que nos encontramos con rebollares y quejigales. La degradación delos bosques de este estrato da lugar a piornales, espinares y brezales.

El siguiente peldaño o piso de vegetación se establece entre los 1.600 o 1.800 metros de altitud y los 2.200. Esta banda altitudinal soporta condiciones atmosféricas extremas, con fuertes vientos, cambios bruscos de temperatura, nieves persistentes y alta exposición a los rayos ultravioletas, lo que supone un claro impedimento para el correcto desarrollo de las especies arbóreas que colonizan laderas más bajas. El clímax de este piso lo constituyen, por tanto, las formaciones arbustivas, en las que el papel predominante le corresponde al enebro rastrero, a la gayuba, el escaramujo y la salamunda.

En los prados alpinos, también denominados prados de cumbre, por encima de los 2.200 metros y hasta las mismísimas cimas, el terreno queda reservado para un puñado de especies muy resistentes a las bajas temperaturas y perfectamente adaptadas al denominado efecto iglú a que se ven sometidas durante mucho tiempo al estar cubiertas por completo por la nieve. Entre estas especies destacan el oxitropo y la elina, aparte de una arenaria —la purpurascens—, la silene sin tallo y la jurina humilde, todas ellas plantas de reducidas dimensiones que obligan al excursionista interesado en la flora a pegar la nariz al suelo si desea descubrirlas e identificarlas.

En la cordillera Cantábrica, los valles y laderas abiertos hacia el sur experimentan un claro influjo mediterráneo y meseteño. Su clima se considera subhúmedo y registran temperaturas más frías en invierno y más calurosas en verano. Estos contrastes con respecto a los orientados hacia el norte representan un cambio en la fisonomía del terreno debido a la presencia de nuevas especies. Entre éstas predomina la encina, que configura bosquetes relictos (como ocurre en la Liébana y en el desfiladero del Cares) situados en cotas generalmente inferiores a los 600 metros. Comparte suelos, tanto calizos como silíceos, con madroños, laureles, jazmines silvestres y rústicos enebros de la miera.

Ruta a la base de peña Ubiña (foto de José Luis Rodríguez)

Ruta a la base de peña Ubiña (foto de José Luis Rodríguez)

PREPARACIÓN Y EQUIPO

La mayor parte de las rutas que proponemos son aptas para cualquier persona, es decir, que pueden llevarlas a cabo tanto los niños desde los siete u ocho años como los adultos hasta los 65 o setenta, siempre que se trate de personas sanas, sin ningún problema de salud que les impida hacer un esfuerzo moderado (caminar) durante varias horas. Estas rutas están catalogadas como de dificultad baja. Las rutas de dificultad media necesitan cierta forma física, bien para caminar por terrenos abruptos o para superar cuestas prolongadas. Este grupo equivaldría a la tipología de iniciados. Finalmente, las pocas rutas de esta guía catalogadas de dificultad alta están reservadas a auténticos montañeros, en cuerpo o espíritu, a los que no les importa sufrir la dureza de la montaña. Se trata, como bien puede suponerse, de itinerarios largos y de trazado ascendente, ya sea total o parcialmente.

En todos los casos, es decir, tanto en las rutas de dificultad baja como las medias o las altas, el equipo es fundamental y debe incluir, como primer elemento, un buen calzado, a ser posible botas de media caña con forro interior transpirable e impermeable (hoy muy de moda con marcas bien conocidas: isotex, goretex, sofitex, etcétera). Dependiendo de la climatología, hay que llevar ropa ligera o de abrigo. En este último supuesto, lo ideal es ponernos ropa interior térmica, muy cómoda y transpirable, que evita que el sudor se quede frío al pararnos. Los forros polares también son muy recomendables, sobre todo si llevan membrana antiviento. Gorro, gafas de sol o de ventisca, guantes, incluso bastón o piolet, son complementos del anterior equipamiento.

No hay que olvidar llevar comida y bebida si la ruta precisa más de tres o cuatro horas para la ida y la vuelta. En este caso evitaremos las pesadas latas de conservas y recurriremos a las livianas y modernas tabletas de proteínas y carbohidratos, diseñadas para deportistas, así como a las bebidas isotónicas, que reponen las sales minerales y los iones perdidos durante el ejercicio de manera mucho más rápida que el agua o los refrescos.

Es asimismo imprescindible llevar a cabo ciertos preparativos antes de ponerse a caminar, incluso antes de desplazarse hasta el espacio natural donde se ubica la ruta. Esta preparación consiste en documentarse previamente sobre el lugar o la comarca, en reservar plaza en el hotel o la casa rural más cercana, y también, por supuesto, en conocer las especies de flora y fauna que se pueden encontrar, los detalles del itinerario y hasta la previsión meteorológica. Con excepción de esto último, todo lo demás se puede encontrar en esta guía, que pretende ser útil antes y durante la realización de los itinerarios.

De Posada de Valdeón a la vega de Llos

Duración: media jornada.
Dificultad: baja-media.
Época recomendada: de primavera a otoño.
Punto de partida: Posada de Valdeón.
Tipo de itinerario: lineal.
Flora y fauna: Durante el recorrido podemos ver especies arbóreas tan interesantes como el haya, los robles y el acebo. Abundan los arbustos, y entre las especies florales destacan las saxifragas, las gencianas, los lirios y diversas orquídeas. Respecto a la fauna, cabe reseñar la presencia del lobo en la zona, la abundancia de corzos en los bosques y rebecos en las alturas, y la visita esporádica del oso.

Lobo (foto de José Luis Rodríguez)

Lobo (foto de José Luis Rodríguez)

EL LOBO

Se trata de una de las criaturas más mitificadas y al mismo tiempo temidas y odiadas de cuantas comparten con el hombre la faz de la Tierra.

El lobo tiene el aspecto de un perro grande, con la cabeza maciza, el hocico puntiagudo, los belfos rasgados y los ojos triangulares de color dorado o ambarino. Deja huellas y señales fáciles de identificar, con excrementos gruesos y romos de 10-12 centímetros de longitud por 3 de anchura. Aparecen sobre elementos prominentes o en los claros de los bosques, lugares con clara finalidad de demarcación territorial. Las huellas marcan cuatro almohadillas grandes, separadas. En esta especie el celo tiene lugar entre finales de enero y mediados de marzo, época en la que más se escuchan sus típicos aullidos. La gestación dura 60 días y los partos son de 5 a 7 cachorros, que tienen un periodo de lactancia de 3 a 5 semanas.

ITINERARIO

Pocas rutas por el valle de Valdeón ofrecen la posibilidad de obtener panorámicas de esta parte de los Picos de Europa como la que ahora proponemos. Desde arriba las vistas son inmejorables y cuesta trabajo iniciar el descenso. Por el camino nos sorprenderá el cambio que experimenta el manto vegetal para adaptarse a la altitud, con rincones que invitan a permanecer, a integrarse en la naturaleza. 

Para situarnos en el punto de partida, debemos salir de Posada de Valdeón por la carretera de acceso y tomar el primer desvío (camino) que sale por la derecha. No tiene pérdida, ya que cuenta con un indicador de la ruta que pretendemos realizar. Este camino conduce primero a Soto de Valdeón y después a Caldevilla. Son poco más de dos kilómetros los que recorreremos en este primer tramo, cómodo y prácticamente horizontal, atravesando praderas y huertas con abundante arbolado.

Una vez en el casco urbano de Caldevilla, nos dirigiremos a la parte final del pueblo, a la zona suroeste, por donde cruzamos un puente sobre el arroyo. Junto a dicho puente, detrás y a la izquierda, parte la pista forestal que sube a la vega de Llos. Aparece un indicador con la leyenda «PR. PN. PE-12, Vega de Llos, Majada de Vegabaño». El camino gana altura entre zarzales de gran porte, avellanos y robles. Concluido el primer kilómetro, el camino gira a la derecha y asciende por la parte derecha del valle de Argolla. Abundan los brezos. Abajo quedan praderas frecuentadas por los corzos al amanecer y al atardecer.

Tras cubrir los dos primeros kilómetros (desde el comienzo de la pista en Caldevilla), encontramos las primeras hayas y, poco después, (a 800 metros) alcanzamos la majada de Argolla, para continuar ascendiendo por una zona donde abundan los acebos. Entramos a continuación en un denso hayedo. De vez en cuando la vegetación nos deja disfrutar del paisaje serrano, con la Torre del Friero como elemento referencial del macizo Central que se recorta en el horizonte norteño. Concluido el cuarto kilómetro, llegamos a una fuente (zona de Bustiello) y al indicador que señala que por la derecha llega un sendero procedente de Soto de Valdeón. La pista se hace cada vez más empinada y atraviesa una zona de escobas antes de penetrar en un frondoso hayedo que refleja la huella del hacha en el pasado, ya que de los tocones cortados han brotado grandes ramas laterales hoy transformadas en auténticos árboles. Un par de curvas empinadas nos sacan del hayedo para alcanzar enseguida las praderas de la vega de Llos, a 5,5 kilómetros del inicio de la pista en Caldevilla. Delante de nuestros ojos tenemos la formidable mole pétrea del macizo de peña Bermeja, con las murallas de La Travesina y La Travesona en primer término. Con unos buenos prismáticos, descubriremos, sin tardanza, la silueta de numerosos rebecos que corretean por las alturas.
 


Nota de la Redacción: agradecemos a Alhena Media la gentileza por permitir la publicación del texto del libro de José Luis Rodríguez, Picos de Europa y cordillera Cantábrica (Alhena Media, 2009).
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