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Ramiro Pinilla  Sólo un muerto más (Tusquets, 2009)

Ramiro Pinilla Sólo un muerto más (Tusquets, 2009)

    TÍTULO
Sólo un muerto más

    AUTOR
Ramiro Pinilla

    EDITORIAL
Tusquets

    OTROS DATOS
Barcelona, 2009. 276 páginas, 19 €



Ramiro Pinilla

Ramiro Pinilla


Reseñas de libros/Ficción
Ramiro Pinilla Sólo un muerto más (Tusquets, 2009)
Por Eduardo Laporte, lunes, 02 de marzo de 2009
Sancho Bordaberri se convierte en Samuel Esparta para resolver y, de paso, novelar, el asesinato no resuelto de uno de los gemelos Altube, ocurrido diez años antes. Estamos en plena posguerra, en Getxo, y un muerto más suena a poco, es insignificante, tras la purga fratricida de la Guerra Civil, y con la represión franquista en su momento álgido. Sin embargo, esas verdades sin resolver resultan incómodas para unos vecinos que agradecen que alguien se preocupe de un asunto que figura en último lugar en las prioridades de la policía. Con estos mimbres, el longevo Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923) construye Sólo un muerto más (Tusquets, 2009), novela simpática y amena, con un toque paródico del género negro, que resulta canónica en sus formas y añade una vuelta de tuerca. El tono metaliterario de quien bucea en la realidad para hacer de ella su literatura y algunas pinceladas finas sobre el contexto histórico del pueblo vasco en la grisura de la posguerra nutren una obra que es algo más que un libro de género.
Dicen los teóricos que la verdadera literatura no tiene función, que no nace con objetivos concretos ni responde a esas coordenadas que diseccionan los talleres de escritura creativa. La novela negra, con sus reglas, pretende sumergir al lector en una serie de incógnitas que despierten en él curiosidad y, por tanto, ganas de seguir pasando páginas y páginas hasta desentrañar la verdad. Es una literatura, pues, instrumental, está al servicio de un fin. Por eso goza de menor fama y prestigio. Por eso los grandes autores del género, los ídolos del protagonista de Sólo un muerto más, Dashiell Hammett o Raymond Chandler, trascendieron las normas básicas del género para crear tipos humanos evocadores y atmósferas nítidamente literarias. Algo que requiere una destreza y unos dotes que no se enseñan en las escuelas; el propio Chandler llegó a orillar la intriga policíaca en sus relatos, como los recogidos en Una pareja de escritores, que ilustran todo eso que es algo más que literatura negra. Como Sólo un muerto más es algo más que novelita policíaca.

Estamos ante un libro que va más allá del género, pero que no se avergüenza de él. Ante todo, el lector que se acerque a este libro debe saber que encontrará los usos básicos de la novela negra, aderezados por otros sabores, de acuerdo, pero en modo secundario. La novela ofrece toda esa carga de incógnitas que puede llegar a desasosegar, puesto que la literatura de intriga implica una frustración que se resolverá al final, con el desenlace. Así, hay una propuesta tradicional y ortodoxa basada en la presentación, nudo y desenlace. Dos gemelos fueron encadenados a una peña, en una playa de Getxo, Arrigunaga, uno murió y el otro se salvó. ¿Quién lo hizo y por qué? Nunca se supo, fue antes de la guerra del 36, el asunto se subsumió, en la ficción, se entiende. Al menos oficialmente, porque la población interconectada de una localidad pequeña como Getxo se debate entre el olvido y la necesidad de saber. Porque los gemelos Altube eran unos pájaros de cuidado, con un currículum de estafas y engaños que comienza desde la juventud; cucos, amorales, ladinos, es lógico y entendible que alguien quisiera darles muerte. El propio Félix Apraiz, que da nombre a la peña en la que se puso a estos gemelos con el agua, literalmente, al cuello, que veía como usaban su argolla sin permiso para colocar sus aperos de pesca en bajamar, muy en su estilo parasitario de “sanguijuelas insaciables”.

Se nota que Pinilla conoce el género, que práctica no le falta, por lo que las andanzas del investigador son las propias del cánon, sólo que en un contexto lejano a un Los Ángeles o Chicago: hay caseríos en lugar de pisos sórdidos; playas en vez de muelles oscuros con estibadores y cajas de pescado y falangistas en vez de policía del condado

Las primeras páginas ofrecen toda la carga informativa necesaria para seguir la trama. El lector no puede despistarse, pues es ahí donde se encuentra el material con el que el novelista urdirá después toda la historia, una pasta argumental a la que se irá y volverá a lo largo de la novela. Lucio Etxe, que todas las mañanas peina al alba la playa; los herreros Zalla, que hicieron lo que pudieron, ¿o lo que quisieron?, para liberar a los malogrados gemelos de las cadenas, Félix Apraiz, “dueño” de la peña... Distintos personajes implicados que luego darán pie a la “peripecia investigadora”, como la llama el propio Pinilla, del librero Sancho Bordaberri metido a investigador privado, es decir, Samuel Esparta (en homenaje a Sam Spade, detective de ficción creado por Hammet). Un investigador peculiar, al que le mueven más los motivos literarios que los meramente detectivescos. Él sólo quiere escribir una novela, y para ello descubre que bajando a la realidad se llega antes que inventándola.

Esa peripecia investigadora que cita Pinilla cumple las exigencias del género, y que le lleva a Bordaberri/Esparta a visitar a todo aquel que tuviera algo que contar, acompañado de una peculiar compañera de fatigas, Koldobique, secretaria de la librería metida a partenaire de pesquisas, curaheridas cuando vienen mal dadas y necesario complemento secundario a la novela. Se nota que Pinilla conoce el género, que práctica no le falta, por lo que las andanzas del investigador son las propias del cánon, sólo que en un contexto lejano a un Los Ángeles o Chicago: hay caseríos en lugar de pisos sórdidos; playas en vez de muelles oscuros con estibadores y cajas de pescado y falangistas en vez de policía del condado. Como curiosidad, el libro está deciado a Romo P. Girca, el seudónimo que Ramiro Pinillo empleó para escribir El misterio de la pensión Florrie. Una de esas obritas que hoy el autor mira con condescendencia y cariño.

Son esos los atractivos que alimentan una novela que, de ser exclusivamente por la trama policíaca, tendría un interés limitado. Porque los crímenes son complejos, técnicos, las investigaciones no dejan de ser una labor fría y pedestre, que si la largura de las cadenas que se usaron para atar a los gemelos, que si el tiempo que tardaron los herreros en venir a cortarlas, que si la marea subió más rápido de lo que se pensaba... Toda una liturgia material que al aficionado al género de intriga puede atraer en cuanto que ve indicios del crimen en ellos, pero que pueden reducir la novela a un juego, a un simple truco de magia que se resuelve al final. Y que crea esa ansiedad a veces incluso incómoda de querer leer más rápido para acabar con esa duda de saber quién es el malo.

A una trama bien construida, que atrae al lector y que gasta un tono desenfadado, paródico, con el tipo algo inseguro que quiere meterse a detective, unimos ese contexto con gran carga literaria y un ejercicio de metaliteratura que completa la novela dotándola de valor

No es brillante la resolución del caso, cuyas hipótesis comienzan a cobrar peso pasada la mitad del relato, y que culmina con un golpe de efecto sorpresivo pero algo forzado, con el trueque de la identidad de los gemelos. Es inesperado, sí, pero no por ello magistral, redondo. Es aceptable, más que suficiente, todo el armazón argumental, que se sostiene definitivamente gracias al telón de fondo la posguerra, en el año 1945. Un caso, por cierto, que queda inconcluso en su monumental, y Premio Nacional de Narrativa 2005, Verdes valles, colinas rojas y que Pinilla retoma para Sólo un muerto más.

“Todas las familias están mutiladas, todas han perdido a alguien en la guerra, y ese miedo cerval a hablar, a moverse... hay terror”. Es Ramiro Pinilla en declaraciones en la radio con motivo de la presentación de la novela. A sus 85 años, conoció en primera mano ese mundo vasco de la posguerra, salpicado de esa violencia y de represión oculta, como cualquier otro rincón de la España de entonces. Son enjundiosos los destellos de verdad histórica que arroja, en este tiempo de ajuste de cuentas y de política del terror que fue la posguerra, y que cuya cruenta dimensión no está claro que se conozca hoy día. Javier Rodrigo, en su libro Hasta la raíz, ofrece un riguroso compendio de esa política de la violencia de Estado. Se leen pasajes descarnados, en Sólo un muerto más, como “A seis años de la guerra, la gente de Getxo sigue siendo asesinada por Franco”. O “¿Cómo ir con un solo crimen, y además por vulgares motivos civiles, a quienes siguen fusilando a miles en las cárceles despúes «cautivo y desarmado el ejército rojo, la guerra ha terminado» de hace seis años?”.

Es reseñable la inclusión del personaje de Luciano Aguirre, un falangista de los de sensibilidad literaria, que quiere también escribir su novela a partir del crimen de los gemelos, y que dibuja con éxito lo grotesco que resulta el intento de alcanzar la belleza o el arte por la fuerza, a golpe de voluntad o de arrebato.

A una trama bien construida, que atrae al lector y que gasta un tono desenfadado, paródico, con el tipo algo inseguro que quiere meterse a detective, unimos ese contexto con gran carga literaria y un ejercicio de metaliteratura que completa la novela dotándola de valor. Es sabido que Pinilla escribió más de doce novelas en su juventud, y sólo logró publicar una. Aunque ganó algún premio, a los treinta y pico, perdió la ilusión y colgó la pluma. Pero no del todo, porque en 1960 ganó el Nadal con Las hormigas ciegas y en el 72 fue finalista del Planeta, carrera que culminaría en una consagración en forma de trilogía que le valió un hueco entre los grandes, con su Verdes valles, colinas rojas. Allí habló de lo que conocía, el mundo vasco, sus industrias, sus intrigas, sus negocios, sus comportamientos, sus paisajes. Porque a través del conocimiento y la observación estrecha de la realidad, la compleja y fascinante realidad, se comienza a construir literatura. Un hallazgo que realiza el librero metido a investigador Sancho Bordaberri, que también ha escrito más de una docena de novelas sin respuesta alguna, como el joven Pinilla. Bajando a la realidad descubrirá la materia que buscaba para sus novelas porque, como dice el propio protagonista, “el destino de la imaginación no puede ser otro que la realidad; otra cosa esa la fantasía”.
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