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Miguel Rubio: Ahora que estamos muertos (Ediciones Carena, 2008)

Miguel Rubio: Ahora que estamos muertos (Ediciones Carena, 2008)

    AUTOR
Miguel Rubio

    LUGAR DE NACIMIENTO
Madrid

    BREVE CURRICULUM
Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, y Diplomado en Trabajo Social por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado durante más de una década con el colectivo de personas sin hogar. Recientemente ha publicado una investigación sobre inmigración en la Comunidad de Madrid y varios artículos sobre intervención social. Es aficionado a la novela negra, el cine, la música y el boxeo. Ésta es su primera novela



Miguel Rubio

Miguel Rubio


Creación/Creación
Miguel Rubio: Ahora que estamos muertos (Ediciones Carena, 2008)
Por Miguel Rubio, martes, 4 de noviembre de 2008
Amanece en la ciudad, Antonio abre los ojos entre basuras y maldiciones. En medio del frío trata de despertar a su compañero Gustavo, pero este no responde. Fernando, el director del Pabellón de Invierno, intenta como cada día poner orden donde el abandono es la norma, y procura que la desesperante inutilidad de su trabajo no le salpique demasiado. Este día es especial para Cristina, recuerda por casualidad que es su cumpleaños y llora por el tiempo malgastado, las decisiones equivocadas, por todo lo perdido. De su memoria se rescatan los años ochenta de un Madrid mítico, de una generación irrepetible, de interminables noches de diversión, de rock and roll y heroína. Ahora recorre las calles y ni siquiera en el albergue tiene asegurado un lugar donde dormir. Hasta el anochecer, cruzan por la narración otros seres arrancados de una sociedad que pretende pulcritud y oculta miedo. Individuos casi invisibles que confluyen en el albergue municipal para personas sin hogar. En todos ellos sobrevive una historia en la que la sucesión de causas y efectos deviene en tragedia, circunstancias vitales adversas, errores e imprevisiones que se convierten en violencia, desarraigo o locura.


Gente corriendo contra el viento
Amenazando ante espejo
Mientras en algún callejón
Alguien inicia un viaje lento
A la ciudad del infierno.
(E. Urquijo).


Cris había llegado sin apenas darse cuenta hasta Plaza de España. Caminaba ajena a todo, como cuando estaba colgada y aunque aún no había consumido nada se sentía en otro mundo, absorta en sus pensamientos, en sus recuerdos que habían vuelto a trasladarle a otros tiempos, cuando todavía era otra persona, pero también cuando empezó a ser lo que era en ese momento... Nada, nadie.
—Hola Cris, ¿qué tal estás? –era Mohamed Sálmi (El Salami), un tipo extraño y silencioso del que la gente desconfiaba, un hombre que huía de los problemas y siempre se había mostrado muy amable con ella. Cristina lo conocía del albergue, aunque hacía ya varias semanas que no lo veía por allí.
—Hola, ¿qué pasa?, no te había visto, ¿dónde duermes ahora?, porque no estás en el albergue ¿no?
A ella le pareció (como en otras ocasiones) que él se ruborizaba un poco cuando le hablaba.
—No, me echaron hace casi ya dos semanas por llegar tarde. He estado con un paisano ayudándole en una tienda que tiene en Lavapiés y me ha dejado dormir allí unos días. Pero ya no... He estado también en el Don de Jesús pero anoche hubo puñaladas, no creo que vuelva hoy. Ahora estoy esperando a un amigo a ver si me puede ayudar, si no ya veré, intentaré ir al Pabellón, aunque me han dicho que también está lleno.
El Don de Jesús estaba junto a la Catedral de la Almudena. Era uno de esos dispositivo de emergencia para las noches de invierno, lo dirigía un sacerdote ayudado por voluntarios y algunos de los propios acogidos. Contaba con pocos recursos, abría sólo por la noche y ofrecía bocadillos y la posibilidad de dormir en apretados jergones. La mayoría de sus usuarios era de origen magrebí y muchos de los españoles se negaban por este motivo a ir allí. Lo cierto es que por diversas razones, era lugar de continuas peleas, de hecho el año anterior hubo una especie de motín, agredieron al cura y a sus colaboradores y tuvo que intervenir la policía para desalojarlo, después de aquello estuvo cerrado durante varios meses pero con la llegada del frío habían vuelto a abrirlo.
—¿Por qué no vas al albergue por si acaso hay cama?
—Hasta mañana creo que tengo sanción por no haber ido a dormir la última vez, luego ya iré a ver si hay suerte. No sé. La verdad es que ahora con el frío que hace es bastante difícil conseguir allí cama.
—Sí, es una putada –afirmó Cris.
Salami había llegado a España en una patera hacía tres años. Durante meses trabajó en el campo en durísimas condiciones, sobre todo en El Ejido, Almería, “en los plásticos” como decía él, y luego en Cataluña, en la zona de El Maresme. Pero pronto empezó a tener problemas de salud: bronquitis, neumonía, tuberculosis y hasta una lesión crónica de espalda que le imposibilitaba ya para el trabajo físico y que cada vez le daba más guerra. Así que finalmente llegó a Madrid e intentó que le ayudasen desde los servicios sociales, pero siempre era lo mismo, le podían facilitar comida y cama si había, pero nada de ayudas económicas, al fin y al cabo era un “sin papeles”, un “ilegal”. De modo que llevaba ya una temporada malviviendo y era perfectamente consciente de que había empezado a caer por una pendiente por la que ya difícilmente podría subir.
Pese a todo, una cosa tenía clara y es que a su país no quería volver de ningún modo, por un lado regresar sería admitir que uno había fracasado por completo, pero además por otro lado, no creía que allí le fuera a ir mejor. Según las noticias que le llegaban a través de algunos compatriotas la situación estaba francamente mal, así que para volver a la miseria prefería seguir aquí, aunque para él ya no hubiera demasiadas diferencias entre uno y otro sitio. Había venido con un montón de sueños pero se habían desvanecido, como también habían desaparecido las fuerzas. Sólo habían pasado tres años y él era un hombre joven todavía, pero se sentía como un anciano, derrotado, sin esperanzas y cansado, muy cansado.
—¿Te quedas aquí conmigo o tienes algo que hacer? –preguntó Salami mirando fugazmente a los ojos de Cristina y bajando de nuevo la mirada.
—¡Ehhh ¿qué passa tííía?! –a Cris no le dio tiempo a contestar y al girarse vio que se acercaba a ella el Yoni.
—Hola Yoni, qué pasa.
—¡Eh tía ¿cómo lo llevas? que no se te ve el pelo, coño! – miró al Salami con recelo y añadió:
—Vente pa’cá que te cuento una cosita.
Cris miró a Salami y tocándole el hombro como disculpándose dijo:
—Bueno, tengo que irme, nos vemos. Cuídate y acércate al albergue a ver si tienes suerte, ve esta noche que va a hacer mucho frío, si mañana te termina la sanción igual te dejan pasar si hay cama.
—Vale, no sé, ya veré, adiós –contestó sin levantar la cabeza.
La verdad es que a Cris le caía bastante bien e incluso le daba un poco de pena, estaba siempre como triste (igual que ella) y le hubiera gustado quedarse con Salami, pero sabía que con el Yoni podía tener heroína, de modo que se fue con él.
Yoni era un yonky del albergue, un tipo moreno, alto, delgado como un junco y con los ojos saltones, llevaba el pelo corto y de punta y se dedicaba a trapichear, conocía a todos los demás toxicómanos pero solía ir a su bola y no parecía faltarle nunca de nada, aunque tampoco se le veía nunca demasiado colgado. Parecía que el tío controlaba.
—¡Tía tengo pelas, me ha salido una historia guapa que te cagas! –dijo cogiéndola del brazo mientras caminaban–.Voy a pillar una “cunda”, si te vienes te pongo.
Cris no dijo nada pero siguió andando a su lado.
Allí mismo en el lateral de la plaza estaba el coche con el conductor fuera y dos yonkys tirados en el asiento trasero. El Yoni se acercaba siempre a los poblados a pillar en uno de estos destartalados vehículos, donde compartía viaje con otros, normalmente a cien duros por cabeza. Otras veces el tipo que conducía se conformaba con que cada uno le diera una parte de lo que pillara. “Los taxis del infierno” los llamaba Cristina.
Yoni que conocía al conductor subió delante y Cris montó detrás con los otros dos tipos, uno de ellos estaba sin duda de mono y se acurrucaba en el asiento con los brazos cruzados sobre la cintura. Sudaba bajo el sucio chándal como si viniera de correr una maratón y estaba en los huesos. Temblaba. Murmuraba cosas ininteligibles. Vomitó un poco sobre sí mismo y sobre el asiento. El otro en voz baja le decía cosas al oído intentando tranquilizarlo. Tenía calambres y retortijones.
Cris sabía perfectamente lo que era aquello, el frío, los dolores musculares, la angustia, el vacío, la diarrea, las náuseas, la desesperación...
Nuevamente dejó vagar sus pensamientos, pero esta vez no había nada concreto, no recordaba nada especial, sólo miraba con la cara pegada a la ventanilla pasar las calles, la gente, los coches, la carretera, como imágenes en blanco y negro de una película triste, como su propia vida...
Poco a poco la ciudad cambiaba ante sus ojos y de las calles del centro, llenas de vida, pasaron a la carretera. Coches, vallas publicitarias, naves industriales, paisajes desérticos. Enseguida (o eso le pareció a ella) llegaron a las Barranquillas, un poblado absolutamente fantasmal, hundido en un agujero junto a una pequeña ladera de escombros. A simple vista, según iba uno acercándose podría parecer un viejo decorado de algún film malo de spaguetti–western o el típico poblado chabolista sin más, pero de lo que se trataba en verdad era del infierno a sólo unos pasos de la ciudad.
El lugar se componía de una serie de callejas formadas por los barracones y chabolas donde se vendía la droga. Un lodazal por el que deambulaban los yonkys como muertos vivientes, perros famélicos y ratas. Cris había leído en un periódico gratuito de los que daban en el metro, que se calculaba que unas cuatro mil personas pasaban cada día por allí. Cuatro mil condenados –pensó– como yo misma.
Había un pequeño centro de atención básica y algún coche de voluntarios que se dedicaban a intercambiar jeringuillas usadas por otras nuevas y repartían condones. Por todas partes se podían ver tipos pinchándose, cayéndose al suelo, “volando” mientras se arrastran o quizás muriendo en ese preciso instante. En cualquier rincón había siempre alguien tirado que acababa de consumir, otros que recogían jeringuillas usadas del suelo y los más patéticos de todos: los que llamaban “machacas”, individuos que ya no tenían ni fuerzas para desplazarse allí cada día por lo que habían decidido quedarse en aquel agujero. Estaban al servicio de alguna de las familias de la droga, limpiaban para ellos y les hacían todo tipo de recados o lo que fuera a cambio de dormir en un rincón, algo de comida y heroína. Muchos de ellos se metían sin saberlo una mezcla que les daban de heroína y cocaína (ambas adulteradas) y así, si algún día el mercado de una de ellas estaba mal, los mantenían con la otra. Lo cierto es que aquellos pobres diablos se meterían por la vena cualquier cosa que les dieran. Cris conoció a uno que como no le daban suficiente recogía del suelo agujas con los restos, las mezclaba y se inyectaba. Obviamente murió devorado por el SIDA.
El coche se detuvo cerca de uno de los barracones y bajaron todos menos el conductor.
—Espérame por aquí princesa –aconsejó el Yoni y correteó hacia la segunda chabola.
Cris viéndole de espaldas, imaginó que era un esqueleto con pelos en la cabeza o uno de aquellos zombis que salían en el vídeo de “Thriller”.


Nota de la Redacción: el texto de esta prepublicación pertenece a la novela de Miguel Rubio, Ahora que estamos muertos (Ediciones Carena, 2008). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento al director de Ediciones Carena, José Membrive, por su gentileza al facilitar la publicación en Ojos de Papel.
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