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Francisco González Ledesma: Historia de Dios es una esquina (RBA Libros, 2008)

Francisco González Ledesma: Historia de Dios es una esquina (RBA Libros, 2008)

    NOMBRE
Francisco González Ledesma

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Barcelona, 1927

    BREVE CURRICULUM
Escritor, periodista y abogado. A los 21 años gana el Premio Internacional de Novela por Tiempo de venganza otorgado por un jurado que cuenta con Somerset Maugham, libro que la censura franquista prohíbe. Empieza su carrera de periodista en El Correo Catalán y acaba siendo redactor jefe de La Vanguardia. En 1984 obtiene el Premio Planeta por Crónica sentimental en rojo. En dos ocasiones ha merecido el Premio Mystère a la Mejor Novela Extranjera publicada en Francia



Francisco González Ledesma

Francisco González Ledesma


Creación/Creación
Historia de Dios en una esquina
Por Francisco González Ledesma, jueves, 4 de septiembre de 2008
¿Qué es lo que puede empujar al viejo Méndez a alejarse de las murallas de Barcelona y correr hacia las orillas del Nilo blandiendo una Colt más vieja que él? ¿Qué es lo que puede provocar un furor tal en este policía para quien el cinismo es una virtud cardinal, una regla de vida intangible? Méndez hace demasiado tiempo que es inspector como para tomarse en serio los crímenes y bajezas ordinarias, y hace falta que la inocencia se burle por lo menos dos veces para que su sangre espesa se ponga a hervir y se proponga perseguir la verdad fuera de las horas de servicio, dispuesto a que se haga justicia aunque tenga que tomársela él. De los bajos fondos de Barcelona a las necrópolis del Cairo pasando por los bellos barrios de Madrid, Méndez correrá sin aliento detrás de una evidencia que ya sospechaba desde hace tiempo: el mundo merece bien su mala reputación y la virtud no está nunca allí donde se la busca. Francisco González Ledesma traza una historia de asesinos, de perversión, de niños y de inocencia de viejos que no aceptan lo que han tenido que ver y vivir. Un relato que lleva a Méndez desde las ruinas de una Barcelona en reconstrucción acelerada a las ruinas eternas de Egipto. Un policía duro que no grita y piensa. Un hombre de sensibilidad dentro de una máscara de ferocidad.

—Yo no sé si usted ha oído hablar alguna vez de Palmira Rossell —le dijo Méndez al periodista Carlos Bey.
Carlos Bey le ayudó solícitamente a cruzar la calle, que estaba resbaladiza a causa de las primeras lluvias del otoño, y comprobó con admiración que Méndez estaba en forma, pues no había vacilado ante la amenaza de los coches, no había tropezado con ninguno de ellos y no había perdido un zapato al subir al bordillo velozmente. Cuando estuvieron a salvo, el periodista encendió un cigarrillo y murmuró:
—No, no he oído hablar de ella, pero le confesaré que en principio tampoco me interesa. Usted, Méndez, sólo tiene amistad con mujeres llenitas y pervertidas que usan combinaciones color malva, tienen discos de canto gregoriano para acompañar los pecados y, desde luego, tratan de corromper a un sobrino inocente y pobre. Si Palmira Rossell es de ésas, más vale que hablemos de otra cosa.
Acababan de atravesar la calle Urgel y ascendieron por ella en lugar de descender, dejando así a su espalda el mercado de San Antonio y las viejas Rondas. Era aquél un mundo estricto, cerrado y meticuloso donde cada movimiento de las mujeres, cada mirada de los hombres tenían cien años de antigüedad. Un mundo amado por Méndez, que conocía los portales, los rótulos de los establecimientos, la vida sencilla y a la vez secreta de sus gentes. Quizá por eso, porque aquél era un mundo que Méndez amaba, Carlos Bey se sorprendió de que se alejaran de él.
—Yo creí que íbamos hacia el Paralelo —dijo.
—No, hoy no.
—Es que aquéllos son sus barrios, Méndez.
—Bueno, pero es que hoy voy a ver a Palmira Rossell. Por eso le he hablado de ella. Palmira Rossell no es lo que usted cree, Bey, es decir una mujer viciosa y perfumada que tiene un sobrino virgen. Es justamente todo lo contrario: una intelectual moderna y audaz que tiene una editorial pequeña. Lo más fácil es que muera joven y con la cama sitiada por los acreedores, pero ella no lo sabe. En fin, voy a verla porque me ha encargado un libro.
—¿Un libro? ¿Un libro a usted, Méndez?
—¿Por qué le extraña? Yo escribo bien, Bey. Cuando era joven, hacía a máquina unos atestados brillantísimos, donde además el declarante siempre se confesaba culpable de alguna cosa. Pero, en fin, no se trata de un libro de mi especialidad, o sea un libro sobre rameras que fracasaron en el oficio. Lo que quieren encargarme es una historia de animales, concretamente una historia de perros.
Pasaron frente al cine Urgel, cine de Rocky Primero, Rocky Segundo, Rocky Tercero, donde hasta los ideólogos de izquierda se olvidaban de sus crisis. Méndez explicó:
—No le extrañe que Palmira Rossell confíe en mí. Yo he vivido siempre en lugares sórdidos y poco recomendables, pero que al menos tienen una virtud: bullen de humanidad. Y sin embargo siempre he dicho que la verdadera humanidad, aunque parezca un contrasentido, palpita en las historias de animales, especialmente en las historias de perros. Yo conozco muchas, ¿sabe, Bey? Una barbaridad de historias. Perros callejeros, perros ratoneros, perros de salón y hasta misteriosos perritos de alcoba. Pero siempre perros de ciudad: los del campo son otra cosa. ¿Quiere que le explique una que encima es auténtica, Bey? La lástima es que se trata de una de esas historias que nunca publicarán en su periódico.
—No publicamos historias de animales, pero en cambio publicamos bastantes animaladas —se defendió Bey.
—Este caso es distinto. Tiene auténtica calidad humana, se lo aseguro. Verá: un día, los cabrones de los laceros ven por ahí una perrita suelta y se la llevan. La depositan en el Tibidabo, en ese refugio espantoso donde los pobres perros pagan por los pecados que cometemos los hombres. ¿Qué hace el animal? Bueno, pues desde el primer día acepta la comida, cosa que sus aterrorizados compañeros no suelen hacer. ¿Y qué más? Pues inverosímilmente logra hacer un agujero en la jaula y escaparse. Eso lo hace por la noche, para que no la vea nadie. Pero lo más inverosímil ocurre más tarde: a la mañana siguiente, la perra vuelve. Y por la noche escapa de nuevo. Y a la mañana siguiente regresa. Durante varios días, mientras espera la muerte, la perra es una presa modelo, que come y descansa durante el día y aparentemente duerme por la noche. Pero en realidad, apenas cae la oscuridad, se fuga. Hasta que en cumplimiento de las ordenanzas municipales y todas esas cosas con olor a pedo de secretario, los celosos guardianes de la paz pública ven que a la perra no la ha reclamado nadie, la cogen y la matan, ni siquiera han llegado a sospechar su aventura. Y ocurre que en el Cementerio Nuevo (que por supuesto, como su mismo nombre indica, es el viejo) en el otro lado de la ciudad... ¡en el otro lado de la ciudad, Bey!... unos chicos oyen durante toda la noche los llantos de unos cachorrillos. A la mañana siguiente van a buscarlos, pero ya es demasiado tarde. Toda la camada ha muerto por desnutrición. Bueno, queda vivo un cachorrillo, que es el que sigue llorando.
Carlos Bey se detuvo un momento.
El cigarillo que tenía en los labios resbaló hasta el suelo, pero él no se dio ni cuenta.
—No me diga que es cierto lo que estoy pensando, Méndez —susurró.
—Pues claro que es cierto lo que está pensando, Bey. Me cago en la leche si no es cierto. A la perra la capturaron cuando amamantaba a sus crías, y el pobre animal enseguida comprendió que los cachorros morirían de hambre. Por eso logró abrir un orificio en la jaula y huir. ¿Pero por qué volvió a primera hora de la mañana siguiente, después de darles de mamar? Porque en el refugio tenía una cosa que en otro sitio no podía encontrar: comida segura. Sabía que era el único sitio donde podía encontrar la fuerza que le permitiría seguir amamantando a sus crías. Es asombroso. Y más asombroso aún que la perra tuviera fuerzas para atravesar la ciudad entera dos veces cada noche. Y el colmo de lo asombroso es que no se perdiera. Piense que la habían llevado al Tibidabo en un vehículo y encerrada en una jaula hermética, Bey. No conocía el camino.
Bey se pasó un momento la mano derecha por los ojos.
—Es una historia triste —dijo.
—Todas las historias de animales son, en el fondo, muy tristes.
—Sí.
—Pero nos enseñan una cosa, Bey: que las grandes verdades de la vida son muy sencillas, y ellos las conocen mejor que nosotros.
—¿Sabe usted muchas historias de animales, Méndez?
—Muchas, ya se lo he dicho. Para escribir un libro. Y es lógico, porque los perros me han acompañado por los viejos barrios todas las noches. Cuando hago servicios de esquina (porque yo, a mi edad, todavía hago servicios de esquina, y con un poco de suerte acabaré cobrando a tanto la chapa) encuentro sus miradas que me buscan. No crea, son miradas que preguntan cosas. Creo que le diré que sí a Palmira Rossell y acabaré escribiendo el libro.
Carlos Bey metió las manos en los bolsillos y echó a andar de nuevo. Llegaba un viento racheado, un viento de otoño que estaba limpiando la ciudad, y a su rostro saltaron unas gotitas de lluvia.
Se volvió de pronto hacia Méndez.
—Ya sé que no va a poder contestarme —musitó—, pero ¿qué fue del cachorrillo?
—Pues claro que puedo contestarle, Bey. La historia que le he contado es muy reciente, y Palmira Rossell la supo por uno de aquellos chiquillos que jugaban junto al cementerio. Conocían a la perra, sabían que se la habían llevado al Tibidabo y les sorprendió muchísimo verla alguna noche pasar como un rayo por allí. Fue Palmira la que siguió la pista y acabó descubriendo la verdad. De ahí viene su idea de publicar un libro que contenga historias de perros, una de las cuales, y sin duda la más brillante, será la historia de mi vida. Pero usted me estaba preguntando por el cachorrillo. Bueno, pues Palmira lo tiene. Sólo de conocer su historia le he tomado cariño, y creo que me lo voy a quedar. Abrigo la esperanza de que se aclimatará al ambiente de mi pensión antes de pensar en arrojarse por la ventana. Y es que el ambiente de mi pensión ha mejorado mucho, Bey, no crea. Ya sé que está en pleno Barrio Chino y que la mayoría de los huéspedes son moritos en edad de merecer, pero yo pienso que el perro acabará encontrándose a gusto allí. El coñac es bueno.

—¿No quiere esperarme en aquel café, Bey? Yo sólo voy a estar en el despacho de Palmira unos veinte minutos. ¿O tiene que ir al periódico?
—No, todavía no. Hoy me toca turno de noche.
—La noche era la última amiga que les quedaba a los periodistas —sentenció Méndez—. Ahora ni eso tienen.
Estaban en la parte alta de la calle Urgel, cerca de la plaza de Francesc Macià, cerca de la calle Buenos Aires, cerca de las pizzerías y otros lugares de comidas no a precio fijo, pero sí a tiempo fijo.
—La ciudad está perdida —gruñó Méndez—, fíjese en que la mayoría de los hombres salen de esos restaurantes mirando el reloj. —Le señaló a Carlos Bey un café que estaba más lleno que el metro y se alejó, pero no tuvo al periodista esperando más allá de veinte minutos. Cuando volvieron a encontrarse, Méndez masculló:
—Maldita sea.
—¿Qué le pasa, Méndez? ¿No va a escribir el libro?
—Claro que voy a escribirlo. Lo que ya no está tan claro es que lo cobre. Pero lo que me fastidia es que Palmira Rossell ya no tiene el cachorrillo.
—¿No? ¿Qué pasa? ¿Se lo han tenido que comer los de la editorial a final de mes?
—El chaval que lo encontró es conocido de Palmira, y vino a buscarlo. La verdad es que el cachorro no hacía más que llorar porque echaba en falta a su madre. O sea que Palmira Rossell se ha quedado ahora mucho más descansada, pero teme que el chaval acabe abandonando al perro. Por eso he tomado una decisión: como ya había pensado quedarme con él, iré a buscarlo.
—Joder, Méndez. Me ha demostrado que está en forma viniendo a pata hasta aquí, pero a estas horas yo no voy al Cementerio Nuevo. Ni loco, vamos. Ni loco.
—No voy a ir a pie, ni tampoco al Cementerio Nuevo. Sólo hasta la Avenida de Icaria, que está cerca de las tumbas. Por cierto, ¿sabe que aquello van a ponerlo patas arriba con la coña de los Juegos Olímpicos? Son capaces de instalar un hotel, o quizá una oficina de recaudación, en el propio cementerio. Pero no se preocupe, tomaremos un taxi. Al fin y al cabo aún no estamos en mi límite de supervivencia, que suele caer sobre el día veinte.
El taxi les condujo, en una larga carrera poblada de atascos, por la Vía Layetana, los muelles y la Avenida de Icaria, calle evocadora de un país amable y utópico, donde todo el mundo estaba invitado a cenar. Les dejó casi en las puertas del cementerio, pero no hizo falta buscar a los chiquillos. Éstos estaban persiguiendo a los gatos que corrían por los bordes de las tapias.
—Ese cementerio está siempre lleno de gatos —gruñó Méndez—. A ver, voy a proceder a la brillantísima detención de uno de esos chicos. Eh, tú, chaval... ¿conoces a Pedrito Cuenca?
—Es aquél.
Pedrito Cuenca tampoco trató de huir, pese a tener la oscura sensación de que Méndez acababa de salir de alguna especie de domicilio fijo que tenía en el cementerio. Cuando le preguntaron por el cachorro, señaló hacia una especie de almacén ruinoso que había al otro lado de la calle.
—Se ha escapado —dijo—. Se ha metido por allí. Pero no se preocupe, lo encontraré. Siempre se escapa allí porque aún huele a su madre. Oiga, ¿usted lo quiere de verdad?
—Su madre se sacrificó mucho por él, y me parece que vosotros lo acabaréis perdiendo.
—No crea, tío. Todo esto está lleno de perros, y los encontramos siempre. ¿Quiere que vayamos a buscarlo?
—Hombre, me gustaría. Te daré veinte duros.
—Se va usted a arruinar, tío.
—Pues en mis tiempos, por veinte duros, tenías a una... Bueno, ya no sé lo que se tenía. En fin, chaval, que serán quinientas pesetas. ¿Hace?
—Hace. Y es que si se mete usted solo por ahí se mata, ¿sabe? Todo está lleno de cascotes y agujeros. Hay montones de mierda. De día aún, pero lo que es de noche... Hala, venga, vamos. ¿Vosotros qué? ¿Venís, cagaos?
Toda la tropa, formando una especie de guardia mora en torno a Méndez, se metió entre los cascotes, donde a aquella hora ya no se veía prácticamente nada. Sólo unas luces lejanas y macilentas marcaban un poco los relieves del viejo edificio y sus paredes a punto de hundirse para siempre. Los gatos maullaban en la penumbra, buscándose entre las ruinas, y de vez en cuando se oía en éstas el ladrido angustioso de algún perro perdido. Méndez cayó una vez, tropezó dos, renegó tres y acabó mencionando las quinientas pesetas, al chaval y a la madre que lo parió. La verdad era que los de la guardia mora se estaban riendo de ellos, al notar que ni Carlos ni aquella especie de resucitado eran lo bastante ágiles para saltar entre los cascotes. Dieron un largo rodeo, metiéndose en lugares más difíciles cada vez, guiados por los gemidos intermitentes del cachorrillo. Uno de los chavales murmuró:
—Ése se ha perdido de verdad. O ha encontrado algo. Ahí no es donde lo tenía su madre.
—Ahí no podían tener ni a la cocinera del obispo —se volvió a quejar Méndez—. Menudo sitio, leches.
Tropezó de lleno con los restos de un muro, volvió a caer, alzó los brazos al cielo, se apoyó en Bey, evitando dar así una vuelta de campana, y al fin resbaló sentado por una pila de cascotes, hasta quedar espatarrado sin dignidad alguna en una especie de hoyo. Méndez tuvo tres sensaciones desagradables e inmediatas: la sensación de su propia indignidad en primer lugar; la de estar tocando algo maloliente y blando, seguramente un animal muerto, y la de la angustia del cachorro que estaba allí mismo, gimiendo, buscando meter el hocico entre sus piernas.
Méndez pudo decir solamente:
—Hostia. Y todo por una historia de perros.
La sensación primera, la de su indignidad, desapareció enseguida, tragada por otra más grave, más excluyente que era la de estar tocando una especie de animal muerto. Con gestos precipitados Méndez sacó su mechero, ahogó una nueva maldición y logró que entre sus dedos brotara una llamita. La claridad rosada se diluyó por el fondo del hoyo, donde en efecto brillaban dos cosas: una especie de pulsera de metal y los ojos asustados del cachorrillo.
Méndez barbotó:
—Ya lo tengo.
Pero lo que tenía era otra cosa. Tenía el sitio donde brillaba la pulsera de metal, o sea la muñeca de un ser humano espantosamente inmóvil. Tenía —según le mostró la vacilante llamita de su mechero— un rostro femenino de ojos opacos y vacíos en los que parecía hundirse la soledad del cielo. Tenía a su lado una muerta. Tenía el cadáver de una niña.


Nota de la Redacción: Este texto corresponde al comienzo de la novela de Francisco González Ledesma, Historia de Dios es una esquina (RBA Libros, 2008). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento a RBA Libros por su gentileza al facilitar la publicación en Ojos de Papel.
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