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Inongo vi-Makome: Akono y Belinga (Ediciones Carena, 2003)

Inongo vi-Makome: Akono y Belinga (Ediciones Carena, 2003)

    NOMBRE
Inongo vi-Makome

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
De la etnia Batanga, nació en Lobé (Kribi), a orilas del
Átlántico en el sur de Camerún


    CURRICULUM
Cursó los estudios en Kribi, Ebolowa, Santa
Isabel (Guinea Ecuatorial). Terminó el bachillerato en Valencia, después ingresó
en la facultad de Medicina, estudios que continuaría en la Universidad de
Barcelona. Entre sus publicaciones destaca Benama; Akono y Belinga, Los reyes
Reyes de Zookala
(cuentos), España y los negros africanos y La emigración negroafricana: tragedia y esperanza(ensayo) y Rebeldía (novela).




Inongo vi-Makome

Inongo vi-Makome


Creación/Creación
Akono y Belinga (el muchacho negro que se transformó en gorila blanco)
Por Inongo vi-Makomé, martes, 3 de julio de 2007
A la literatura africana le ha sentado bien la globalización. Su naturaleza oral, su función lúdica y al mismo timepo educativa, su arraigamiento en lo cotidiano para cosechar fantasía ha venido a suplir el vacío provocado tal vez por el intelectualismo creciente en la literatura occidental. Inongo-vi-Makome, escritor camerunés residente en Barcelona, recrea en Akono y Belinga un mito sobre fidelidad ambientando en ambas selvas: la africana y la selva de hormigón occidental. Akono y Belinga, como toda obra admite infinidad de lecturas: desde el más puro y emocionante relato infantil hasta el simbólico y duro desencuentro cultural.
En una aldea de una provincia del sur del Camerún llamada Sama, vivía una familia formada por dos hermanos y su madre. Akono, el mayor, tenía dieciséis años; Belinga, el pequeño, catorce, aunque por su elevada estatura y fuerte complexión aparentase más edad que el primero.

Tiempo atrás había fallecido el padre, tat Ole, que era un hombre bueno, justo y trabajador. Gozó en vida de gran prestigio y era admirado por sus nobles cualidades. Jamás toleró la maldad ni la injusticia, y menos aún los abusos de los fuertes con los débiles. “Los hombres han de vivir haciéndose el bien los unos a los otros” -repetía a menudo-. Ésa era su concepción de la existencia. Momentos antes de su muerte convocó a sus hijos para hablarles.

“Hijos míos -les dijo-, ha llegado la hora de mi muerte y os tengo que dejar. Quiero que, mientras viváis, intentéis hacerlo como yo lo he hecho, sin envidia ni maldad. Las tierras que heredáis, tendréis que trabajarlas a partes iguales y repartiros las ganancias. Ninguno de los dos deberá engañar al otro ni desearle el mal. El que lo hiciere, recibirá su justo castigo. Juntad vuestras manos a las mías y jurádmelo”.

Los dos muchachos, con lágrimas en los ojos, unieron sus manos a las del enfermo y sellaron el pacto antes de que éste falleciera. A partir de entonces Akono y Belinga empezaron a valerse por sí mismos, trabajando siempre unidos y cuidando de su madre. Habían sabido conservar las mejores virtudes de su padre. Gracias a su afición al canto y a la danza, ganaron para Sama diversos trofeos en ambas modalidades, conquistados en competiciones con otros poblados vecinos, y se convirtieron en el orgullo de su aldea.

Al cabo de un tiempo, la vida cambió bruscamente en Sama. El pueblo, que nunca había recibido otras visitas que las de los vecinos de las aldeas cercanas, empezó a tenerlas con asiduidad y cada vez en mayor número, debido a la apertura de una carretera que lo unía a poblados lejanos y a la capital de su provincia.

Pronto la tranquilidad y el silencio, alterados en tiempos pasados únicamente por el canto de los pájaros y el sonido de los tambores, fueron perturbados por el ronroneo de los motores: grandes camiones llegaban trayendo mercaderías desconocidas.

Los habitantes de Sama dejaron de usar taparrabos y empezaron a lucir elegantes y vistosas telas, llenas de colorido. Esto cambió radicalmente las costumbres de aquella gente, que siempre lo había compartido casi todo. Ahora cada uno quería adquirir cosas nuevas y poseer más que su vecino. La ambición y el desorden habían llegado al poblado.

Entre las nuevas mercancías, las bebidas alcohólicas eran las preferidas, y sus indeseables efectos sembraron aún más el caos, llevando a muchos al borde la locura. Los robos y las peleas se multiplicaron y la maldad, tan temida y repudiada en tiempos de tat Ole, se instaló en Sama.

Sin embargo, no todos abrazaron por igual este desorden. También hubo quienes, entre las muchas novedades que les trajo la carretera, eligieron únicamente las que les ayudaban a aliviar la dureza de sus existencias, compaginándolas con sus costumbres y sin causar daño a nada ni a nadie. Entre estos pocos estaba Akono.

Belinga, al contrario que su hermano, se había unido al grupo de los primeros. Él, que había sido modelo de bondad, y había cumplido los deseos de su padre, se apartó de sus obligaciones y, junto a muchos de sus vecinos, subió a una nave que les conducía cada día más lejos de los principios que hasta entonces habían regido sus vidas.

Belinga empezó a no tener suficiente con lo que le correspondía y a recurrir a su hermano, que, aunque no le negaba nada, le advertía:

- Ten cuidado, Belinga, la riqueza de los extranjeros te está comiendo el corazón y te lleva a incumplir las promesas que hicimos a nuestro padre.

Si bien al principio estas observaciones no le molestaban y se limitaba a tranquilizar a Akono, con el tiempo Belinga hartóse de ellas y cambió su voz conciliadora de antaño por severas amenazas:

- ¡Ocúpate de tus cosas -decía-, no te metas en las mías!

A pesar de este comportamiento, Akono no se desanimaba e insistía en aconsejarle, esperando que recapacitara y volviera al camino recto. Pero no tuvo éxito.

Belinga, que se había aficionado a la caza con fusil desde que se comprara uno, le pidió a su hermano un día que le acompañara en este menester. Akono, sin sospechar su mala intención, accedió de buena gana sin poner reparos. Anduvieron por el bosque durante algún tiempo, hasta que alcanzaron una arboleda de espesa vegetación. Entonces, descubriendo su verdadera intención, Belinga dijo:

- Lo siento hermano, pero tengo que matarte.

- ¿Por qué, Belinga? -preguntó Akono incrédulo.

- Porque necesito para mí solo las tierras que Tat dejó.

- Si no es más que por las tierras -dijo Akono con pesar-, no te preocupes, te cedo voluntariamente mi parte sin que tengas que matarme y convertirte en un criminal.

Akono hablaba con una voz temblorosa, no por temor a la amenaza de su hermano, sino pensando en la maldición que caería sobre Belinga si consumaba su crimen.

- No, hermano, no puedo dejarte con vida -sentenció Belinga-. He de matarte; luego contaré al poblado que te has perdido en la selva.

- Si ése es tu deseo, ¡hazlo! -terminó aceptando Akono.

Mas cuando el ambicioso Belinga se disponía a apretar el gatillo, apareció, posándose entre los dos, el espectro de su padre. Ambos quedaron sorprendidos, pero mientras Akono conservaba la calma, fue Belinga quien se puso a temblar esta vez al sentir la severa mirada que le dirigía el aparecido.

- Belinga -llamó el espectro con voz grave-, has faltado a la palabra que me diste en mi lecho de muerte. El afán por poseer más riqueza te ha cegado y te ha llevado a la traición, al odio y a la maldad que juraste no albergar. Has traído a tu hermano hasta aquí con engaño y con el propósito de matarle, a pesar de que te cede lo que le corresponde. Los hombres son hombres, no animales -continuó-, pero en vista de que tú has dejado de ser hombre para actúar como un animal, te convertirás en uno de ellos: serás un gorila de color blanco y no encontrarás en esta selva otro que quiera hacerte compañía. Todos huirán de ti o te perseguirán porque te considerarán extranjero y desconocido, que es lo que en realidad eres respecto a las costumbres de nuestro pueblo.

Dicho esto el fantasma de tat Ole desapareció y Belinga se transformó inmediatamente en un gigantesco gorila de pelo blanco, ante el asombro de Akono, que no tuvo tiempo de suplicar al espectro que no infligiera tan duro castigo a Belinga, una vez evitado el asesinato.

Abrazó al primate que tenía delante y que ya no se parecía en nada al joven hermano que minutos antes le amenazaba con una escopeta. El gorila, por su parte, estaba quieto, como si no acabara de entender lo que había sucedido ni dónde se encontraba.

- ¡Te lo dije, Belinga! ¡Te lo dije! ¿Por qué no me hiciste caso? -gimió Akono.

Mientras se quejaba, escucharon tumultuosos ruidos en los alrededores y en las copas de los árboles. Eran los animales y los pájaros que huían al notar la presencia de un ser extraño en sus dominios. Akono, recordando las últimas palabras del aparecido, cogió al gorila de la mano y lo condujo a las cercanías de sus tierras, no sin antes romper el arma con rabia. Allí le construyó una cabaña en un lugar bien oculto y de difícil localización, esperando que pasara pronto el efecto de la maldición.

- Quédate aquí -dijo al gorila-, ahora vuelvo a la aldea, pero vendré todos los días a traerte comida y a estar contigo. No te muevas de la cabaña.

A partir de aquel día, Akono le llevó la comida a su hermano, preparada por su madre. Ésta estaba muy apenada y creía que la desaparición de Belinga se debía a que había sido supuestamente atacado por un animal feroz, ya que era esto lo que le había contado Akono omitiendo la verdad de lo acontecido. Akono salía del poblado de madrugada y regresaba al anochecer, tomando muchas precauciones a fin de evitar sospechas.

El tiempo fue pasando lentamente sin que Belinga recuperara su antigua forma de hombre y Akono se desesperaba por la tardanza de dicha transformación. El temor a que ésta no ocurriera nunca les hacía llorar amargamente a ambos. Los llantos de Belinga indicaban que estaba realmente arrepentido, y esto hacía suponer a Akono que su padre, dándose cuenta de esta circunstancia, no tardaría en presentarse por segunda vez para levantar la maldición que pesaba sobre Belinga y restituirle su verdadera personalidad. Fiel a esta esperanza comentaba:

- No te preocupes Belinga, un día tat recapacitará y hará que vuelvas a ser como antes.

Estas palabras animaban al gorila que, ante su incapacidad de hablar, se limitaba a mover la cabeza de arriba a abajo, deseando que aquello sucediera cuanto antes.

Pero tat Ole, desde donde se encontraba, no parecía enterarse del rápido arrepentimiento del menor de sus hijos. Belinga continuaba siendo gorila y no se percibía, ni por asomo, cambio alguno en su cuerpo.

A esta desesperada situación vino a añadirse, año y medio después, la súbita muerte de su madre, cuyo corazón no aguantó por más tiempo el daño sufrido por la desaparición de su hijo. Falleció con este dolor una noche mientras dormía en la cama de bambú de su cocina.

- Madre ha muerto -anunció Akono después de asistir al entierro y de pasar cuatro días seguidos sin aparecer por la cabaña-. Su salud empezó a deteriorarse desde el día en que no volviste a casa.

En la cara del gorila se dibujó una mueca de dolor y de su boca se escapó un fuerte gruñido. Se sabía responsable de esa muerte y de las molestias que ocasionaba a su hermano, aunque éste no se quejara. Estaba tan arrepentido que no comprendía por qué su padre no venía a perdonarle...

Akono, viendo que se eternizaba la situación anómala de Belinga, decidió buscar la solución en otra parte.

- He sabido de un hechicero que vive a cuatro días de marcha de aquí -anunció a Belinga después de informarse-. Está en la selva y dicen que es bueno. Voy a ir a rogarle que me ponga en contacto con el espíritu de nuestro padre o que haga algo por ti. Como no sé cuánto tiempo tardaré en volver, te he traído comida para varios días; en caso de que se te acabara antes de mi regreso, busca tubérculos en los alrededores, no te alejes y extrema las precauciones. Pululan por aquí algunos cazadores con fusiles que no dudarían en disparar contra ti. ¡Cuídate mucho!

Como si aquella despedida significara el fin de sus males, Belinga, en su estado de gorila, saltó por primera vez de alegría. Renacían sus esperanzas de recobrar la vida que tuviera antes de que una carretera llena de polvo le trajese cosas que cambiaron su manera de ser y, en consecuencia, le trajese también su maldición. Unidos en un emotivo abrazo, los dos hermanos, uno hombre, otro gorila, se despidieron dándose ánimos.

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NOTA DE LA REDACCIÓN: Este capítulo pertenece a la obra Inongo-vi-Makomé titulada Akono y Belinga (Ediciones Carena, 2000). Queremos agradecer al director de Edciones Carena, José Membrive, su gentileza por facilitar la publicación de dicho texto en Ojos de Papel.
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