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Antonio Muñoz Molina: Días de diario (Seix Barral, 2007)

Antonio Muñoz Molina: Días de diario (Seix Barral, 2007)

    AUTOR
Antonio Muñoz Molina

    GÉNERO
Diario

    TÍTULO
Días de diario

    OTROS DATOS
Prólogo de Pere Gimferrer. Barcelona, 2007. 84 páginas. 16 €

    EDITORIAL
Seix Barral



Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina


Reseñas de libros/No ficción
Antonio Muñoz Molina: Días de diario (Seix Barral, 2007)
Por Justo Serna, viernes, 1 de junio de 2007
Hay libros especiales en los que se hacen evidentes las entrañas: los esqueletos incluso que los sostienen. Son obras autorreferenciales, es decir, un tipo de volumen en el que se muestra las etapas de su construcción: se exhiben así los procesos que lo consuman. O, al menos, sus autores nos los presentan de ese modo. Es más, en cierta literatura posmoderna, la apelación al lector para que se haga cómplice es tan explícita que el escritor, con nombre y apellidos, cobra presencia y protagonismo hasta ser parte de la construcción.
¿Recuerdan cómo empezaba Si una noche de invierno un viajero? Italo Calvino construía un artefacto efectivamente posmoderno en el que la alusión autorial aparecía en la primera página. “Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto…”. Con ese incipit, con ese comienzo, Calvino bromeaba sobre sí mismo, bromeaba sobre la lectura, pero sobre todo rompía la verosimilitud de la que ha de partir toda novela: desde luego, esa mención explícita al hecho de estar leyendo una novela no facilitaba la verosimilitud, la suspensión de la incredulidad. Mostraba, por tanto, las entretelas de la ficción. Cosas así ya se habían dado en el Quijote, con esas referencias autoriales que mezclaban la realidad y la invención.

Llegados a un punto de sus carreras, los grandes escritores suelen bromear sobre sí mismos o, por lo menos, se desnudan frente a sus lectores para hacer aparentemente evidentes los artificios de que se valen o para mostrar la construcción de la que son capaces. Cuando eso no se plasma en la propia obra de ficción que se construye (como hacía el Calvino posmoderno), es frecuente que el autor lleve un diario aparte, una hoja en blanco en la que volcar su titánica lucha, sus decaimientos, sus esperanzas, sus derrotas, sus dudas, sus logros, la interferencia, en fin, de la vida cotidiana.
Para aplacar ese dolor, para conjurarlo, nada mejor que administrarse más escritura, más disciplina: llevar un diario en el que expresar esa titánica lucha con la novela que se concibe y que cuesta materializar. Eso es lo que sucede con Días de diario, la trastienda de El viento de la Luna

Javier Marías nos recordaba, por ejemplo, el tono particular, bien particular, que adoptara Thomas Mann en sus diarios. Señala en Vidas escritas que “cualquier escritor que deja sobres cerrados que no deberán abrirse hasta muchos después de su muerte está convencido de su tremenda importancia (…). En el caso de Mann y sus diarios, lo más llamativo es que todo lo que le ocurría le parecía sin duda digno de ser registrado, desde la hora a que se levantaba hasta el tiempo que hacía, pasando por lo que leía y sobre todo lo que escribía”. En esos diarios, Mann expresaba la lucha con las musas, por decir una cursilada, pero sobre todo expresaba sus malestares cotidianos, sus prosaicas indisposiciones, sus logros. ¿De qué vale esa escritura?

En principio, para todo autor que lo plasma, los dolores escritos sirven en parte para conjurarlos, para desprenderse de sí mismo, de lo que le perturba. O, como admitiera Antonio Muñoz Molina en una página antigua, “se escribe cuando se escribe de verdad, para librarse de una materia al mismo tiempo explícita y oscura que empezó a poseernos mucho antes de que reparásemos en ella, pero el mismo acto de escribir –del que esperamos, si no la libertad, sí al menos el alivio del punto final—grava intensamente la posesión al ahondar en sus motivo y nos sumerge en un estado tóxico, de hipnosis y vigilia perpetua, de un gozo gradualmente ensimismado cuyos límites se aproximan a un sentimiento de dolor”.

¿Cómo curarse de un mal? Inyectando mayor cantidad de aquello que nos inflige dolor. La escritura de una novela produce inquietud, incertidumbre. “Lo único que sabe o sospecha el escritor”, añade Muñoz Molina en esa misma página, “es que está siendo impulsado hacia un territorio donde no van a servirle sus normas usuales, y que valdrá la pena su temeridad, no sólo paisajes o ciudades exteriores, sino galerías íntimas de su propia conciencia”. O, en otros términos, escribir es una forma de averiguar lo que no se sabía que se sabía, indagación que por ser esfuerzo y empeño suele doler. Pues bien, para aplacar ese dolor, para conjurarlo, nada mejor que administrarse más escritura, más disciplina: llevar un diario en el que expresar esa titánica lucha con la novela que se concibe y que cuesta materializar. Eso es lo que sucede con Días de diario, la trastienda de El viento de la Luna (la última novela de Muñoz Molina; véase link de la reseña). Días de diario es, en efecto, un dietario, un librito que abarca menos de seis meses, entre Madrid y Nueva York, lugares en los que habita el autor que escribe aquella narración selenita, por decirlo así.
Ésta es, seguramente, la parte más interesante del dietario: la confesión de miedo, de titubeo, de tanteo, de tentativa, de preparación y de duda. Una novela consumada es objeto de exégesis, es un texto inmodificable que deviene obra abierta: aquella en la que los lectores y los hermeneutas vuelcan sus interpretaciones (...) Pero cuando esa novela estaba creándose, cuando estaba sin materializar, era una tentativa en construcción que en parte le hace ir a ciegas al autor que tantea. Así lo veo yo en este dietario

Alguien se deja llevar por una ensoñación. En su interior, en esa intimidad a la que nadie más tiene acceso, piensa y siente, y al hacerlo así una historia de imágenes se esboza: unas circunstancias, unos hechos y unos personajes que pueden haberse dado –o no– cobran fisonomía. Es posible que eso que se le ocurre y a lo que se abandona sea una quimera absoluta, un ejercicio de la fantasía sin vínculo apreciable con la vida real. Pero también es posible que sólo sea un avatar leve o profundamente modificado del entorno existente o un análisis de lo que le sucede o sucedió. Días de diario registra el proceso de elaboración de El viento de la Luna, la novela en la que relata su adolescencia y la llegada del hombre al satélite, hechos del pasado. Pero registra también un duelo actual: la muerte del padre, ese luto al que naturalmente llegamos cuando crecemos y envejecemos, una circunstancia previsible y escandalosa a la vez. El hijo escribe ahora, en 2005, una novela cuando está empeñado en hacer el luto, cuando todo evoca al padre ausente. De hecho, la ficción que escribe es un homenaje al progenitor desaparecido. Con él se ha ido un espacio real, material, objetivo, pero se ha evaporado también un mundo afectivo. Reconstruir esas vivencias antiguas y bien presentes es tarea de El viento de la Luna; manifestar el dolor y las dificultades de expresión es obra de Días de diario. En uno o en otro caso, en la novela y en el dietario, lo cierto es que quien escribe y fantasea experimenta la urgencia perentoria de una ensoñación, la de su necesidad o la de su automatismo, tal vez provocados por un estímulo exterior doloroso o placentero que le lleva a asociar pensamientos y emociones. Todo evoca al padre. “Ayer habría sido el cumpleaños de mi padre: setenta y siete”, dice Muñoz Molina el 10 de junio de 2005. “Da melancolía pensar que me acuerdo más ahora de sus cumpleaños que cuando estaba vivo”, admite, cargando con una culpa que siempre le queda al que sobrevive.

Un pedazo esencial de nuestras vidas no se plasma, no se realiza, no se manifiesta, pero, lejos de mutilarse o descartarse, se alberga en nuestro interior provocando secuelas de las que no siempre somos sabedores. Es una circunstancia espectral que empieza con nuestra infancia, que se dilata a partir de la vida y con la que hay que acarrear. Esos ensueños o ilusiones de la vigilia o de la existencia son nuestra historia potencial, habitada por fantasmas que son calco del universo exterior, algo así como evanescencias. Que no se materialicen no significa que no tengan consecuencias, dado que pueden regir nuestras vidas sojuzgándonos.

¿Pero por qué se consuma esa ficción? ¿Por qué Muñoz Molina escribe El viento de la Luna y, después, anota sus avatares de escritura en Días de diario? Las razones pueden ser múltiples y concomitantes, desde el tedio que la vida real le ocasiona, hasta el arte puro de la creación, el placer de hacer cosas con palabras, o la simple vocación de una existencia desaparecida: su adolescencia. Durante décadas, ha dejado sin reelaborar ese material, en una especie de barbecho intelectual, tal vez porque no acaba de hallar el hilo conductor o quizá porque la forma definitiva de esa obra que ya estaba en su imaginación no ha adquirido aún su versión verbal, el punto de vista con que tendrá que ser narrada. La lucha actual contra la escritura adánica, primera, o el empeño contra la estructura informe del verbo son objeto de narración en Días de diario.

Es posible, sin embargo, que esa demora sea fruto de algo más banal: que ese autor no viva sólo de la literatura, que deba acometer numerosas tareas ordinarias con las que mantenerse él y a los suyos, con las que deleitarse y sobrevivir: “un hombre que aspira a ser justo, sentado al fresco de su jardín, una mañana de verano, con un perro a sus pies”, dice Muñoz Molina el 30 de julio, describiéndose en tercera persona. Está apaciguado y solo, hasta el punto de que los objetos le reclaman: “lealtad de las cosas que estaban esperando”, admite, confiando en la fijeza sedentaria de los objetos en los que se reconoce. Esto y lo otro, esos artificios ordinarios que son el pequeño placer previsible de la vida. Pero son también modestas tareas, labores que pueden tener que ver con su condición de escritor.
Días de diario nos muestra los estados de alerta del escritor, pero sobre todo nos revela la paciencia que hay que tener para llevar adelante una novela, ese juego de paciencia en el que los triunfos no vienen dados y en el que la experiencia del jugador no garantiza el resultado


El dietario no es sólo el confesionario del escritor: el diario es el registro de circunstancias aparentemente triviales, esa impedimenta que nada tiene que ver con la creación y que lo constituye como individuo. Es, en efecto, un individuo que vive, que sale, que cena, que ama: ese novelista es un autor que no puede o no quiere someterse exclusivamente a la escritura. Hay tareas efectivamente alimenticias (como ese cargo en el Instituto Cervantes de Nueva York), pero con ellas este narrador sobrevive como persona que se aleja del folio en blanco. Ahora bien, llegado un momento, algo interior o la simple presión externa le hacen regresar, le llevan a escribir de nuevo. Necesita expresarse o rivalizar con otros que, como él, también se declaran novelistas. “Me da mucho miedo pensar”, admite, “que la novela no salga bien, porque en estos tiempos creo que es imprescindible y urgente para mí terminar una buena novela”.

Ésta es, seguramente, la parte más interesante del dietario: la confesión de miedo, de titubeo, de tanteo, de tentativa, de preparación y de duda. Una novela consumada es objeto de exégesis, es un texto inmodificable que deviene obra abierta: aquella en la que los lectores y los hermeneutas vuelcan sus interpretaciones. Es, incluso, un objeto material, un artefacto llamado libro que tiene textos y paratextos, cubierta, contracubierta, grafismos y todo tipo de leyendas que pueden tomarse como instrucciones de uso, apoyaturas varias que modifican aquella narración según la edición, según la colección, según el contexto. Pero cuando esa novela estaba creándose, cuando estaba sin materializar, era una tentativa en construcción que en parte le hace ir a ciegas al autor que tantea. Así lo veo yo en este dietario y así se lo hice ver en una entrevista (véase link). Conviene reproducir ahora, su respuesta porque da la clave metafórica de Días de diario, de esa lucha por hallar luz avanzando empeñosamente a ciegas.

La metáfora del tanteo, de la tentativa, me parece muy adecuada”, señalaba Muñoz Molina. “Lo que yo tengo, para empezar a escribir, no es una idea, una historia que se proyecta delante de mí como un paisaje, un tema, sino más bien un indicio, o una serie de indicios, de imágenes si quiere, que son como esas cosas que se palpan en la oscuridad, y que hay que seguir palpando, tanteando, para saber lo que son. Siempre me ha pasado así. Una idea, una imagen, son fértiles si permiten la cristalización de cosas que ya estaban en la conciencia o en el inconsciente, si permiten dar una forma a la confusión de las experiencias, los deseos, los recuerdos, etc. Lo que uno encuentra tanteando es algo parecido a una metáfora. Y el proceso para llegar a ese encuentro es sobre todo uno de alerta y paciencia. Entre la intuición de algo que puede llevarme a un libro y el principio de la escritura pasa mucho tiempo, cada vez más tiempo”.

Días de diario nos muestra los estados de alerta del escritor, pero sobre todo nos revela la paciencia que hay que tener para llevar adelante una novela, ese juego de paciencia en el que los triunfos no vienen dados y en el que la experiencia del jugador no garantiza el resultado. Escribe y escribe, pues, y escribe con método, con disciplina y con intuición: corrige, enmienda, desecha, mantiene, completa, acaba. O, como dice el propio autor, “escribir y escribir. Con felicidad, sin orden, dejándome llevar, descubriendo personajes, situaciones, matices inventados que parecen recuerdos”. Como Amarcord, de Fellini: esto es, sexo adolescente y deseos punitivos, esperanzas y dolor, fantasía y alegría, rabia y consumación.

Ahora, muchos años después, lo ha logrado todo o casi todo y, sin embargo, sigue teniendo dudas, “dudas sobre el resultado”, apostilla. “Lo asombroso es que uno avance, a pesar del miedo, de la incertidumbre y del desánimo”. Lo asombroso, en efecto, es “que los libros se vayan escribiendo, una palabra tras otra, una página tras otra”, dice sorprendido. Pero no hay tanta sorpresa, si se piensa bien: quien domina la escritura sobrevive al hecho de concebir una novela, pues “por fortuna la incertidumbre no se transmite al acto de escribir”, que para el dotado siempre será una felicidad. Por eso, porfía. “Volví anoche a mi libro posible, a mi libro quizás improbable. ¿Qué quiero contar en él? No parece que haya más historia que la mía ni más personaje que yo mismo”, reconoce, como lo reconocía a la manera de Montaigne en Ardor guerrero, aquella memoria militar. Ahora bien, para narrar el yo y su circunstancia, el escritor necesita documentarse, acudir a la hemeroteca, consultar periódicos de 1969, precisamente. Así lo reitera una y otra vez en Días de diario. No son sólo los recuerdos de una adolescencia lejana lo que vuelve: es el pasado menor de una España agropecuaria, es la microhistoria de un mundo que mezclaba los adelantos y los atavismos, la gesta espacial y la proeza de la mera supervivencia humana. La hemeroteca –como un archivo—es un depósito ordenado de tiempos pretéritos: sus documentos son noticia que testimonia ese pasado transmitido parcialmente. Ingresar en la hemeroteca es una operación antinatural: nos obliga a leer periódicos intempestivos, informaciones inválidas, datos que ya no sirven. Lo curioso es que aquel mundo captado en el papel que amarillea no es un tiempo más joven, sino algo real al que se la ha pasado ya su fecha de caducidad. Dicho toscamente: lo leído en un periódico de 1969 o lo releído en un diario de entonces es la historia, sí, pero también es lo más parecido a la ficción. Esa prosa, esos personajes y esos hechos y circunstancias ya no son los nuestros, ya no son los del escritor. Pero, según confiesa al final de su dietario, son un espacio improbable, inalcanzable, al que seguramente le gustaría escapar: escapar, en fin, de este presente convulso, de esta España en la que se hacen manifiestos “el griterío y el insulto”. Hay, claro, en estas revelaciones una parte de incomodidad con el hoy y una parte de melancolía, hay un dolor por las pérdidas y hay, qué duda cabe, una cierta decepción. Pero lo que el dietario no dice (aunque sí la novela El viento de la Luna) es que aquel espacio era un mundo agreste y dictatorial, un mundo por el que no puede sentirse nostalgia alguna.

 

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