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Antonio Muñoz Molina: "El viento de la Luna" (Seix Barral, 2006)

Antonio Muñoz Molina: "El viento de la Luna" (Seix Barral, 2006)



Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia

Justo Serna es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia

Justo Serna: "Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina" (Biblioteca Nueva, 2004)

Justo Serna: "Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina" (Biblioteca Nueva, 2004)


Tribuna/Tribuna libre
Antonio Muñoz Molina.
“Hermosa vista. Magnífica desolación”
Por Justo Serna, martes, 31 de octubre de 2006
“Siempre me he preguntado cómo pasa el tiempo dentro de una lata de sardinas”, decía Juan José Millás en un viejo artículo titulado “Enlatarse o morir” (que ahora podemos leer en Cuerpo y prótesis). “Desde luego, más despacio que afuera, pues algunas no caducan hasta el año 2003 o 2004. Una barbaridad”, admitía. “Sin embargo, en el momento mismo de abrirlas entra el tiempo en ellas y a los dos días te asomas a su contenido y da asco, aunque la hubieras guardado en la nevera. Una lata de sardinas cerrada es un tesoro temporal”. Exactamente como la literatura, insistía Millás. “Los libros tienen algo de lata de sardinas (…). Lo malo es que cuando uno sale de la lata o del libro entra en el tiempo y en dos días se queda peor que un berberecho a la intemperie. Así que usted verá, o se enlata o lee sin parar. Yo le aconsejo lo segundo. Proporciona los mismos efectos rejuvenecedores y no da claustrofobia”.
¿Podríamos imaginar una metáfora más insólita para describir las propiedades de la lectura? Si Marcel Proust se atrevió con un magdalena para mostrar el funcionamiento de la memoria, por qué no vamos a servirnos de una lata de sardinas para describir el tiempo detenido. Este texto de Millás es una ocurrente e irónica defensa de la lectura como modo de “enlatarse”, de darse más vida, más tiempo, de prolongar la caducidad. La peor comparación que cualquiera de nosotros pudiera pensar (lectura = lata de sardinas) se convierte en el artificio del articulista en una divertida y justísima metáfora, en una pertinente defensa del “arte de leer”.

Pues bien, si me admiten la tosca pero pertinente metáfora de la lata, podríamos decir que eso mismo es lo que yo he experimentado durante el tiempo en que he estado leyendo El viento de la Luna, de Antonio Muñoz Molina: he vivido con la sensación de que en el interior de dicha novela estaba detenido un mundo, un mundo que no caducó en 1969 (que es el año central en que transcurre la narración), sino un espacio milagrosamente conservado en la memoria del relator. Porque lo que la novela hace es exhumar esos recuerdos desde un presente posterior en el que alguien habla en primera persona evocando y dando significado a aquel prodigioso año, manifestando o mostrando los sentimientos adolescentes que entonces tenía. Quien se expresa no es un púber que irrumpe, sino el adulto que da voz al muchacho que fue a finales de los años sesenta. La expresión es de la persona ya madura pero las impresiones, los deseos, los rencores y los anhelos son los del joven. Con distancia y compromiso hacia aquella figura, con simpatía, con piedad y con dureza, el yo de hoy revela lo que fue y lo que experimentaba, temía o esperaba. Es un tiempo detenido, como el de Marcel Proust.
Crecemos con relatos propios y con episodios que sólo otros vivieron. Recibimos de nuestros mayores un patrimonio de recuerdos que sólo a ellos pertenecieron, un mundo que fue el suyo. Nos guste o no este hecho, lo cierto es que esos pasados contados o materiales nos constituyen real e imaginariamente

Como se sabe, en el primer volumen de En busca del tiempo perdido, el narrador evocaba su infancia en Combray a partir de asociaciones casuales, libres (el sabor de la magdalena en el té): a partir del efecto que esas sensaciones le provocaban. El sujeto, sensible por el azar (exterior), ve removerse en su interior lo que tenía depositado, enterrado u olvidado: es la suya, en este caso, una memoria involuntaria activada por las sugestiones que provoca una asociación sensible. El individuo externo, creador de lo sensible (interior), rehace el mundo internamente. Ese vaivén que lleva de lo exterior a lo interior, del presente al pasado y viceversa, permite urdir una realidad densa y en parte fantasmagórica: es un tiempo desaparecido o abolido que sólo regresa por rememoración, apremiado el narrador por una necesidad, la de regresar a la casa del padre, la de enfrentar su figura ya muerta, ya desvanecida.

Por eso, buscar el escenario de 1969 o el de otra épocas más o menos remotas en los vestigios materiales o personales que sobreviven es un empeño urgente para quien envejece y ve que el mundo de antaño, ese espacio de la infancia y de la adolescencia, queda distante y ajeno, casi irreal. Pero es también una tarea inevitablemente fracasada, pues al final –como decía Proust— el narrador debe aceptar “la contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que no se percibe por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía”, apostilla. En efecto, “los sitios que hemos conocido no pertenecen tampoco a ese mundo del espacio donde los situamos para mayor facilidad. Y no eran más que una delgada capa, entre otras muchas, de las impresiones que formaban nuestra vida de entonces”.

Sobre estos supuestos está construido implícitamente El viento de la Luna, sobre la necesidad de buscar en el mundo externo una realidad ya desaparecida y sobre la impropiedad de esta pesquisa, sobre su egregio fracaso que, aquí, se expresa con el motivo del padre: condensación y límite de otro mundo previo al del narrador, una figura también sensible e intempestiva que no sabe estar en su presente, sordo a las novedades que trae el progreso acelerado. El narrador lo ve como un personaje tierno, hosco, extemporáneo, dañado, un espejo deformado y premonitorio de sí mismo, alguien que le transmite un mundo que al joven de 1969 le resulta extraño y anterior. Pero esa transmisión ajena y las experiencias propias lo rellenarán. Muchos años después y en un presente indeterminado, el narrador levantará la tapa de ese tiempo conservado en la memoria de sí mismo. En una lata no hay aire y “en la Luna no hay viento que desdibuje las huellas”, leo en El viento de la Luna. Los rastros que quedan congelados como tiempo detenido pregonan un pasado ausente y, a la vez, son una materialidad que se almacena metafóricamente. ¿Y qué descubre el narrador...?
Esta gran novela de formación narra una epifanía y la lucha del adolescente: obligado a asumir el patrimonio común, no puede evitar la polifonía que lo constituye, las voces de sus ancestros que resuenan en su interior y que lo atan a la tierra. ¿Qué cabe entonces? La abnegada, la parcial invención de uno mismo, la evacuación: la huida imaginaria que traen los viajes interestelares

Crecemos con relatos propios y con episodios que sólo otros vivieron. Recibimos de nuestros mayores un patrimonio de recuerdos que sólo a ellos pertenecieron, un mundo que fue el suyo. Nos guste o no este hecho, lo cierto es que esos pasados contados o materiales nos constituyen real e imaginariamente. Como el narrador de El viento de la Luna: alguien que fue joven a finales de los sesenta y, al igual que otros, hijo de quienes habían vivido la Guerra Civil y la posguerra, vástagos que crecieron con recuerdos prestados. Aprenderlo todo de esos mayores temerosos y aprender a vivir por cuenta de uno mismo eran tareas a que estaban obligados unos muchachos que dejaban de ser niños cuando la revuelta juvenil llegaba de los Estados Unidos. O cuando los americanos llegaban a la Luna. Estamos, en efecto, en 1969 y el Apolo XI cumple su misión retransmitida televisivamente. Tres astronautas, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, deslumbran a los adolescentes de todo el mundo. Decía Umberto Eco en Diario mínimo que era evidente que serían los estadounidenses los primeros en llegar a la Luna. Después de tantas ficciones americanas dedicadas a dicha gesta, resultaba inevitable que superaran a los soviéticos del Sputnik. Y así lo vivimos, cierto, quienes por entonces dejábamos la infancia: como un dato irrevocable de la experiencia.

Muñoz Molina se vale de un narrador que en 1969 tiene trece años y que, afincado en Mágina (su ciudad mítica, su Yoknapatawpha), debe compaginar la herencia de los mayores y la rebeldía del joven, una rebeldía cuyo modelo era esencialmente americano. En la urbe pequeña del protagonista, la vida sólo podía aceptarse con abnegación y sacrificio –eso decían los mayores–; pero a la vez los chavales de entonces también querían redimirse, escapar, sin tener que saldar la deuda contraída por los padres y los abuelos: unos adultos que habían rellenado el alma de los hijos con historias propias y ajenas de esa Guerra Civil. Así, esta gran novela de formación narra una epifanía y la lucha del adolescente: obligado a asumir el patrimonio común, no puede evitar la polifonía que lo constituye, las voces de sus ancestros que resuenan en su interior y que lo atan a la tierra. ¿Qué cabe entonces? La abnegada, la parcial invención de uno mismo, la evacuación: la huida imaginaria que traen los viajes interestelares. Hay que desarraigarse pero aún no sabe: es muy joven y desconoce cómo idear un plan de evasión que le permita alejarse de un destino propiamente terrenal, de apego a la tierra de los viejos, de servidumbre moral, de sometimiento al padre. Pero esa escapada, alimentada también por los mitos adolescentes, no podrá extirpar el relleno con el que fue educado, el miedo y el respeto a los mayores. ¿Qué hacer, pues?

Como indicábamos, el narrador de esta bellísima historia suele hablar en primera persona y cuenta sus vivencias de entonces con la madurez de ahora, teniendo piedad de sí mismo, de aquel que fue, y de aquellos que le rodeaban. Al final, todo remite a ese padre mencionado, amado y temido, y la propia novela es su evocación fantasiosa y el recuerdo de sus historias e incomprensiones, una evocación hecha con afecto e ironía. Una parte de nuestra vida se nos gasta mientras intentamos distanciarnos de él, del progenitor: nos separamos de sus rutinas, de sus antojos, de sus costumbres. Nacemos descaminados y sólo la voz de la madre nutricia, querida y afectuosa, nos devuelve la quietud. Del padre también recibimos amor, pero, según Freud, de él nos vienen principalmente las primeras normas y esas reglas sociales a las que hemos de someternos. Es, pues, la suya una tarea de protección, de tutoría, gracias a la cual accedemos al mundo siempre inhóspito de los adultos. El padre es, así, una figura de autoridad frente a la cual nos definimos: frente a la cual también se define el narrador de esta historia.
Quienes ya conozcan la creación de Muñoz Molina y quienes no hayan disfrutado aún de sus novelas pueden leer esta obra como quintaesencia de su empeño narrativo, una obra en la que se condensan casi todos los motivos de sus libros anteriores. De principio a fin hallamos las claves de su impulso y de su artificio, de sus relatos y de su concepto de la ficción, del trato incómodo y necesario que tenemos con el pasado y que reflotamos con el auxilio de la memoria y del deseo. El resultado es un pasado contemplado como una hermosa vista...

Crecer es hacerse una vida particular, alejarse de la madre y del progenitor que nos alimentan y educan. Pero madurar, parece decirnos el narrador, es regresar a la casa del padre para homenajearlo con ternura, sabiéndose uno dueño de sí mismo, comprobando, en fin, que nos hemos enfrentado a la fatalidad del linaje. Año tras año envejecemos y un día descubrimos en el espejo el rostro de la madre o del padre. De repente, el narrador advierte que su ser era, de algún modo, el vaticinio futuro de aquel linaje: de repente confirma que ese padre ya muerto ha dejado la huella y un patrimonio inmaterial que ahora regresa. “Abro los ojos, veo en esta habitación del despertar la misma claridad que había hace un segundo en la plaza, veo aún a mi padre, que ladea la cara como si le diera pudor o vergüenza. Tardo un poco en darme cuenta de que me ha despertado un sollozo y de que mi padre está muerto, sepultado desde hace más de un año en el cementerio de Mágina, tan lejos de mí como esos difuntos nepalíes que se refugiaban en la Luna”, admite.

El narrador no pudo escapar al espacio exterior, pero aquellos viajes estelares le permitieron desarraigarse, fantasear, sentir incluso la soledad cósmica de Collins (“Hermosa vista. Magnífica desolación”): sentirla tanto como ahora, cuando relata su experiencia huérfana, aturdido, como si estuviera en la Luna, ese reproche cariñoso con el que su padre le amonestaba. “Ahora, en los sueños que yo recuerdo cada vez que abro los ojos, la sombra frágil y esquiva de mi padre se aparta de mí cuando quiero aproximarme a ella. Así me huyen y me rondan los otros fantasmas alojados en las habitaciones desiertas, en los armarios cerrado, en las casas vacías de la plaza, cada uno con su cara y su nombre, con una voz que me llama”.

Quienes ya conozcan la creación de Muñoz Molina y quienes no hayan disfrutado aún de sus novelas pueden leer esta obra como quintaesencia de su empeño narrativo, una obra en la que se condensan casi todos los motivos de sus libros anteriores. De principio a fin hallamos las claves de su impulso y de su artificio, de sus relatos y de su concepto de la ficción, del trato incómodo y necesario que tenemos con el pasado y que reflotamos con el auxilio de la memoria y del deseo. El resultado es un pasado contemplado como una hermosa vista... Tal vez le falte a esta novela lo que en los relatos folletinescos de Muñoz Molina era recurso dominante: el humor, la parodia de lenguajes, la recreación picaresca. Quizá no se le pueda pedir ahora justamente, pues este libro está escrito con el dolor inmediato que ocasiona la muerte del padre: la inevitable, la previsible, la incurable muerte del padre. De esa evidencia no nos reponemos y el humor tendremos que dejarlo para otro momento. Ahora nos contentaremos con esta magnífica desolación.
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