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Néstor Kirchner

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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Guillermo Moreno

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Roberto Lavagna

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Eduardo Duhalde

Eduardo Duhalde

Juan Domingo Perón

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Estampas argentinas (I): De cuando la lechuga se convierte en cuestión de Estado
Por Carlos Malamud, lunes, 4 de diciembre de 2006
Desde la perspectiva que da el tiempo y la distancia es posible contemplar a la Argentina con otros ojos. Esta perspectiva es la que salvaguarda al observador de las urgencias acuciantes de la agenda cotidiana y permite ver los éxitos y los fracasos sin sus aristas extremas, que son las utilizadas por partidarios y detractores en el ataque o defensa de sus intereses, de sus puntos de vista y de sus líderes. Desde esta óptica comenzamos hoy una serie de estampas argentinas, cuyas tres primeras se relacionan con algunos temas de la agenda política y nos hablan de la Argentina de hoy: el control de precios; el atentado de la AMIA y las relaciones con Irán y Venezuela; y con Uruguay por la construcción de dos plantas de celulosa.
La inflación tiene una relación bastante peculiar con los argentinos. Hubo épocas en que los precios subían de un modo imparable y podían llegar a remarcarse en las tiendas dos o tres veces a lo largo del mismo día. Durante los fenómenos hiperinflacionarios previos a la “convertibilidad” (la famosa relación 1 a 1 entre el peso y el dólar), no era extraño estar en el supermercado llenando el cesto de la compra o haciendo cola en la caja para pagar, cuando desde los altoparlantes del establecimiento se anunciaba, solemnemente, que a partir de ese momento todos los precios fijados se incrementaban en un 40%, o en otra cifra igualmente significativa. Esa cohabitación tan dolorosa con la inflación convirtió a los argentinos en especialistas de algunos saberes peculiares, como la evolución del tipo de cambio (especialmente del dólar), la marcha de los tipos de interés u otras cuestiones semejantes, todos ellos ligados a algunas de las más importantes neurosis argentinas.

Hoy las cosas parecen haber cambiado algo, pese al recuerdo angustioso del corralito y la crisis terrible que supuso el abandono de la convertibilidad. Sin embargo, en eso que pomposamente se conoce como el imaginario colectivo de los argentinos, la inflación sigue siendo un trauma de dolorosas consecuencias, que puede echar por tierra cualquier sensación balsámica de prosperidad. El componente psicológico de la inflación es muy importante y los argentinos son maestros en el arte de intentar anticiparse a los mercados con tal de reducir los costes de la inflación. La otra derivada del problema es que perjudica sobre todo a los sectores populares, que son los que tienen menores recursos para enfrentarse a ella. No en vano la inflación ha sido definida como el impuesto a los pobres.
La economía argentina está creciendo desde hace tres años a tasas superiores al 8% anual, un desempeño que lo sitúa a la cabeza del crecimiento latinoamericano

La gestión económica de Roberto Lavagna, primero en el gobierno de Eduardo Duhalde y luego con Néstor Kirchner, permitió, en el contexto de una coyuntura internacional más que favorable, salir de la recesión y remontar la crisis. Gracias a la mayor demanda de las materias primas y al aumento de sus precios, la economía argentina está creciendo desde hace tres años a tasas superiores al 8% anual, un desempeño que lo sitúa a la cabeza del crecimiento latinoamericano, junto a Venezuela. Un hecho así traslada una gran alegría para propios y extraños y, entre otras cosas, semejante desempeño ha permitido reducir el desempleo y la pobreza.

Pero la inflación no se ha ido del todo y, también junto a Venezuela, Argentina está a la cabeza de América Latina. En la historia local de la inflación hay determinadas barreras que marcan importantes diferencias. Desde un punto de vista psicológico, y la historia del psicoanálisis argentino puede decirnos muchas cosas, no es lo mismo una inflación del 9% que otra del 10. Por eso, el gobierno de Kirchner se ha impuesto como objetivo para el año 2006 cerrar el ejercicio con una inflación de un dígito. A la vista de cómo iban las cosas y de la escasa confianza del presidente en las fuerzas del mercado, el mandatario argentino decidió nombrar a Guillermo Moreno al frente de la secretaría de Comercio Interior, encargada del control de precios. Cuenta Joaquín Morales Solá que en mayo pasado, el todopoderoso secretario de Comercio Interior señalo que a fin de año sería el “pibe 9”, lo que significa nueve por ciento de desempleo, nueve por ciento de crecimiento y nueve por ciento de inflación. Está claro que a diferencia de Maradona, “el pibe 10”, Moreno estaría encantado de ser sólo “el pibe 9”. Este anuncio habría sido hecho a un grupo de atónitos y sobresaltados interlocutores empresarios.
Aquí también es aplicable aquello de que si la teoría y la realidad no coinciden, peor para la realidad

Desde la Primera Guerra Mundial Argentina dejó de ser el paraíso de laissez-faire y desde entonces el intervencionismo gubernamental se convirtió en la norma de la mayor parte de los gobiernos encargados de regir los destinos de Argentina, civiles y militares, peronistas y no peronistas, más de izquierda o más de derecha. Tanto da. Por eso, hace tiempo que en Argentina, los textos de Adam Smith y David Ricardo dejaron de estar en la mesilla de luz de los ministros del ramo. En su lugar se instaló la omnipotencia funcionarial y en esta materia Guillermo Moreno es un maestro. Si es necesario que los precios bajen, y lo es, cualquier método será bueno para ello. Aquí también es aplicable aquello de que si la teoría y la realidad no coinciden, peor para la realidad.

La teoría de Guillermo Moreno, y por ende del presidente Kirchner, es que los precios pueden ser controlados y que si éstos crecen no es por obra de las tendencias del mercado y de la oferta y la demanda sino por alguna conspiración de empresarios y mayoristas, que buscan ganancias espectaculares a costa del bolsillo del resto de sus ciudadanos. Y como todo se reduce a eso basta con una llamada telefónica, alguna amenaza velada o abierta, lo que en la jerga argentina se conoce como apriete, para que las cosas, los precios en este caso, vuelvan a su cauce. La opinión empresarial sobre el personaje no es precisamente favorable.
Finalmente le tocó el turno a lechuga como responsable del proceso inflacionario

De esta manera todos aquellos productos que están en la cesta de la compra, todos aquellos susceptibles de incidir de forma determinante en el índice de precios al consumo (IPC), son objeto de control. Como señaló Roberto Cachanosky: “Finalmente le tocó el turno a lechuga como responsable del proceso inflacionario. El secretario Moreno ha decidido establecer una serie de precios indicativos para las frutas y verduras. Un tiempo atrás fue la carne, luego la indumentaria, después los alquileres, el trigo, el gasoil, los lácteos y, seguramente, en los próximos días le llegará el momento al maíz”. Sin embargo las cosas no van todo lo bien que el gobierno quisiera. Hoy por hoy Moreno firmaría por cerrar el año con el 9,99% de inflación, pero habrá que ver qué pasa con los precios de diciembre.

De este modo hemos llegado a una situación donde aquellos precios que inciden en el IPC se comportan con una cierta moderación mientras otros productos menos sensibles (a la estadística que no al bolsillo de los ciudadanos), como la sanidad o la educación, suben de forma imparable. Pero no todas son malas noticias para las clases medias, consumidoras de medicina y colegios privados, ya que la congelación de precios energéticos afecta al gas natural pero no a las bombonas de butano, consumidas preferentemente por los sectores populares. No está mal. Con tal de frenar la inflación se justifican la energía subsidiada y los precios escandalosamente bajos de algunos productos. Siempre se habló de la originalidad económica argentina. Es verdad. Argentina es uno de los pocos países del mundo donde los precios de la energía no sólo no han subido en el medio plazo, sino que se han quedado estancados.
Néstor Kirchner ha demostrado ser el discípulo más aventajado de Juan Domingo Perón

El intervencionismo estatal ha demostrado tener ideas geniales con el dinero de los otros. Hay dos proyectos estrella llamados a hacer furor. Por un lado, con la intención de bajar el precio de los alquileres, se quiere convertir a muchos inquilinos en propietarios y para ello se invita “cordialmente” a la banca privada a dar préstamos hipotecarios a largo plazo y con tipos de interés por debajo de lo fijado por el mercado. En la misma línea se quiere construir una nueva refinería para aumentar la oferta de gasolina y diesel. Y para ello se quiere que las empresas energéticas, comenzando por Repsol YPF, financien buena parte de los 3.000 millones de dólares que implica la inversión.

Pero los empresarios no se pueden quejar de este trato. Si lo hacen las consecuencias pueden ser graves. En algunos casos, la amenaza de una inspección fiscal puede ser un correctivo importante. En otros, se busca remover a los más contestatarios. Esto ocurrió cuando el presidente de la Coordinadora de las Industrias de productos Alimenticios (Copal) se resistió a firmar un compromiso de control de precios hasta fines de 2007. Desde el gobierno se quiso poner en su lugar un empresario más afín. Lo mismo pasó con IDEA (Instituto para el desarrollo empresarial de la Argentina), que anualmente realiza un coloquio de empresarios, economistas e intelectuales, que en las últimas ediciones resultó bastante crítico con el poder. Aquí también, desde la Casa Rosada, se buscaba un interlocutor más simpático al Poder Ejecutivo.

Néstor Kirchner ha demostrado ser el discípulo más aventajado de Juan Domingo Perón. Esto se puede ver en la forma en que gobierna al país, en los modos de intentar someter a propios y extraños, en su manejo discrecional del presupuesto con fines clientelares. Sin embargo, a diferencia de los populistas clásicos de las décadas de 1940 a 1970, Kirchner es muy respetuoso del orden macroeconómico y de la disciplina fiscal. De este modo, no es en la macroeconomía sino en la microeconomía donde hay que seguir el desempeño económico de este gobierno y si realmente su política estimula o frena el crecimiento económico. A la vista de lo que ocurre con el clima empresarial, mucho me temo que la economía argentina podría estar creciendo a tasas muy superiores si el presidente se preocupara más por estimular la inversión, incluida la extranjera, en vez de satanizar a los hombres de empresa.
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