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Por tada de "El copartícipe secreto" escrito en 1911

Por tada de "El copartícipe secreto" escrito en 1911

    AUTOR
Joseph Conrad

    GÉNERO
Novela

    TÍTULO
El copartícipe secreto

    OTROS DATOS
Madrid, 2005. 132 páginas. 14 €

    EDITORIAL
Atalanta



Joseph Conrad (1857-1924)

Joseph Conrad (1857-1924)


Reseñas de libros/Ficción
Joseph Conrad y su doble
Por Justo Serna, miércoles, 02 de noviembre de 2005
Es siempre una felicidad leer una obra ‘marinera’ de Joseph Conrad: sentiremos el oleaje, la furia de los vientos, la amenaza de los tifones, el olor del salitre, el miedo y el coraje de la tripulación. Pero más dicha es leer una novela de la que no había traducción o que yo, al menos, ignoraba. Me refiero a El copartícipe secreto (Atalanta, 2005). Si, además, el relato recrea esa primera vez de la travesía, el inicio de una profesión como capitán de navío, entonces el contento es completo, sí. No es una relectura, es un hallazgo literario de la principal experiencia de la marinería: esa singladura que empieza y que sirve para medir el temple de los oficiales.
Joseph Conrad es un narrador propenso al simbolismo, tendencia que a mí, particularmente, no me entusiasma. En muchos autores, eso significa incurrir en la fatuidad o la pesadez, en el énfasis de significados... En este escritor, por el contrario, la peripecia narrada, que suele tener una fuerte carga simbólica, es realidad y metáfora a un tiempo, quintaesencia de su propia vida, de esa experiencia que luego volcará en sus ficciones. “Me han llamado escritor del mar, de los trópicos, escritor descriptivo, escritor romántico... y también realista. Pero la verdad es que toda mi preocupación ha estado en el valor ‘ideal’ de las cosas, de los sucesos y de la gente. En eso y en nada más”, confiesa Conrad. La anécdota en él no es un asunto menor e indescifrable, sino el detalle de un fresco más vasto al que pueden acceder los lectores para medir y calibrar sus propias experiencias. Es posible que usted no haya navegado, pero leyendo sus novelas encontrará siempre el relato concreto del que extraer enseñanza, lección o moraleja, aunque nunca las encontrará explícitas en la prosa del narrador.

Joseph Corad no habla de oídas, aunque en algunas de sus historias más célebres, el novelista se sirva del expediente del relato oído y vuelto a contar por el capitán Marlow (como en ‘El corazón de las tinieblas’, 1899, como en ‘Lord Jim’, 1900): un relato oído que suele dejar muchos espacios en blanco, vacíos, pues no todo se sabe y la perspectiva con la que se cuenta es siempre parcial, escasa, sesgada. En sus novelas, Conrad suele llevar hasta el extremo esta fórmula: normalmente el punto de vista narrativo no es el de quien más conoce, sino que su perspectiva es la menos informativa, y eso el autor lo hace así justamente para que las palabras que relatan aquella experiencia digan menos de lo que parecen decir, para que lo que pasa, se evoca y se oye sea siempre como la vida, escueto, algo que nos exige interpretación y conjetura. Y eso sucede en las narraciones marineras de Conrad y también en sus otros relatos ‘burgueses’ y ‘políticos’: en El agente secreto, en Bajo la mirada de Occidente, en Azar.

Estaba pensando precisamente en El regreso, una excelente novela corta. En ella, nuestro autor nos cuenta una historia que tiene como motivo los códigos morales de un matrimonio londinense: la imposibilidad de adaptarse con doblez a unos marcos morales que condenan el adulterio. El adulterio, ese gran tema literario del Ochocientos que aquí... no llega a consumarse o tal vez sí. Narrada en tercera persona, adopta el punto de vista del marido hasta el final, hasta el último párrafo en que la perspectiva cambia siendo la de la mujer. La justificación de estos cambios tiene su lógica en el relato (que no revelaré), pero tiene esa función estratégica que antes mencionaba: adoptar la perspectiva menos reveladora.
En Conrad, lo oceánico no es el abandono del yo, sino el lugar de su toma de conciencia, de su caída, pero también de su digna y derrotada elevación

Ya lo saben: muchas de las novelas de Conrad transfieren a la literatura y recrean mediante la ficción lo que es, literalmente, una experiencia personal como marinero, alguien que debió enfrentarse al azote del mar a bordo de veleros, a sus embestidas y tifones, alguien a quien no le entusiasmaban los vapores, según confiesa. El velero no es la mecánica o el artificio de la máquina: es la habilidad manual del hombre frente a la amenaza oceánica y es la destreza racional para servirse de su fuerza caótica, desordenada. Lo oceánico en Freud es un sentimiento bravío, una experiencia en la que el individuo se deja llevar, azotado el casco por un oleaje sin guía ni dirección. Hay algo de placer en ello: hay abandono del yo que como guardián se protege frente a lo ignoto. En Freud, lo oceánico nos atrapa hasta sumirnos en una masa que se agita frenética.

En Conrad, las cosas son distintas. El viaje en este autor es, sí, metáfora de la vida y, según la inspiración marinera, es precisamente lo que nos ocurre en la existencia: el navío de tres palos es siempre insignificante, poca cosa, comparado con las aguas que surca, con la profundidad en la que puede hundirse, con ese océano que se agita con bravura. Hay allí, en cubierta, unos tripulantes, pocos, que deben afrontar con coraje una empresa que es común, una empresa comunitaria, y a la vez estrictamente personal, un lance que se suele dar en alta mar, pero también cerca de la costa o incluso cuando la embarcación está varada. En Conrad, lo oceánico no es el abandono del yo, sino el lugar de su toma de conciencia, de su caída, pero también de su digna y derrotada elevación. Piénsese, por ejemplo, en Tifón.

Narrada –otra vez-- con un punto de vista cambiante (el capitán, el primer oficial, etcétera), ésta es la historia de cómo una nave y su tripulación enfrentaron dos azotes de un tifón. La primera embestida se nos cuenta contemporáneamente: es sucesiva a la percepción de sus protagonistas. El segundo, y definitivo embate, que es consecuencia moral de la prueba por la que ha pasado la tripulación, se nos narra ‘después’, en forma epistolar: las cartas que el capitán, el primer oficial, etcétera, mandaron relatando los hechos y sus efectos desde sus perspectivas diversas. El temple de los personajes (algo decisivo en Conrad) y su diferente caracterización son memorables y también rastreables en otras novelas del autor: el capitán flemático, parsimonioso, incluso aburrido, el primer oficial exaltado... Pero siempre, siempre, son individuos que acarrean algo, un mal, algo que los hace frágiles.
Para quienes somos sedentarios, regresar a Conrad es respirar un aire no viciado, es vivir la aventura, incluso la de la calma chicha. Es aprender otra vez: afrontar riesgos, amenazas, oponerse bravamente a los peligros y a los villanos, sobreponerse a las aprensiones

En efecto, sus protagonistas, esos que evoca el narrador en todas sus novelas, suelen tener algún lastre o alguna mancha (una deserción, una traición: desde luego no son ángeles), quizá hicieron o harán algo con lo que deben cargar de por vida y eso que les incomoda y que moralmente tal vez sea repudiable no los hace inhumanos, sino todo lo contrario: exactamente humanos. Más aún, hasta es probable que esas indignidades sean el fardo inevitable que la especie ha de transportar por el simple hecho de existir. Pero, atención, esta interpretación, que parece tener una raíz religiosa (el pecado original), no la hallamos en Conrad: la finitud y la contingencia son lo que queda de los hombres, averiados, aunque a la postre valerosos, bravos a su manera.

Qué felicidad leer El copartícipe secreto (1910), una obrita que ahora publica Atalanta, la nueva editorial del conde de Siruela, leerla, además, con un inteligentísimo epílogo de Jules Cashford. No les revelaré gran cosa de sus contenidos, claro, pero bastará con que les diga que es un relato que tiene mucho en común con La línea de sombra’ (1916). Ustedes recordarán. La línea de sombra era una novela narrada en primera persona, como otras del autor, la historia de un yo maduro que regresa a su etapa inicial, a la del joven que inicia su periplo, su andadura marinera. En concreto, allí se contaba el tránsito de la juventud a la madurez, de la irresponsabilidad, la inexperiencia y las ilusiones a la responsabilidad, la experiencia y los desengaños. Es un viaje iniciático en el que se aprende que madurar es templar el ánimo y tolerar la frustración, demorar la satisfacción narcisista.

En La línea de sombra, el novelista tiene la habilidad de contarnos una historia en la que la prueba de ese tránsito (el rito de paso que debe atravesar el protagonista, el narrador) es la falta de acontecimientos, que no pase nada: en un barco mercante, un joven capitán recibe su primer mando. Pues bien, la prueba a que lo somete la vida, la circunstancia que debe afrontar y superar, es la calma chicha, el tedio, la desesperación que provoca la falta de viento favorable para emprender la navegación: la paciencia, el disposición, la quietud tensa y la espera como virtudes del hombre maduro. Se trata, pues, de una aventura estática, paradójica: viril, pero viril no sólo en su sentido masculino, sino también en su acepción de ‘virtuoso’ (si se me permite recrear una etimología imaginativa)...

Pero, ahora que lo digo, recuerdo otra gran novela de Conrad, La soga al cuello(1902), en la que el viaje iniciático y el temple ha de demostrarlos un viejo marinero, un experimentado capitán, el capitán Whalley, cuya edad y cuya práctica no le bastan para emprender un periplo que en principio iba a ser previsible y rutinario. Al viejo marinero le sucede algo (no diré el qué: es menos conocida que La línea de sombra) por lo que deberá emplearse a fondo, alguien que encarna la experiencia, la moderación, la inteligencia, la dignidad, sobre todo la dignidad, esa que estuvo a punto de perderla... Para quienes somos sedentarios, regresar a Conrad es respirar un aire no viciado, es vivir la aventura, incluso la de la calma chicha. Es aprender otra vez: afrontar riesgos, amenazas, oponerse bravamente a los peligros y a los villanos, sobreponerse a las aprensiones. Jóvenes como los de Conrad, que fueron impulsivos e inexpertos, se crecen arrostrando los riesgos que no pueden evitar, dando pruebas de camaradería y solidaridad, de inteligencia. Viejos como los de Conrad se nos muestran generosos, honorables, capaces de levantarse contra ese escándalo que es el dolor, la humillación de la muerte. Yo nunca fui como los jóvenes que Conrad retrata en sus historias épicas, en El copartícipe secreto o en La línea de sombra. Sin embargo, cuando sea mayor, me gustaría ser como ese viejo tan digno que el escritor inventó.
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