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José Luis Rodríguez Zapatero

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Jacques Chirac

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Gerhard Schröder

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Tony Blair

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Tribuna/Tribuna internacional
Consecuencias y lecciones del 11 de marzo
Por Mirador Schuman, martes, 18 de mayo de 2004
El atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid ha tenido consecuencias importantes sobre la escena política española y las ha tenido también sobre la escena internacional como resultado de las decisiones consecutivas del nuevo gobierno socialista que ha salido victorioso en las elecciones que tuvieron lugar unos días después del atentado. Las decisiones, como se sabe, consistieron en anunciar, horas despues del resultado de las elecciones y en respuesta a un compromiso contraído con los electores, la retirada, el 30 de junio y en caso que las Naciones Unidas (NU) no hallan asumido el control politico en Iraq, de las tropas españolas enviadas por Aznar a Iraq en apoyo a la coalición liderada por los Estados Unidos.
El anuncio se transformó, días después de la investidura, en la aceleración de la retirada de tropas (con fecha de finales de mayo) sin esperar el resultado (ni siquiera el inicio) del debate en las NU sobre una nueva resolución que diera cobertura legitimadora a la presencia de las tropas de la coalición.

Esta segunda decisión se adoptó después de una rápida visita del nuevo Ministro de Defensa, José Bono, a Washington (a Donald Rumsfeld) de la que parece ser extrajo la conclusión que los americanos no iban ha aceptar ninguna resolución que diera el control político del proceso post-conflicto de Iraq a las NU. Esta resolución, inesperada, fue recibida con cierta incredulidad y naturalmente con hostilidad por los miembros de la coalición e incluso por algunos políticos de los países que se opusieron a la guerra de Iraq, que temieron por una desestabilización demasiado rápida de la coalición y por tanto de la situación militar y política sobre el terreno en Iraq.

Los temores se convirtieron en realidad al anunciarse pocos días después de la determinación española la decisión, lógica, de la República Dominicana y de Honduras de retirar sus tropas encuadradas en la brigada bajo mando militar español. A esas resoluciones se sumaron los ataques de la resistencia, interna e internacional (jihadistas) en el triángulo sunita así como el intento de toma de control por parte de los radicales shiitas de Najaf, Kufa y Diwaniya que se encontraban bajo el control militar español.

Quiere decir esto que si bien el numero de tropas españolas no era muy importante (1 al 2 por ciento del total), su retirada precipitada ha tenido fuertes repercusiones políticas y aun militares, cuyos efectos no se han agotado todavía, ante todo sobre la coalición que apoyó Bush en su aventura iraquí (los comentaristas internacionales podrán extraer jugosas conclusiones sobre la estabilidad y durabilidad de las coalitions of the willing tan apreciadas por los neoconservadores americanos para cimentar sus aventuras internacionales).

La consecuencia primera, y de la que se derivan las demás, fue en España la victoria, inesperada, en las elecciones del 14 de marzo del partido socialista frente al Partido Popular de Aznar. Pretender que el atentado del 11 de marzo no trajo esta consecuencia con la que hay que vivir, y que hay que analizar, es cerrar los ojos a la evidencia. Pero no fue solamente el atentado el causante del vuelco en el resultado esperado de las elecciones. Se puede decir que la causa fundamental de la derrota del PP fue el tratamiento político y mediático, obtuso y pertinaz en su ceguera, que el gobierno dio al atentado. Es por eso importante que el PSOE no se equivoque en el análisis de las causas de su victoria y que no pretenda que esta hubiera acaecido incluso sin el atentado del 11-M.

Consecuencias derivadas

En la política interna, aparte de un talante más dialogante con las minorías parlamentarias y con los adversarios políticos (tal parece ser la intención del Presidente Zapatero), se perfila también un enfoque más dialogante con los nacionalismos periféricos; esto sin abandonar la política de firmeza contra el terrorismo doméstico, distinción extremadamente pertinente desde el 11-M. Pero este no es el tema del artículo.

Otra consecuencia importante es el desplazamiento relativo del énfasis o de las prioridades del gobierno, o al menos del Presidente (Aznar antes, Zapatero después) entre los temas de política interna y los temas internacionales. Como es habitual en política es posible que este deslizamiento no sea duradero. Siempre al comienzo de una legislatura (de una Presidencia) el gobierno entrante trata sobre todo de resolver los problemas domésticos (desatendidos, claro está, por el gobierno desplazado). Ulteriormente, el gobierno instalado, dadas las fricciones y resistencias internas que encuentran generalmente sus intentos de reforma (el caso francés es paradigmático) se entrega a fondo a la política internacional, más vistosa y agradecida y en la que es dificultoso pedirle cuentas, salvo cuando se asumen riesgos, como lo ha hecho Aznar, o se toman decisiones que implican guerra o paz, es decir, cuestiones de vida o muerte.

Por el momento, parece que Zapatero está maás preocupado por los temas internos y deja advertir su inexperiencia sobre los temas de política exterior como lo demuestran sus nombramientos de puestos importantes, claves, tales como el Ministerio de Defensa, ofrecido a un político regional, y el de director del Centro Nacional de Inteligencia, asignado a un subalterno, sin experiencia alguna en politica internacional y en materia de inteligencia, paisano del anterior.

Aparte de este retorno a los temas internos, que puede resultar finalmente transitorio, y quizás por ese cambio de énfasis fundamental, la variación del color del gobierno parece traer consigo grandes modificaciones en materia de posicionamiento internacional de España.

Se podría decir, esquematizando un tanto, que el cambio capital es entre una España con una politica exterior en busca de autonomía y afianzamiento, una política exterior con pretensiones, quizás excesivas para una potencia de segundo o tercer orden como España (eso es, desde luego, lo que pensaban nuestros socios franceses y alemanes), afirmándose en el seno de la familia europea (con rasgos distintivos, aunque no siempre positivos, es decir alejándose paulatinamente de posiciones europeístas) y en el ámbito internacional, con una vocación de búsqueda de reconocimiento internacional (un asiento permanente en el G-8) y una España cuya ambición internacional parece limitarse a jugar un papel importante pero encapsulado en la política exterior de la Unión Europea (UE), en el seno de la cual deben integrarse los objetivos exteriores de España.

En cuanto a la politica europea, lugar de interseccion de la politica interna e internacional de España, el gobierno Zapatero, con la nominación de Moratinos como nuevo Ministro de Asuntos Exteriores, parece querer, despues del paréntesis Aznar, pro USA y filo británico, volver a la "normalidad" subiéndose de nuevo al tren europeísta tractado por la locomotora franco-alemana. Quedan atrás los enfrentamientos (épicos o mezquinos, según se miren) entre Aznar por un lado y Chirac y Schröder por el otro.

¿Quiere esto decir que Zapatero-Moratinos aceptarán (tragarán) la fórmula Giscard (50/60, países-población) sobre la toma de decisiones en el Consejo de Ministros de la UE? Ahora ya nada es seguro (más bien esperemos que no acepten); aunque los socialistas han tenido una apreciación bastante positiva del resultado de la Convención presidida por Giscard, no se les ha escapado que la propuesta de éste sobre las reglas decisionales de la UE tenían como objetivo el concentrar el poder en los tres grandes (con el añadido de Italia, por razones objetivas) y deshacer el entuerto de Niza que había dado excesivo (según franceses y alemanes y también los pequeños países) poder a los Estados medianos, como España y Polonia (ver tribuna precedente en el link).

Después de la dialéctica "Nueva Europa-Vieja Europa", tan del gusto de Aznar, que reflejaba una política de equilibrio o de contrapeso al eje franco-alemán, en paralelo a la política de contrapeso que dicho eje pretendió liderar con respecto a los Estados Unidos, el gobierno Zapatero parece querer dar por concluida esta etapa de enfrentamiento y volver al sensato sendero establecido por González de mantener buenas relaciones con Francia y Alemania que tan buenos dividendos produjo para España en su momento.

Pero como se ha mantenido en un artículo precedente, Chirac y Schröder (nostálgicos del Concierto de Europa y enterradores del Pacto de Estabilidad) no son Mitterand y Kolh (europeístas más o menos convencidos). ¿Es que la política franco-alemana actual, no la declarativa sino sobre todo su práctica política, en materia interna europea como en la dimensión externa, conviene a España o deja un espacio decisional suficiente al país ibérico? ¿Qué papel puede jugar España en la formación de la política exterior europea una vez que se apruebe la Constitución?

No es un peligro ficticio. Cuando pretende o declara Moratinos que España no necesita una política externa con respecto a los Estados Unidos, como Aznar pretendió, y que la única política posible pasa por la relación entre la Unión Europea y los Estados Unidos, está supeditando de hecho la autonomía de acción de España, a lo que dicten Francia, Alemania y el Reino Unido en el contexto de la formación de la política de la UE hacia los Estados Unidos. Este posicionamiento dogmático ignora el hecho de que en el estado actual de la PESC-PESD (políticas de seguridad y defensa de la UE), Francia, Alemania, Reino Unido, las principales potencias europeas, consideran la política exterior europea como un complemento, instrumental, a su propia política exterior que es autónoma con respecto a la europea. Subsumir o condicionar la política exterior española a la europea quiere decir, in fine (un poco esquematicamente) condicionarla a la de los tres grandes.

¿Tendrán las prioridades de política exterior española (el frente sur mediterráneo y sus amenazas multiples, relaciones con Marruecos, América Latina, terrorismo etarra, etc.) acomodo suficiente en la política exterior de la UE que haga innecesaria una política exterior propiamente española?

Las lecciones del 11 marzo

¿Por qué se produjo el atentado del 11-M? ¿Por qué en España? Es importante elucidar estas dos cuestiones, ya que de ello se deducen lecciones importantes para el futuro.

En primer lugar, hay que recordar el contexto. Aznar metió a España en una guerra contra Iraq en apoyo de la coalición Bush-Blair. Lo hizo en contra de la opinión mayoritaria del pueblo español y en contra de la mitad más o menos de la representación política de España (partidos políticos) y con argumentos insuficientes (armas de destrucción masiva, vínculo Sadam Hussein-Bin Laden), fracturando (aunque no fue el único culpable) el frente europeo, aliándose con los Estados Unidos y el Reino Unido (socios poco simpaticos para la opinión pública española) y sin cobertura de las Naciones Unidas. Lo hizo, sobre todo, sin intentar fraguar previamente un consenso con sus rivales (con el PSOE fundamentalmente) en torno a una política de Estado. Sin explicar que ganancias extraía España (aparte el realce personal de Aznar reflejado en sus encuentros con Bush y Blair) de su integración en la coalición que compensaran los riesgos, que se minimizaron, de respaldar la guerra.

El resultado fue una decisión sin apoyo interno suficiente, por parte de la opinión pública y del resto del espectro político, en una materia, la guerra o la paz, en la que no es suficiente el disponer de una mayoría política coyuntural. La falta de acuerdo con el PSOE hizo que éste naturalmente se posicionara contra el envío de tropas a Iraq e introdujera (quizás irresponsablemente, pero el PP no le dejò mucha elección) la retirada de las tropas en su oferta política para las elecciones.

Es este contexto de divergencias internas, y el poco apoyo de la opinión pública española a la aventura iraquí de Aznar, el que convirtió a España en un objetivo prioritario para el enemigo (porque hay un enemigo, en una situación de guerra siempre hay un enemigo inteligente que se defiende y ataca).

Es este contexto, de gran división interna al nivel de la representación política y de gran oposición de la opinión pública, el que distinguió a España de otros miembros europeos de la coalición, como el Reino Unido, los Países Bajos y Dinamarca. En esos países la oposición a la guerra en Iraq fue muy inferior, existiendo un consenso bastante importante entre las fuerzas políticas y aun dentro de la opinión pública en torno a la cuestión.

Del caso polaco nos separa la existencia en España de una importante población de origen norteafricano (marroquí básicamente) de confesión islámica y simpatías pro-iraquíes y pro Al-Qaida, caldo de cultivo favorable a las actividades del terrorismo islámico (sabemos ya que la preparación del 11 de septiembre se hizo en gran medida en España y Marruecos) y de la inexistencia de esa condición en Polonia.

El caso italiano se asemeja al español. Tres factores lo diferencian: el calendario de las elecciones, antes las españolas que las italianas; el hecho de que la oposición italiana no ha prometido tan claramente la retirada de las tropas en caso de victoria electoral; en tercer y último lugar, un posible factor marroqui.

Conviene discutir este último factor con franqueza y sin caer en la xenofobia. Existe entre España y Marruecos una relación sino de hostilidad sí de frialdad (aunque probablemente no al nivel personal entre españoles y marroquíes) que ha empeorado en los últimos años gracias en parte a las torpezas del gobierno Aznar (no hay más que citar las últimas declaraciones de Trillo sobre Perejil). Esto naturalmente ha generado una reacción de agresividad en los entornos islamistas marroquíes cuyo resultado ha sido el atentado, contra intereses y ciudadanos españoles, de Casablanca y el entramado, mayoritariamente marroquí, de la célula terrorista responsable del 11-M.

España se convirtió así en el eslabón débil de la coalición, el objetivo prioritario, con una ventana de oportunidad, las elecciones del 14 marzo y una fecha previa fuertemente simbólica, un día 11.

El atentado trajo, pues, como consecuencia importante, a través del cambio de partido en el poder resultado de las elecciones del 14 marzo, la retirada de las tropas españolas antes del 30 de junio. Fue, como dicen los especialistas militares, una victoria táctica con un efecto estratégico.

Es esa concatenacion, ese encadenamiento, de efectos lo que es necesario analizar a fin de extraer las lecciones apropiadas para el futuro.

La primera y más importante de las lecciones que debemos aprender en España es que las decisiones sobre la guerra o la paz no pueden tomarse a la ligera y que necesitan un examen profundo de las implicaciones de dicha decisión. Las naciones entran en guerra como último remedio a un problema de seguridad, nacional o internacional, y sabiendo los riesgos que corren. Y cuando entran en guerra lo prioritario, recordando a Clausewitz es no confundirse de guerra y de adversario: "...las guerras difieren según la naturaleza de sus motivos y de las circunstancias que las engendran. El primer, el más importante, el más decisivo acto de juicio que un hombre de Estado o un comandante en jefe ejecuta consiste en la apreciación correcta del género de guerra que va a emprender, a fin de no tomarla por lo que no es, y de no querer hacer de ella lo que la naturaleza de las circumstancias le prohíbe ser” (De la guerra, libro I, capítulo 1, p. 27).

Una de las lecciones históricas más claras que los Estados Unidos aprendieron en Vietnam, y que parecen estar reaprendiendo en Iraq, es que la decisión de entrar en guerra necesita un apoyo popular sólido, unas fuerzas armadas eficaces y que saben lo que hacen y un gobierno con unas ideas claras sobre los objetivos políticos perseguidos a través de la guerra y que goza de un apoyo suficiente de las demás fuerzas políticas a las que consulta extensivamente. Y que ni siguiera eso es garantía de un resultado positivo. El contraejemplo del caso español en Iraq lo aportan los británicos (a pesar de un apoyo moderado de su opinión pública a la aventura iraquí).

Está claro que el gobierno Aznar falló rotundamente en al menos dos de las tres condiciones apuntada, el apoyo de la opinión publica y el del resto del espectro político (no me cabe juzgar, por falta de competencia, de la adecuación de los medios militares asignados a la misión en Iraq). Esta es la lección fundamental que los españoles, ciudadanos de a pie y políticos a los que nos falta cultura estratégica, debemos volver a aprender. Este fallo, conjugado a los fallos en los servicios de inteligencia y seguridad demasiado centrado en ETA y subestimando las amenazas del terrorismo islamista, convirtió a España, como se ha dicho antes, en el eslabón débil de la coalición al que la coyuntura política (la proximidad de las elecciones) convirtió en el primer objetivo.

Pero si la decisión de entrar en guerra requiere debate y acuerdo político amplio sobre los objetivos y las razones de la decisión y los riesgos y costes (en términos de sangre y dinero) que ello implica, salir de una guerra en curso, abandonando antiguos aliados en una situación difícil, necesita una evaluación no menos meditada de las consecuencias e implicaciones de tal decisión, no sólo para los intereses nacionales (y para la reputación internacional del país), sino también para los intereses de la comunidad internacional de la que formamos parte. No vale, es decir no es suficiente, con decir que se sale por que “se prometió antes de las elecciones”; que hay que dar la razón, sin más reflexiones, a los energúmenos que el día después de las elecciones dijeron a Zapatero “no nos falles”.

La decisión tomada y en vías de realización de retirar las tropas de Iraq traerá consecuencias para España y para la comunidad internacional; consecuencias que hay que sopesar en relación con el contexto en que se encuentra el conflicto en Iraq. Como resultado de la afganistizacion (horrendo vocablo) de Iraq los países miembros de la coalición, tanto los que hicieron la guerra como los que ocupan el país, se enfrentan al riesgo de la amenaza terrorista islamista en sus propios territorios como el atentado del 11-M ha probado en Madrid.

La guerra contra Sadam ha transformado Iraq en el primer teatro de guerra entre el Islamismo Radical (Global Jihad) terrorista y el mundo occidental atrayendo a este escenario una nueva generación de mujahadines, combatientes jihadistas (quizás un efecto estratégico buscado por los Estados Unidos).

De hecho varias guerras tienen lugar concurrentemente en Iraq en l actualidad: la resistencia local a la ocupación en el triángulo sunita, la rebelión shiita, el terrorismo islámico fomentado por Al-Quaida. La pérdida progresiva de control militar por la coalición, exceptuando el norte de mayoría kurda, amenaza con convertir la invasión y ocupación de Iraq en una pura victoria táctica que no acaba de transformarse en victoria estratégica con la pacificación y estabilización democrática del país que persiguen utopicamente los americanos. Lo que la comunidad internacional busca, tanto los miembros de la coalición como aquellos que se opusieron a la guerra, es una estabilización política de Iraq a través del traspaso de su soberanía a los propios iraquíes, así como la conversión de Iraq en un miembro responsable de la comunidad internacional que no aspire a dotarse de armas de destrucción masiva, no amenaze a sus vecinos y no se convierta en un santuario del Islamismo Radical terrorista. El problema es pues como estabilizar suficientemente el país, reconstruyéndolo políticamente por mdio de un nuevo pacto social entre los tres grandes componentes de la nación iraquí: Sunnitas, Shiitas y Kurdos. En esta estabilización habrá que contar, paradojicamente, con el partido Baas (sin Sadam) como baluarte contra Al-Quaida.

Las revelaciones (algunas verdaderas otras fabricadas) publicadas recientemente en la prensa sobre las torturas practicadas durante los interrogatorios a prisioneros iraquíes por parte de algunos elementos del ejército de Estados Unidos, ocultadas por la más alta jerarquía militar y política de este país, alejan aun más la posibilidad de una solución rápida, pacífica y democrática al conflicto. Se puede decir que la coalición ha ganado la guerra y que ha perdido la paz, revelándose incapaz de imponer una solución política al conflicto. Esta incapacidad de los Estados Unidos y la coalición hace más necesaria que nunca la toma de control político-militar por parte de las Naciones Unidas (lo que no quiere decir que los Estados Unidos cedan el mando de sus tropas a esta organización) de la situación en Iraq. Una Resolución del Consejo de Seguridad (del que España forma parte) de las NU que formule concretamente esta toma de control debe ser el objetivo de la Comunidad Internacional.

Cabe así preguntarse si la retirada, en este contexto, de las tropas españolas contribuye o no a este objetivo. Se podría decir que retirando las tropas antes del 30 de junio el gobierno español perdió la oportunidad de influir decisivamente el contenido de la Resolución del Consejo de Seguridad en el sentido de pasar la responsabilidad en Iraq a las NU. Se podría también argüir, en sentido contrario, que ante la obstinación de las autoridades americanas em conservar el control político-militar en Iraq (verificado en la entrevista Bono-Rumsfeld) y dejar a las NU más que un papel de comparsa legitimador de la intervención militar previa, Zapatero no tenía mas opción que retirar las tropas lo antes posible y que esta decisión, con el correspondiente deshilachamiento de la coalición, contribuiría a volver más pragmáticos a los americanos y a acelerar el traspaso del control hacia las NU.

Otra consecuencia de la retirada de tropas es la pérdida de credibilidad de España en la escena internacional. Una nación de la importancia de España dificilmente puede abandonar a sus aliados en la escena de guerra cuando las cosas se tornan duras y esperar que tal decision no pese en el futuro en lo que respecta al aprecio o la estima que otras naciones den a compromisos similares españoles. La retirada acelerada, sin esperar al debate en las NU, va a atraernos la antipatía y la hostilidad de los Estados Unidos, y no solamente de la Administración Bush, sino también de los demócratas y de la opinión pública americana. Esta antipatía va a penalizar la acción exterior y los intereses internacionales de España, y también muy probablemente la colaboración de este país en la lucha contra el terrorismo, el islamista y el doméstico, en nuestro país.

A esta pérdida de credibilidad se añade la percepción que de la retirada de tropas españolas puedan extraer los autores y comanditarios del atentado. En la guerra contra el Islamismo Radical, la retirada de las tropas españolas de Iraq como consecuencia del atentado del 11-M corre el riesgo de enviar el mensaje equivocado al enemigo. ¿No se le está diciendo que en situaciones similares España va a reaccionar de forma idéntica, olvidando las victimas y el acto de guerra cometido contra el país, aceptando en suma la intimidación? ¿cómo se puede evitar el transmitir esta señal que tan rápidamente han reconocido (mensaje de Bin Laden) los autores del atentado? ¿hubieran estos recibido el mismo mensaje si en vez de decidir retirar las tropas Zapatero hubiese anunciado el envío de refuerzos adicionales bajo la condición que las NU hubieran obtenido un mandato adecuado por parte del Consejo de Seguridad antes del 30 de junio? ¿por qué se perdió esta oportunidad?

Ni Aznar tomó conciencia de la guerra en que metía España ni Zapatero parece tomar conciencia que España, como otros países de Occidente y no solo los Estados Unidos, está en guerra contra el Islamismo Radical (Global Jihad) que utiliza el terrorismo como arma de destrucción masiva. Zapatero parece pensar que retirando las tropas de Iraq ha sacado a España de la zona de turbulencia y que les toca a otros sacar las castañas del fuego. Más grave aun, todo hace suponer que el gobierno actual parece dar por cerrada la cuenta abierta con el Islamismo Radical el 11-M (un acto de guerra dirigido a causar masivamente víctimas civiles entre la población española). Parece como si el causante del atentado hubiera sido Aznar y que una vez esté alejado del poder y las tropas se hallan retirado de Iraq el problema queda resuelto y que problemas similares pueden tratarse, en adelante, con el distanciamiento adecuado y a través de la política exterior de la UE que se convierte así en nuestro escudo y también en coartada para no hacer nada.

El error del PP, es decir de Aznar, fue dejarse convencer por Bush que Iraq era un teatro legítimo de combate contra Al-Quaida. El error del PSOE es pensar que Iraq no es ahora, porque no lo fue antes de la ocupación, teatro del combate contra Al-Quaida, es decir contra el enemigo que cometió contra España el acto de guerra del 11-M. ¿Dónde va combatir España los comanditarios que organizaron el atentado del 11-M si no es en Iraq y en Afganistán? ¿Es alejándose de los teatros y escenarios de la lucha como mejor se combate al enemigo? ¿Es así como España ha combatido, y aún combate, con éxito el separatismo terrorista vasco?
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