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martes, 10 de junio de 2008
El negro Spike Lee versus el blanco Clint Eastwood
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[5150] Comentarios[0]
El director de cine Spike Lee, de raza negra, le ha echado en cara a Clint Eastwood el que no sacase negros en su película “Banderas de nuestros padres” basándose en la necesaria corrección política que debe imperar. Eastwood le ha mandado a freír espárragos, como si del mismo Harry El Sucio se tratase

Juan Antonio González Fuentes 

Juan Antonio González Fuentes

Como actor Clint Eastwood fue el icono más representativo del llamado spaghetti western, protagonizando tres de sus cumbres: Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965), y El bueno, el feo y el malo, (1966). Las tres dirigidas por uno de los directores de cine italianos más importantes del último medio siglo, Sergio Leone.

Por aquel entonces, mediados los años 1960, Eastwood se convirtió para muchos críticos de la progresía en un hierático y pésimo actor al que sólo le salvaba su ruda y atractiva presencia física. Cuando años más tarde, en 1971, y dirigido por el estupendo Don Siegel, Eastwood se convirtió para la historia del cine en Harry “El Sucio” Callahan, expeditivo y heterodoxo policía de San Francisco, el actor pasó a ser definitivamente una estrella para el gran público, pero también un actor nauseabundo, fascista, y descerebrado para el crítica bien pensante. John Wayne, Paul Newman o Steve McQueen, rechazaron el papel por considerarlo en exceso políticamente incorrecto, pero Eastwood lo hizo suyo con ironía, mala leche y portentoso descaro. Nació así una estrella de cine, hecho que sin duda eclipsó el interesantísimo debut del propio Eastwood tras la cámara en 1971 con la muy estimable Escalofrío en la noche.

Pasaron así los años, y Eastwood fue creciendo como estrella de cine, convirtiéndose en uno de los actores taquilleros por excelencia de los años 1970 y 1980, una estrella que además era considerado uno de los hombres más atractivos del cine americano de esas fechas. Pocos tenían en cuenta que durante ese periodo Eastwood se situó detrás de la cámara en bastantes ocasiones, filmando casi siempre películas muy sólidas y atractivas, y algunas francamente grandes: Infierno de cobardes, El fuera de la ley, Bronco Billy y, sobre todo, El jinete pálido, una obra que apuntaba ya a obra maestra.

Y de repente, tras una película de esas que a la progresía produce vómitos no por cómo está rodada sino por su “mensaje”, me refiero a El sargento de hierro, Eastwood rueda Bird, el biopic sobre el genial saxofonista Charlie Parker. Con Bird todos descubren al Eastwood director de cine, a un hombre sensible, amante del jazz, estupendo lector de novelas y guiones, músico el mismo... Vamos, alguien que no se parece en nada al estereotipo que representaba en el cine Harry El Sucio o los pistoleros poco habladores de los western de Leone.

Y después de Bird vinieron Sin perdón, Un mundo perfecto, Los puentes de Madison, Medianoche en el jardín del bien y del mal, Mystic River, Million dólar baby, Banderas de nuestros padres, Cartas desde Iwo Jima..., es decir, algunas indiscutibles obras maestras del cine americano de finales del siglo XX y comienzos del XXI, y todas películas de un innegable nivel artístico, dejando en ellas Eastwood muchos trazos bien visibles de cuáles son las mejores características del cine clásico y sólido norteamericano: el poder de la imagen por encima de la verbalización innecesaria, los encuadres de plano en los que entran todos y todo, los movimientos de cámara imprescindibles, la ausencia de subrayados idiotas, la emoción contenida en los planos, la solidez no maniquea de los argumentos y asuntos tratados, etc...

Hoy en día Clint Eastwood es una figura reverenciada del cine contemporáneo, y todo el mundo lo considera el último gran maestro del clasicismo cinematográfico americano. Ahora, cuando se revisan los spaghetti western en los que participó como actor y guionista, sus películas de Harry con Siegel o él mismo dirigiendo, sus primeros western modestos y lacónicos..., la crítica ya no ve en ellos puestas en escena obscenas e intolerables de fascismo y conservadurismo reaccionario e imperialista norteamericano, sino reflexiones irónicas e inteligentes sobre la violencia, historias que ya mostraban rasgos inequívocos de la enorme estatura del Eastwood cineasta, etc, etc...

Son los pasos cambiados del tiempo. Lo mismo ocurrió con el cineasta más grande de la historia, John Ford, que pasó de ser por la crítica progresista un obtuso director de películas del oeste, fascista, racista y misógino, a ser considerado eso, el más grande y genial director de cine de entre todos los que ha habido.

Tráiler de Banderas de nuestros padres (colgado en YouTube por 2bvideo)

Bueno, Eastwood no está tan reverenciado como me figuraba. Muy recientemente ha salido a la palestra pública otro afamado director de cine americano, Spike Lee, mostrándose en abierto desacuerdo con sus últimas películas. Spike Lee es un director de cine negro. Lo repito, es un director de cine negro, vamos, de raza negra, no de películas de género negro. Tal vez tendría que haber escrito es un negro director de cine, pero francamente, no me parece que quede bien. Parece que quiero subrayar que es negro, y que hace cine, cuando lo que quiero decir es que es un director de cine, que es negro. Su color de piel no debería tener ninguna importancia a nuestros ojos, pero la tiene, y mucho, pues el ser negro norteamericano en Spike Lee no es una anécdota, es la columna que vertebra su obra entera y su puesta en escena. La obra de Spike Lee, que he visto casi íntegra a lo largo de los años, es reivindicativa de su negritud, o de la condición de negro (lo de afroamericano me parece una cursilada) en los EEUU contemporáneos. Las historias que ha filmado son historias que giran en torno a las distintas problemáticas de los negros en distintos ambientes de la sociedad americana actual, los actores son todos negros, la música está escrita por negros, etc... ¿Algo que objetar? Ni se me ocurre, nada. Spike Lee es un director de cine muy bueno, que ha llevado a cabo una obra interesante a la que, precisamente por su decidido y militante particularismo, le auguro una vida no muy larga en el tiempo. Pero él crea lo que le viene en gana.

Pues bien, Spike Lee ha arremetido contra Eastwood porque en su película Banderas de nuestros padres no ha sacado en pantalla a ningún negro, a ningún actor negro. Y ya se quejó años ha de cómo Eastwood trató la figura del genial músico negro Charlie Parker. Vamos, que Eastwood tendría que haber filmado la vida de Parker tal y como hubiera dictado la comunidad negra, y sobre todo su supuesto máximo valor en el cine, el propio Spike Lee. Eastwood tendría que haber cogido el guión y habérselo enseñado a Lee para que éste diera su aprobación, y una vez rodada la cinta, habérsela enseñado también al bueno de Lee para ver si estaba bien, correcta, o había que modificarla a gusto de la opinión de la minoría negra.

Claro que ya puestos, Eastwood tendría que haber hecho lo propio con la comunidad de homosexuales, con la de drogadictos, con la de jazzmen, con la de heterosexuales, con la de amas de casa, con la de mafiosos..., y con cualquier otra minoría u oficio sindicado o no sindicado que de alguna manera se viera reflejado en la historia filmada.

En cuanto a Banderas de nuestros padres, Eastwood narra la historia de los soldados que levantaron la bandera norteamericana tras la conquista de la isla de Iwo Jima, y se da la casualidad de que habiendo soldados americanos negros en aquella batalla ningún negro estuvo entre los que izaron a pulso la bandera. Hecho que, al parecer de Spike Lee, es intolerable, y Eastwood, aun no siéndole fiel a la verdad histórica, debería haber colocado a algún actor negro por allí para dar testimonio de que en aquella batalla sí hubo soldados negros. Pero claro, si me detengo a pensarlo un momento, seguro que también hubo soldados hispanos. ¿Por qué no filmarlos también señor Lee? Y seguro que los había asiáticos. ¿No merecerían algún plano, que se les viese pegar tiros?

Luego algunos lectores me acusan de elevar la voz y el tono de los post, pero no me digan que no hay mucho memo inteligente y cultivado. Las declaraciones de Spike Lee son grotescas y carecen del más mínimo sentido común y artístico. Bajo la apariencia de un discurso progresista Spike Lee exige la imposición y la repugnante política de lo “correcto para no molestar”, una política radicalmente contraria a la libertad expresiva que demanda cualquier acto de creación, que sólo debe regirse por la ética humanista y por el rigor expresivo y conceptual. Haber sacado actores negros levantando la bandera en Iwo Jima hubiera sido ofrecer al público una falsedad histórica, una invención prejuiciosa, una memez gigantesca, un flaco favor a al cine y al arte.

Menos mal que Eastwood ha vuelto a vestirse con el traje de Harry el Sucio y le ha dicho a Spike Lee que se calle y no diga más sandeces. ¡Ah!, y ha rematado la faena asegurando que seguirá rodando películas bajo la estricta responsabilidad que le confiere su idea del arte y de la narración cinematográfica, hasta que le den las fuerzas y su realísima gana. ¡¡¡Bien Harry, digo Eastwood, bien!!!


NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.

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