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martes, 13 de octubre de 2009
Los poemas del hospital: el yo épico-lírico frente al ego
Autor: José Membrive - Lecturas[5008] Comentarios[0]
Los malos poetas escriben para contarnos su vida particular. Los buenos, para contarnos la de los lectores a través de la suya propia. Los primeros no tienen que inventar nada: dan rienda suelta a su ego, que como todos los egos es petulante, y utilizan el betún poético-versificacor para darse brillo y esplendor. Aún así no los critico. Es mejor un mal poeta que un buen soldado

José Membrive

José Membrive

Los malos poetas escriben para contarnos su vida particular. Los buenos, para contarnos la de los lectores a través de la suya propia. Los primeros no tienen que inventar nada: dan rienda suelta a su ego, que como todos los egos es petulante, y utilizan el betún poético-versificacor para darse brillo y esplendor. Aún así no los critico. Es mejor un mal poeta que un buen soldado. Garcilaso quiso conseguir lo imposible, ser buen poeta y buen soldado, “tomando ora la pluma, ora la espada”. El resultado ahí está. La poesía le dio la gloria, la soldadesca, la muerte. Es cierto que ahora se envían tropas armadas en misión de paz. Es muy parecido al diálogo que pretenden mantener algunas bandas, pistola en mano. Las balas son poco hábiles como sustitutas de la lengua: solo emiten sonidos fricativos y suelen ser muy obcecadas y poco sutiles en la argumentación.
En defensa de los malos poetas también hay que decir que todo gran poeta fue anteriormente malo, y muy posiblemente, después volverá a recaer. Porque no se es poeta, se “está” poeta. La gran obra de un poeta es producto de un estado de gracia y, salvo algún monstruo como JR Jiménez, nadie entregó su vida en totalidad al abrazo de la “Amantis religiosa” poética. Los Machado, Alberti… alternaron la gran poesía con la seudopoesía panfletaria. No obstante, sus esporádicos contacto con la gran poesía, aniquilaron los momentos más oscuros. Pero hemos de agradecer que todos: los que alcanzaron su estado de gracia y lo que no, aman la poesía pero ésta, como musa tradicional que es, se hace de querer y cierto es aquello de que “quien bien te quiere te hará llorar”. Poetas y poesía se hacen llorar mutuamente antes del feliz encuentro.

Hablo de malos y buenos poetas, porque, para mí, uno de los hitos que limitan la frontera entre unos y otros es si en la poesía manda el ego o el yo lírico. Si, al escribir, se quedan en la piel de la anécdota individual, o traspasan al océano de las vivencias colectivas. Si los escritos están al servicio del ego la historia se impregna de un “incienso” lírico artificioso y autohalagante, muy interesante tal vez para sus amigos y conocidos, pero intranscendente cuando pasa las fronteras sociales del gestor poético.

Entiendo, y ya no doy más la paliza sobre este asunto, que el ego, es un yo personal, pétreo, inmodificable e intransferible y el sujeto lírico es una creación viva, trascendente en donde los lectores “interactúan” sienten, evolucionan, dan, reciben… en definitiva, salen tranformados.



Eudald Escala: Los poemas del hospital (Ediciones Carena, 2009)

Los poemas del hospital de Eudald Escala Pujadó, reflejan el paisaje de una durísima batalla en el que un yo lírico, valiente, poderoso, inmisericorde y, sobre todo, sangrante acaba de construir una terrible sinfonía con los cadáveres aún humeantes de tres egos, cuyas historias siguen palpitando, trituradas ya, transformadas, poetizadas, trascendidas.
La batalla ha sido encarnizada, el poder de tres egos enloquecidos (una mujer enloquecida por dos amores terribles y absolutamente incompatibles, el de su amante, loco de amor por ella, y el de su hijo, enfermo mental).
Sin el temple lírico de Eudald, la cosa podría haber concluido en un lacrimógeno y nimio serial “telepoético”, o lo que es peor, en un drama real de víctimas, cuchillos, policías y negros telediarios.
Estoy de acuerdo con Pepa Cantarero, la implacable prologuista, que no estamos ante un libro de 57 poemas, sino ante un poema con 57 pausas. No puede ser de otra manera. Un libro de poesía que se digne, requiere, como exigían los neoclásicos con las obras de teatro, de las tres unidades “tiempo, espacio y acción”. Los libros de poemas sueltos, siempre los miro como un prólogo, un ejercicio que puede ser muy importante, un florilegio de poemas más o menos bellos, pero de difícil profundidad. Cualquier tema que se plantee en serio, exige quinientos o seiscientos versos para perfilarlo.

El yo lírico que, a través de Eudald Escala, teje poéticamente este drama es poderoso, mira con poca piedad, pero con mucha humanidad a este zoo enloquecido y medicalizado hacia el que caminamos. Su yo poético se alza sobre el drama en el que el propio ego juega un papel sangrante. Eudald, y en ello muestra su casta de poeta, no rehúye el drama, se sumerge en él en cuerpo y alma, consciente de que sólo yendo a la raíz tendrá alguna posibilidad de comprenderlo. El reto es enormemente arriesgado, y durante gran parte del libro, el dominio del lenguaje y punto de vista de los egos, de lo anecdótico hace temer que aquello acabe folletinescamente. Pepa Cantarero lo detecta en el prólogo “La pandemia infecta la poesía de reproches, amenazas y acusaciones tan tenebrosas, que llegamos a aborrecer al autor por su libro, tan impúdico e inmisericorde. Para, acto seguido, volver a apiadarnos de la salud física y mental del protagonista”. Contribuye a esta confusión el hecho de que ego y sujeto lírico, protagonista y observador, sean la misma persona, con lo que la batalla interior está servida. El protagonista se desdobla en su propia animalidad, en su propia incapacidad para ver, se deja hundir en un remolino de agua. Pero cuando todo está perdido viene al rescate la lucidez poética. “¿Quién puede vivir con un cadáver?” La historia de tres barquitos de papel en medio de una huracán oceánico sólo puede tener un final…esta barca naufraga…. Nos hundimos/ este mar será/ nuestra hermosa tumba…” A no ser que algún milagro poético convierta el papel en corcho. Verse a sí mismo desde fuera como un cadáver, permite un último esfuerzo de boca a boca. Y así se puede resumir el libro. Aquí está lo esencial; el aliento poético no sólo puede convertir en materia estética cualquier infierno sino que puede salvar la vida de los protagonistas. El poeta Eudald ha salvado al hombre Eudald, le ha insuflado unos segundos de lucidez que le han permitido trascender el infierno.

Conforme avanza el poemario el poeta va sustituyendo al ser irracional que se debate en el laberinto, va surgiendo “un alma que no tengo/pero que aún así/ me duele como un perro rabioso…. // esta alma le permite ver desde fuera de sí mismo “mi amor por ti es solo una entelequia” “debo proseguir mi camino”… hasta que la luz se hace: “ahora tengo otro escondite secreto/ otro paraíso mágico/ otro jardín de paz y luz.
El poeta se desdobla en protagonista y observador del drama. Logra sintonizar con el tercer ojo, el ojo artístico que pone las cosas en sus sitio “todo forma parte de otro TODO”/ inmenso, eterno, poderoso/ que nos lleva y nos trae/ por los senderos más extraños”. El poeta recibe al fin esa “lágrima de luz” que trasciende al ego, al mismo tiempo que le salva la vida. Sé de lo que hablo. Los poemas del Hospital confraternizan con El pozo. Sé lo que se siente Conozco el desgarro. No sé si atribuir la fuerza, el milagro de transformar el dolor en materia poética, al propio poeta o a algún venturoso capricho de la musa. Al fin y al cabo, la inspiración viene como y cuando le da la gana. Sólo que, a veces, no viene a llenar tu tiempo de ocio regalándote unas metáforas más o menos ingeniosas. A veces, como en esta ocasión, su visita, su inspiración, es un asunto de vida o muerte (y ahora no hablo metafóricamente).   


NOTA: En el blog titulado Besos.com se pueden leer los anteriores artículos de José Membrive, clasificados tanto por temas (vivencias, creación, sociedad, labor editorial, autores) como cronológicamente.


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