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Evo Morales

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Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

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Nelson Mandela

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Robert Mugabe

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Álvaro García de Linera

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Hugo Chávez

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David Choquehuanca

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Bolivia: Las bases del MAS quieren ministros que den “pegas”
Por Carlos Malamud, martes, 31 de octubre de 2006
El gobierno boliviano mira con una cierta dosis de euforia el futuro del país. La bonanza exportadora que favorece a buena parte de América Latina también sonríe al país de Evo Morales. La situación se ve reforzada por el precio de los hidrocarburos que ha permitido a Bolivia contar con un superávit presupuestario del 1,5%. Sin embargo, como demostraron recientemente los enfrentamientos entre mineros, las reivindicaciones laborales de los distintos movimientos sociales que respaldan al gobierno podrían hacer descarrilar el rumbo del actual gobierno.
Últimamente las cuestiones étnicas se están convirtiendo en un importante tema de la agenda política de algunos países. Hasta ahora la principal cuestión en relación con este punto había sido la de cómo integrar a los indígenas en la vida política y en las sociedades de sus respectivas naciones. Pero hoy nos enfrentamos a desafíos distintos, que alertan de ciertas actitudes racistas o xenófobas a la inversa, como demuestra el desarrollo de la experiencia neocacerista en el Perú. Bolivia se encuentra en una verdadera encrucijada y comienza a hablarse no sólo de un enfrentamiento entre indígenas con mestizos y blancos, sino de ciertas políticas gubernamentales que privilegian a los aymaras en desmedro de quechuas o guaraníes. Como se comienza a decir, el presidente Evo Morales tiene por delante un gran desafío. Puede, por un lado, convertirse en un factor de integración, en el Mandela boliviano, abogando por la superación de los conflictos raciales más allá de los años de explotación, o puede terminar siendo un claro agente de la división y el conflicto, como Robert Mugabe, azuzando permanentemente la conflictividad racial y postergando a su pueblo en la noche de los tiempos.

En este contexto, conceptos como el de pueblos originarios, más allá de su falsedad (los pueblos originalmente originarios fueron luego desplazados por múltiples y secuenciales invasiones y migraciones, y los últimos en llegar son los que hoy se reclaman como originarios, aspirando de ese modo a reclamar una serie de derechos de propiedad sobre la tierra y otros recursos naturales), sólo sirven para aumentar la tensión y menos para comprender la verdadera dinámica de los hechos. Por eso deberíamos preguntarnos en este punto por la responsabilidad que tienen en todo esto una serie de ONG de Europa, Estados Unidos y Canadá, que insisten en construir una verdadera agenda política en torno a estas cuestiones.
La Asamblea Constituyente si bien lleva más de tres meses sin poder hacer efectivo su reglamento de debates, logró casi unanimidad para aprobar cuestiones vinculadas con su presupuesto, salarios de sus miembros, inmunidad y otros asuntos de carácter interno

Dos recientes titulares de la prensa boliviana dan cuenta de la situación: “Las bases del MAS quieren ministros que den pegas” (trabajo) y “El MAS pide a Evo más cargos para indígenas”. Este es el panorama que se presentará el 10 y 11 de noviembre, cuando el MAS celebre su Congreso Nacional. Son muchos los militantes que quieren un mayor número de puestos de trabajo. El problema es quiénes son los que tienen derecho a ellos y si el trabajo va a ser público o privado. Buena parte de la filosofía del MAS descansa en la idea del Estado omnipresente y omnipotente a quien se le pueden pedir todo tipo de favores. Ahora bien, esta idea no es patrimonio exclusivo del partido del presidente, sino que es compartida por muchos otros. Pero lo peor del caso es que, según se interprete, puede dar lugar a sospechas, o casos concretos de corrupción. Esto último se ha visto en YPFB (Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia), cuyo anterior administrador, amigo de Morales, debió renunciar ante las denuncias formuladas en su contra.

Algo similar podría darse con la Asamblea Constituyente, que si bien lleva más de tres meses sin poder hacer efectivo su reglamento de debates (una y otra vez se suspenden las sesiones por falta de consenso), logró casi unanimidad para aprobar cuestiones vinculadas con el presupuesto de la asamblea, salarios de sus miembros, inmunidad y otros asuntos de carácter interno. Así se votaron favorablemente una serie de privilegios para sus señorías, que van más allá del salario mensual de 10.500 pesos bolivianos mensuales (unos 1.000 euros) y pasan por dotarse de un pasaporte diplomático, tres pasajes aéreos al mes, asistentes con salarios que oscilan entre los 5.500 y 8.300 bolivianos y contar con inmunidad ante los procesos judiciales. Por si todo esto fuera poco, los docentes universitarios podrán hacer compatible su cargo legislativo con la enseñanza en las altas casas de estudio. No debe olvidarse que Bolivia es uno de los países más pobres de América Latina, que sus salarios medios son bastante inferiores a los aquí presentados y que el sentimiento antipolítico de los movimientos sociales que votaron al MAS podría encontrar en este funcionamiento de la Constituyente nuevos argumentos de protesta.
El quid de la cuestión estriba en las pegas que deben conseguir los ministros y que no consiguen, según algunos de sus críticos, porque no son todo lo duros y contundentes que deberían ser con los personeros del régimen anterior

Ahora bien. Este no es el fondo del problema que quería plantear. El quid de la cuestión estriba en las pegas que deben conseguir los ministros y que no consiguen, según algunos de sus críticos, porque no son todo lo duros y contundentes que deberían ser con los personeros del régimen anterior. Los militantes del MAS creen que se ha producido una revolución en Bolivia, que ellos la han ganado y por eso tienen incontables derechos. Esto es lo que recuerdan permanentemente algunos ministros o incluso el vicepresidente García Linera, quien en fechas recientes ha convocado a empuñar el fusil en defensa del gobierno de Morales si llegara el caso. Se trata de un llamamiento muy serio, toda vez que el propio presidente recuerda de forma constante que hay una o varias conspiraciones en su contra. En algunas ocasiones estas denuncias son refrendadas por altos cargos del gobierno amigo de Hugo Chávez. Hay más. Coincidiendo cronológicamente con el titular de las pegas, el ministro de Asuntos Exteriores, David Choquehuanca, al tomar juramento a dos flamantes embajadores de su país, los instó a defender en el extranjero los logros de la revolución a la que deben representar.

A diferencia de otra revoluciones, en Bolivia la incógnita no es sólo de revolución para qué o hacia dónde, sino, muy especialmente, revolución para quién. Formulada la pregunta de otra manera, la cuestión es quiénes son, o deberían ser, los agentes o actores protagónicos de la revolución. En tiempos pretéritos esta pregunta hubiera sido impensable y la respuesta categórica hubiera sido el proletariado y el campesinado. Pero en los tiempos que corren, cuando la principal preocupación de cierta izquierda antisistema latinoamericana es la creación de la Patria Grande, nota distintiva del socialismo del siglo XXI de raigambre bolivariana, ya no se sabe si el centro de la escena debe ser ocupado por los movimientos sociales o por los indígenas, los autodenominados pueblos originarios.
“Lo que prometió el presidente Evo Morales en su campaña, que los pueblos indígenas serán transversales a los ministerios, no cumple. Son muy pocos los indígenas en el Gobierno, nosotros no tenemos representantes en este Gobierno”

Hoy vemos como en Bolivia los llamados pueblos originarios se sienten utilizados y piensan que ya no son más protagonistas. ¿Utilizados por quien? Por los mestizos, criollos y europeos que rodean a Evo Morales. En realidad, y más allá de toda la retórica y la simbología de corte indigenista que rodea todas y cada una de las apariciones de Morales, comenzando por la falsa afirmación de que se trata del primer indígena que llega a la presidencia de un país latinoamericano, lo cierto es que su gobierno es un gobierno de mestizos (y algunos dirían para los mestizos). De ahí las palabras contundentes del senador masista Lino Villca y de Humberto Chiquero, máximo líder de la Coordinadora de Pueblos Étnicos de Santa Cruz: “Tenemos que profundizar que en esta coyuntura el protagonista fundamental es el movimiento indígena: aymaras y quechuas. Vamos a hacer una evaluación (de la administración pública) porque al parecer la clase media sigue en esos espacios y sólo a Evo (Morales) tenemos como indígena” y “Lo que prometió el presidente Evo Morales en su campaña, que los pueblos indígenas serán transversales a los ministerios, ahora no cumple. Son muy pocos los indígenas en el Gobierno, como decir un lunar de uña, nosotros no tenemos representantes en este Gobierno”.

En la actualidad las posturas de algunos movimientos sociales que respaldaron al gobierno comienzan a ser contradictorias entre sí y a veces acaban en violentos enfrentamientos. Esto ocurrió en los graves incidentes en torno a los yacimientos de estaño de Huanuni, que se cobraron la vida de 16 personas y provocaron también 61 heridos. En el mismo se enfrentaron los mineros asalariados de la empresa estatal Cominbol (Corporación Minera de Bolivia), propietaria de la mina de Posokoni, y los cooperativistas de la Federación Nacional de Cooperativas Mineras (Fencomin), ex mineros en paro que quieren controlar el yacimiento. Sin llegar a estos extremos tenemos el conflicto entre los productores textiles locales, que abogan por la industria nacional y los importadores de ropa usada, generalmente de contrabando; o de quienes se muestran partidarios de un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, porque es allí donde sus productos tienen sus mejores mercados de otros que reniegan de cualquier acuerdo con el gobierno de Washington, que podría ser contrario a sus intereses, como ocurre con los cocaleros.

He ahí la disyuntiva: Mandela o Mugabe. Es una tarea difícil para un gobierno que suele ir por detrás de los conflictos, apagando incendios como si de un bombero se tratara. Por eso no suenan extrañas las palabras del ex presidente Carlos Mesa quien acusó a Morales de utilizar un doble lenguaje con los Estados Unidos y de tener una relación totalmente dependiente con Hugo Chávez. No son palabras como las de “seguiremos a Chávez hasta la muerte” (en la disputa con Guatemala por un puesto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas) las que tranquilizarán a la comunidad internacional y ni siquiera a una parte importante de los bolivianos, cuyo nacionalismo es notorio. El mundo en general y España en particular saludaron esperanzados la llegada de Morales al poder. Era la oportunidad de poner solución a muchos años de marginación de numerosos bolivianos, comenzando por los indígenas, Pero muchas de las recetas empleadas, respaldadas en el poder energético, político y económico del gas, no son la mejora manera de reparar agravios sino de potenciar a unos para postergar a otros, que seguirán siendo los más.
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