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Justo Serna: <i>La farsa valenciana</i> (Foca, 2013)

Justo Serna: La farsa valenciana (Foca, 2013)

    TÍTULO
Justo Serna: La farsa valenciana. Los personajes del drama (Foca, 2013)

    AUTOR
Justo Serna

    EDITORIAL
Ediciones Foca

    OTROS DATOS
ISBN: 978-84-96797-64-2. Madrid, 2013. 272 páginas. 14 €




Tribuna/Tribuna libre
La farsa valenciana. Los personajes del drama
Por Justo Serna, lunes, 03 de junio de 2013
Desde mediados de los noventa, un Gobierno autonómico y sus adláteres han obtenido celebridad no tanto por sus logros, sino por sus despilfarros y excentricidades, por su jactancia, por sus colusiones y colisiones. Y el resultado ha sido una autonomía expansiva y fanfarrona; una ruina. Sin duda, lo sucedido en Valencia es, en chiquitito o a lo grande, una metáfora y condensación de lo ocurrido en España: deuda, ostentación, despilfarro e incluso mal uso de los fondos públicos. La farsa valenciana. Los personajes del drama, obra de Justo Serna, es un libro de examen y de combate, de análisis y de intervención, en el que se estudian los protagonistas como si en un drama o en una farsa estuviéramos, como una galería de monstruos, una parada de personajes impensables y hasta inverosímiles. Y todo ello sin perder el humor, aquel que nos permite soportar a unos individuos que se están apoderando de nuestras instituciones.

1. Se abre el telón

 

Valencia

 

El título de este libro es La farsa valenciana, un epígrafe ambiguo. Podría haberlo rotulado de otro modo, dándole un sentido más grave, de desgarro: algo así como El drama valenciano. Ciertamente, es calamitoso lo que estamos viviendo los nativos, los valencianos de a pie y motorizados, los naturales y los recién llegados. Los de aquí y los que aquí viven confirmamos día a día nuestra peculiaridad patológica: hay avispados que han hecho de la política su medro y su lucro, que se han valido de las instituciones para usurpar derechos; hay listos que no han tenido reparo alguno a la hora de llenarse la bolsa. Parece un cuento de ladrones, de villanos que roban para enriquecerse ostentosamente. Sin medida, sin contención, sin reparo, sin vergüenza. Parece un relato de rateros que se valen de lo ajeno para apropiarse de lo público y, de paso, para darse un atracón, para llevar una vida de nuevos ricos, para rodearse de bienes fastuosos, envidiables. No basta con la rapacería del pícaro: ese tipo simpático del imaginario español que realiza pequeños hurtos con los que apenas sobrevive; la existencia lo trata mal y sus rivales no hacen más que darle coscorrones. Es persona de humilde condición, pero astuta: se las ingenia, aunque las cosas no siempre acaben bien... No basta con el logrero que malvive. Aquí, en la Valencia ricachona de estos últimos años, el pícaro no es un pobre diablo. Es un personaje con ambiciones. Ambiciones. Hay algunos que se han dedicado a llenar las alforjas aunque reviente la bestia, aunque agonice la mula. Digo esto y le doy a mi expresión un sentido abiertamente rural, cosa ancestral. No es por casualidad.

 

En los cincuenta, tras años y años dedicados a estudiar tribus ágrafas y primitivas, los antropólogos anglosajones decidieron venirse al Sur. Me refiero, para redondear, a la década de 1950. Se acercaron a echarnos un vistazo, a comprobar cómo éramos, nuestras peculiaridades tan poco europeas. Eso se suponía. En el Mediterráneo pudieron hallar sociedades singulares, con mucha familia y mucho familismo, con el peso del parentesco, con el lastre de lo agrario: usos milenarios sobre la tierra, sobre la explotación de la tierra. El Estado no llegaba bien a estas sociedades meridionales, las comunidades se cerraban para abastecerse en mercados poco desarrollados, y eran los propios naturales quienes debían suplir esa ausencia o falta, unos naturales aquejados de primitivismos, de arraigos muy arcaicos. A decir verdad, a la altura de los años cincuenta, esa imagen de España era ya un tópico: eso sí, con algunos vestigios de realidad. No hace falta añadir que los estereotipos nos retratan con simpleza y caricatura, pero ese perfil no es ajeno enteramente a la verdad.

 

Vestidas de negro y con pañoletas que cubrían sus cabezas, las mujeres de los cincuenta y de los sesenta padecían a unos varones algo toscos y rústicos. Y los hombres, que salían a trabajar, a deslomarse, vivían bajo un falso matriarcado: las hembras contaban, gritaban, incluso domeñaban, pero no llevaban verdaderamente la economía familiar ni dirigían el mundo exterior. En las iglesias, los varones se sentaban a un lado y las damas al otro, mientras escuchaban la Santa Misa, rezando o haciendo como que rezaban, confesándose o haciendo como que se confesaban.

 

El virgo de Visanteta (1845), de Josep Bernat i Baldoví, es un sainete hoy inverosímil: con nativas reventonas, lascivas; con abuelos y petimetres excitados. Fue una de las obras más apreciadas del público popular y desde el Ochocientos alegraba con sus picardías la rutinaria vida rural. Cuando se estrenó la versión cinematográfica siglo y pico después, hacia 1979, la Valencia agraria era un pasado más o menos remoto, pero era a la vez un modelo que aún inspiraba la cultura local: las Fallas –esa fiesta universal-- han estado repletas de referencias agrícolas y eróticas, con señoras carnales y lechuguinos tontorrones. Con la idea de satirizar, el sainete o las Fallas condensaban los tópicos locales: el listo, la riqueza agraria, las mujeres de bandera, el guapo, el dinero, el fraude, la malicia y el ingenio. ¿Hemos cambiado? Sin duda, desde esos tiempos remotos, las cosas han mudado. No éramos exactamente así; nunca fuimos sólo así, con esas embestidas meridionales o esas magnificencias mediterráneas, pero alguna rudeza o lujuria nos quedaban. Al menos, algunos creían que éramos o habíamos sido así.

 

Tras la modernización de la década de 1960 y tras el ingreso en la Europa política, en los ochenta, España dejaba de ser un país eminentemente agrario, tal como rezaban los viejos libros del bachiller, un país de hosquedades y atavismos. Y Valencia, por su parte, ya no era aquella tierra rural pintada por Joaquín Sorolla.  Si miramos uno de sus óleos más célebres, Las grupas (1916), debemos preguntarnos qué momento es ése. Dicho cuadro resume, condensa y agrega motivos valencianos y rurales muy reconocibles. O, en otros términos, reúne personas, cosas y parajes que nunca estuvieron juntos: arrozales y naranjales como fondo; una procesión, la del Corpus Christi; jóvenes ataviados con trajes decimonónicos, lujo textil y esplendor huertano; una malla abundante, lujosa, de cítricos; banderas (senyeres) altivamente exhibidas y, en fin, la Virgen amparándolo todo, bajo un dosel que recuerda al del Puente del Real, en la ciudad de Valencia. En este cuadro, con el que tantos naturales aún se identifican, no hay fotografía, no hay hecho real captado instantáneamente; hay montaje. La maestría del pintor abruma: el primor y el gigantismo deshacen toda aprensión, todo recelo. Pero hemos de preguntarnos si a la altura de 1916 había otra Valencia posible; hemos de preguntarnos por qué lo pintoresco y lo agrario cubrieron lo industrial y lo urbano. Ahora, un siglo después, nos hemos urbanizado. O eso creemos. Sí, pero cuando ése y otros cuadros se expusieron en Valencia (cedidos por la Hispanic Society, de Nueva York), las muchedumbres hacían cola para ver, para reconocer, para confirmar los tópicos de una España pretérita, de una Valencia arcaica, simbólica, irreal. En esa tierra, sin guardar las formas, se colocaron o se colaron los listos, los avisados y los avispados.

 

Democracia

 

La farsa valenciana es un libro de examen y combate, de análisis y de intervención, de enojo y chanza. Tiene algo de teatro y de dolor (de ahí, la posibilidad de titularlo o identificarlo con el drama). Y tiene algo de grotesco. Hay una realidad local, la valenciana, que se ha hecho universal gracias a las fanfarronadas arquitectónicas de los últimos años, gracias a la largueza presupuestaria, gracias a la esplendidez del clima, del sol y de la gastronomía. Certámenes internacionales, competiciones deportivas: habíamos pasado de la Valencia agraria --que el ensayista Joan Fuster aún diagnosticaba y deploraba en 1962-- a la Valencia de la tercera revolución industrial, mercantil y ostentosa de estos últimos años. Pero, ahora, cuando la crisis económica ha arruinado el futuro de grandeza y las expectativas, cuando los escándalos y la corrupción han manchado esa postal, somos un poco el hazmerreír. Fuimos la envidia, y ahora nos apesadumbramos, nos lamentamos.

 

Hay una España que trabaja, si puede, y que hace las cosas con esfuerzo, con empeño, con vergüenza torera y con satisfacción. Si hay que arrimarse,  se arrima; si hay que compartir, se comparte; si hay que vivir con estrecheces, se vive: eso sí, siempre que la estrechez no asfixie. Hay una España solidaria que elabora, labra, comercia, manufactura, pinta, escribe… con legítimo orgullo. Recibe el sobre a fin de mes. Con competencia y habilidad, con la alegría de las cosas bien hechas, se siente legítimamente pagada.

 

Y luego hay un país de espabilados y dinámicos que se valen de su agudeza y de sus fraudes pícaros para llevarse las bolsas o los sobres. Son presuntos delincuentes. O cuatreros. En efecto, la España corrupta es un país de bolsas y sobres:  sacos llenos de dinero, cantidades de fábula, fastuosas, como el oro de los cuentos. Aún hay algo rústico en todo esto… Los cuarenta ladrones, los villanos que se adueñan de la hacienda y de los bienes, no son propiamente figuras de cuento. Son los monstruos de una pesadilla local. Y la gente que paga a Hacienda, que somos unos cuantos, nos sentimos estafados, burlados. Pero esto no acaba aquí: el cuento ya no nos convence. Las instituciones se derrumban y con ellas nuestra confianza. Nunca pensamos que fuéramos a llegar a esta circunstancia.

 

La corrupción urbanística y temas afines interesan, precisamente, a los valencianos: motivo de escándalo y principal deterioro de la comunidad política. Si en ésta o en aquella población hay manejos o enjuagues dudosos, si hay recalificaciones escandalosas, si hay enriquecimientos deshonestos de auténticos forajidos, ¿será la solución renunciar a la política? Cada vez que un representante institucional, en un municipio, en una Diputación, etcétera, ejerce con arbitrariedad o abusa de la confianza aprovechándose del empleo o del cargo público se deteriora el crédito de la democracia. Siempre podrá aducirse: nuestro sistema político tiene paliativos, como la vigilancia de la oposición, la independencia del poder judicial o la observancia de la prensa.

 

Pero, si lo pensamos bien, el sistema ha de tener a los ciudadanos como principal instrumento de crítica. Nuestra democracia es manifiestamente mejorable y el sistema de partidos desde luego no está pensado para poner diques a la corrupción, pero somos nosotros quienes hemos de debatir, de juzgar, de castigar electoralmente. Leo a John Dewey. En uno de sus ensayos, el filósofo norteamericano hablaba de democracia creativa para hablar de la deliberación ciudadana. Seguramente no es preciso llamarla así. Basta con que la ciudadanía se implique en la exigencia y en la transparencia: sin grandes experimentos, desde luego, pero sin grandes renuncias. Debemos “desprendernos del hábito de concebir la democracia como algo institucional y externo, adquiriendo el hábito de tratarla como un modo de vida personal”, decía Dewey en 1939.  

        

“Su puesta en práctica significa que la democracia sólo puede enfrentarse a los poderosos enemigos que hoy la acechan creando nuevas actitudes personales en los seres humanos individualmente considerados”, añadía Dewey. Los antagonistas de la democracia siempre han sido los totalitarios, por ejemplo en 1939. También los acosadores que rompen las urnas o que amenazan con el viejo y el nuevo escuadrismo. De cuando en cuando volvemos a escuchar amenazas: que si estamos en 1934, que si estamos en situación de emergencia militar. Pero los enemigos de la democracia son igualmente aquellos representantes nuestros que destruyen el espíritu público, la virtud ciudadana, con lucros injustificados propios de salteadores. ¿Y qué hacer frente a ellos? ¿Votar en blanco en espera de mejor ocasión, cuando nuestro partido ideal nos salve de la decepción?

 

“Me inclino a creer que la base y la garantía última de la democracia se halla en las reuniones libres de vecinos en las esquinas de las calles, discutiendo y rediscutiendo las noticias del día leídas en publicaciones sin censura, y en las reuniones de amigos en los salones de sus casas, conversando libremente”, concluía John Dewey.  Pues eso. La tribu está amenazada por los cuatreros. Por eso reaccionamos. O no.

 

Imaginemos una tribu, con abalorios, con oros, con cachivaches. Muchos tienen joyas y todo tipo de aderezos. Imaginemos unos nativos tiznados por el sol, sumamente bronceados, que se desenvuelven con sus hábitos y sus normas. Imaginemos que los jefes de la aldea, tan dispuestos, son cuestionados, objetados. Las tradiciones se quiebran y los naturales no se sienten representados. Imaginemos, en fin, que vienen antropólogos foráneos para echarles un vistazo. Quieren averiguar qué hay de nuevo, de intrigante, en una horda tradicionalmente atrasada o mediocre y ahora tan pujante. ¿Por qué fueron tan pobres, luego ricos y después sospechosos? Algo ha sucedido para caer tan bajo…


Nota de la Redacción: agradecemos a Foca Edciones su generosidad por autorizar la publicación de este extracto del libro de Justo Serna, La farsa valenciana (Foca, 2013), en Ojos de Papel.

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